Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y nueve. Odessa
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Capítulo treinta y nueve. Odessa

Capítulo treinta y nueve ODESSA

Estaba sentada en mi acantilado, con las rodillas pegadas al pecho, mirando la tormenta que se formaba en el horizonte.

La brisa de la tarde se había transformado rápidamente en un vendaval furioso que me arrojaba el pelo a la cara. El frío me atravesaba la ropa. El olor a lluvia impregnaba el aire. Y, a lo lejos, los relámpagos destellaban, cegadores y atronadores.

Al este, el sol seguía luchando por asomarse entre las nubes grises, cargadas de agua, pero estaba perdiendo la batalla.

Me sentía identificada.

Después de la espantosa reunión con mi padre, necesitaba escapar del castillo. Su castillo. Mis pies me habían traído hasta aquí y ahora, al parecer, no conseguían llevarme de vuelta.

Durante todo este tiempo había esperado ganarme su confianza. Pero nunca me confiaría sus planes. Quizá, en el fondo, sabía que jamás me aceptaría y por eso no le había dicho cómo encontrar Allesaria. No le había entregado el brazalete de Ransom.

No me había ganado su confianza.

Y él había destrozado la mía.

–Aquí está mi reina –dijo Ransom, sentándose a mi lado y rozando su hombro con el mío mientras rodeaba sus rodillas flexionadas con los brazos.

Nos quedamos así, sentados en silencio, observando cómo la lluvia empezaba a caer sobre el océano, difuminando la línea que separaba el cielo del mar.

–¿Dónde está Evie? –pregunté.

–Con tu hermano. La niñera prometió cuidar de ella y de Faze.

La guardería de Nathalia era el lugar más seguro del castillo. Y esperaba que Evie pudiera hacerse amiga de Arthalayus, aunque nuestra estancia en Quentis fuera breve.

–¿Mi padre te encontró?

–Sí. Quería saber qué ocurría con el heraldo de los crux. Le pidió a su nuevo general que acelerara los preparativos.

Bueno, al menos se estaba tomando la migración en serio.

–¿Preguntó por Banner?

–No.

Suspiré y apoyé la cabeza sobre su hombro.

–Quieren que vuelva a ser como antes y no sé cómo volver a ser esa persona.

Ransom se inclinó hacia mí y me besó en la cabeza.

–Siempre has sido esta mujer. Lo supe desde el día en que te vi saltar desde este acantilado. Siempre has sido mi reina. No es culpa tuya que no quisieran verlo.

Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras el dolor en el pecho se intensificaba.

–No quiero quedarme en Quentis. Si nos marchamos mañana, ¿crees que podríamos llegar a Perris antes de que comience la migración y refugiarnos allí? Dijiste que quizá tendríamos más tiempo.

Marcharnos significaba quedarme sin acceso a los curanderos de mi padre, aunque eso no implicaba renunciar a encontrar una cura. Simplemente buscaría curanderos en Turah.

Ransom se movió para sacar algo del bolsillo. Una carta doblada por la mitad. Me la entregó y dejó que fuera yo quien la abriera.

–Encontré esto al salir de la reunión con tu padre.

La caligrafía, clara y pulcra, pertenecía sin duda a una mujer.

–¿Cathlin?

Asintió.

–No quiero leerla si son malas noticias... si significa revivir la muerte de Zavier.

–Está vivo.

Todo mi cuerpo pareció suspirar de alivio e hice el gesto de los Ocho.

–Gracias a los dioses.

–Vienen de camino. Por Evie.

No me sorprendía. Zavier no podía estar lejos de su hija durante una migración.

–Cathlin la envió desde Ellder con un jinete de poni –dijo–. Partieron el mismo día que enviaron la carta, pero sabían que un jinete y un barco mercante llegarían a Quentis antes que ellos.

–¿Cuándo llegarán?

–No lo sé. Esta carta la escribieron una semana después de que yo me fuera. No estaba seguro de lo rápido que podrían viajar, dado el estado de Zavier. Pero pronto. Si tuviera que aventurar una fecha, diría que llegarán en algún momento de esta semana.

–Entonces tenemos que esperarlos.

–Sí –dijo Ransom, asintiendo.

Una semana no parecía mucho tiempo. Y, a decir verdad, no lo era. Pero en una semana también podía comenzar la migración. En una semana quizá no tendríamos tiempo de regresar a Turah.

Maldita sea.

Había pasado poco más de un mes desde lo de Ellder y el ataque del heraldo. Teníamos los días contados, a menos que Ransom tuviera razón y, en realidad, nos quedara más tiempo. Aún no habíamos recibido noticias de otros heraldos.

–Está bien, los esperaremos. –Por Evie y por Zavier toleraría a mi familia. Y aprovecharía todos los recursos a mi alcance–. Mientras estemos aquí, voy a pedirles a los curanderos de mi padre que busquen una cura para la lyssa.

Ransom se puso tenso.

–Odessa, es un caso perdido.

–No para mí. Sé que no crees que sea posible, pero no puedo quedarme de brazos cruzados mientras esas venas oscuras siguen extendiéndose por tu corazón. Si fracaso, al menos podré decir que lo intenté. Tu madre creía que existía una cura. Déjame creerlo también, aunque tú no lo hagas.

