Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y dos. Caspia
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Capítulo cuarenta y dos. Caspia

Capítulo cuarenta y dos CASPIA

Dejé la pluma a un lado y cerré el diario. La historia que me había propuesto escribir ya estaba terminada y, de repente, quise retractarme de todo. Arrancar las páginas del cuaderno y arrojarlas al fuego.

Aun así, mientras contemplaba el libro junto a su compañero, sentí que todo aquel peso insoportable abandonaba mis hombros.

Ya no era la única que cargaba con toda la historia de las Estorninos.

No había llenado el diario por completo. Me gustaba que aún quedara espacio para seguir añadiendo cosas con el paso del tiempo.

Pero había escrito la historia de mi vida.

La historia de mi pueblo y de mi familia.

Incluso había incluido cosas que nunca le había contado a Andreas, como que mi sangre se había vuelto verde y que me sentía más fuerte y más rápida de lo que jamás me había sentido en Nelfinex.

Que la vista y el oído se me habían agudizado.

Aquel proyecto me había absorbido por completo, pero, pasara lo que pasara en el futuro, al menos quedaría ese testimonio.

Me levanté de la silla, con la espalda y los hombros rígidos después de tantas horas sentada ante aquel escritorio, en el rincón de la biblioteca. Con la pila de libros bien sujeta contra el pecho, dejé la pluma y el tintero y me acerqué al escritorio de Faxon.

Unas gafas de montura fina descansaban sobre el puente de su nariz mientras leía, inclinado sobre un libro.

La biblioteca estaba casi a oscuras; al otro lado de las ventanas por las que solía entrar la luz, ahora solo se veían las nubes de tormenta que se habían instalado sobre Roslo.

Echaba de menos el sol. Odiaba la lluvia.

Andreas me había advertido de que, cuanto más nos acercáramos al solsticio de invierno, más persistentes serían las nubes y la lluvia. Aunque, tarde o temprano, el cielo volvería a despejarse y la primavera en Quentis borraría hasta el último rastro de aquella melancolía invernal.

–Faxon –dije, deteniéndome frente a su escritorio–. Perdona que te moleste, pero ¿puedo pedirte un favor?

–No es ninguna molestia, señorita Caspia. –Se levantó del banco y se quitó las gafas, que dejó sobre el libro para no perder la página–. ¿En qué puedo ayudarte?

–Quería preguntarte si... –Apreté el diario contra el pecho. Déjalo ir, Caspia–. ¿Podrías guardarlo en algún lugar seguro?

Levantó las cejas mientras extendía la mano.

–Claro.

Déjalo ir. Le entregué el diario, conteniendo el impulso de recuperarlo al instante.

Faxon no lo abrió. No hojeó ni una sola página. Y, en el fondo de mi corazón, sabía que respetaría mi intimidad.

–¿Y el otro? –Señaló el segundo diario, una copia idéntica que llevaba bajo el brazo–. ¿Quieres que guarde también ese?

–No, este me lo quedo yo.

–Muy bien. –Faxon asintió levemente y se perdió entre los estantes para esconder aquel diario en algún rincón donde cayera en el olvido.

Hasta que llegara el momento en que Kos lo encontrara.

Había tenido la visión de él leyendo la primera página tres lunas atrás. Había sido breve y difusa, casi como si estuviera envuelta en una especie de neblina.

La mayoría de mis visiones habían sido así últimamente. Parecidas a sueños.

Un bosque de montaña cubierto de algo blanco.

Incontables tumbas al otro lado de la muralla de una fortaleza.

Un hombre de trenzas negras con una sola pierna, sosteniendo a su hijo recién nacido.

Aquellas nuevas visiones eran como fragmentos de un cristal roto y todavía me faltaba descubrir cómo encajaban entre sí.

Tal vez nunca llegaría a ver la imagen completa.

Un bostezo me sorprendió, un efecto secundario de aquel clima deprimente. Me encaminé hacia la puerta de la biblioteca, enderezando la espalda antes de cruzar el vestíbulo principal.

