Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y seis. Odessa
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Capítulo treinta y seis. Odessa

Capítulo treinta y seis ODESSA

El grito de Evie me despertó de una noche sin sueños. Pateé las sábanas enredadas en mis piernas y salté de la cama.

Ransom ya estaba corriendo hacia el vestidor.

Levanté mi camisón color aguamarina del suelo y me lo puse de un tirón. El satén estaba frío al deslizarse sobre mi piel y eché a correr hacia la puerta, que abrí de golpe.

Evie estaba de pie en medio del vestíbulo, todavía con la ropa de dormir. Enseñaba los dientes y tenía las manos cerradas en dos pequeños puños. Faze estaba entre sus piernas, con una expresión similar.

Los ojos grises de la niña y los ojos violetas de la criatura ardían con intensidad mientras se enfrentaban a la intrusa que había al otro lado de la sala.

–¿Mae? –pregunté, frotándome los ojos.

Mi hermanastra llevaba un vestido color aguamarina bordado. Una tiara reluciente descansaba sobre su cabello dorado. De no ser por las dagas que empuñaba en cada mano, la habría confundido con Margot, pues era casi idéntica a mi madrastra.

–¿Qué ocurre? –pregunté, rodeando el sofá para situarme detrás de Evie.

–Ese monstruo me mordió –dijo Mae, recalcando cada palabra mientras blandía una de las dagas en el aire.

Ah, cielos. No .

Faze había estado más agresivo últimamente, sobre todo con Ransom. Pero nunca había intentado morder a nadie. Lo máximo que había hecho era lanzar un zarpazo.

Pero, si había atacado a Mae, era demasiado tarde: tendríamos que deshacernos de él.

Quizá, si éramos más cuidadosos y lo manteníamos encerrado en aquella habitación, podríamos conservarlo un poco más.

La sola idea de soltarlo en alguna región de Quentis me revolvía el estómago, sobre todo con la migración tan cerca.

–¿Estás bien? –No veía ni rastro de sangre. Quizá ni siquiera había llegado a romperle la piel. Me agaché y lo cogí en brazos–. Lo siento mucho. Nunca había mordido a nadie.

–No, él no –dijo Mae, señalando a Evie con la daga–. Ella.

–Espera. ¿Evie intentó morderte? –pregunté, parpadeando, mientras Faze se retorcía para soltarse. Lo dejé en el suelo.

Enseguida volvió junto a Evie, montando guardia y gruñéndole a Mae.

–Sí –respondió mi hermana entre dientes.

Miré a Evie con las cejas arqueadas.

–¿Le has mordido?

Evie se cruzó de brazos y, en aquel instante, me pareció el vivo retrato de Ransom.

–¿Por qué…? Mae, ¿puedes guardar esos cuchillos, por favor? Así podremos hablar sin armas de por medio.

Mi hermanastra apretó los labios sin apartar la vista de Evie.

–Mae –insistí con firmeza–. Los cuchillos. Bájalos. Ahora.

–Está bien –resopló. Bajó las dagas y las enfundó en las vainas enjoyadas que llevaba al cinto.

–Gracias. –Aparté los rizos de mi rostro y respiré hondo–. Bueno, empezad por el principio. ¿Qué ha pasado?

–Quería llevarse a Faze –dijo Evie–. Y, como no me lo devolvía, le mordí la pierna.

–¡Demonio! –exclamó Mae, llevándose las manos a la cintura.

Evie le sacó la lengua justo cuando Ransom entró en la sala, todavía abrochándose los pantalones de cuero.

La túnica se ajustaba a los músculos marcados de sus brazos y de su pecho.

Tenía el cabello hecho un desastre, obra de mis dedos la noche anterior, con las puntas rozándole los hombros.

Iba descalzo y la luz de la mañana resaltaba los rasgos angulosos de su rostro.

Bajo la barba advertí que apretaba la mandíbula.

La diadema descansaba sobre su ceño fruncido.

Incluso molesto, era hermoso. Irradiaba poder y autoridad.

Mae lo recorrió con la mirada de arriba abajo y se colocó un mechón de cabello rubio detrás de la oreja antes de dedicarle una sonrisa tímida.

–Eres más guapo de lo que recordaba, Guardián. ¿O debería decir príncipe Wolfe?

Bueno, al parecer no le había llevado mucho tiempo descubrir la verdadera identidad de Ransom. ¿Tendrían espías escondidos en las paredes de la sala del trono? No me sorprendería.

–Ransom, ¿recuerdas a mi hermana Mae?

Se detuvo en el centro de la habitación, con los ojos color avellana cargados de fastidio.

–¿Hay alguna razón para que estés en nuestra habitación a estas horas de la mañana?

–Quería llevarse a Faze –repitió Evie, cogiéndolo en brazos y acercándoselo a Ransom.

La sonrisa empalagosa de Mae se ensanchó todavía más.

–Solo sentía curiosidad por su gato.

–Por favor. No me creo eso ni por un segundo. –Conocía muy bien ese brillo malicioso de sus ojos azules–. ¿Qué estás tramando, Mae?

–Nada –respondió con fingida inocencia.

Mentirosa .

–Vuelve a tocarlo y les contaré a todos los vendedores de periódicos de Roslo que tienes hongos en los dedos de los pies.

–Odessa... –Resopló, y su fachada se vino abajo–. Eso... sería algo que yo haría.

–No lo vuelvas a tocar –sentencié, manteniendo la cabeza alta y sosteniéndole la mirada–. ¿Entendido?

