Capítulo cuarenta y tres. Odessa
Capítulo cuarenta y tres ODESSA
La cama se sacudía con tanta violencia que parecía que alguien hubiera levantado el colchón para darle la vuelta. Me incorporé de golpe y vi a Ransom pateando las sábanas.
Rayos .
–Despierta –dije, arrodillándome y sujetándolo por los hombros–. Ransom.
Mi voz solo consiguió que se agitara con más intensidad. La cabeza se le balanceaba de un lado a otro sobre la almohada, mientras mantenía los ojos fuertemente cerrados.
–Ransom –insistí, zarandeándolo. Después le sujeté el rostro entre las manos. Tenía la piel demasiado caliente–. Despierta. Es solo una pesadilla.
Tenía las manos cerradas en dos puños y no dejaba de gruñir.
Le aparté el pelo del rostro, empapado en sudor, y esta vez grité: –¡Ransom!
Se movió tan deprisa que no tuve tiempo de reaccionar. Se incorporó de golpe y me agarró de las muñecas. Me empujó contra el cabecero, inmovilizándome sobre la cama, mientras un gruñido salvaje brotaba de su garganta.
No pude evitar gritar, más por el sobresalto que por el dolor, y me quedé congelada en ese momento de terror, mirando el rostro de mi marido.
Fue entonces cuando me encontré con la mirada de un monstruo.
Apretaba los dientes con una fuerza descomunal y sus ojos eran tan plateados como la luz de las lunas que se filtraba por las ventanas. No parecía darse cuenta de que estaba gruñéndole a su esposa.
–Ranse –susurré, obligándome a mantener la voz serena, aunque sintiera el corazón en la garganta–. Vuelve conmigo.
Parpadeó.
Entonces el plateado se transformó en avellana. La ira se transformó en miedo. Luego me soltó y se alejó enseguida de mí.
–Mierda. –Se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo con desesperación.
–Estoy bien. –Bajé de la cama y me acerqué a él.
–¿Dess? –Tenía la respiración acelerada. Después se encorvó y escondió el rostro entre las manos.
–Estoy bien –repetí, tomándolo de las muñecas y haciéndolo sentarse–. Mírame. Estoy bien.
Me examinó de arriba abajo. Luego cogió mis manos y las giró con cuidado para asegurarse de que no le estaba mintiendo. El arrepentimiento que reflejaba su rostro fue como un puñal en el corazón.
–No me has hecho daño. Solo ha sido una pesadilla.
Cerró los ojos y me estrechó contra su pecho, mientras enterraba el rostro entre mis rizos.
–Lo siento. Mierda, lo siento muchísimo.
–No te preocupes. –Lo rodeé con los brazos por la cintura y apoyé la nariz contra su pecho, respirando su aroma mientras escuchaba su corazón acelerado.
Se mezclaba con el sonido de la lluvia golpeando la ventana y con los truenos lejanos de aquella noche de tormenta.
–¿Qué has soñado?
–La vi ir a por ti –murmuró–. En Ellder. Voló tan rápido que no llegué a tiempo. No pude salvarte.
Lo abracé con más fuerza.
No era solo una pesadilla. Era la lyssa. Las venas oscuras que nacían de su corazón se extendían más que nunca; algunas ya alcanzaban las costillas.
Poco a poco, estaba perdiendo el control.
¿Cuánto tiempo nos quedaba antes de que lo perdiera por completo?
–No puedo... –Sacudió la cabeza y se apartó de mí. Empezó a caminar de un lado a otro, frotándose la barba–. Dormiré en el sofá.
–No. –Me planté delante de la puerta y crucé los brazos.
–Dess, no quiero ponerte en peligro.
–No te vayas. Por favor. –Me acerqué y apoyé las manos sobre su cintura–. Siempre juntos, ¿recuerdas?
Suspiró y me enmarcó el rostro con las manos. Sus ojos buscaron los míos y comprendí que no había nada que pudiera decir para hacerlo cambiar de opinión. Así que no dije nada.
Deslicé una mano por detrás de su cuello y me puse en puntillas de pie, mientras lo acercaba a mis labios para darle un beso.
Mi boca encontró la suya y la recorrió de un lado a otro, mientras él quedaba inmóvil, tenso. Solo cuando pasé la lengua por sus labios cedió.
