Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta y uno. Odessa
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Capítulo cuarenta y uno. Odessa

Capítulo cuarenta y uno ODESSA

Había un frasco de tintura castaña en el lavabo de nuestro cuarto de baño, que, al parecer, una sirvienta había dejado allí mientras dormíamos.

Ransom entró en el cuarto de baño y se detuvo detrás de mí. A través del espejo, su reflejo pasó de dormido a molesto en un abrir y cerrar de ojos.

–Espero que no sea lo que creo que es.

Me mordía la mejilla por dentro para evitar llorar.

Era la tercera mañana que pasábamos en Quentis y aún no tenía ropa nueva. El armario seguía repleto de vestidos y zapatos grises.

Ahora sabía por qué.

Margot no tenía ninguna intención de conseguirme pantalones.

Había sido tan agradable durante los desayunos. Me había preguntado cómo había sido mi estancia en Turah y su interés parecía sincero. Había sido tan cariñosa con Evie y, justo el día anterior, había dicho lo feliz que estaba de que Arthy tuviera una amiga en la guardería.

Debería haber sabido que todo era una fachada.

Me tembló la barbilla.

–Mierda –dijo Ransom, rodeándome los hombros con los brazos mientras yo bajaba la vista al suelo, ocultando el rostro tras una cortina de pelo. Me besó el hombro–. Lo siento.

La noche anterior había sentido un nudo en el estómago al regresar a la habitación y comprobar que nada había cambiado en mi armario. Ransom, Evie y yo tuvimos que pasar otra noche encerrados, cenando solos, ya que no habíamos recibido ninguna invitación por parte de mi familia.

Después de cenar, lavé mi túnica y mis pantalones en la tina y los colgué sobre una silla de nuestra habitación para que se secaran. Gracias a los dioses, no los había dejado en el cuarto de baño. La sirvienta que me había traído la tintura probablemente tenía órdenes de llevárselos.

Resoplando, intenté contener las lágrimas. Si lloraba, Margot ganaría. Si me ponía un vestido gris, también ganaría. Si le ponía a Evie uno de aquellos vestidos, Margot ganaría, sin lugar a dudas.

Y no pensaba permitir que eso ocurriera.

Necesitábamos dinero y no quería pedírselo a mi padre. Pero tampoco me habían apartado de la familia real. Al menos, todavía no.

Por muy tentador que fuera vender los vestidos grises, no sacaría tanto dinero como por los cuchillos.

Aún no podía tocarlos. Solo ver la empuñadura me transportaba de nuevo a Ellder. Por muy limpios que estuvieran, siempre vería la sangre de Banner sobre sus hojas afiladas.

Cuchillos a cambio de pantalones y, de paso, un buen «vete a la mierda» para Margot; me parecía un buen trato.

Miré los ojos plateados de Ransom en el espejo.

–¿Te importaría que vendiera mis cuchillos?

Ransom esbozó su sonrisa insolente y sus ojos se tornaron verdes.

–Para nada.

***

Vestida con un nuevo par de pantalones de lino color bronce y una camisa a juego, encontré a Ransom en el centro de entrenamiento del castillo.

El sonido de las espadas chocando entre sí me dio la bienvenida apenas entré, mientras el aroma a cedro, metal y sudor invadía el ambiente.

Había un grupo de niños a un lado de la inmensa sala disparando flechas a unas dianas.

Un puñado de legionarios combatía cerca de ellos.

Y Mae entrenaba con Brix, el capitán de la guardia, en la zona central.

Mi hermana nos había evitado por completo durante los últimos tres días, desde que había entrado en nuestra habitación por órdenes de mi padre. No me sorprendió encontrarla allí. Aquel centro era su lugar favorito del castillo.

Brix le sacaba diez años, pero era su compañero de entrenamiento preferido y también su amante, porque la desafiaba con la misma intensidad en todos los sentidos.

Ella se movía con agilidad por el área de combate, blandiendo la espada con una gracia que me recordaba mucho a un baile.

La falda de su vestido se mecía alrededor de sus tobillos y pantorrillas.

