Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo cuarenta. Caspia
68%

Capítulo cuarenta. Caspia

Capítulo cuarenta CASPIA

Mis dedos estaban manchados de tinta. El roce de la pluma sobre el pergamino se entremezclaba con el crepitar del fuego en el hogar.

En los soles transcurridos desde que el Malynn zarpó de Roslo, Andreas y yo habíamos sido inseparables.

Pasamos la mayor parte del tiempo encerrados en casa, envueltos en los brazos del otro.

Pero no podíamos escondernos del mundo para siempre y, durante la cena de la noche anterior, recibimos una carta que marcó el final de nuestro aislamiento.

Era de su padre: una invitación a una reunión, algo relacionado con una serie de preparativos. El castillo estaba más ajetreado de lo habitual. Así que, mientras yo pasaba el sol en mi rincón de la biblioteca, Andreas permanecía encerrado en alguna sala del castillo, lidiando con su familia.

Por mucho que echara de menos pasar horas interminables en su cama, nuestra cama, como él insistía en recordarme, había llegado el momento de emprender algo propio.

Era hora de contar mi historia.

Quizá en aquella biblioteca hubiera algún libro que hablara sobre el continente de Kenn. Uno que mencionara Nelfinex y Showe. Si existía, ni Faxon ni yo lo habíamos encontrado todavía.

Así que decidí escribir uno yo misma.

Este diario sería el testimonio de un mundo que existía al otro lado del Marixmore. Y quizá, con suerte, la próxima Estornino llamada a Calandra para su rito no se sintiera tan perdida como yo.

Con el paso de los veranos, tal vez toda Calandra llegara a conocer Nelfinex.

Tal vez alguien se aventurara a cruzar el océano en busca de mi querida Showe.

O quizá este diario, junto con los otros que descansaban sobre aquel escritorio, pasara generaciones enteras acumulando polvo en aquella biblioteca.

Lo único que me importaba en ese momento era dejar por escrito mis recuerdos, mis creencias y mi cultura en aquellas páginas en blanco.

Desde que los latidos habían cesado, sentía la mente más despejada.

Escarbar en mis recuerdos se había vuelto más sencillo.

Incluso mis visiones habían disminuido: solo había tenido una en los ocho soles transcurridos desde aquella mañana en el muelle, una en la que veía a Faxon hablando con Andreas sobre adoptar a Kos.

Pasé la página del diario y mojé la pluma en el tintero.

La reina de las Estorninos

Pero, antes de que pudiera comenzar la historia sobre el ascenso y el reinado de mi tía, Faxon apareció en el rincón con los brazos cargados de libros.

–Aquí tienes –dijo, dejándolos sobre el borde del escritorio y secándose el sudor de la frente con la manga–. Algunos pesan bastante. Llévate el que quieras cuando te vayas; estaré encantado de ayudarte a cargarlos.

–Gracias. –Cerré el diario y dejé la pluma a un lado.

Le había pedido que me trajera todos los libros que encontrara sobre el folclore y la historia de Calandra, además de cualquier registro de migraciones pasadas.

Quizá, si leía lo suficiente, entendería por qué Calandra era diferente de Kenn.

Descubriría por qué los Voster tenían magia.

Por qué me había puesto tan enferma al llegar.

Por qué una Estornino quedaba atrapada en su forma bestial.

Quizá encontraría una manera de salvar a Xandra.

Si aún seguía con vida.

Cogí el libro que estaba encima de la pila. Era pequeño, apenas más grande que mi mano, y parecía más una novela que un tomo de historia.

–¿Y este?

–Ah, me pediste libros sobre la historia de Calandra y este es más bien una colección de relatos, pero pensé que te resultaría interesante.

Abrí la portada hasta la portadilla. Los noventa sonetos .

Faxon se sentó en el borde del escritorio.

–Es una colección de noventa historias escritas por un hombre llamado Sonnet. Fue un gladiador legendario de Laine que nunca fue derrotado por hombre ni bestia alguna. Tal era su destreza que Mack decidió concederle un favor.

Mack. ¿Cuál de los dioses era ese? ¿El dios de la muerte? ¿O ese era Izzac y Mack era el dios de la guerra? Los Seis todavía se me mezclaban.

–Sonnet vagó por el desierto durante noventa días en plena migración –continuó Faxon–.

Sin magia, sin refugio y sin armas. Debería haber sido una presa fácil para los crux, pero Mack le perdonó la vida y, a cambio, le dio historias para contarles.