Cualquiera fuera el control que tenía se desvaneció en cuanto inclinó la boca sobre la mía, manteniéndome en el lugar, mientras nuestras lenguas se entrelazaban.
Sentí una cierta contundencia en el beso y en la manera en que sus manos me levantaron para llevarme a la cama, donde deslizó el vestido sobre mis piernas y mis caderas.
Entonces me hizo olvidarlo todo, salvo la sensación de su cuerpo moviéndose en mi interior. El sabor de su lengua y el rugido de su voz profunda. Lo hicimos hasta que quedé exhausta y, al quedar envuelta en el calor de sus brazos, lo último que escuché antes de dormir fue una suave disculpa.
–Lo siento, Dess.
–Te quiero, Ranse.
Cuando desperté a la mañana siguiente, su lado de la cama estaba vacío.
También lo estaba el sofá.
***
Evie y yo estábamos desayunando en la habitación, en silencio, cuando recibimos la notificación.
–El rey solicita vuestra presencia en su estudio –dijo el senescal–. Cuanto antes.
Suspiré y devoré un trozo de tostada con un poco de jalea de caqui, todo un clásico en aquel castillo. Después llevé a Evie y a Faze a la guardería para que jugaran con Arthalayus y Titus.
Reunirme con mi padre no estaba en mi agenda del día. Tenía que encontrar a mi esposo. Pero mi pequeño y tonto corazón aún albergaba un atisbo de esperanza de que mi padre realmente quisiera verme.
Sabía que terminaría decepcionada. Pero a ese pequeño y tonto corazón no le importaba en lo más mínimo.
Las puertas del estudio del rey estaban abiertas cuando llegué. Enderecé los hombros y entré en la sala.
Mi padre era una figura imponente tras su escritorio de nogal, con una pluma en la mano, escribiendo sobre un pergamino. Apenas levantó la vista para mirarme antes de hablar: –Estaré contigo en un momento.
Un fuego ardía en la chimenea de piedra y su luz se mezclaba con la de los faroles repartidos por la sala.
Las paredes estaban revestidas con paneles de la misma madera de nogal que el escritorio.
En una de ellas colgaban los retratos de sus padres.
La otra parecía vacía, aunque, de niña, solía escabullirme en aquel estudio para robar los caramelos de menta del frasco que guardaba en el escritorio.
Cuando lo oía acercarse, me escondía debajo del sofá de cuero, frente a la chimenea. Y, mientras lo espiaba, lo veía abrir con una llave de bronce un panel que ocultaba un compartimento secreto.
La puerta del panel me impedía ver qué escondía tras la pared. Quizá tendría que esforzarme más para averiguarlo.
A su espalda se alzaba una pared de ventanas, pero las cortinas aguamarina estaban corridas y bloqueaban la luz, aunque no el sonido de la lluvia.
Me acerqué despacio a mi padre, al escritorio y al mapa que tenía extendido sobre la superficie. Era el mismo que me había mostrado la noche anterior a mi partida hacia Turah, meses atrás.
La única preparación que tuve antes de convertirme en su espía novata de la noche a la mañana. Mi noche de bodas.
Había pasado horas tratando de meterme en la cabeza toda la información posible: desde los datos sobre Turah que había reunido gracias a una red de espías profesionales hasta las hipótesis sobre la ubicación de Allesaria.
Hoy el mapa era diferente, lleno de anotaciones y líneas sobre toda Calandra, no solo sobre Turah. Había varias X rojas, líneas azules y círculos negros.
Me había dicho que necesitaba entrar en Allesaria. Que había algo que ansiaba encontrar en aquella ciudad oculta. Pero ¿eso era solo una parte de su plan? Antes creía que su único interés era Turah. Pero ¿y si había ampliado sus ambiciones a los cinco reinos?
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando mi atención volvió a mi padre.
Sus ojos me estaban esperando.
Mierda . Aparté la vista del mapa y volví a fijarla en él, entrelazando las manos a la espalda para que no viera cómo me temblaban.
–¿Querías verme?
–Sí –dijo, apoyando un dedo bajo la barbilla–. Esta mañana ha habido un incidente en los establos con el príncipe Zavier.
–Ransom –lo corregí.
Hizo un gesto con la mano, restándole importancia al nombre.
–Tuvo un altercado con un guardia que ahora tiene un brazo roto.
