Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y ocho. Caspia
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Capítulo treinta y ocho. Caspia

Capítulo treinta y ocho CASPIA

Sangre sobre un suelo de mármol. Remolinos borgoña sobre el blanco reluciente. Espadas y flechas dispersas alrededor de cuerpos sin vida. La luz del sol filtrándose por ventanas teñidas de azul, verde y amarillo.

A través de las amplias puertas del balcón, el viento se cuela en una estancia grande y resonante. Agita las plumas de mis alas. Remueve el olor metálico de la muerte. Un olor que siento en la boca.

Hay un hombre de pie frente a mí, con una espada en la mano y la otra presionando una herida en el costado. Lágrimas de sangre resbalan por su rostro.

–Por favor, Caspia.

Caspia.

En algún lugar, muy en el fondo, la mujer llamada Caspia grita, desesperada por ser libre. Por librarse del tormento y el fuego que le recorren las venas. Pero su grito no es nada comparado con el dolor, la locura y la sed de sangre, de más muerte.

No hay ninguna Caspia.

Suelto mi propio grito, un sonido que hace temblar las paredes.

El hombre deja caer la espada y cierra los ojos.

–Te quiero.

En algún lugar, muy en el fondo, la mujer llamada Caspia llora. Suplica. Lucha.

Pero el hombre se convierte en otro cuerpo sin vida sobre el frío suelo de mármol.

***

El cielo estaba a punto de oscurecer. Tenía los ojos demasiado llenos de lágrimas para distinguir las estrellas desde el balcón de Andreas.

¿Así se había sentido Xandra después de convertirse en un ulferno? ¿Había estado atrapada dentro de la bestia, obligada a presenciar todos y cada uno de sus actos atroces?

No se suponía que debíamos estar allí.

No quería hacer caso a la advertencia que el hermano Nold me había hecho en la biblioteca y marcharme. Pero, si aquella visión era la alternativa, si me quedaba y mataba a Andreas, jamás podría vivir con ello.

¿Por qué el Divino nos había llevado a aquella tierra maldita?

Tenía que haber una razón. Tenía que creer que no era simplemente para matar a gente inocente.

Perder a Andreas era inevitable. Ahora lo entendía. Lo nuestro estaba destinado a llegar a su fin.

Sentía el pulso latiendo con fuerza en mis venas.

La luz de las dos lunas iluminaba con una intensidad especial el barco de velas blancas atracado en la bahía, como si fuera un faro que me llamara de regreso a casa.

No se suponía que debía estar allí.

Había llegado la hora de despedirme.

Me sequé las mejillas con las palmas de las manos, respiré hondo y alcé la vista hacia el cielo.

Por la gracia del Divino, llévate este dolor.

Una parte de mí deseaba no haber nacido en esta familia. Deseaba no cargar con este don. Deseaba que mi sangre fuera simplemente sangre.

Pero otra parte no podía arrepentirse de aquel viaje. No si significaba haber encontrado a Andreas.

–¿Siempre voy a encontrarte aquí en mitad de la noche? –Unos brazos fuertes envolvieron mis hombros. Andreas apoyó la barbilla sobre mi cabeza y el calor de su pecho desnudo se convirtió en un refugio para mi espalda.

Le sujeté los brazos y cerré los ojos.

–No. No siempre.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba.

Debería haber sabido que comprendería la verdad oculta tras aquellas simples palabras. Que significaban más que mi incapacidad para dormir durante toda una luna.

–Te irás.

Sí. No podía decirlo. Tenía el corazón hecho trizas y admitirlo solo conseguiría hacerme llorar.

Hundió la nariz en mi cabello y me estrechó aún más entre sus brazos.

–No tuvimos suficiente tiempo.

Ni una vida entera habría sido suficiente. Pero no me pediría que me quedara.

Había demasiadas cosas en nuestra contra. Las realidades que habíamos estado ignorando, las diferencias entre nuestras vidas, flotaban sobre nosotros como una nube de tormenta. Estuviéramos preparados o no, tarde o temprano la tormenta acabaría desatándose.