Las mangas color jade le quedaban sueltas y holgadas, confeccionadas con una tela ligera que le permitía moverse con libertad.

Gable, el maestro de armas, observaba desde un banco mientras le señalaba los errores.

No eran muchos.

Desde que Gable me había considerado un caso perdido, había dejado de ir al centro de entrenamiento con regularidad. Con el tiempo dejé de ir por completo, ya que estaba más que dispuesta a cederle ese espacio a Mae.

Ella seguía siendo tan rápida y ágil como siempre y, cuanto más combatía con el capitán sin perder el control, más orgulloso parecía sentirse Gable. El orgullo era evidente en la cara del hombre mientras observaba a su alumna favorita.

Entré en el centro pegada a la pared y me dirigí hacia el rincón más alejado, donde Ransom y Evie entrenaban juntos.

Practicaban con una espada de madera. La misma que Mae y yo solíamos usar cuando éramos niñas.

Faze estaba atado con una correa a los soportes de armas fijados a la pared. Masticaba un hueso, más contento de lo que lo había visto en días.

Me agaché para acariciarle detrás de las orejas y luego me acerqué a Ransom.

Evie sacaba la lengua por un lado de la boca, con el ceño fruncido por la concentración, mientras sujetaba la espada con ambas manos. La llevó hacia atrás, por encima de los hombros, y luego la blandió hacia delante, apuntando a las rodillas.

Ransom dejó que lo golpeara y fingió que estaba herido.

Evie se echó a reír.

–He ganado.

–Has ganado. –Le acarició la cabeza y tomó la espada–. Buen trabajo. Puedes descansar.

Enseguida, Evie fue corriendo a sentarse junto a Faze.

Ransom se acercó directamente hacia mí, obligándome a levantar la barbilla para mirarlo a los ojos. Otra vez plateados.

–Bonita ropa, mi reina. –Posó los labios sobre los míos–. Estoy deseando quitártela más tarde.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Sonrió contra mi boca y después me dio una palmada en el trasero con la mano libre.

–Coge una espada.

Me quejé, pero fui hasta la pared donde estaban las armas y cogí una del mismo tamaño que la mía.

Ransom tomó la suya del rincón y me llevó hasta el círculo de entrenamiento contiguo al de Mae.

Se oyeron risas contenidas por toda la sala.

Mae y el capitán habían dejado de luchar y ambos miraban hacia donde estábamos, cuchicheando entre ellos.

Gable se levantó del banco frente al sector de Mae y fue a sentarse frente al mío.

–Si ese es el caso, ¿no preferirías ahorrarte este entrenamiento, esposo mío? –dije, batiendo las pestañas.

–Ni lo sueñes, Cross.

Uf. Lo último que quería era tener a todo el mundo mirándonos, y menos aún a esa gente.

Gable ya había tirado la toalla conmigo como alumna. Se había quejado de mi puntería desastrosa con la ballesta y le había advertido a mi padre que terminaría haciéndome daño a mí misma si me ponían una espada en la mano.

Y Mae era... bueno, Mae.

En cuanto cayera de culo al suelo, sería la primera en reírse. Y esa caída era inevitable.

–Ignóralos –dijo Ransom con una voz grave y suave–. Aquí solo estamos tú y yo.

Cerré los ojos e imaginé que estábamos en un claro bajo unos árboles inmensos. Imaginé el olor a pino y el crujido de las hojas bajo mis pies. Respiré hondo y abrí los ojos. Entonces asentí una sola vez.

–Esa es mi reina. –Su sonrisa fue la única advertencia que me dio antes de lanzarse al ataque.

Retrocedí hacia un lado y apenas pude bloquear el golpe.

Frunció el ceño y arqueó las cejas.

–Sí, sí, mantente firme –murmuré–. Ya lo sé.

Pero, al menos, seguía en pie.

Ransom volvió a la carga y, esta vez, no cedí terreno: me moví para ganar espacio y lanzar mi propio ataque.

Empezamos a luchar al mismo ritmo, como si estuviéramos bailando, hasta que el resto de la sala desapareció y solo quedamos nosotros dos. Sus ojos plateados fueron adquiriendo poco a poco un tono avellana. Y, por fin, su mirada se encendió con un verde intenso.