La desesperanza en sus ojos verdes, la forma en que ya había aceptado morir a manos de aquella infección, me provocó un profundo dolor en el pecho.

–Por favor. No me pidas que pierda la esperanza.

Ransom cerró los ojos y exhaló.

–¿Cuántas veces te digo que no?

Me acurruqué contra su cuerpo y abracé uno de sus brazos.

–Gracias.

–¿Confías en los curanderos de tu padre?

–No los conozco muy bien, pero tampoco sé si tenemos otra opción. Me reuniré con el curandero general y le daré un vial con tu sangre. Le diré que es de un monstruo infectado.

Hasta que no estuviera segura de poder confiar en los curanderos, el origen de los dones de Ransom debía permanecer en secreto. Lo último que necesitábamos era que otro rey siguiera los pasos de Ramsey e intentara recrear al Guardián mientras iba matando gente por el camino.

–Solo hasta que Zavier y Cathlin lleguen –dijo–. Si no hay noticias de ningún otro heraldo, volveremos a nuestro hogar.

Hogar . No a Quentis. Ni siquiera a Turah.

Ransom era mi hogar.

–Trato. –Apoyé la cabeza sobre su brazo y ninguno de los dos hizo ademán de levantarse.

Juntos, vimos que la tormenta se acercaba más y más.

Conscientes de que ya no habría manera de escapar de la lluvia.

***

La enfermería del castillo me recordaba a los establos.

Las distintas habitaciones parecían más bien los compartimentos de una caballeriza alineados a lo largo de un pasillo recto, cuyas paredes apenas me llegaban a la barbilla.

Del techo colgaban unas cortinas blancas que podían correrse para disfrutar de algo más de intimidad, aunque la mayoría permanecía abierta para que el personal sanitario pudiera asomarse a las habitaciones de los pacientes desde el pasillo.

Un enfermero me condujo por el pasillo con pasos tan largos y tan rápidos que, en ocasiones, tenía que trotar para alcanzarlo mientras sujetaba mi morral, que rebotaba contra la cadera.

En una de las habitaciones le estaban suturando una herida en el brazo a un legionario. En otra, atendían a una pinche de cocina por una quemadura en la mano.

Todas las veces que había necesitado a un curandero, habían sido ellos quienes acudían a mi habitación. Pero, cuando era niña, me había escabullido hasta allí algunas veces para explorar o escapar de algún tutor.

La enfermería la utilizaba sobre todo el personal del castillo, aunque, si el centro médico más grande de la ciudad no daba abasto, la abrían al público.

Aunque aquellos pasillos acogían a pocos pacientes al día, había por lo menos cien habitaciones.

La mayoría de las camas llevaba casi treinta años vacía.

Pero, una vez que comenzara la migración, ya no serían suficientes. Probablemente tendrían que acomodar a tres pacientes en cada compartimento.

La enfermería estaba bajo los cimientos del castillo, igual que la de la ciudad. Rezaba a los Ocho para que los crux no encontraran la forma de atravesar el manto rocoso que nos separaba del exterior, para que no percibieran la sangre que mancharía aquellas habitaciones blancas e impolutas.

Cuando llegamos al final del pasillo, los nervios habían convertido mi estómago en un mar embravecido. Sujeté el vial con fuerza.

Ransom me lo había dado aquella mañana.

El día anterior, después de que aceptara dejarme hablar con los curanderos para buscar una cura, no habíamos vuelto a mencionar el tema. Regresamos al castillo empapados por la lluvia. Luego fuimos a buscar a Evie y pasamos el resto de la noche encerrados en nuestra habitación.

Había muchas probabilidades de que el curandero principal de mi padre, un hombre regordete llamado Geoff, me ignorara por completo. Lo conocía desde que era una niña y, aunque siempre había sido amable conmigo, parecía asustarse cada vez que veía mis ojos dorados.

Mi ausencia de los rayos de Quentis era algo que no podía explicar y, por eso, mantenía las distancias.

Pero era la persona con más experiencia que conocía y, si íbamos a encontrar una cura, necesitaba al mejor curandero del reino.

El enfermero dobló una esquina y me condujo por una serie de corredores. Bajamos por una escalera hasta un nivel inferior y luego otro más. La temperatura empezó a descender mientras sentía cómo el corazón se me subía a la garganta.

Una última escalera y un corredor corto nos llevaron hasta una puerta de madera en arco con un llamador dorado.

El enfermero llamó dos veces y, sin decir una sola palabra, me dejó allí sola.

–¿Gracias? –dije a su espalda.

Ya estaba subiendo la escalera de dos en dos.

Me armé de valor cuando oí una serie de pasos al otro lado de la puerta.

De pronto, un hombre regordete y de baja estatura abrió la puerta.

–¿Sí?

–Busco al curandero principal. –Miré por encima de su hombro, pero la habitación estaba demasiado oscura para distinguir nada.

Se hizo a un lado y me indicó con un gesto que pasara.

–Al fondo.

–Gracias.

Salió y cerró la puerta mientras yo avanzaba por el pasillo.

–¿Hola? –Me aclaré la garganta–. ¿Geoff?

No hubo respuesta.

El aroma a romero y salvia quemada invadió mi nariz sin previo aviso a medida que me acercaba al final del pasillo y entraba en una habitación sin ventanas, abarrotada de objetos.