Durante noventa días, Sonnet les susurró relatos de magia, monstruos, guerras y leyendas.

Y, cuando los crux finalmente abandonaron Calandra, regresó a casa y escribió este libro.

Son más leyendas que hechos históricos, pero resultan mucho más entretenidas que la mayoría de estos otros. Y, además, es fácil de llevar.

–Gracias. –Lo guardé junto a mis diarios–. Me lo llevaré a casa para leerlo esta noche.

Faxon se puso de pie, alisándose el escapulario y recolocándose la soga que llevaba atada a la cintura. Cambió el peso de una pierna a la otra, abrió la boca y volvió a cerrarla antes de hablar.

–¿Qué pasa, Faxon? –pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta. Aquello tenía que ver con lo que había hablado con Andreas.

–Señorita Caspia. –Enderezó los hombros–.

Entenderé que no quieras o que te parezca un atrevimiento.

Pero sería una irresponsabilidad por mi parte no preguntártelo.

Quisiera pedirte permiso para adoptar a Kos.

Verás, mi esposo y yo siempre hablamos de tener hijos, pero queríamos esperar al niño indicado, en el momento adecuado.

Pasaron tantos años que ambos acabamos convencidos de que ese momento nunca llegaría.

Pero entonces apareció Kos y, bueno..., le hemos cogido muchísimo cariño durante todo este tiempo que hemos pasado educándolo.

El esposo de Faxon, Gable, era el maestro de armas del castillo. Al igual que Faxon, también había sido tutor de Andreas. Y ahora Kos era su alumno. No me extrañaba en absoluto que el niño les hubiera robado el corazón a los dos.

–Nos estamos haciendo mayores –dijo Faxon, frunciendo el ceño y entrelazando las manos delante del cuerpo–. Pero tenemos un hogar estable. Es solo que a nuestra familia le falta...

–Kos –dije.

Asintió.

–Andreas no se opuso a la idea, pero me pidió que te lo preguntara a ti.

–Y tienes mi bendición. –Me puse de pie y me acerqué para tomar de las manos al bibliósofo.

Los ojos de Faxon se llenaron de lágrimas antes de envolverme en un fuerte abrazo.

–Gracias.

Reí y le devolví el abrazo.

–Por la gracia del Divino, Kos tiene muchísima suerte de teneros.

–Bendita sea Daria por su suerte y Arabella por su amor. –Se apartó y se secó las mejillas. Luego señaló la pila de libros–. Te dejaré seguir con tu trabajo. Iré a buscar a Gable para darle la noticia.

Mientras se alejaba de aquel rincón, volví a mi silla con una sonrisa dibujada en el rostro.

Hacía tiempo que una visión no me dejaba tan contenta.

Quizá, con el tiempo, olvidaría los futuros horribles que había visto, esas imágenes de muerte y pérdida.

Quizá esas visiones quedarían eclipsadas por otras hechas de amor y de vida.

Hojeé los libros y cogí uno del centro de la pila.

Métodos de defensa para la migración: un análisis.

Lo abrí y, al pasar la portadilla, me corté el dedo con el borde del papel.

–Maldita sea –mascullé, examinando la herida.

Una gota de sangre se acumuló en la yema del dedo. Era verde oscuro.

En Nelfinex, mi sangre era roja.

La primera vez que había visto aquella sangre verde fue el día que recorrí las calles de Roslo y se me llenaron los pies de ampollas. Desde entonces, había pasado horas enteras dándole vueltas a cómo era posible algo así. A cuánto había cambiado mi cuerpo.

Aquello tenía que ser la razón por la que las Estorninos eran distintas en Calandra. Quizá también explicaba por qué me había puesto tan enferma al llegar: cada fibra de mi ser se había transformado, incluso el color de mi sangre. Tenía que ser por la magia.

¿La sangre de los Voster también había cambiado cuando llegaron de Kenn? ¿O simplemente habían recibido la magia sin más? Por doloroso que hubiera sido nuestro primer encuentro, lo reviviría diez veces si eso significaba poder hablar de nuevo con el hermano Nold.

Cada libro que leía me dejaba con más preguntas que respuestas.

El sonido de unas botas hizo que escondiera la mano bajo el escritorio justo cuando Andreas apareció en el rincón, con la chaqueta desabrochada y la corbata floja alrededor del cuello.

