Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y seis. Caspia
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Capítulo cuarenta y seis. Caspia

Capítulo cuarenta y seis CASPIA

El rey de Quentis está sentado en la cabecera de una mesa tan larga que podría albergar a cien nobles.

Una serie de arreglos florales impregna el aire con una fragancia dulce.

Cubiertos dorados, copas de cristal y cálices de vidrio descansan junto a una hilera de platos de roca pulida.

Los invitados ríen y sonríen, mientras el rey cruza una mirada de desaprobación con su hermosa reina de cabello dorado.

El bullicio del comedor es ensordecedor, aunque no tanto como para tapar el rechinar de dientes de Malynn, sentada frente a mí.

–Tenedor equivocado –dice entre dientes, exasperada.

Vuelvo a dejar el tenedor equivocado en el hueco que hay junto a mi plato. Hay varios tenedores sobre una servilleta de lino blanca e impoluta. Son todos exactamente iguales: de tres púas y con unas enredaderas grabadas en el metal.

No tengo tanta hambre como para probar con otro, así que mantengo las manos debajo de la mesa y me quedo mirando las burbujas que ascienden por mi copa de vino espumoso.

–Enséñaselo, Andreas –dice Malynn con brusquedad, apenas lo bastante alto para que las personas que nos rodean dejen de hablar y nos presten atención–. Antes de que nos avergüence a todos.

Andreas apoya un brazo en el respaldo de mi silla.

Coge el tenedor equivocado y lo clava en la gallina asada de su plato sin dejar de mirar a su madre con furia.

Malynn le sostiene la mirada con la misma ira.

***

El fuego que rugía en la chimenea volvía aquel salón insoportablemente caluroso.

Tenía la frente cubierta de sudor. El estómago me rugía.

Sentía la garganta seca y el vaso de agua estaba vacío.

La luz de la lámpara de araña era tan intensa que las páginas del libro sobre mi regazo casi deslumbraban.

El dolor de cabeza había pasado de ser una leve molestia a convertirse en algo completamente insoportable.

O quizá era solo culpa del contenido de aquel libro estúpido.

–Mierda –dije, levantando el libro del regazo, dispuesta a lanzarlo al otro extremo del salón. Pero conseguí contenerme y, en su lugar, lo cerré de golpe.

Había demasiadas reglas. Demasiadas formalidades.

Me froté la sien y cerré los ojos.

Si dormía con aquel libro debajo de la almohada, ¿mi mente acabaría absorbiendo alguna de esas costumbres ridículas para no tener que leer ni una página más?

–Aquí estabas. –Andreas frunció el ceño al cruzar las puertas de cristal del salón–. Llevo más de una hora buscándote. Empezaba a preocuparme.

–Lo siento. –Suspiré mientras él se arrodillaba frente a mi silla.

–¿Por qué no estás en la biblioteca? ¿Va todo bien?

–Solo necesitaba cambiar de aires.

La verdad era que su madre estaba en la biblioteca cuando llegué aquella mañana.

Llevaba días ignorando sus invitaciones para tomar el té con ella y sus damas de compañía por las tardes.

En lugar de aceptar que la vida de una mujer noble no me interesaba lo más mínimo, había decidido plantarse a esperarme en mi rincón favorito de la biblioteca.

Su invitación era una orden.

Y yo la había desafiado de todos modos.

Pero, como estaba segura de que no dudaría en enviar a sus guardias para escoltarme al té cuando llegara la hora, me había escabullido hasta aquel pequeño salón, en un ala tranquila del castillo.

Andreas levantó el libro de mi regazo y leyó el título grabado en la cubierta.

– Etiqueta quentiana .

Faxon me lo había traído aquella mañana, cuando le pedí un libro sobre el protocolo en Quentis, sobre todo el relacionado con las cenas de la realeza.

La visión que había tenido la luna anterior, en la que avergonzaba a Andreas durante aquella fiesta, había sido la más nítida que había tenido en semanas. Al menos no trataba sobre la muerte de nadie, pero aun así me había dejado de muy mal humor.