–Hay un barco en el puerto. –Señaló el barco de velas blancas, como si no llevara varios soles contemplándolo–. Lleva el nombre de mi madre y pertenece a mi familia. El capitán es un buen hombre. Ha estado trabajando para ayudarme a recomponer nuestra flota.

Ahora entendía por qué ese barco no había abandonado el puerto.

Cuando Andreas salía para ocuparse de sus asuntos, se reunía con aquel capitán.

Era evidente que el Malynn pertenecía a su familia.

En otras circunstancias, la ironía me habría arrancado al menos una sonrisa, pero no estaba de humor para reír.

–No confiaría en nadie más para llevarte de regreso a casa.

Aquel barco tendría que navegar más lejos de lo que jamás lo había hecho, pero era un detalle que compartiría solo con el capitán. Dejaría que fuera él quien decidiera si era posible y quien administrara las provisiones necesarias.

–No puedo acompañarte –murmuró Andreas–. Pero, por los dioses, ojalá pudiera.

Me llevaría a Andreas a Nelfinex. Le enseñaría mi ciudad y mi castillo. Lo tendría conmigo el resto de mi vida. Pero, si las Estornino y los Voster habían cambiado en Calandra, existía la posibilidad de que no fuera seguro que Andreas visitara Kenn.

Además, los dos sabíamos que no podía marcharse. Tenía demasiadas obligaciones. Demasiadas complicaciones.

Incliné la cabeza hacia el cielo.

–Cuando esté en casa, miraré las dos lunas y sabré que tú también las estarás mirando. Aunque nos separe un océano, siempre estarás conmigo.

Me estrechó con más fuerza.

–Mierda, odio esto.

–Yo también. –Me abandoné a sus brazos, apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché los latidos de su corazón. El pulso que recorría todo mi cuerpo era tan intenso que estaba segura de que él también podía sentirlo.

Telvi’e elvi’a-melf’o.

Te quiero.

Cuando una Estornino entregaba su corazón, lo entregaba para toda la vida. Ningún otro hombre ocuparía el lugar de Andreas. Ningún otro hombre compartiría mi vida.

Mientras tanto, él seguiría con la suya. Se casaría con aquella mujer, su prometida. Dormiría a su lado cada luna. Tendrían hijos que heredarían sus ojos color avellana y su sonrisa perfecta.

Odiaba ese futuro. Odiaba a esa mujer. Y odiaba que aquellos hijos no fueran míos.

–Bésame. –Tragué el nudo que tenía en la garganta e ignoré el escozor que me quemaba la nariz.

Me esperaban lunas enteras a bordo de aquel barco para llorar.

Andreas tomó mi rostro entre las manos y buscó mis ojos. Después selló sus labios sobre los míos y me llevó hasta su cama. Y nos concedimos una última luna para no pensar en el mañana.

***

Al amanecer, el puerto de Roslo estaba inquietantemente silencioso.

Los muelles estaban vacíos, los puestos del mercado cubiertos con lonas y los negocios cercanos, cerrados y a oscuras.

El aire estaba impregnado de un aroma dulce, aunque a aquellas horas de la madrugada aún hacía frío.

Las olas rompían contra los pilotes y el cielo, en el horizonte, era tan oscuro como la ropa que llevaba puesta.

Atrás habían quedado mis vestidos y mis zapatos. Tenía sentido llevar los mismos pantalones y el mismo chaleco con los que había cruzado el Marixmore. Ahora me llevarían de vuelta a casa.

Los pantalones estaban bastante desgastados por las rodillas, la suela de la bota izquierda empezaba a despegarse y el dobladillo del chaleco estaba deshilachado.

Los anillos de elfalter se sentían cálidos en mis dedos, igual que el collar que descansaba sobre mi corazón.

Lo único de Calandra que había decidido llevarme era la chaqueta de Andreas.

Se la había robado del vestidor aquella misma mañana, mientras él dormía.

Las mangas me quedaban demasiado largas y bien podría haber pasado por un vestido, porque casi me llegaba hasta las rodillas.