–Bueno, estoy segura de que fue en defensa propia. Ransom no va por ahí rompiendo brazos por deporte.
–Según el informe que he recibido, el guardia hizo algunos comentarios fuera de lugar y, por su falta de respeto, será castigado.
Pero esos castigos corresponden al capitán Brix y al general Hawksley, no a un invitado turano.
Es tu esposo y un príncipe que está de visita en este castillo y, por eso, seré indulgente.
Pero no toleraré más actos de insolencia como este, Odessa. ¿Entendido?
Me quedé en silencio. No era que estuviera esperando una respuesta. Pero, al menos, ahora sabía adónde había ido Ransom.
Cogió la pluma y retomó la carta que estaba escribiendo.
–Puedes irte.
Mi pequeño y tonto corazón había sido un cretino al traerme aquí.
Me di la vuelta para marcharme, más enfadada conmigo misma que con mi padre. Pero, antes de que llegara a la puerta, me detuvo.
–Odessa.
–¿Sí? –Me volví, fingiendo una sonrisa.
Vi cómo apretaba los dientes mientras miraba mis pantalones de combate y mi camisa verde con cinturón.
–Mantente alejada de Gable.
–No.
La mandíbula se le tensó aún más.
–No está abierto a discusión.
–Entonces cuéntame algo sobre mi madre.
La sala quedó sumida en un silencio absoluto, como si hasta las motas de polvo hubieran dejado de flotar en el aire.
–Vete.
Me mantuve firme, negándome a marcharme.
–El Sumo Sacerdote me preguntó por ella y no supe qué responder. Merezco saber quién fue. Y, si tú no vas a decírmelo, encontraré a alguien que sí lo haga.
–No cometas el error de ponerme a prueba.
–Tú no cometas el error de amenazarme. –Las palabras brotaron con tanta fuerza que no habría podido contenerlas ni aunque lo hubiera intentado.
Nunca había sonado tanto como Ransom en mi vida. Inmutable, valiente. Increíblemente cansada de los secretos de aquel castillo.
–¿Por qué no hay retratos suyos en el castillo? ¿Por qué nadie tiene permitido hablar de ella? ¿Te hizo daño? ¿Te dejó por otro hombre? ¿Por eso no quieres hablar de ella?
–Basta, Odessa. –Golpeó el escritorio con el puño. La ira irradiaba de todo su cuerpo.
Meses atrás, aquella ira me habría hecho abandonar el estudio. Pero estaba cansada de vivir entre sombras. O me decía la verdad o tendría que aceptar que construiría mis propias respuestas.
–He oído el rumor de que la mataste. ¿Es verdad?
En cuanto pronuncié esas palabras, fue como si un muro inmenso hubiera aparecido entre nosotros. Todo rastro de emoción desapareció de su mirada. La ira se esfumó. No quedó nada salvo un silencio vacío.
No negó mi acusación.
Levantó la pluma, la mojó en el tintero y retomó su trabajo.
–¿Qué buscas en Allesaria? ¿Cómo piensas detener las migraciones? ¿Matando a los Voster?
Siguió escribiendo y respondió con una voz fría y distante: –Si no me queda más remedio.
–¿Aunque te cueste la vida?
–No me costará nada. Puedes irte.
Siempre lo mismo. Siempre «podía» irme. No era nada nuevo.
–¿Por qué mis ojos son dorados? ¿Por qué no tengo rayos como todos los demás? ¿Mi madre tenía los ojos dorados? ¿Por qué puedo sentir la magia de los Voster? ¿Ella también podía sentirla?
La pluma se le cayó de la mano sobre el escritorio y el golpe resonó por toda la sala. Levantó la vista y el color fue abandonándole poco a poco el rostro.
–¿Puedes sentir su magia?
–Sí. –Me crucé de brazos.
–Nunca me dijiste eso.
–Bueno, parece que aprendí del mejor a guardar secretos. ¿Qué significa?
Se levantó despacio, apoyando las manos sobre el escritorio, como si necesitara sujetarse para no perder el equilibrio.
–Significa que tienes que mantenerte alejada de los Voster.
–No me estás respondiendo a nada.
Pero esa era la única respuesta que iba a darme.
Sin decir una sola palabra más, rodeó el escritorio. Y, como yo no estaba dispuesta a abandonar el estudio, fue él quien decidió hacerlo.