Capítulo treinta y seis. Odessa #3
Me apartó un poco, sin soltarme de los brazos, y me observó durante un largo instante. Lo que vio hizo que frunciera el ceño.
–Estás demasiado delgada.
–Con un par de desayunos más con Margot volveré a estar como nueva.
–Eso espero, muchacha.
De pronto se oyeron unas pisadas apresuradas en el pasillo y, unos segundos después, Arthy entró corriendo en el comedor con Titus pisándole los talones. Su risita estuvo a punto de hacerme llorar.
–Mamá, ¿has visto a...? –Se quedó inmóvil y tomó una bocanada de aire–. ¿Dess?
–¡Arthy! –Corrí hacia él y me arrodillé justo cuando se lanzó a mis brazos–. Ay, cuánto te he echado de menos.
–Yo también. –Me abrazó con tanta fuerza que casi me hizo daño–. ¿Quieres conocer a mi cachorro? Acabo de llamarlo Titus.
–Sí, me encantaría conocer a Titus –dije, riendo mientras me secaba una lágrima del ojo–. ¿Y tú? ¿Quieres conocer a mi flagris?
Se quedó boquiabierto.
–¿Tienes un flagris?
***
La sala del trono de mi padre era un lugar frío, vacío y completamente silencioso. El calor y el bullicio de la fiesta de la noche anterior ya habían abandonado la estancia a través de una hilera de ventanas abiertas.
Hawksley avanzaba sobre el suelo de mármol, escoltándome hasta mi padre.
Estaba en el inmenso balcón, contemplando su capital.
El general me indicó que cruzara la puerta del balcón y, tras una breve reverencia, se dio la vuelta y se marchó.
Esperé a que mi padre se volviera para saludarme. Pero, como no lo hizo, enderecé los hombros y me situé a su lado.
–Padre.
Mi mirada se posó sobre los acantilados junto a la ciudad. Mis acantilados. Mi santuario. Un lugar al que había acudido incontables veces para escapar de las asfixiantes expectativas de aquel castillo.
La hierba se había secado y el verde habitual empezaba a desaparecer con el cambio de estación. Unas nubes de tormenta grises se acumulaban en el horizonte y, aunque todavía brillaba el sol, había contemplado aquel mar tantas veces que sabía que esas nubes se dirigían hacia nosotros.
–Información –me ordenó, como si yo fuera uno de sus legionarios y no su hija–. ¿Encontraste el camino a Allesaria?
–Los mapas están prohibidos en Turah. Y para entrar en la ciudad es necesario un juramento de sangre que garantice que su ubicación siga siendo un secreto.
–No has respondido a mi pregunta. ¿Has ido a Allesaria?
–No.
Y era la verdad.
Un músculo de su mandíbula se tensó mientras observaba un enorme barco de velas blancas atracado en el muelle. El barco en el que habíamos llegado la noche anterior ya no estaba por ninguna parte.
–El Guardián es el príncipe. Eso fue... inesperado.
Me resultaba extrañamente reconfortante que Ransom hubiera conseguido engañar no solo a mí, sino también a mi padre. Al menos no era la única Cross a la que habían engañado.
–Ransom tenía sus razones para hacerlo.
–¿Y qué más te ha contado ese tal Ransom?
–No –respondí con brusquedad–. No te atrevas a menospreciarlo. No cuando él me ha contado todos sus secretos y tú todavía no me has contado los tuyos.
Apartó la vista del puerto y me miró. ¿Desconcertado? ¿Impresionado?
Nunca le había visto esa expresión.
–Encontramos un heraldo de los crux en Turah. Llegó hace un mes. Ransom lo mató, pero no sé si había más. Tienes que advertir a la gente para que se prepare para la migración. Llegará antes de lo previsto.
La expresión de mi padre se endureció y volvió la mirada hacia el horizonte, como si pudiera ver directamente hasta Turah.
–Hay algo más –dije, respirando hondo–. Necesito recurrir a tus curanderos.
–¿Para qué?
–Hay una infección que se está propagando entre los monstruos de Turah. Se llama la lyssa. Quiero que encuentres una cura.
–Sí, ya conozco esa infección. No es un problema de Quentis.
–Se está propagando, y eso la convierte en un problema de todo el continente. Quiero acceso a tus mejores curanderos.
Frunció el ceño.
–No has hecho más que exigir desde que llegaste.
–Y tú no has hecho más que darme motivos para volver a marcharme.
–Había alzado la voz, incapaz de contener la rabia y la frustración que sentía–.
¿El ala oeste? ¿En serio? ¿Ahí decidiste alojarme?
¿Como si fuera una invitada molesta y no tu hija?
¿Fuiste tú quien le pidió a Mae que fuera a mi habitación esta mañana?
–Trajiste un monstruo a mi castillo. Le pedí que se ocupara de él.
Odiaba sentir celos de la confianza que depositaba en Mae.
–Es una mascota que me demuestra más cariño del que tú me has demostrado jamás.
–Está bien. Puedes recurrir a los curanderos. –Quizá solo fueran imaginaciones mías, pero me pareció percibir un atisbo de arrepentimiento en su voz–. Ahora, por favor, pídele al príncipe Zavier que venga a verme. Él y yo tenemos asuntos que tratar.
–Aún no hemos terminado de hablar. –Crucé los brazos sobre el pecho–. No pienses que vas a librarte de mí tan fácilmente. ¿Por qué querías que matara a Ransom?
Guardó silencio.
–¿Qué hay en Allesaria que pueda detener la migración?
Silencio.
–¿Alguna vez me contarás la verdad?
Esta vez no dudó en romperme el corazón.
–No.