Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y cinco. Odessa
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Capítulo cuarenta y cinco. Odessa

Capítulo cuarenta y cinco ODESSA

Se me estaba durmiendo el trasero por culpa del suelo frío y duro de la galería de arte de los crux. Llevaba horas sentada contra la pared, acurrucada junto a un pedestal de piedra coronado por una escultura de bronce de un crux.

Tenía el diario de Luella abierto sobre el regazo y mi cuaderno de bocetos apoyado junto a la rodilla.

Mi padre odiaba mi obsesión por aquella galería, y eso me parecía motivo suficiente para pasar allí más tiempo antes de marcharme de Quentis.

Había miles de lugares para leer en aquel castillo, e infinitamente más cómodos que aquel suelo. Pero todos esos lugares tenían gente. Y, después de reunirme con mi padre en su estudio aquella mañana, lo único que quería era estar sola.

Aquella galería vacía y silenciosa me daba espacio para pensar. Para curar mis heridas en soledad. Para leer y releer aquel diario de principio a fin: desde la historia de la mujer envenenada hasta la del hombre con la garra de ulferno y la guerrera de cabello blanco y armadura en un desierto.

Eran historias tan encantadoras y vívidas que no tenían absolutamente ningún sentido.

Cerré el diario, suspirando, y lo cambié por mi cuaderno de bocetos.

Antes de que los detalles de su rostro empezaran a desvanecerse, quería dibujar a Freya.

Quería plasmarla tal y como la había visto aquel horrible día en el bosque de los esqueletos.

Mientras pasaba las páginas en busca de un espacio para mi caballo, me detuve en un dibujo que le había hecho a Ransom.

Estaba apoyado en la barandilla de su casa del árbol, en Treow, con la mirada perdida en el cielo estrellado.

Su perfil era el sueño de cualquier artista: fuerte y equilibrado, de líneas rectas y definidas.

Pero había cierto cansancio en sus facciones, un vacío en las mejillas.

Incluso le había añadido unas sombras oscuras bajo los ojos.

Lo había dibujado exactamente como se veía aquella noche, después del ataque del flagris en Treow.

La noche siguiente a que el Sumo Sacerdote le drenara la lyssa de la sangre en la enfermería del asentamiento para aliviar los efectos de la infección. Para evitar que acabara con la vida de mi esposo.

Ransom jamás le rompería el brazo a un guardia a menos que fuera para defenderse. No me importaba lo que dijera mi padre. Se equivocaba. El guardia debía de haberlo atacado primero. Pero era evidente que cada vez le costaba más controlar su temperamento. La lyssa estaba tomando el control.

Recorrí con el dedo la cicatriz de la palma de mi mano.

Necesitábamos al Sumo Sacerdote.

Pasé a la página siguiente. Era un boceto de Faze que había hecho poco después de rescatarlo de la muerte. Estaba acurrucado sobre mi almohada, tan pequeño, tan recién llegado al mundo.

Aquel cuaderno estaba casi lleno de bocetos de Treow y de monstruos. De barcos y montañas. De amistades, como Tillia y Samuel Hay, a quienes habíamos dejado atrás. Como Luella, ahora en las sombras del cielo.

Quizá algún día Ransom quisiera un dibujo de su madre. Nunca hablaba de ella, pero, cuando estuviera preparado, yo lo escucharía.

Todas las páginas estaban decoradas con ornamentos y motivos en los márgenes. Parecían simples líneas y remolinos trazados al azar, pero, al alinearlas correctamente, formaban un mapa de Turah.

Un mapa incompleto, ya que todavía faltaba el camino hacia Allesaria.

No me llevaría mucho más terminarlo. Solo tenía que extender las páginas sobre el suelo frío y trazar una serie de líneas hasta las montañas de Axmar.

Saqué el boceto de Faze del cuaderno. Pero, en lugar de dejarlo sobre el suelo, arranqué los márgenes hasta que no quedó más que el dibujo de un flagris cachorro. Después arrugué los restos con la intención de arrojarlos al primer fuego que encontrara.

Pero, antes de pasar a la siguiente página, unas pisadas atrajeron mi atención hacia la entrada. Entonces vi a Margot entrar en la galería.