Hizo un gesto despreocupado con la muñeca, como quitándole importancia.

–Ni siquiera es bonito.

–Es adorable y lo sabes. –Crucé la habitación y, aunque odiaba los abrazos, la envolví en uno de todos modos–. Hola.

Intentó zafarse, pero, al darse cuenta de que eso solo conseguía que la abrazara con más fuerza, se relajó y terminó por devolverme el abrazo hasta que la solté. Después me miró con expresión altiva.

–¿Qué te ha pasado? Pareces otra persona.

–Bueno, me casé con el Guardián, navegué hasta Turah, casi me devoró una medularia, viví en una casa del árbol, estuvo a punto de matarme una jauría de ulfernos varias veces, adopté un flagris, me mudé a una fortaleza, maté a un hombre que intentaba matarme...

y eso es solo el principio. Apenas acaba de amanecer y ya estoy cansada.

Además, deberías haber llamado a la puerta. No vuelvas a entrar sin permiso.

Se me quedó mirando como si acabaran de salirme alas en la espalda.

–Tienes razón. Soy otra persona.

Y, por fin, pareció comprender que la dinámica entre nosotras había cambiado.

Llamaron a la puerta.

–Adelante –gritó Ransom.

Uno de los senescales del rey y la reina se aclaró la garganta desde el umbral. Hizo una reverencia exagerada antes de hablar.

–La reina solicita su presencia en el desayuno. A la mayor brevedad.

A la mayor brevedad; es decir, de inmediato.

Al parecer, sería una mañana de reencuentros.

–Gracias –dije, despidiendo al senescal.

Por mucho que quisiera volver a meterme en la cama, cuanto antes hablara con mi padre sobre el heraldo de los crux, mejor.

–Vamos a cambiarnos –dijo Ransom, llevándose a Evie hacia su habitación mientras mi hermanastra se daba la vuelta para marcharse.

–¿Mae? –dije, esperando que se detuviera y mirara hacia atrás–. Te he echado de menos.

No mucho. Pero sí un poco.

No respondió antes de salir de la habitación.

Suspiré y dejé caer los hombros. Bueno, aquel reencuentro había salido mejor que el que había tenido con mi padre, aunque no por mucho. Algún día tendría que dejar de desear que mi hermana fuera otra persona.

Que le gustaran mis abrazos. Que entrara sin pedir permiso en mi habitación para asegurarse de que estaba viva y bien. Una hermana como yo.

Pero Mae era Mae. Y desear que cambiara era tan inútil como querer tocar las estrellas.

Recorrí despacio la habitación para prepararme y afrontar el día. Mi hermano estaba en algún lugar del castillo y, si no lo veía durante el desayuno, querría encontrarme con él cuanto antes.

Las damas de compañía solo me habían traído vestidos grises y zapatos de mi antiguo armario, y la idea de volver a ponérmelos era como dar un paso atrás.

Así que decidí vestir la ropa del día anterior, aunque habría preferido tener algo limpio.

Mi camisa aún conservaba un ligero olor a pescado del barco.

Pero no iba a enfrentarme a mi padre vestida de gris.

Cuando terminé de trenzarme el cabello y de colocar el brazalete de Ransom bajo la manga, regresé a la sala, donde Evie y mi esposo me esperaban.

Evie también llevaba la ropa del día anterior.

–No ha querido ponerse un vestido –dijo Ransom.

–Yo tampoco.

Mientras me calzaba las botas, Ransom se puso el chaleco y preparó sus armas. Cuando estuvimos listos, nos dirigimos a la planta baja del ala este.

Las puertas de las habitaciones de Thora y Jodhi estaban abiertas y los sirvientes ya las estaban limpiando para los siguientes huéspedes.

Los Mavin probablemente se habían marchado antes del amanecer.

El personal del castillo con el que nos cruzábamos nos evitaba de forma bastante evidente.

Ransom era quien más llamaba la atención, seguido de Faze, Evie y, por último, yo.

Estaba segura de que la noticia de mi regreso ya había corrido por todo el palacio, porque un par de sirvientes se inclinaron ante mí y me llamaron Su Alteza.

El comedor preferido de Margot se encontraba en un rincón del ala este.

Una luz dorada y pálida se filtraba por las ventanas que rodeaban la estancia a ambos lados.

Un sirviente aguardaba junto a una mesa repleta de comida.

El aroma de los pasteles, la fruta, las carnes curadas y los huevos escalfados hizo rugir mi estómago.

Mi madrastra, siempre tan elegante, estaba sentada en la cabecera de la mesa, bebiendo té en una taza pintada a mano mientras leía el periódico.

Sus ojos, azules como el océano y atravesados por aquellos destellos ambarinos propios de Quentis, se alzaron hacia nosotros cuando entramos en el comedor.

Le bastó una sola mirada a mi ropa para arrugar la nariz con desdén.

–¿Pantalones?

–Pantalones. –Me detuve junto a la silla más cercana, observándola desde el otro extremo de la mesa.

Ransom acercó una silla para Evie y la ayudó a sentarse. Después dejó a Faze sobre su regazo y tomó asiento a su lado.

De inmediato, el sirviente empezó a servirles la comida, mientras yo observaba a la única madre que había conocido.

Si Margot me había echado de menos, no lo demostró.

–Tu cabello... –Dejó el periódico y la taza a un lado.

–¿Qué le pasa a mi cabello?

–Está precioso.

Su indiferencia se resquebrajó. Solo un poco.

Dejé caer los hombros.

–Evie, ella es Margot. Es mi madrastra y la reina de Quentis.