Capítulo treinta y seis. Odessa #2
–Hola, Evie –fue el saludo más amable y sincero que le había oído pronunciar a Margot en toda mi vida.
Evie la saludó con timidez, agitando la mano, y luego abrazó a Faze.
Margot miró a Ransom e inclinó apenas la barbilla.
–Su Alteza.
–Majestad. Gracias por vuestra hospitalidad –nunca había sonado tanto como un príncipe.
En algún lugar del cielo, Luella debía de estar sonriéndole a su hijo. Al hombre leal, amable y decidido que había criado.
–Bienvenidos de nuevo a Quentis –dijo Margot–. Por favor, hacedme saber si hay algo que pueda hacer por vosotros para que vuestra estancia sea más agradable.
–Ropa –respondí por él–. Pantalones, sobre todo.
Margot puso cara de fastidio, pero advertí un atisbo de humor en sus ojos.
–Os conseguiremos pantalones. Ahora comed. Estáis en los huesos.
Me senté junto a Ransom y obedecí a mi madrastra. Comí hasta sentir el estómago más lleno de lo que lo había tenido en meses.
–Ah, ahí está –dijo Margot, incorporándose en la silla y sonriendo hacia las ventanas, mientras una cabellera rubia pasaba corriendo junto al cristal.
–¿Arthy? –pregunté, poniéndome en pie al ver a mi hermanito correr por el césped del jardín, al otro lado de las ventanas.
Había crecido muchísimo durante mi ausencia.
Llevaba el cabello más corto. ¿Cómo era posible que su rostro hubiera cambiado tanto en solo unos meses?
Las mejillas regordetas que había tenido desde bebé habían desaparecido.
Ahora se parecía mucho más a un niño y cada vez más a un muchacho.
Aun así, su sonrisa hizo que una cálida emoción me inundara el pecho.
–Dess –dijo Evie, tirándome de la camisa con los ojos muy abiertos–. El pájaro.
Había estado tan concentrada en el rostro de Arthy que no me había fijado en la cometa que llevaba bajo el brazo.
Era un pájaro de plumas anaranjadas y una larga cola azul, verde, roja y amarilla.
Era idéntica a la que describía el diario, la que llevaba un niño de cabello claro.
Se me hizo un nudo en el estómago que me revolvió todo el desayuno. De pronto, el hermano Dime apareció en el jardín, con las manos a la espalda y la túnica meciéndose al ritmo de sus zancadas.
Arthalayus levantó la cometa con una mano mientras sujetaba el hilo con la otra. Después echó a correr, lanzándola al aire para que el viento mágico del hermano Dime la elevara hacia el cielo.
El pájaro remontó el vuelo mientras Arthy reía y soltaba más hilo.
Los árboles del jardín no se agitaban ni se mecían. El césped permanecía inmóvil. El viento solo soplaba para el pájaro de papel de mi medio hermano. Y, cuando llegó al final del hilo, Arthy lo soltó para que volara libre.
Le lanzó un beso y se quedó contemplándolo hasta que desapareció de su vista.
–Titus –susurró Evie mientras un perrito negro, de orejas largas y pelaje rizado, cruzaba el jardín corriendo y moviendo la cola.
Me puse en pie y me alejé de la mesa. El corazón me latía cada vez con más fuerza a medida que me acercaba a las ventanas.
¿Cómo era posible? Cada vez que una de las historias de aquel diario cobraba vida ante mis ojos, sentía que el mundo entero se inclinaba hacia un lado. Como si perdiera el equilibrio.
–¿Qué era ese cuaderno abandonado por los dioses?
–Eh –dijo Ransom, acercándose a mi lado con el ceño fruncido por la preocupación–. ¿Estás bien?
–Sí, sí –mentí–. Es solo la magia del Voster.
Teníamos que hablar sobre el diario, sobre todo porque lo había escrito su madre. Pero aquel no era el momento.
–¿Quién es el niño? –preguntó Evie, acercándose con nosotros a la ventana.
–Es Arthalayus. Mi hermano.
Margot se acercó y esbozó una leve sonrisa. Miraba a Arthy con una devoción que solo reservaba para él. Desde el día en que nació, aquel niño se había ganado su corazón.
–Ha estado haciendo cometas –dijo–. Pero ha llovido tanto que no había podido hacerlas volar.
Hoy hace un día precioso, aunque apenas corre el viento.
Cuando el hermano Dime se ofreció a ayudarlo, tendríais que haberle visto la cara de felicidad.
Siempre cuesta que desayune, pero hoy prácticamente lo ha devorado todo sin masticar.
Salió justo antes de que llegarais vosotros.
–¿Desde cuándo tiene ese perrito? –pregunté.
–Desde hace solo dos días. Todavía está pensando qué nombre ponerle.
Titus.
Arthy se arrodilló y el cachorro le lamió la cara. Le habló y, aunque no podía oírlo, supe exactamente qué le decía.
Velvi’oy Elvi’a Llelvi’a-melf’ar-telf’e Telvi’i-telfus.
Voy a llamarte Titus.
Evie me miró, mordiéndose el labio inferior con preocupación.
Me acerqué a su oído.
–Luego hablamos, ¿vale?
Asintió y me tomó de la mano, mientras con la otra sujetaba con firmeza la correa de Faze.
Arthy salió del jardín con el cachorro justo cuando un hombre vestido con el uniforme de los legionarios entró corriendo en el comedor.
Tenía el cabello rubio y corto, con algunos mechones blancos en las sienes.
Era alto, de complexión esbelta pero robusta, y tenía la nariz ligeramente torcida.
Tras las gafas de montura metálica, sus ojos color avellana no mostraban el menor rastro de emoción.
Su chaqueta aguamarina llevaba botones dorados y varias medallas sobre el bolsillo del pecho.
El hombre hizo una reverencia ante Margot.
–Su Majestad.
–General Hawksley.
¿General?
Miré a Ransom.
Aquel debía de ser el hombre que había ocupado el lugar de Banner después de que este no regresara de Turah.
–El rey solicita vuestra presencia –dijo Hawksley–. De inmediato.
Margot asintió.
–Claro, por supuesto. Iré enseguida.
Hawksley levantó una mano. Llevaba un anillo en cada dedo.
–Mis disculpas, reina Margot. El rey solicita la presencia de la princesa Odessa. Debe acompañarme a solas.
Margot se tensó.
Al igual que Ransom.
Una anciana de cabello gris corto y profundas arrugas en el rostro regordete entró en el comedor. Me miró una sola vez y sonrió.
–Princesa Odessa. Entonces los rumores eran ciertos. Has vuelto con nosotros.
–Hola, Nathalia. –Crucé el salón y la envolví en un fuerte abrazo.
Nathalia era la razón por la que amaba los abrazos. Cuando era niña, los suyos ahuyentaban mis pesadillas y calmaban mi corazón solitario. Había sido una presencia constante en aquel castillo durante años: primero como mi niñera, cuando era pequeña; después como la de Mae; y ahora como la de Arthy.
Sabía que mi padre y Margot rara vez nos mostraban afecto, así que ella hacía todo lo posible por llenar ese vacío.
–Veo que por fin te has quitado ese horror de tinte –murmuró lo bastante bajo para que Margot no la oyera–. Bien hecho.