Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y siete. Odessa
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Capítulo cuarenta y siete. Odessa

Capítulo cuarenta y siete ODESSA

Con cada paso que dábamos hacia el taller de la curandera Alore, notaba cómo se le tensaban más los músculos a Ransom. Prácticamente tenía los hombros pegados a las orejas.

El mensaje que había recibido de ella esa mañana, durante el desayuno, había sido corto y directo:

Mi taller. Media mañana. Tráelo.

El último lugar donde él quería estar era en aquella enfermería, pero le había pedido que viniera y ahora estaba de un humor de perros.

Cuando por fin volvió a la habitación la noche anterior, ya entrada la noche, se había mostrado callado y reservado, forzando una sonrisa solo por Evie. Una vez que ella se durmió, le pregunté qué había pasado con el guardia en los establos.

El hombre había estado azotando a su yegua con tanta violencia que el animal había caído de rodillas, ensangrentado y cubierto de heridas.

Ransom se acercó para detener el maltrato y el guardia, fuera de sí, se volvió y empezó a atacarlo a él con el látigo. El brazo roto había sido consecuencia directa de aquello.

No sentía ni el más mínimo ápice de lástima por ese bastardo.

Después de que se llevaran al hijo de puta a la enfermería, Ransom sacó a Aurinda a dar una larga cabalgata por el campo. Cuando regresó al establo, la yegua que el guardia había estado azotando tuvo que ser sacrificada.

Probablemente era una suerte que el guardia ya no estuviera en la enfermería, porque quizá me habría escabullido hasta su habitación para echar una pequeña dosis de polvo de colmillo de fének en su té.

No es que tuviera polvo de colmillo de fének a mano, pero ese hombre merecía saborear un poco de veneno.

No lo suficiente para matarlo, pero sí para hacerle replantearse todas las decisiones que había tomado en su vida.

A esas alturas, estaba más furiosa que Ransom.

En gran parte porque mi padre había sacado la conclusión equivocada y había tenido el descaro de culpar a mi esposo.

–Dess. –Ransom me sujetó la muñeca y la sacudió con suavidad para que dejara de apretar los puños.

Bueno, quizá los dos estábamos un poco tensos aquella mañana.

Llegamos al final del pasillo y nos detuvimos frente a la puerta en arco del laboratorio de Alore. Golpeé dos veces el llamador y el mismo hombre que me había recibido el otro día nos abrió para dejarnos pasar.

Alore estaba en su mesa de trabajo, con un vestido granate y un delantal cubierto de manchas de toda clase. Llevaba cinco pares de gafas de distintos colores repartidos entre los bolsillos. Unas de montura blanca descansaban en la punta de la nariz. Otras, azules, sobre la cabeza.

En cuanto entramos, dirigió la mirada hacia Ransom.

–Bien. Habéis venido. Sentaos. ¿Queréis un té?

–No –respondió él, sentándose en el único taburete junto a la mesa.

Alore se plantó delante de él, con las manos en la cintura, estudiándole los ojos.

Plateados.

Igual que el día anterior.

No había vuelto a ponerse la diadema desde la noche de la pesadilla, cuando me sujetó las muñecas contra el cabecero de la cama.

–Bueno, creo que he conseguido recrear el elixir de tu madre –dijo Alore–. No hay forma de saberlo con certeza, pero creo que he seguido bastante fielmente las notas de su libro.

Me quedé boquiabierta.

–¿Ya tienes el elixir?

–No te hagas demasiadas ilusiones. Las notas resultaron excelentes, una vez entendí cómo interpretarlas.

Tuvimos suerte de que contara con la mayoría de los ingredientes, y un viaje rápido al puerto me permitió conseguir el resto.

Pero el elixir es la parte fácil. Ahora tengo que intentar recrear la infección.

–¿Qué? No. Te pedí que buscaras una cura, no que recrearas la infección.

Ransom hizo ademán de levantarse, pero Alore le apoyó una mano firme sobre el hombro y lo obligó a volver a sentarse.

–Odessa me contó lo de tu padre. Por favor, confía en mí cuando te digo que no tengo la menor intención de convertir esta infección en un arma y entregársela a nadie.

Cualquier nota que tome mientras cree la lyssa será destruida.

Tenéis mi palabra. Pero no puedo desarrollar una cura si antes no consigo replicar la infección. Tengo que empezar por el principio.

La mandíbula de Ransom se tensó.

Alore puso los ojos en blanco, sin inmutarse lo más mínimo. Cogió un tubo de ensayo de la mesa y se lo tendió.

–Escupe. Llénalo hasta arriba.

Él arqueó una ceja.

–¿Que escupa?

–Te han mordido, ¿no?

–Sí –gruñó.

–Y la lyssa parece transmitirse por la mordedura, ¿verdad? Con tu sangre no llegué a ninguna parte. Así que probemos con tu saliva. Escupe.

Furioso, se llevó el tubo a los labios.

Ella cruzó los brazos, alternando la mirada entre los dos.

–Vosotros dormís juntos, ¿verdad?

Noté cómo se me encendían las mejillas.

–Estamos casados.

–Eso no siempre significa que lo hagáis. –Arqueó una ceja en dirección a Ransom–. Supongo que no la muerdes.

Ransom respondió con una mueca de fastidio.

