Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y cuatro. Caspia
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Capítulo cuarenta y cuatro. Caspia

Capítulo cuarenta y cuatro CASPIA

El dobladillo de mi vestido estaba empapado por la lluvia y el hielo. Cuando salí de casa aquella mañana llevaba el pelo seco, pero, aunque iba con la capucha puesta, el mal tiempo se las había ingeniado para colarse a través de la tela.

Los dientes me castañeteaban mientras cruzaba el gran vestíbulo del castillo.

–Caspia Estornino –me llamó un hombre, apartándose de la columna en la que estaba apoyado. Me estaba esperando.

Apreté el paso, manteniendo la vista fija al frente.

Era el cuarto sol consecutivo que me esperaba en el castillo. Elvi’im-belf’é-celf’il. Me costó toda mi fuerza de voluntad no volverme para insultarlo, pero no solo no entendería mi idioma, sino que lo único que conseguiría sería regalarle otra columna en su periódico.

Odiaba a ese tipo.

Era el mismo que me había regalado un ejemplar de su periódico basura, restregándome por la cara los acuerdos de la familia de Andreas y su compromiso. Se llamaba Chapman Leek. Un hombre tan ridículo como las mentiras que imprimía cada semana.

Según su periódico, yo era una espía de Laine enviada por la familia real para robar libros de aquel castillo, la dueña de un burdel de Génesis que pretendía abrir una sucursal en Roslo o una pirata de Ozarth que había manipulado a Andreas para acostarse con él y hacerse con el mando de la flota de su familia.

¿Acaso conocía la palabra «minucioso»?

–¿Me concedes un minuto, Caspia? ¿Puedo llamarte Caspia?

Apreté los dientes y seguí caminando.

No cabía duda de que había venido a preguntarme si Andreas y yo estábamos casados. Chapman no era el primer dueño de una imprenta que me interceptaba de camino a la biblioteca, pero sí el más detestable.

Empezó a caminar a mi lado.

–¿Hay motivos para celebrar? Me encantaría ser el primero en publicar tan adorable noticia.

Por todo Roslo circulaban rumores de que Andreas se había casado con la misteriosa Caspia Estornino, pero aún no habíamos hecho el anuncio oficial. Y, desde luego, no pensaba contárselo a él ni a ningún otro impresor antes que a nadie.

Ni siquiera los padres de Andreas lo sabían.

La ceremonia había tenido lugar la mañana siguiente a la proposición de Andreas. Fuimos al santuario de aquel mismo castillo y un sacerdote nos casó sin testigos, prometiendo guardar el secreto.

Andreas se encargó de reforzar aquella promesa con una generosa donación de oro.

Los ricos, sin duda, desperdiciaban su dinero en sacerdotes incapaces de mantener la boca cerrada.

Pero Andreas ya me había advertido de que nuestro secreto no duraría mucho. Era solo cuestión de tiempo que alguien encontrara nuestra acta de matrimonio entre los archivos del santuario.

Si Chapman quería publicar la verdad, para variar, le bastaba con ir a revisar aquellos archivos oscuros y húmedos y ponerse a investigar un poco.

–¿Otra visita a la biblioteca? Van cinco esta semana.

–Me gusta leer.

–¿Qué estás leyendo?

Me encogí de hombros y aceleré el paso.

–Lo que me da la gana.

Se adelantó, se giró hacia mí y empezó a caminar de espaldas para poder mirarme a los ojos.

–¿De dónde dijiste que venías?

–Nunca lo dije –respondí con sequedad, acelerando aún más el paso para dejarlo atrás–. Buenos días, señor.

–Qué formal. Mi nombre es...

–Innecesario.

Los guardias apostados en la biblioteca me vieron llegar y abrieron las puertas.

Entré a toda prisa, sabiendo que no dejarían pasar a Chapman. Ningún impresor tenía permitido el acceso.

El rey Cross andaba tramando algo relacionado con un decreto real.

Cuando las puertas se cerraron a mi espalda, suspiré aliviada al poder respirar por fin. Me quité la capa empapada, la colgué sobre un brazo y crucé la sala.

Faxon estaba en el rincón de siempre, acurrucado junto al hogar, alimentando el fuego con un leño.

–Señorita Caspia.

–Hola, Faxon. ¿Cómo estás?

–Congelado. –Se puso en pie, sacudiéndose el polvo de las manos–. Parece que esta tormenta no va a terminar nunca.

–Sí, eso parece. –Colgué la capa en un gancho para que se secara, me acerqué al fuego y extendí las manos hacia las llamas.

–Aquí tengo los libros que pediste ayer. –Señaló con la cabeza una pila de volúmenes sobre el escritorio–. Tengo otra caja más. Si encuentro algo interesante, te lo traeré.

Por más que quisiera empezar a buscar pistas de que mi madre había estado en Calandra, no tenía ni idea de por dónde empezar. Andreas tampoco.