Asistiríamos a una gala dentro de tres soles. Por mucho que prefiriera estar leyendo cualquier otra cosa, no quería seguir agrandando la grieta entre él y su familia.

–No quiero humillarte usando el tenedor equivocado –confesé.

Sus ojos se suavizaron.

–Me importa una mierda qué tenedor uses, mientras comas y te mantengas sana.

–Pero a los demás sí. Y todos van a estar mirándome.

–Sí, lo sé. –Me cogió la mano y me besó los nudillos–. Pero a mí no me importa nada de eso.

–A ellos sí –susurré–. Y tampoco creo que me vaya a morir por leer un libro de etiqueta.

–Eso espero. –Se rio, se levantó y llevó el libro hasta la chimenea. Con un rápido movimiento de muñeca, lo arrojó al fuego.

–¡Andreas! –Me levanté de un salto, pero el libro ya estaba ardiendo–. Ahora vas a tener que darle explicaciones a Faxon por el libro perdido.

–Con mucho gusto, corazón.

Tal y como Andreas había predicho, no tardó mucho en que todo Roslo se enterara de nuestro matrimonio. Las invitaciones a cenas y fiestas no dejaban de llegar. Todavía esperábamos el día en que dejaran de aparecer bocetos de su rostro o del mío en los periódicos.

Chapman Leek era un Elvi’im-belf’é-celf’il y se dedicaba a difundir mentiras sobre mi pasado y mi identidad.

Sus competidores eran igual de nefastos.

Yo era un enigma y, precisamente por eso, la enemiga.

Solían retratarme como una extranjera sin fortuna ni posición social que debía de haber embaucado a Andreas para conseguir aquella unión, porque ¿por qué otro motivo iba a querer alguien como él a alguien como yo?

–Cuando era un Pichón, era la favorita de nuestras tutoras –le conté a Andreas mientras volvía a sentarme–. Era la niña que siempre se portaba bien, la que hacía todos los deberes, la que nunca suspendía un examen. Seguía todas las normas. Le caía bien a todo el mundo.

–¿Por qué no me sorprende? –Sonrió, apoyándose en la pared y metiendo una mano en el bolsillo.

–Siento que te estoy fallando. –Miré mis manos entrelazadas sobre el regazo y los anillos que relucían en cada dedo.

–Claro que no. –Se apartó de la pared y volvió a agacharse frente a mí. Entrelazó sus dedos con los míos y esperó hasta que alcé la vista para mirarlo a los ojos–. Cuando era pequeño, odiaba estar encerrado en el cubículo.

–No conozco esa palabra.

–Es un espacio para estudiar, con un escritorio.

–Me apartó un mechón de pelo detrás de la oreja y me acarició la mejilla–.

Pregúntaselo a Faxon, si quieres. Yo hacía que todo fuera más difícil de lo que era en realidad.

Si alguien me decía algo, mi respuesta inmediata era: «¿Por qué?

». No me importaba sacar malas notas. Era el alumno que hacía chistes e interrumpía la clase todo el tiempo. Me habrías odiado.

Sonreí.

–Sin duda.

–Pero, con el tiempo, dejé de ser así. Dejé de enfrentarme a quienes solo trataban de ayudarme.

–¿Me estás diciendo que tengo que aprender las normas de etiqueta?

–No. Solo digo que no tienes por qué hacerlo sola. Me tienes a mí. Siempre.

Suspiré y apoyé la frente en sus manos.

–Cuando vayamos a esa cena, vas a tener que decirme qué tenedor usar.

–Está bien. –Me besó en la punta de la nariz y se puso en pie, ayudándome a levantarme.

Recogí el otro libro que había traído: el libro gris del Voster, uno del que rara vez me separaba.

–¿Algún progreso? –preguntó Andreas mientras lo guardaba bajo el brazo.

–No. –Lo había leído tres veces desde que el sacerdote Voster sin nombre me lo entregó, con la esperanza de que, en algún momento, alguna página revelara algo que hiciera encajar todas las piezas.

Pero, por ahora, nada. Estaba casi tan frustrada como con el libro de etiqueta–.