Noté su incomodidad al mirar la pintura más cercana, a la que enseguida le dio la espalda. Su mirada se cruzó con la mía sin querer y, entonces, volvió a mirarme con tanta brusquedad que estaba segura de que le había dolido el cuello.

–¿Odessa?

La saludé levantando un dedo y cerré el cuaderno.

–Hola.

–¿Qué haces aquí, en el suelo?

–Leer.

No me molesté en levantarme. Hacerlo habría sido concederle la victoria de haberme sacado de mi escondite.

Y mi mantra desde el día anterior seguía intacto: Margot no iba a ganar.

Recorrió con la vista mis rizos sueltos, mis pantalones y mis botas gastadas. Su gesto de desaprobación me resultaba tan familiar como la palma de mi mano.

–Has cambiado.

–No, claro que no. Esto es lo que siempre he sido. Lo que pasa es que tú nunca quisiste verlo.

Margot se quedó pensativa unos instantes. Después, el gesto de desaprobación desapareció y su mirada se suavizó.

Casi parecía orgullosa.

Casi.

– Sí , has cambiado. Es por su influencia.

–Sí, lo es. Me hace ser mejor. Más fuerte. Más valiente. Más feliz. No me pide que pase desapercibida ni que me cambie el color del pelo. Me ve tal y como soy de verdad.

Algo que ella nunca hizo.

Esperaba una réplica cargada de fastidio, pero, en lugar de eso, se abrazó la cintura y clavó la vista en el suelo.

Cuando por fin volvió a levantar la mirada, encontré una disculpa en su rostro.

Quizá algún día llegara a pronunciarla en voz alta.

Giró despacio sobre sí misma.

–Odio este lugar.

–Entonces, ¿qué haces aquí?

–Estas pinturas cumplen su propósito. Son un recordatorio de lo que se avecina.

–Se acercó a la estatua sobre el pedestal, a mi lado, y acarició el pico metálico del crux–.

Mi padre era marinero. Murió ahogado en el Krisenth cuando yo era una niña.

Su barco naufragó durante una tormenta. Mi madre me crio sola después de su muerte.

Me incorporé un poco, pendiente de cada palabra. En veintitrés años nunca había oído a Margot hablar de su familia.

–Mi madre trabajaba como lavandera en el castillo para que pudiéramos salir adelante.

Insistía en que fuera a la escuela para darme más oportunidades de casarme con un hombre adinerado.

Trabajaba muchas horas, así que yo pasaba gran parte del tiempo sola.

Nuestra pequeña casa era mi palacio. Aprendí a limpiar, a cocinar y a dar órdenes a mis amigos imaginarios.

Cuando llegaba la migración, nos tocaba compartir habitación con una familia de cinco.

Uno de los niños, el pequeño, enfermó dos semanas después de empezar la migración.

Vinieron los curanderos y nos encerraron porque no querían que la enfermedad se propagara al resto de los túneles.

Ya había escuchado una historia parecida antes. La de Luella, sobre cómo su familia había enfermado mientras permanecían refugiados durante la última migración. Y cómo todos habían muerto cuando esta terminó.

Por eso había creado el elixir. Para que sus hijos tuvieran la fuerza suficiente para sobrevivir.

–Cuando enfermé, le supliqué a mi madre que me llevara a casa –continuó Margot–.

Deseaba tanto volver a nuestro hogar, a mi propio castillo, para morir en paz.

Tenía catorce años. Sabía que no sobreviviría en aquella habitación.

Mi madre golpeó la puerta hasta que los puños le sangraron.

Los curanderos nos dejaron salir cuando entendieron que no íbamos a quedarnos por las buenas. Y entonces me sacó del castillo.

Margot sujetó la punta del ala de la estatua, y los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza, como si quisiera partirla.

–Nunca volví a escuchar un silencio como el que nos recibió al salir del castillo.

Las calles estaban cubiertas de escombros y ruinas.

La mayoría de las casas habían quedado destruidas.

Decían que Quentis se había llevado la peor parte de la migración aquel año, pero, mientras caminábamos, el cielo estaba completamente despejado.

Y, por algún milagro, nuestra casa seguía en pie.

–¿Volvieron? ¿Los crux?