Parecía tenso y frustrado, pero sus ojos se entrecerraron en cuanto me dedicó una sonrisa dulce y rodeó la mesa para colocarse detrás de mi silla. Se inclinó hacia mí y me besó en la frente.

–Hola, corazón.

Había empezado a llamarme así desde que fue a buscarme al muelle. Soportaría cualquier dolor y cualquier angustia con tal de seguir oyéndolo llamarme «corazón».

–¿Día largo? –pregunté.

–Bastante. Y, por desgracia, todavía no ha terminado. Pero tenía un momento libre y quería ver cómo estabas.

–Bien –dije, señalando la pila de libros con un gesto de la cabeza–. Faxon me ha traído unos cuantos libros.

–Ya veo –rio–. ¿Te habló de Kos?

Asentí.

–Sí. Y ya les he dado mi bendición.

–Sabía que lo harías. –Apoyó las manos sobre mis hombros–. Me alegro por ellos.

–Yo también.

No es que estuviéramos deseando deshacernos de Kos; lo queríamos demasiado. Pero nunca había llegado a sentirme su madre. Y Andreas tampoco era su padre.

Lo queríamos con toda el alma. Pero no éramos sus padres.

Kos era especial y el vínculo que había forjado con Faxon y Gable era único. Eran el uno para el otro. Nosotros solo habíamos sido el lazo que terminó de unir a aquella familia.

Andreas suspiró y volvió a besarme en la frente.

–Creo que debo volver para terminar mis obligaciones de hoy. ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?

Me encogí de hombros.

–No lo sé. Me gustaría leer un rato.

Ninguno de los dos disfrutaba estando en el castillo.

Andreas tenía sus motivos y yo, sencillamente, estaba harta de los susurros y los rumores que parecían perseguirme por todos los pasillos.

Pero, si me quedaba escondida en aquel rincón, casi podía fingir que estaba leyendo en cualquier otro lugar.

–Algunos parecen bastante pesados. Espero que no se te ocurra llevártelos a casa.

–Solo los pequeños –prometí–. El resto puede quedarse aquí hasta mañana.

–Bien. Así podremos leer algunos juntos.

Andreas estaba tan entusiasmado como yo por encontrar respuestas sobre por qué las Estorninos y los Voster eran diferentes en Calandra.

Mientras él cumplía con sus obligaciones durante el sol, yo buscaba respuestas en aquellos tomos.

Pero, al caer la noche, a él le resultaba mucho más fácil leer que a mí, que todavía tropezaba con ciertas palabras y expresiones del idioma de Calandra.

Me besó en la comisura de los labios y permaneció allí el tiempo suficiente para hacerme sentir un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Después se marchó mientras se colocaba bien la corbata y se abrochaba la chaqueta.

Esperé a que el eco de sus pasos se desvaneciera por completo antes de sacar la mano de debajo del escritorio. Ya había dejado de sangrar. El corte se había cerrado por completo.

Se me hizo un nudo en el estómago mientras me limpiaba con la falda el último rastro de sangre verde.

Aunque me llevara toda una vida, encontraría la verdad. Presioné dos dedos contra el centro de la frente.

–Lo juro.

–¿Qué juras? –preguntó Kos, entrando en el rincón con un escapulario aguamarina que, evidentemente, estaba hecho para un adulto. Le quedaba enorme y la soga daba tres vueltas alrededor de su cintura para que no arrastrara por el suelo.

–Mírate. –Reí–. ¿Ahora eres mi bibliotecario?

–No, soy el bibliósofo. –Hinchó el pecho, apropiándose con orgullo del título de bibliotecario principal–. ¿Necesitas algún libro de los estantes más altos? Puedo traer la escalera y bajártelos.

–Creo que esos es mejor dejárselos a Faxon, pequeño.

Kos frunció los labios.

–Ya no me deja subir desde que casi me caigo. Dice que me habría roto el cuello si él no hubiera estado allí para atraparme.

–Y puede que tenga razón. Además, ¿no tienes que ir a entrenar con las armas?

El niño tiró de la soga que llevaba a la cintura y deshizo el nudo. El escapulario cayó a sus pies.

–¿Quieres venir? Apuesto a que Gable puede enseñarte a usar una espada.

–¿Quién dice que no sé usar una espada?

–¿En serio? –me preguntó de reojo. Siempre tan escéptico, mi Kos.

Quizá algún día leería mi libro sobre Nelfinex. Y decidiría descubrirlo por sí mismo.