Hoy he vuelto a empezarlo, pero no he conseguido concentrarme.

–Ven. Tengo una idea.

Sin soltarme la mano, cruzamos el salón y echamos a andar por el castillo.

Los pasillos estaban abarrotados de gente. Muchos se nos quedaban mirando con la boca abierta al pasar. Las miradas, los murmullos y las eternas expresiones de desaprobación empezaban a ponerme nerviosa.

Quizá no fuera mala idea dejar de llevar tantas armas encima.

El patio interior de la biblioteca estaba vacío cuando cruzamos la puerta, y el suspiro que se me escapó resonó con tanta fuerza que pareció rebotar en el techo ornamentado.

El escritorio de Faxon estaba vacío, así que seguimos avanzando entre las estanterías hasta encontrarlo junto a Kos.

El niño empujaba un carrito detrás del bibliotecario mientras este colocaba los libros en su sitio.

–¿Qué significa «Principios de eco... monía»? –preguntó Kos, entregándole un libro a Faxon.

– Principios de economía –lo corrigió Faxon–. Es el estudio del comercio. O de la oferta y la demanda. O de los comportamientos que impulsan el consumo de bienes.

Kos arrugó la nariz.

–Suena aburrido.

–Lo es, hijo mío. –Faxon se rio–. Al menos para mí. ¿Qué más hay?

Kos cogió otro libro, esta vez de cubierta morada.

–Flores. También aburrido.

–No para los jardineros.

–Yo no quiero ser jardinero.

–¿Y qué quieres ser? –le pregunté mientras nos acercábamos.

–Explorador. O bibliotecario –respondió sin dudar.

La sonrisa de orgullo de Faxon fue deslumbrante.

–Buena respuesta –dijo Andreas, revolviéndole el pelo al muchacho y guiñándole un ojo–. Me parece que te has ganado una tarta de la cocina para más tarde.

Kos soltó una risita.

–Podríamos pasar por la cocina después –dijo Faxon–. Pero solo cuando termines las lecciones. Bueno, anda. Vuelve a tu cubículo y sigue con la tarea. Iré en unos minutos.

Mientras Kos se alejaba corriendo para continuar con sus estudios, Faxon apartó el carrito.

–Creía que ya habías terminado por aquí, Caspia. ¿Qué tal el libro de etiqueta?

–Andreas lo quemó.

Mi esposo apenas se encogió de hombros cuando Faxon le lanzó una mirada fulminante.

–No tuve alternativa. Era tan aburrido como el libro de economía.

–No puedo discutir eso. –Faxon sonrió–. ¿Puedo ayudaros en algo?

–¿No tendrás algún cubículo libre ahora mismo? –preguntó Andreas–. Parece que mi madre ha descubierto el rincón de Caspia, así que toca buscar un nuevo escondite.

¿Era una inmadurez esconderme de su madre?

Sí.

Pero no tenía la menor intención de dejar de hacerlo.

–Andreas, esos cubículos son diminutos y muy oscuros. Son para los tutores. No me parecen adecuados para una señorita.

–Concédeme ese favor. Por favor.

Faxon frunció el ceño y nos hizo un gesto para que lo siguiéramos. Cruzamos la biblioteca y, por el camino, pasamos junto a varios estudiantes jóvenes sentados en sus escritorios, como Kos, absortos en sus libros y manuscritos.

Había otros bibliotecarios y tutores en aquella zona, guiando a sus alumnos. La mayoría nos saludó con una leve reverencia al vernos pasar frente a sus puestos.

Por fin llegamos a una hilera de diez puertas.

Faxon sacó un llavero repleto de llaves metálicas y fue probándolas una por una hasta detenerse ante la última puerta del pasillo. Introdujo la llave en la cerradura y abrió.

El espacio al otro lado tenía el tamaño de una despensa o de un armario estrecho. Encendió los faroles de la pared y esperó un instante a que iluminaran la pequeña estancia.

Una vez dentro, pasé los dedos por el escritorio de madera y por la fina capa de polvo que cubría la superficie. Estaba frío y oscuro. No tenía ventanas y la silla parecía bastante dura.

