Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y nueve. Odessa #2
67%

Capítulo treinta y nueve. Odessa #2

Del techo colgaban infinidad de paquetes de hierbas y flores secas. Frascos de líquidos y tónicos cubrían la superficie de todos los estantes de madera. Algunos libros rebosaban de las cajas que los contenían, mientras que otros estaban apilados directamente en el suelo.

La mesa del centro de la habitación era un auténtico caos de hojas, tallos y pétalos secos. Alguien había dejado allí una tabla de cortar y un cuchillo.

No recordaba que Geoff tuviera una botica subterránea.

Una mujer apareció por otra puerta situada a un lado de la habitación, secándose las manos con una toalla blanca.

Me miró por encima del borde de sus gafas moradas.

Llevaba otro par sobre la cabeza, aunque esas eran rojas.

Y del cuello del vestido colgaba un tercer par con una montura de un intenso color magenta, casi del mismo tono que los rayos de sus ojos negros.

Tenía el pelo largo y negro, surcado por una generosa cantidad de mechones plateados y grises.

Su piel bronceada lucía tersa y perfecta; su nariz respingona guardaba un equilibrio impecable con sus mejillas sonrosadas.

Su vestido beige estaba bordado con varias flores naranjas y de su cuello colgaban diez collares distintos, tan grandes como los brazaletes que llevaba en ambas muñecas.

Los pendientes de cuentas eran tan largos que le rozaban los hombros.

Me quedé boquiabierta.

Era la mujer del diario, la que había pintado flores sobre el yeso de la pequeña. Tenía que ser ella.

Los curanderos solían vestir ropa esterilizada en distintos tonos de gris. Siempre había pensado que mi armario encajaría a la perfección en la enfermería. Pero aquella mujer era tan colorida como un jardín en primavera.

–¿Puedo ayudarte, querida? –preguntó, dejando la toalla sobre una mesa.

–Buscaba al curandero Geoff. –Aunque ya no.

El hermano Dime me había dicho que el diario me indicaba el camino correcto. Aquella era la mujer que se suponía que debía encontrar.

Quizá cada entrada de ese diario estaba pensada para traerme hasta este lugar. Hasta esta mujer que curaría a mi esposo.

–Lo siento, Geoff ya no está aquí. –Tenía una voz ronca y serena, una voz que cualquiera querría escuchar en una enfermería–. Se mudó a Kolmberg este verano para estar cerca de sus nietos antes de la migración. Soy Alore, la nueva curandera principal. ¿Puedo ayudarte?

Sujeté el vial con fuerza.

–Sí, creo que sí.

***

Sentía la mano vacía mientras caminaba por el castillo. No había sido fácil entregarle el vial con la sangre de Ransom, pero esperaba haber tomado la decisión correcta.

Habíamos pasado horas hablando en su taller, como ella lo llamaba, mientras bebíamos su té de jengibre y menta verde.

Alore llevaba apenas unos meses en Roslo.

Era originaria de Laine y había pasado la mayor parte de su carrera profesional en la enfermería más grande de Ostan.

Pero las curanderas, por muy hábiles y cualificadas que estuvieran, rara vez eran tenidas en cuenta para un ascenso si había un candidato varón.

Después de que la pasaran por alto una y otra vez, finalmente se cansó. Le agradecía a Daria haberse mudado a Quentis en un momento tan oportuno. La diosa de la suerte la había llevado a Roslo justo cuando Geoff se preparaba para marcharse.

Mi padre la contrató para ocupar el puesto de Geoff.

El Rey Dorado tenía muchos defectos, pero no discriminaba a las mujeres. Mi padre quería a los mejores y más brillantes trabajando para él.

Y estaba segura de que había encontrado eso en Alore.

Era agradable e inteligente. Entusiasta y ambiciosa. Tenía algo que demostrarles a sus antiguos colegas de Laine.

Esperaba que el desafío que tanto ansiaba fuera encontrar una cura para la lyssa.