–No. –Soltó la estatua–. Cruzamos la puerta y sorprendimos a un saqueador. Golpeó a mi madre tan fuerte que nunca más despertó.

Tomé una bocanada de aire, de golpe, y me llevé una mano al pecho.

Se rozó con suavidad el rabillo del ojo, se alisó la falda, enderezó la espalda y levantó la barbilla.

–La migración saca lo peor de la gente. Es una realidad desafortunada de lo que estamos a punto de afrontar.

–Mi padre dice que puede detenerla.

–Solo si logras convencer a tu esposo de que te muestre el camino a Allesaria.

La bola de papel que tenía en la mano se volvió, de pronto, tan pesada como si fuera de plomo.

–Ransom hizo un juramento de sangre.

Señaló las obras de arte que nos rodeaban.

–Entonces me temo que estamos condenados.

No si mi padre compartía sus secretos. Pero preferí callármelo. Quizá conociera sus planes, aunque jamás lo traicionaría.

–Siento mucho lo de tu madre.

–Yo ocupé su puesto en la lavandería del castillo. ¿Lo sabías? La enfermedad pasó y, cuando terminó la migración, trabajé allí hasta que me ascendieron a dama de compañía.

–Y ahora eres reina.

–Vaya suerte la mía. –El sarcasmo impregnaba cada palabra–. Casada con un hombre enamorado de un fantasma.

Había oído a las damas de compañía murmurar lo mismo durante las fiestas, pero era la primera vez que mi madrastra me lo confesaba a mí.

–¿Por qué no quiere contarme nada sobre mi madre?

Margot vaciló durante tanto tiempo que pensé que se marcharía. Pero al final bajó la voz y esbozó una sonrisa cargada de tristeza.

–Cuando ella murió, se llevó una parte del alma de tu padre a las sombras del cielo. Él hace lo que tiene que hacer para seguir adelante, aunque su corazón ya no esté en este mundo. No es para hacerte daño. Es porque está profundamente herido. Tú eres, simplemente, un recordatorio de lo que perdió.

Bajé la vista hacia mi regazo.

–¿Por eso le pediste a una de las sirvientas que me llevara el tinte para el pelo?

Se encogió de hombros.

–Tienes su pelo.

No pensaba volver a teñírmelo, pero ya no estaba tan furiosa con Margot como antes.

–Está bien.

Recorrió una vez más la galería con la mirada. Tenía la boca tan tensa que apenas era una línea recta.

–Hay lugares mejores para leer en este castillo. ¿Por qué no vas a la biblioteca?

Había gente en la biblioteca.

Pero, antes de que pudiera responder, otras pisadas resonaron en la galería.

–Disculpa la demora, querida.

Margot se tensó y el miedo nubló sus ojos azules. La falda de su vestido me tapaba la vista, así que no alcanzaba a ver quién había entrado, pero desde luego no era la voz de mi padre.

Se apartó del pedestal y se aclaró la garganta.

–General Hawksley.

El hombre frunció el ceño y entonces me vio sentada en el suelo. Recuperó la compostura de inmediato e hizo una reverencia.

–Su Majestad. Mis disculpas. Creí que era otra persona.

¿Otra persona rubia con corona? Claro.

Ahora entendía por qué Margot había ido a una galería que decía odiar. Ella, igual que yo, necesitaba un lugar donde poder estar a solas.

Hawksley no era un rey. Ni de lejos tan imponente como mi padre, pero tenía un atractivo salvaje, a su manera. Entendía por qué podía gustarle a Margot. Entendía por qué se arriesgaba a acudir a aquella galería con tal de tener la oportunidad de estar a solas con un hombre que la llamaba «querida».

Mi padre, desde luego, jamás lo haría.

–Princesa. Disculpad la intromisión, por favor. –Hawksley hizo otra reverencia y, sin mirar a Margot, salió de la galería.

Recogí mis libros y me puse en pie, sacudiendo las piernas entumecidas.

–Odessa. –Extendió una mano y me detuvo antes de que pudiera irme–. Yo...

–Tranquila. No voy a decir nada.

Margot dejó caer el brazo.

–Gracias.

–Los secretos de esta familia van a ser nuestra perdición.

Me sostuvo la mirada.

–O nuestra salvación.