Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y siete. Caspia
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Capítulo treinta y siete. Caspia

Capítulo treinta y siete CASPIA

El mundo recuperó el enfoque lentamente mientras despertaba entre gritos. Los arcoíris de los candelabros de cristal brillaban sobre el techo y la luz se reflejaba en las filigranas doradas pintadas allí arriba. Tanto oro.

La voz furiosa de Andreas resonaba por toda la biblioteca.

–¿Qué demonios le has hecho?

–Andreas –dijo Faxon, tranquilo, pero firme–. Tu ira no ayuda en esta situación.

–Respóndeme, hermano Nold –sentenció Andreas.

–No le he hecho nada –respondió el sacerdote con un tono suave y cautivador. Tan suave como una sábana de seda. Era como una nana que amenazaba con hacerme caer dormida otra vez.

Pero aquella voz también me provocaba un hormigueo en la piel y un leve dolor de cabeza. No era tan insoportable como antes, pero sí lo bastante intenso como para despejarme por completo.

Me incorporé en el rígido diván sobre el que estaba recostada y observé cuanto me rodeaba.

Me encontraba en un rincón de lectura con estanterías empotradas en las paredes.

Al otro lado del espacio había una ventana que daba a unos setos cuidadosamente podados de los jardines del castillo.

Y, en el centro de la estancia, había un pequeño escritorio con un sillón de respaldo alto, tapizado en terciopelo del mismo tono coral que el diván.

Kos estaba sentado en el otro extremo del sofá. En cuanto vio que me movía, se incorporó de golpe y se llevó las manos a la boca.

–Está despierta.

Hice una mueca de dolor al oírlo gritar, un sonido que no hizo más que intensificar el dolor de cabeza.

–¿Estás bien? –preguntó.

–Sí –mentí justo cuando Andreas llegó a aquel rincón con el rostro desencajado por el pánico y la preocupación.

Se arrodilló junto al diván y me sostuvo el rostro entre las manos.

–¿Estás bien?

Asentí, apretando los dientes por el dolor constante. Tenía demasiado frío y, al mismo tiempo, demasiado calor. Me sentía mareada y con náuseas.

–El Velvi’os-telfer. ¿Dónde está?

No hizo falta que Andreas respondiera. Una sensación espantosa se intensificó y supe que el hermano Nold se acercaba.

–Basta. –Cerré los ojos con fuerza–. Por favor. No dejéis que se acerque más.

–No dejaré que te haga daño –dijo Andreas–. Estás a salvo.

Sacudí la cabeza.

–No, es…

La magia. Tenía que ser la magia lo que me hacía sentir tan mal. Era como veneno sobre la piel, recorriéndome las venas.

Me obligué a abrir los ojos, pero el mundo seguía girando demasiado deprisa. Bajé la voz porque no quería que Kos me oyera.

–Me duele estar cerca del sacerdote.

Andreas frunció el ceño, pero no discutió. Miró por encima del hombro al ver que Faxon se acercaba con el sacerdote unos metros por detrás.

–Volved al escritorio. Los dos.

El hermano Nold retrocedió de inmediato.

Faxon vaciló. Después asintió y le hizo un gesto a Kos para que lo acompañara.

Esperé a que nos quedáramos a solas y a que Andreas se sentara a mi lado en el diván antes de respirar hondo. El dolor seguía ahí, pero ahora que el sacerdote se había alejado, resultaba soportable.

–Todo este tiempo me he preguntado si alguien de Kenn había llegado a Calandra. Pensé que sería una Estornino o algún explorador. Pero no esperaba que fueran los Velvi’os-telfer. O supongo que aquí los llamáis...

–Voster –terminó Andreas por mí–. ¿Los conoces?

–Nunca había visto a ninguno en persona. Son nómadas y la mayoría vive aislada. Fueron expulsados de su tierra hace mucho tiempo, tras ser derrotados por la nación de Beesa.

¿Sería esa la razón por la que el dialecto de Beesa, la antigua lengua de Andreas, había llegado a Calandra? ¿Por los Voster?

–Según nuestros libros de historia, la guerra comenzó por motivos religiosos.

Sus creencias no coincidían con las del rey de Beesa y, por eso, decidió considerarlos una abominación.

Aunque, en el fondo, creo que solo era un tirano sediento de poder que vio la oportunidad de expandir su territorio. Sus descendientes son despiadados.

La persecución religiosa no era más que una excusa para la matanza y la invasión. No sabía mucho sobre la fe de los Voster ni sobre a quién veneraban. Cuando éramos Pichones, nuestra educación se centraba en nuestras propias tradiciones, en nuestras propias creencias, no en culturas olvidadas.

–¿A quién adoran en Calandra? –le pregunté a Andreas, aunque sospechaba que ya conocía la respuesta.

–A Ama y Oda. –Hizo el gesto de los Ocho–. Y a los Seis.

