Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y siete. Odessa #2
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Capítulo cuarenta y siete. Odessa #2

Evie soltó otro grito de rabia antes de romper a llorar, doblarse hacia delante y dejar caer la daga al suelo. Luego se volvió entre mis brazos y escondió el rostro en mi cuello, sollozando sin consuelo.

–Se puede arreglar –dije, acariciándole el pelo, deseando poder decirle que Zavier estaba de camino. Que su padre seguía vivo y que aquella camisa no era lo más importante.

Pero todavía no.

No hasta ver a Zavier vivo con mis propios ojos.

–¿Qué demonios te pasa, Mae? –le dije, fulminándola con la mirada.

Se encogió de hombros.

–Bah, le compraré otra. Es solo ropa.

–Para ella, no. –Extendí la mano y chasqueé los dedos–. Dame la llave del collar de Faze. Ahora.

Mae se echó el pelo hacia atrás, sacó la llave del bolsillo y la dejó caer sobre mi palma.

–Ha roto la correa de cuerda.

–Pues busca otra.

–Últimamente estás muy inestable. Me gustabas más cuando tenías el pelo castaño.

–Te gustaba más cuando no hacía nada para impedir que te salieras con la tuya.

Mocosa malcriada.

Me acerqué a Faze, me arrodillé delante de él y dejé a Evie en el suelo.

–¿Puedes soltar a Faze por mí?

Se secó las lágrimas con las manos y cogió la llave.

Me puse en pie y me volví hacia Mae.

–No tenías ningún derecho a traerla aquí.

–Arthy viene casi todos los días. Pensé que a ella también le gustaría.

Por mucho que quisiera a Natalia, no debería haber dejado que Evie viniera con Mae. Pero nuestra niñera seguía teniéndole muchísimo cariño, y Mae se aprovechaba de ello.

Mae se acercó a un banco cercano y cogió dos espadas. Me lanzó una.

–¿Lo del Guardián estaba preparado?

–¿Qué quieres decir?

–Esa función que montasteis con el Guardián. –Dio dos pasos rápidos y lanzó un tajo al aire con la espada.

Retrocedí.

–¿Qué estás haciendo?

–Acabas de quitarme a mi compañera de entrenamiento. –Miró a Evie–. Al menos puedes ocupar su lugar.

–No. –Fruncí el ceño–. Ya hemos terminado aquí.

–Venga. Date el gusto. –La espada volvió a pasar demasiado cerca de mi cara.

No le quitaba ojo a Mae, aunque sentía las miradas de todo el salón clavadas en mí.

–No entiendo por qué haces esto.

–No, no lo entiendes. –Levantó la punta de la espada hasta mi nariz. El tono arrogante y engreído de su voz se volvió vacío, gélido–. Y nunca lo entenderás.

Aquella no era mi hermana.

Algo le había ocurrido mientras yo estaba fuera.

Algo había cambiado.

–Mae, ¿qué te pasa?

Antes de que pudiera responder, Ransom le arrancó la espada de la mano de un golpe.

Ella ahogó un grito de dolor mientras él arrojaba el arma al suelo. Después se plantó entre las dos y miró a Mae con una ira tan fría que la hizo retroceder.

Pero el miedo se convirtió en rabia en un abrir y cerrar de ojos.

Más deprisa de lo que jamás la había visto moverse, sacó un cuchillo oculto en la manga y se lo lanzó a Ransom.

El tiempo pareció ralentizarse y, durante un instante, volví a estar en Ellder, viendo a Banner clavarle un cuchillo en el vientre a Zavier.

Escuché el grito de Evie de aquella noche horrible mezclado con el que acababa de soltar en el centro de entrenamiento.

Pero el cuchillo de Mae nunca alcanzó su objetivo.

Ransom lo atrapó al vuelo y se lo devolvió con un simple giro de muñeca.

Vi cómo el pelo de mi hermana se agitaba cuando la hoja le rozó el hombro y fue a clavarse en la pared.

Un grito ahogado recorrió todo el salón.

Después, silencio.

–Ya basta –tronó Gable.

El centro de entrenamiento se vació tan deprisa como el agua de una copa rota.

Hasta el maestro de armas se marchó, llevándose consigo al muchacho con el que había estado entrenando.

Entonces nos quedamos solos.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Mae.

No recordaba la última vez que la había visto llorar.

–Yo tendría que haber sido el Gorrión. Yo tendría que haberme ido –susurró.

Después se aferró a la falda con fuerza y salió corriendo.

–¡Mae! –la llamé.

Pero ya había cruzado la puerta.

¿Qué demonios había pasado allí mientras yo no estaba?

–Llévate a Evie de aquí –ordenó Ransom, furioso.

–Ranse...

–Ahora, Odessa. –Tragó saliva con fuerza y cerró las manos en dos puños. Todo su cuerpo vibraba de ira–. Ahora mismo no confío en mí.

Él podía no confiar en sí mismo.

Pero yo sí confiaba en él.

Acorté la distancia entre los dos, le cogí una mano y lo ayudé a abrir el puño.

Después apoyé la cicatriz de mi palma sobre la suya.

–Yo confío en ti.

Cerró los ojos y volvió a tragar saliva.

–Vete, Dess.

Evie se acercó resollando, aferrada a Faze, y nos miró con las pestañas empapadas de lágrimas. Sus deditos se posaron sobre el otro puño de Ransom.

En ese instante, él relajó los hombros y abrió los ojos.

Seguían plateados.

Pero ya no ardían con la misma furia que un momento antes.

Miró la boca de Evie, fruncida por el llanto.

Entonces se agachó y la levantó en brazos.

–¿Estás bien?

–Quiero ir a casa –dijo entre lágrimas.

–Yo también –respondimos Ransom y yo al unísono.

Me tendió una mano y me atrajo hacia ellos para que me uniera al abrazo.

–Juntos.

–Juntos. –Hundí el rostro en el hombro de Ransom y respiré su aroma.

Nos abrazamos con fuerza, aunque Faze no dejaba de intentar zafarse. Cuando el flagris por fin consiguió escabullirse, lo seguí por el centro de entrenamiento vacío hasta que un movimiento al otro lado de la puerta llamó mi atención.

Quienquiera que nos estuviera observando se ocultó de inmediato.

Pero habría jurado que había alcanzado a ver el destello de la corona dorada de mi padre.