Se lo había contado todo mientras bebía una segunda taza de té. Desde el elixir de Luella hasta la mordedura del ulferno. Y también nuestras sospechas sobre el origen de la infección y la forma en que se estaba propagando entre los monstruos de toda Calandra.

Sabía que Ransom tenía la lyssa y que era el origen de las habilidades especiales del Guardián. Sabía que el rey Ramsey estaba intentando contagiar de la lyssa a sus milicianos, pero que, en lugar de eso, los estaba matando. Sabía que yo estaba desesperada y que el tiempo se nos acababa.

Le había entregado los diarios de alquimia de Luella, dos libros que había llevado conmigo por toda Calandra. Y entonces dejé a Alore con el vial de sangre y una curiosidad cada vez mayor.

Confiaba en esa curiosidad.

Quizá era un error confiar en ella. Quizá iría directamente a ver a mi padre y se lo contaría todo.

Era un riesgo que estaba dispuesta a correr si eso significaba poder salvarle la vida a Ransom.

Los vestíbulos y pasillos del castillo estaban repletos de visitantes cuando me dirigí al ala este.

Nobles y funcionarios cruzaban la puerta principal, al parecer para reunirse con mi padre y debatir sobre la migración.

Había cinco veces más legionarios y guardias en el palacio que de costumbre, y su incesante ir y venir cargaba el ambiente de una sensación de urgencia.

Era la energía que llevaba esperando sentir desde que abandoné Turah. Esa sensación de estar al borde del pánico ante un peligro inminente. Y esperaba que se propagara por todo el continente como un incendio fuera de control.

La galería de arte de los crux estaba vacía, para sorpresa de nadie, cuando llegué. Nadie entraba en aquel salón salvo yo.

Las pinturas, los tapices y los murales que representaban migraciones pasadas siempre me habían parecido espantosos, pero ahora que había visto un crux con mis propios ojos, ahora que había presenciado su capacidad de destrucción, agradecía haberme saltado el desayuno.

La migración estaba cerca y no estábamos preparados. Yo no estaba preparada.

¿Había alguna forma de detenerla? ¿O mi padre solo utilizaría eso como una forma de motivarme para que hiciera lo que él quería?

Giré lentamente sobre mí misma, contemplando las obras de arte que me rodeaban. De pronto, un hormigueo hizo que me detuviera y me volviera hacia la puerta, justo cuando el hermano Dime entraba en la galería.

Hizo una reverencia.

–Hola, muchacha.

–Hermano Dime. –¿Había venido a hablar conmigo? ¿O podía marcharme?

Di un paso.

–Quédate –me ordenó.

Bueno, al parecer iba a quedarme.

Se deslizó hasta el mural más grande y contempló la matanza desatada por un crux macho de plumas castañas y rojizas.

–La magia es intención y consecuencia. Piensa, por ejemplo, en un juramento de sangre. La intención es la palabra pronunciada, la promesa en sí. La magia la convierte en realidad a través de sus consecuencias.

–Está bien… –dije, alargando las palabras–. ¿Y eso se supone que debo saberlo por algún motivo?

Se volvió hacia mí y me sostuvo la mirada.

–¿Se supone que eso debería significar algo para mí?

No hubo respuesta.

Eso significaba que sí.

Intención y consecuencia. ¿Cuál era la consecuencia?

–¿Me estás diciendo esto porque no puedes decirme otra cosa?

Sonrió. O bueno… algo parecido. Me dedicó el equivalente voster a una sonrisa. Luego recorrió la galería con la mirada.

–Criaturas magníficas, los crux.

–Si por «magníficas» quieres decir horribles...

–Mantén la mente abierta, Odessa.

–¿A qué? –Llamar magníficos a los crux era tan absurdo como cruel.

–A la verdad. –Cruzó el salón y se detuvo junto a una maceta con un helecho–. Pero recuerda: la verdad rara vez es agradable. Tanto escucharla como decirla. Tu mente está llena de preguntas. Quédate. Porque aquí es donde encontrarás las respuestas.

Entonces, menos mal que nos quedaríamos en Quentis.