¿Cuánto tiempo llevaban los Voster allí? ¿Habían adoptado la religión de Calandra o habían traído la suya propia a este continente? ¿Cómo habían conseguido escapar de Beesa?

¿Cómo habían obtenido magia?

–Tengo que hablar con el hermano Nold.

La sola idea de estar en la misma habitación que él me revolvía el estómago, pero no había otra manera.

–No. Si te hace daño, no deberías hacerlo.

–Con un poco de distancia es soportable. No puedo sentirla si no está cerca.

–¿Sentir qué?

–No lo sé. En Kenn, los Voster no tienen poderes. Al menos, no que yo sepa –de lo contrario, no entendía cómo habían perdido la guerra–. Nunca había oído hablar de nadie capaz de hacer flotar un libro.

–Los sacerdotes poseen magia sobre los fluidos. Pueden manipular el agua, el viento y la sangre.

Magia . De verdad que estaba empezando a odiar esa palabra.

–Entonces debe de ser eso lo que puedo sentir. Es como si cientos de insectos me caminaran por la piel. Como si me clavaran mil agujas.

Si yo podía percibirla y los habitantes de Calandra no, debía de ser porque era una Estornino o porque procedía de Nelfinex. Quizá aquello que les daba los destellos en los ojos también los protegía de la magia de los Voster.

Andreas pasó un brazo por encima de mis hombros y me atrajo hacia él. Me besó la cabeza; después se levantó y me ayudó a ponerme en pie, sujetándome para que no me desplomara.

–Nos vamos. No quiero que estés cerca de él.

–No, todavía no. Tengo que hablar con él.

–Caspia...

–Tengo que entenderlo. –Lo agarré del brazo con fuerza–. Podría pasarme la vida entera en esta biblioteca sin encontrar respuestas. El hermano Nold podría ser la única forma de conseguirlas.

Andreas se pasó una mano por el rostro.

–Está bien. Déjame hablar con Faxon.

Me desplomé sobre el borde del diván, con las manos entrelazadas sobre el regazo, mientras él abandonaba el pequeño rincón.

¿Los Voster de Calandra sabían que su pueblo, al otro lado del Marixmore, estaba prácticamente extinto? ¿Mi tía también sabía que vivían aquí? ¿Sabía que tenían magia?

Andreas no tardó mucho en regresar. Se acercó a mí y me tendió una mano.

–Faxon tiene una idea. Vamos.

Me condujo por la biblioteca hasta una escalera de hierro de caracol situada en un rincón poco iluminado. Subimos al primer rellano, pasamos hilera tras hilera de estanterías mientras rodeábamos la sala y nos detuvimos frente a una pared.

Justo debajo de nosotros estaban las dos puertas doradas, ahora cerradas. Nos quedamos junto a la barandilla, observando la biblioteca, hasta que Faxon apareció con el hermano Nold desde el otro extremo de la sala.

Se colocaron en una posición que era el reflejo de la nuestra. La incomodidad regresó, pero, a esa distancia, resultaba tolerable.

–La acústica es extraña en esta parte de la biblioteca –dijo Faxon–. Es útil, porque cuando necesito un texto de aquí, no tengo que gritar.

Estaba tan lejos que, en cualquier otra circunstancia, habría tenido que gritar. Pero hablaba con total normalidad y podía escucharlo como si estuviera a mi lado.

–Os dejaré para que converséis –dijo Faxon. Asintió al sacerdote y luego desapareció entre las estanterías.

–Lamento mucho cualquier dolor o incomodidad que haya podido causar –dijo el hermano Nold, juntando las manos e inclinando la cabeza a modo de reverencia.

–¿Te molestaría si te hago algunas preguntas, hermano Nold?

–Las que quieras, muchacha.

Respiré hondo y miré a Andreas.

–Necesito hablar con el hermano Nold…

–A solas –terminó la frase por mí y me dio un beso en la frente–. Si me necesitas, estaré abajo.

El corazón empezó a acelerárseme mientras miraba al hermano Nold.

–Sabes que vengo del continente de Kenn.

–Sí.

–¿Cómo?

–Ha pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que alguien me llamó Velvi’os-telfer.

–¿Cuánto?

–Desde la guerra. Han pasado tantos veranos que ya perdí la cuenta.

Aquel conflicto había comenzado más de cuatrocientos veranos atrás y se había prolongado durante generaciones.

–¿Cómo es posible?

El hermano Nold miró hacia una mesa con dos sillas de madera. Alzó la mano y una de las sillas se elevó del suelo. La acercó hasta donde estaba él y la depositó a su lado. Se sentó y su túnica borgoña le cubrió los pies.

–¿Cómo llegaste a Calandra?

–En un barco.

–Sentiste una llamada, ¿verdad? El rito. Eres una Estornino. Ha pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que vi a alguien con esos ojos dorados de Estornino.

–Sí –asentí–. Pero fallé mi rito. No me transformé.