–Bien. No lo hagas. Creo que la infección se manifestó de forma distinta en ti que en los monstruos, pero no vamos a poner en riesgo a la princesa, ¿de acuerdo?

Ransom y yo nos miramos.

Después siguió escupiendo.

–Tu madre creía que el elixir de tu sangre se mezcló con la saliva del ulferno cuando te mordió, y eso fue lo que dio origen a la lyssa.

–Empezó a pasearse de un lado a otro por la pequeña habitación–.

Es una hipótesis sólida. Todavía hay muchas cosas de los monstruos que no entendemos, y existe cierta carga mágica en sus cuerpos.

Alore cogió de la mesa uno de los diarios de Luella y cambió las gafas blancas por las azules que llevaba sobre la cabeza.

–Aquí escribió que el elixir era la magia base de la lyssa y que la saliva del ulferno era la pieza que faltaba.

Creía que se había creado un vínculo cuando el monstruo te atacó.

Después la lyssa mutó: una versión para el lobo y otra para ti.

Bueno, voy a hacer algunas pruebas. Disculpad, pero ayer os pedí prestado vuestro flagris de la guardería.

–¿Faze?

–Necesitaba saliva de monstruo para mezclarla con el elixir. Tranquilos, no le pasó nada. –Dejó el libro a un lado y desapareció en la habitación contigua. Unos minutos después regresó con una pequeña jaula de metal llena de ratas grises de orejas rosadas.

–Vas a infectarlas con la lyssa –dijo Ransom.

–Así funcionan los experimentos. –Cogió el tubo de ensayo de la mano de Ransom y lo colocó en un soporte de alambre.

Ya había dos viales en la bandeja: uno con su nombre y otro etiquetado como «flagris»–.

Si la hipótesis de Luella es correcta, la que reciba el elixir junto con la saliva del flagris desarrollará la lyssa.

La mía no hará nada. La tuya es una incógnita.

–¿Y después vas a buscar una cura? –pregunté.

Alore apoyó las manos sobre la mesa.

–Lo voy a intentar.

Era la respuesta más esperanzadora que había oído en días.

Ransom se puso en pie. No pensaba quedarse a esperar a que le dieran permiso para abandonar el taller.

–Gracias –le dije a Alore.

Ella vio salir a Ransom, asintió con la cabeza y siguió trabajando.

Cuando salí al pasillo para buscarlo, ya no había ni rastro de él.

***

El centro de entrenamiento estaba repleto de gente. En medio del salón, una docena de guardias practicaba combate, y un pequeño grupo de legionarios entrenaba con el arco en la galería de tiro, refugiándose de la lluvia del exterior.

Gable le estaba enseñando a un muchacho de cabello negro cómo apuñalar a un oponente imaginario. Alzó la vista en cuanto me vio entrar. Asintió, casi de forma imperceptible, y siguió con su alumno.

Mi padre debía de haber sabido que ignoraría su orden de mantenerme alejada del maestro de armas, así que se había asegurado de que fuera él quien se mantuviera alejado de mí.

Tragué el nudo de decepción que se me formó en la garganta y me puse de puntillas, buscando a Ransom por encima de los soldados.

Pero, en su lugar, encontré a mi hermana.

Y la compañera de entrenamiento que tenía aquel día me heló la sangre.

Evie sostenía una daga frente a Mae. Asentía con firmeza a todo lo que esta le decía.

Si Mae no se hubiera mostrado tan despreciable y distante desde nuestro regreso, quizá no habría sentido aquel nudo en el estómago al verlas juntas.

Pero entonces vi a Faze.

Estaba encadenado a la pared, forcejeando con un collar tan pequeño que casi lo estaba ahogando.

Un escalofrío de pánico me recorrió las venas cuando vi a Mae desenvainar su propia daga, lista para el combate.

Los niños entrenaban con cuchillos y espadas de madera, no con hojas de metal afiladas.

¿Qué mierda estaba pensando Mae? Cuando era más pequeña, solía llegar a las comidas con más de un corte en el brazo.

Pero las lecciones con armas de verdad no habían empezado hasta que fuera más grande, el doble de la edad de Evie.

Entré corriendo, empujando a los soldados que me tapaban la vista.

Choqué contra el hombro de un hombre y estuve a punto de caer al suelo.

–Cuidado.

Recuperé el equilibrio y seguí avanzando, sin apartar los ojos de Evie mientras Mae lanzaba un tajo al aire con la daga.

–¡Basta! –grité.

O Mae no me había oído entre todo aquel alboroto o, simplemente, me estaba ignorando.

Evie retrocedió hacia un lado y esquivó el ataque de mi hermana.

Cuando los ojos azules de Mae se volvieron hacia mí, vi que esbozaba una sonrisa cargada de desprecio justo cuando la punta de la daga rozaba la camisa de Evie y la rasgaba.

Su camisa favorita para dormir.

La camisa de Ellder.

Nos había pedido volver a ponérsela aquel día.

Evie se quedó paralizada. El horror le invadió el rostro al mirar la manga hecha jirones. Las mejillas se le encendieron de rabia y apretó la daga con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Se lanzó contra Mae con el arma en alto.

Pero llegué justo a tiempo para levantarla en brazos y apartarla mientras pataleaba y se revolvía.

–Tranquila, estrellita.

–¡Me ha roto la camisa! –gritó con tanta fuerza que el eco rebotó por todo el inmenso salón.

Todos los soldados dejaron de entrenar.