Supe que estaba en problemas cuando se movió tan deprisa que perdí de vista su rostro. En un instante estaba de pie y, al siguiente, tenía la espalda contra el suelo y la espada floja en la mano, mientras él se abalanzaba sobre mí y me inmovilizaba.

–No es justo –mascullé.

Sonrió y un mechón de su pelo oscuro se escapó del nudo que llevaba en la nuca. Me sujetó las manos por encima de la cabeza y el peso de su cuerpo me mantuvo inmovilizada contra el suelo.

–Lo has hecho bien.

–¿Eso ha sido un cumplido? ¿Aquí? ¿En pleno entrenamiento? Pensaba que los halagos eran solo para la cama.

Rio y se inclinó hacia mí hasta que sus labios me rozaron la oreja.

–¿Quieres un halago? Entonces espera a ver lo que haré con tu boca esta noche. Te daré más halagos de los que puedas soportar.

Se me cortó la respiración y sentí que las mejillas me ardían.

Volvió a reír y me besó en la comisura de los labios. Luego se puso de pie y me ayudó a levantarme.

De pronto, el resto de la sala volvió a cobrar nitidez mientras Ransom recogía mi espada del suelo y la llevaba al soporte, junto al resto de las armas.

Mae estaba de pie junto a Brix, con los brazos cruzados y el ceño fruncido en aquel rostro tan bonito que tenía. ¿El capitán parecía impresionado? Antes de que pudiera descifrar su expresión, Mae le dio un codazo en las costillas y él soltó una mueca de dolor.

Gable se levantó del banco y se acercó a mí.

Había olvidado lo intimidante que podía llegar a ser.

Gable era un hombre corpulento, casi tan imponente como mi padre.

Caminaba con una rigidez característica, fruto de la cojera de la pierna izquierda.

Su cabello, espeso y ondulado, era ya completamente blanco; el castaño que recordaba de mi infancia había desaparecido.

Las arrugas alrededor de la boca se le habían marcado aún más, como si en los últimos años hubiera encontrado más motivos para sonreír.

Me recorrió de arriba abajo con aire de superioridad y los brazos cruzados sobre su enorme pecho.

–Princesa Odessa.

–Hola, maestro Gable.

Soltó una especie de gruñido. ¿O había sido una risa? Nunca lo había oído reír.

–Siempre me pregunté si en algún rincón de tu interior quedaría algo de tu madre.

Me tambaleé ligeramente sobre los talones. Aquel comentario me golpeó en el pecho como un puñetazo.

–¿Conociste a mi madre?

–Nunca vi a nadie tan veloz con una espada como ella. –Miró a Ransom–. Salvo a él.

¿Mi madre sabía luchar? Era algo que debería haber sabido. Tal vez, de haberlo sabido cuando era niña, me habría animado a no rendirme tan fácilmente.

–Nadie habla de mi madre.

–Los que la conocieron aprendieron hace mucho que era mejor no pronunciar su nombre, no fuera a despertar la ira de tu padre. –Me examinó de pies a cabeza con el ceño fruncido–. Tienes que corregir la postura. Vuelve mañana. Veremos qué se puede hacer.

–¿Quieres entrenarme?

Levantó las cejas. Gable no era un hombre que repitiera las cosas dos veces.

–Mañana, entonces. –No tenía el menor interés en corregir mi postura, pero volvería y dejaría que me diera todas las órdenes que quisiera con tal de tener la oportunidad de sonsacarle más información sobre mi madre.

Tal vez, por fin, podría averiguar algo sobre su vida. Y por qué el Sumo Sacerdote había preguntado por ella.

–Gracias –dije, sintiendo que el pecho se me llenaba de esperanza.

Pero la atención de Gable ya no estaba puesta en mí, sino clavada por encima de uno de mis hombros.

Me di la vuelta y encontré a mi padre en la puerta, con la corona dorada reflejando la luz de la tarde.

Tenía la mirada severa e implacable fija en el maestro de armas.

Y, cuando volví a mirar a Gable, ya se estaba alejando, sin prisa.