Seguía llamando la atención. A la gente le encantaba murmurar sobre mi pelo, mi ropa o mis ojos. La mayoría no parecía terminar de entender quién era yo para Andreas. Más de una vez había oído la palabra fulana y, aunque en Nelfinex no existía ese término, entendía perfectamente a qué se referían.

En Nelfinex, él habría sido mi amante. Mi consorte.

En Calandra, para pertenecer de verdad, necesitaría otro título.

Esposa .

Últimamente no habíamos vuelto a hablar de su compromiso, aunque sabía que él seguía buscando la manera de anular ese acuerdo. Y si la gente especulaba sobre mí, bueno… no lo sabía. Evitaba leer el periódico y sus publicaciones a toda costa.

¿La biblioteca tendría una salida trasera? Me hice una nota mental para preguntárselo a Faxon al día siguiente.

Estaba cruzando la sala cuando la puerta doble se abrió de golpe. Los guardias la sujetaron para dejar pasar a una mujer con un vestido azul bordado con hilos plateados.

Su cabello dorado le caía sobre los hombros como dos paneles impecables. Sus ojos castaños, surcados por rayos ámbar, me resultaron tan familiares que me detuve en seco.

Conocía esos ojos. Me despertaba con ellos todas las mañanas y me dormía con ellos cada luna.

Vexx . Andreas me había advertido de que su madre quería conocerme. Él había estado inventando excusas, pero era evidente que ella ya se había cansado de esperar.

Aquello era peor que el periódico y los chismes del castillo. Aunque, al menos, no estábamos en el vestíbulo.

La falda de su vestido se mecía alrededor de las piernas mientras acortaba la distancia que nos separaba. Detrás de ella, los guardias cerraron las puertas. Seguramente tenían órdenes de no volver a abrirlas hasta que terminara conmigo.

Malynn se detuvo a un brazo de distancia y me recorrió de arriba abajo con una frialdad calculada.

Llevaba joyas blancas y verdes en las orejas.

Un pesado collar con las mismas piedras preciosas le colgaba del cuello.

Su rostro lucía impecable, con una piel realzada por cremas y polvos.

Olía a lavanda y a pétalos de rosa. Las uñas perfectamente pulidas le brillaban.

Todo en ella destilaba opulencia y autoridad.

Andreas no era de los que hacían ostentación de su riqueza y era fácil olvidar que aquella también era su vida y que la fortuna de su familia iba acompañada de un poder inmenso y de una gran responsabilidad.

Como la responsabilidad de casarse con una mujer que sus padres aprobaran.

Maldita sea . Debería haberme puesto un vestido mejor.

Malynn frunció el ceño y, por primera vez, su fachada de frialdad se resquebrajó. Detrás de ella solo vi una profunda decepción.

Prefería la frialdad.

–Así que tú eres la mujer que ha corrompido a mi hijo.

***

Una tormenta rugía sobre el mar. Las olas, coronadas de espuma blanca, avanzaban hacia el puerto y rompían contra los acantilados junto a la ciudad. Los barcos se mecían de un lado a otro en los muelles. Y una cortina de lluvia caía de las nubes, entre relámpagos que surcaban el cielo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

El trueno llegó antes de que pudiera contar hasta seis. Hacía apenas unos minutos había llegado hasta diez antes de que el estruendo alcanzara el balcón.

La tormenta se acercaba y no podría quedarme mucho más tiempo allí fuera, pero aquellas nubes grises y furiosas eran el reflejo perfecto de mi estado de ánimo.

–En el balcón. Hacía tiempo que no veníamos aquí –dijo Andreas, rodeándome con los brazos al acercarse a la barandilla–. ¿Qué pasa?

–Hoy he conocido a tu madre –dije entre dientes.

Se puso tenso.

–Mierda.

–Es muy guapa.

–Sí, lo sé.

Malynn no se había quedado mucho tiempo. En cuanto terminó de evaluarme –y, a todas luces, suspendí el examen–, me soltó: –Vas a ser un problema.

Ni siquiera me preguntó cómo me llamaba antes de marcharse, sacudiendo su costoso vestido.

Después de eso volví a casa y pasé el resto de la tarde en aquel balcón, contemplando la tormenta.

–Lo siento –dijo Andreas, apoyando la barbilla sobre mi cabeza.