–Ya lo harás. –Sonó más como un augurio de muerte.

Lo que había deseado durante tanto tiempo, ser una Estornino, ahora parecía haberse convertido en mi perdición.

–El viaje desde Kenn hasta Calandra es imposible para la mayoría.

Esta tierra es pequeña en comparación con Kenn.

Cualquier error de cálculo en la navegación haría que un marinero pasara de largo sin siquiera advertir la presencia de estas costas.

Sin la llamada de tu rito, sospecho que tú tampoco las habrías encontrado.

–¿Así fue como llegaste tú?

–Yo soy un Voster. Nosotros no tenemos ritos. Pero escapamos de la guerra gracias a la ayuda de tres de tus antepasados Estorninos.

–Vinieron aquí. ¿Y se fueron?

–Solo una. Las otras dos… Bueno, estas tierras reclamaron sus vidas de Estornino.

Mi mente empezó a repasar rápidamente todas las formas en que podrían haber muerto. No, muerto no. Estas tierras reclamaron sus vidas de Estornino.

–Se transformaron. Y no pudieron volver a cambiar.

El hermano Nold inclinó la cabeza hacia un lado.

–No viniste sola.

–No –susurré–. Mi prima, Xandra, vino conmigo. Se transformó en un ulferno. Y luego intentó matarme.

–Ah.

–¿Qué les pasó? ¿A las Estorninos que te trajeron aquí?

–No tuve otra opción. Era su vida o la nuestra.

Tragué saliva con fuerza.

–¿Y la tercera?

–Se marchó volando y nos dejó en paz.

–¿Como un vencejo?

El hermano Nold asintió.

–Entonces hay esperanza. –Apoyé una mano sobre el pecho al sentir cómo la esperanza crecía en mi interior, una sensación que me dejó al borde de las lágrimas.

–No te hagas ilusiones –me advirtió–. Era una Estornino anciana y poderosa y, aun así, no logró recuperar su forma humana.

Mató durante meses. A todos los humanos que se cruzaban con ella los enviaba junto a los dioses del cielo.

No sabemos si regresó a Nelfinex. Solo dimos gracias cuando dejamos de verla.

Debió de haber regresado a Nelfinex. Debió de haber encontrado el camino de vuelta a casa.

Y era probable que ella fuera la razón por la que estaba prohibido que los Estorninos fueran a Calandra. Porque, cientos de veranos atrás, una Estornino llegó a ese continente y se convirtió en un monstruo. Un crux.

Ella había sido la catalizadora de nuestra ley.

¿Qué más había desencadenado?

–¿Los crux migraban a Calandra antes de que vosotros llegarais? –pregunté.

–No.

Por la gracia del Divino.

Los vencejos tenían un gran sentido del olfato. Eran aves territoriales con una profunda conexión con los Estorninos, más que cualquier otra criatura de Nelfinex.

Algo en aquel viaje, al llevar a los Voster hasta allí, debió de haber alterado sus patrones migratorios. Mis antepasados los habían llevado a una nueva zona de reproducción.

Allí, los crux eran criaturas aterradoras. Allí, los Voster tenían poderes. Allí, los Estorninos eran monstruos.

¿Por qué? ¿Qué tenía Calandra que la hacía diferente?

Magia.

–Hiciste que esos libros flotaran –dije–. ¿Cómo?

–¿Y cómo es que la sangre de Estornino te permite transformarte? No sé por qué recibimos esta magia al llegar a esta tierra.

–¿Alguna vez regresasteis a Beesa? –pregunté.

–No. –Bajó la cabeza–. No podemos regresar. Hicimos un juramento.

–¿Con quién? ¿Con los habitantes de Calandra?

El hermano Nold pasó un dedo por sus labios pálidos y no respondió.

–Andreas dijo que eras un emisario del rey.

–Sí, muchacha. La hermandad trabaja para que lo que ocurrió en Kenn no se repita en Calandra.

–Te refieres a la guerra y a la persecución de vuestro pueblo.

Asintió.

Quería preguntarle más sobre su magia, sobre su papel en Quentis, sobre qué significaba exactamente formar parte de la hermandad. Pero la molestia que me provocaba su magia empezaba a calarme hondo en los huesos. El dolor de cabeza regresaba con más intensidad.

–¿Por qué tu magia me causa tanto dolor?

–Porque eres una Estornino. No se supone que debas estar aquí.

–Pero no soy una Estornino. Todavía no.

–Y, aun así, la sientes.

Apoyé una mano sobre el corazón, sobre el latido que resonaba en mi interior.

–Vete, muchacha. Abandona Calandra. Antes de que sea demasiado tarde.

El hermano Nold se puso de pie, asintió y se marchó. Cuando el hormigueo de su magia se desvaneció, cuando pude respirar con normalidad y todo dejó de dar vueltas, supe que había salido de la biblioteca.

Y entonces comprendí, sin lugar a dudas, que no volvería a verlo.