¿Avistamientos de crux durante los últimos veinticinco veranos? ¿Registros del crematorio de la ciudad sobre una mujer sin nombre, de pelo rizado y pelirrojo?

La tía Oleana me había contado que mi madre era una soñadora. Tenía la sensación de que aquellos sueños eran visiones, como las mías. ¿Debería poner un anuncio en el periódico pidiendo información sobre adivinas en Calandra?

Hasta que tuviéramos una idea mejor de cómo acotar la búsqueda, seguiría revisando libros sobre la magia y la historia de Calandra, intentando encontrar la manera de liberar a Xandra de aquella maldición.

–También te he traído un regalo. –Levantó un paquete que, por la forma, parecía un libro, envuelto en papel de estraza y atado con un lazo de satén.

Sonreí y, al abrirlo, me encontré con una cubierta familiar y unas páginas desgastadas.

Los noventa sonetos . El libro que más había leído desde que llegué a Quentis.

–Faxon. Gracias.

–No es nada, querida. Sé cuánto te gusta. Ahora es tuyo.

–Pero es el ejemplar de la biblioteca. ¿No vas a meterte en problemas por regalármelo?

–Ese ejemplar era de mi colección personal. Yo se lo presté a la biblioteca. Y ya lo han tenido suficiente tiempo. Ese libro estaba destinado a ser tuyo.

Apreté el libro contra el pecho y me acerqué para darle un beso en la mejilla.

–Me encanta. Gracias.

Faxon se sonrojó y juntó las manos.

–Bueno, creo que voy a dejarte con tu lectura. Volveré dentro de un rato a revisar el fuego.

Pasé la mano por el lomo del libro mientras él se alejaba de aquel rincón.

–¿Faxon?

–¿Sí? –Se volvió.

–¿Alguna vez te has preguntado si las historias de este libro fueron reales? –pregunté–. ¿Si fueron algo más que simples historias?

–¿A qué te refieres? –Se acercó y vi cómo su sonrisa desaparecía.

–¿Y si Sonnet no les susurró historias a los crux? ¿Y si las escribió durante una migración para contar la historia de Calandra? ¿Y si hizo pasar la historia por ficción? –Abrí el libro por la página que más veces había leído–. La antigua batalla . –Me aclaré la garganta y seguí leyendo.

***

Hubo una vez una gran batalla entre los Seis y una pitonisa malvada. Ella luchó al mando de una legión de guerreras más poderosas que cualquier otra jamás vista en Calandra.

Las profecías que la oscuridad le había concedido le dieron una ventaja sobrenatural en la guerra.

Y, aunque los Seis eran dioses de un poder inmenso, contra miles no pudieron hacer nada.

La batalla se extendió desde un solsticio de verano hasta el siguiente.

Hasta que, por fin, en un campo bañado de sangre, en un momento de desesperación, mientras sus hermanos eran encadenados y quemados, Mack tomó su espada, se abalanzó sobre la pitonisa y le cortó la cabeza.

Si bien ganaron la batalla, los Seis cambiaron para siempre. Al tener sus cuerpos destruidos, eligieron retirarse a distintas porciones del cielo, ocupando su lugar entre Ama y Oda en las estrellas.

***

Faxon murmuró, pensativo:

–Hacía mucho tiempo que no leía Los noventa sonetos . Debo confesar que había olvidado esa parte del folclore.

Pero yo no creía que fuera folclore. No tenía pruebas ni ninguna evidencia que lo confirmara. Solo un extraño presentimiento: aquel libro era mucho más de lo que parecía.

–¿Por qué no encuentro nada que cuente la historia de Calandra anterior a la creación de los cinco reinos? –pregunté.

–No creo que exista nada semejante.

–¿No te parece extraño? –La montaña de libros sobre el escritorio dejaba claro que los habitantes de Calandra, o al menos los de Quentis, eran meticulosos a la hora de registrar su propia historia–.

Leí que el primer rey de Quentis se llamaba Magnus Cross.

Intenté rastrear su linaje, pero no encontré nada anterior a la primera migración.

Trescientos veranos es mucho tiempo, pero tampoco tanto.

¿Cuándo reinó Magnus? ¿Hubo algún rey antes que él?

–No lo sé. Las migraciones son notablemente destructivas. Es muy probable que cualquier historia anterior se destruyera o se perdiera para siempre.

–O que fuera borrada.

Faxon parpadeó, desconcertado por un instante, y luego echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que estuviéramos solos.

–¿A qué te refieres, señorita Caspia?

–No lo sé.

Había pasado mucho tiempo en aquella biblioteca, hojeando incontables libros y manuscritos. Hasta entonces no había encontrado ni una sola mención a las Estorninos ni al continente de Kenn, lo que tampoco me sorprendía demasiado.