Pero tenía una puerta con cerradura.

–Es perfecto.

–Entonces es tuyo. Os dejaré para que os instaléis. –Sacó la llave del llavero y la dejó sobre la palma de mi mano.

El metal, todavía templado, tintineó contra mis anillos de elfalter cuando nos dejó a solas.

Me coloqué detrás del escritorio y me senté.

La silla era dura.

Pero la madera era lisa y el respaldo resultaba sorprendentemente cómodo.

Un espacio tan pequeño, una habitación que parecía una jaula, normalmente me habría incomodado bastante.

Pero ya me acostumbraría.

Andreas se apoyó en el marco de la puerta.

–Voy a conseguirte algo mejor. Y voy a hablar con mi madre.

–Me gusta este cubículo. Y no hables con ella. Solo vas a empeorar las cosas.

–Pero...

–¿Por favor?

No era una batalla que le correspondiera librar.

Aunque, a decir verdad, tampoco había ninguna batalla que librar.

Mi tía esperaba que todas las mujeres de nuestra familia representáramos con dignidad nuestro linaje, fuéramos Pichones, Quiescentes o Estorninos. Así que no era irracional que Malynn esperara lo mismo de mí, ahora que estaba casada con Andreas.

–Está bien –gruñó Andreas–. Me quedaré callado. Por ahora.

Apoyé el libro sobre el escritorio y pasé un dedo por el lomo gris.

–Necesito hablar con el Voster que me entregó este libro.

–No.

Reí.

–Sí.

–Caspia.

–Andreas.

Frunció el ceño.

Sonreí. Con cada sol que pasaba se volvía más y más protector. Y eso me resultaba extrañamente atractivo.

–¿Hay alguna forma de hacerle llegar un mensaje a la hermandad? ¿Quizá a través de algún emisario del rey? Estas páginas contienen algo importante, Andreas. Algo que necesito entender. Quizá una forma de salvar a Xandra.

Suspiró.

–¿Y si no es más que una historia?

–¿Y si no lo es?

La tercera vez que leí el libro lo hice en voz alta para Andreas, y él quedó tan desconcertado como yo al escuchar el relato.

El libro narraba la historia de unos magos malvados escrita como si fuera una novela.

De no ser por la mención a las Estorninos al principio y por el hecho de que el Voster me lo hubiera entregado en persona, lo habría tomado por pura ficción.

A simple vista, bien podría haber sido la primera historia de Los noventa sonetos .

Pero era tan detallado, tan descriptivo, que se parecía más a un texto histórico que a un cuento.

Los magos habían sido, en un principio, hombres corrientes pertenecientes a una religión dedicada a adorar a los espíritus de Calandra.

Vivían en un monasterio oculto en las profundidades de la montaña.

Durante un invierno especialmente duro se quedaron sin alimentos.

Al borde de morir de hambre, suplicaron a los espíritus que los ayudaran, que les perdonaran la vida.

Cuando la nieve se derritió, casi todos los hombres del monasterio habían muerto.

Todos, salvo seis.

Al sentirse abandonados por sus espíritus, aquellos hombres comenzaron a adorar a los demonios, que se les aparecieron como almas perdidas y llenas de ira. Y los seis supervivientes hicieron un trato con ellos.

A cambio de magia e inmortalidad, les ofrecieron sus cuerpos como huéspedes.

Poseídos por los demonios, los hombres se convirtieron en magos. Engañaron a la gente haciéndole creer que sus poderes eran una bendición destinada a salvar a la humanidad. Y, poco a poco, acabaron siendo adorados y venerados.

Hasta que toda Calandra se arrodilló ante ellos.

–Tiene que haber algo importante en el número seis –dije en voz baja–. No puede ser una casualidad.

Andreas levantó la mano, como si fuera a hacer el gesto de los Ocho, pero cambió de idea en el último instante y se la pasó por el pelo.

–Todo esto me da mala espina, Caspia.

Abrí el libro.

–La verdad casi siempre la da.