–Estás dando por hecho que me trató mal.

–Como si no conociera a mi madre. Te trató mal.

Fruncí los labios.

–Al parecer, voy a ser un problema.

Apartó mi mano de la barandilla y entrelazó sus dedos con los míos.

–Está enfadada porque he roto el compromiso.

Me volví hacia él y lo miré directamente a los ojos.

–¿Se ha terminado?

–Sí. –Me giró entre sus brazos y me apoyó un dedo bajo la barbilla para cerrarme la boca–.

La mujer con la que quería que me casara era la hija de su mejor amiga.

La conocí cuando tú y Kos os instalasteis aquí.

Tenía tantas ganas de casarse conmigo como yo con ella; es decir, ninguna.

Pero me pidió que mantuviéramos la apariencia del compromiso hasta que su amado regresara de Ozarth.

Había partido para entregar un cargamento de grano a cambio del oro que necesitaba para pedirle matrimonio.

Y esta mañana me ha enviado un mensaje diciéndome que ya había vuelto y que les habían contado a sus padres que estaban comprometidos, así que no se casaría conmigo.

Hoy no he tenido tiempo de hablar con mi madre.

–Pero ella vino a verme a mí primero.

–Lo siento. –Enroscó un mechón de mi pelo en un dedo. Cuando lo soltó, se dejó caer de rodillas.

En ese instante, un trueno ensordecedor desgarró el cielo mientras yo lo miraba desde arriba.

–¿Qué estás haciendo?

–Caspia –dijo, tomándome de las manos–. Cásate conmigo. Sé mi esposa.

Se me detuvo el corazón. Sí . Quería aceptar. Habría aceptado cualquier cosa que me pidiera. Pero no sabía muy bien qué significaba ser una esposa.

Debió de notar la confusión en mi rostro, porque su expresión se suavizó.

–Significa que serás mía y yo seré tuyo. Desde este momento hasta la eternidad, juntos en el cielo con los dioses.

Yo no creía en sus dioses.

Pero sí esperaba volver a encontrarme con él en el más allá.

–Sí.

La palabra apenas había terminado de salir de mi boca cuando él se puso en pie y atrapó mis labios con los suyos, justo en el instante en que las nubes se abrieron sobre nosotros y descargaron toda su lluvia.

Nos reímos sin dejar de besarnos mientras la tormenta nos empapaba por completo. Sentí su lengua entrelazarse con la mía y la lluvia resbalar sobre su sonrisa.

–Por todos los dioses, te amo. No te merezco. Pero voy a tenerte de todos modos. Hasta el fin de nuestros días. –Se llevó dos dedos a la frente–. Lo juro.

–Yo también.

Pensé que, si todo lo que llegábamos a tener era aquel instante, aquellas promesas bajo un torrente de lluvia, ya sería suficiente.

Me hizo girar sobre mí misma y me besó hasta marearme. Después me llevó al interior, dejando un charco a nuestros pies cuando por fin me bajó de sus brazos.

–Sea lo que sea lo que quieras, solo tienes que pedírmelo. Encontraremos a tu prima. Vengaremos a tu hermana. Mandaré a alguien a buscar al hombre de ojos plateados. Y, si hace falta atrapar a todos los ulfernos de Calandra, lo haremos.

–No. –Le pasé la mano por el pelo–. Ya no quiero venganza.

Tal vez ese guerrero de ojos plateados había salvado incontables vidas al quitarle la vida a mi hermana. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo si ella se había convertido en un monstruo.

Y, aunque quería encontrar a Xandra, tendría que encerrarla en una jaula.

Y quizá era mejor dejarla libre.

–Quiero pasar tiempo en la biblioteca. Seguir buscando pistas hasta encontrarla.

–¿Qué? –Frunció el ceño.

Respiré hondo. Había una razón por la que mis hermanas y yo habíamos sido criadas por la tía Oleana. Una razón por la que mi madre nunca regresó a Nelfinex. Y tenía la sensación de que esa razón estaba relacionada con todo lo que había descubierto desde que llegué a Calandra.

–La verdad sobre la desaparición de mi madre.