Pero conservaba su aroma: madera, jabón y especias.

El capitán no pareció sorprendido cuando me vio subir a bordo de su nave. Estaba en la popa, bebiendo algo de una taza agrietada.

Quizá era un hombre difícil de sorprender. O quizá Andreas ya le había avisado de que estuviera listo para el sol en que yo llegara. Se lo preguntaría luego. Todavía nos quedaban muchos soles por delante.

Aún no me había dicho su nombre, pero había aceptado llevarme adonde yo le indicara. Me había pedido una hora para reunir las provisiones necesarias y después zarparíamos de Roslo.

Deambulé por el puerto durante aquella hora antes de regresar. Cada paso que daba por el muelle hacia el Malynn se me hacía pesado, como si avanzara por un pantano que me llegaba hasta la cintura.

Tres hombres cargaban barriles por la pasarela que unía el muelle con el barco.

Una mujer rubia, de cabello corto y puntiagudo, se llevó dos dedos a los labios y lanzó un silbido a un hombre calvo que estaba en el muelle.

El hombre asintió y se acercó a una de las gruesas sogas que mantenían el barco amarrado.

Había cinco sogas en total. Cinco sogas y entonces zarparíamos hacia el horizonte, con una tripulación que no haría más que seguir mis instrucciones.

Me apoyé una mano sobre el corazón.

Y me detuve.

El pulso había desaparecido.

Lo único que sentía eran los latidos de mi propio corazón. Presioné la mano con más fuerza, cerré los ojos y esperé volver a sentirlo.

Nada.

Si ya no lo sentía, no había forma de encontrar mi hogar.

No. Aquello no podía estar bien. Lo había sentido la luna anterior, en el balcón de Andreas. Y también aquella mañana, ¿no?

Pero no lograba recordar haberlo sentido mientras contemplaba su rostro en la oscuridad. No podía recordar aquel pulso cuando me levanté de su cama para vestirme en silencio. Tampoco lo había sentido cuando le escribí una nota a Kos antes de salir de la casa y cruzar las calles oscuras de Roslo.

Aquel paseo había sido insoportable. El dolor debía de haber eclipsado ese pulso.

Entonces ¿por qué no podía sentirlo ahora? ¿Qué significaba todo aquello?

No podía subir a ese barco si no tenía nada que me guiara. Nos condenaría a una muerte segura. Pero, si no me iba, ¿qué sería de Andreas?

¿Acarrearía su muerte? ¿De verdad querría que me quedara en Quentis? Cerré los ojos, desgarrada entre el deseo de volver a sentir aquel pulso y el alivio de haber dejado de sentirlo.

Por la gracia del Divino, muéstrame el camino.

Una ráfaga de viento, fría y brusca, arrastró hasta mi rostro la llovizna levantada por las olas. Y un grito se alzó por encima del rumor del mar.

–¡Caspia!

Me volví hacia la ciudad.

Andreas corría por el muelle hacia mí, acortando la distancia con sus largas zancadas.

Estaba despeinado y llevaba la camisa desabrochada.

Sus ojos tenían un brillo salvaje, rebosantes de pánico.

No dejó de correr hasta estrecharme entre sus brazos, hundir la nariz en mi cabello y apretar mi rostro contra su cuello.

¿Sería aquella la razón por la que ya no sentía ese pulso? Andreas había cambiado de idea. Nunca fui yo quien debía tomar aquella decisión. Siempre había sido él.

–Quédate conmigo. –Se apartó apenas lo justo para sostenerme el rostro entre las manos–. No te vayas. Quédate conmigo.

–Pero ¿qué hay de…?

–No importa. Nada importa.

Los ojos se me llenaron de lágrimas mientras una risa, o quizá un sollozo –no supe distinguir cuál de los dos–, escapaba de mi garganta.

–¿Estás seguro?

Aquello lo cambiaría todo.

–Quédate conmigo. Mi Caspia. Por favor.

Lo rodeé con los brazos por los hombros.

–Hasta que el Divino me lleve a casa.