Pero era aquel vacío en la historia de Calandra lo que más preguntas me despertaba. Salvo una única mención a Magnus Cross, toda la historia escrita comenzaba con la primera migración, provocada por mis antepasados trescientos veranos atrás.

Con cada sol que pasaba, empezaba a sentir que aquella ausencia de información era intencionada.

–Es solo que me resulta extraño que...

Las palabras se me quedaron cortadas cuando un hormigueo de energía me recorrió los brazos.

La sensación se propagó con tanta rapidez que tuve que tomar una bocanada de aire y alejarme de la entrada abierta del rincón. No encontré forma de escapar del dolor que invadió mi cuerpo cuando el Voster entró en la sala.

Faxon se interpuso entre nosotros, pero su cuerpo no podía hacer nada para detener las ondas de energía que emanaban del Voster.

El sacerdote no llevaba la misma túnica borgoña que el hermano Nold, sino una celeste que acentuaba aún más la palidez de su piel. Se detuvo en la entrada del rincón, con las manos a la espalda, mirándome con aquellos ojos verdes y oscuros.

Sentí que el corazón se me subía a la garganta mientras esperaba que dijera algo.

Pero el Voster permaneció en silencio.

Simplemente me observó.

Se parecía al hermano Nold, pero su magia se sentía distinta. Más afilada. Más intensa.

–¿Podemos ayudaros, hermano? –preguntó Faxon, aún plantado delante de mí.

El Voster apretó los labios y sacó un libro de detrás de la espalda. Cruzó el rincón y se acercó a Faxon, obligando al bibliotecario a hacerse a un lado.

Todo para situarse frente a mí.

Hice una mueca de dolor al sentir la punzada de su magia y no pude evitar retroceder.

El Voster inclinó la cabeza hacia un lado.

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, el dolor desapareció.

Mi cuerpo se relajó. El aire que había estado conteniendo escapó de golpe de mis pulmones. Tragué el nudo que se me había formado en la garganta y miré al sacerdote a los ojos.

Apretó la mandíbula y advertí cierta tensión alrededor de los ojos, como si mi dolor hubiera pasado a ser suyo.

Me lanzó el libro. Se estrelló directamente contra mi pecho antes de que pudiera atraparlo.

Después levantó uno de sus dedos esqueléticos, rematado por una uña desagradable y agrietada, y se lo llevó a los labios fruncidos.

Tragué saliva.

Sin pronunciar una sola palabra, se dio la vuelta y abandonó el rincón, haciendo que la túnica se meciera alrededor de sus pies descalzos.

El hormigueo regresó al cabo de un instante, incómodo, pero soportable.

Y entonces desapareció por completo, junto con el Voster.

–¿Estás bien? –preguntó Faxon, llevándose la mano hacia mi codo.

–¿Quién era ese?

Sacudió la cabeza.

–No lo sé. Nunca lo había visto.

Miré el libro y su cubierta de cuero gris, sucia y desgastada. Las esquinas estaban raídas y dobladas. El lomo, agrietado. Las páginas lucían más amarillas que blancas y los bordes estaban desigualmente cortados.

–¿Qué sabes de su magia? –le pregunté a Faxon.

–Poco. La hermandad es extremadamente reservada.

Se sabe que pueden manipular los fluidos.

Sellan los tratados con sangre usando su magia.

Todos los reyes de Calandra hicieron al menos un juramento de sangre en el Tratado del Escudo de Gorriones.

Pero, en cuanto al funcionamiento interno de la hermandad, no encontrarás nada en esta biblioteca. Créeme, ya lo busqué.

Anoté mentalmente que debía leer sobre el Tratado del Escudo de Gorriones y cualquier otro juramento de sangre que hubiera quedado registrado.

–¿Qué les ocurre a los reyes si rompen un juramento de sangre?

–Mueren.

Un escalofrío me recorrió toda la espalda.

Llevé el libro hasta el escritorio y me senté.

Faxon permaneció detrás de mi silla, mirando por encima de mi hombro, mientras yo abría con cuidado la portada.

La primera página estaba en blanco. Toqué la hoja y una punzada de dolor me subió disparada por el brazo hasta el codo.

––¡Ay! –exclamé, apartando la mano de golpe y apretando los dientes. Esperé unos segundos a que el dolor remitiera.

–¿Quieres que lo toque yo? –se ofreció Faxon.

–No. Lo haré yo.

Respiré hondo y pasé la página, esperando otra punzada, pero la energía ya había desaparecido y solo sentí la textura áspera y gruesa del viejo papel.

–La antigua lengua –murmuró Faxon, examinando la página–. Pelvi’a-relf’a Lelvi’as Elvi’es-telf’or-nelf’i-nelf’os. ¿Quieres que te lo traduzca?

–No. –Sentí un nudo en el pecho–. Sé lo que dice.

Para las Estorninos .