Capítulo treinta y cinco. Caspia
Capítulo treinta y cinco CASPIA
Un bebé de mejillas sonrosadas y cabello rubio. Una risa de pura alegría. Andreas lo alza hacia el cielo y sus ojos se arrugan al sonreírle a su hijo.
***
El Malynn seguía atracado en el muelle.
Durante once soles me había despertado al amanecer con la esperanza de que, al salir al balcón, ya se hubiera ido. Y, durante once soles, esas velas blancas y radiantes siguieron ensombreciendo mi humor.
Roslo era hermosa por la mañana, con un aire que traía un frío punzante. Las nubes se habían despejado lo suficiente para dejar paso al sol y la ciudad de Andreas relucía como una piedra preciosa. Sin duda habría disfrutado de las vistas de no ser por aquel maldito barco.
Si esperaba lo suficiente, ¿se iría? Pero no podía irse, ¿verdad?
No sin mí.
El pulso era insoportable. Tan inoportuno como esas velas blancas.
–Mierda.
Golpeé la barandilla del balcón con el puño y me di la vuelta, dispuesta a volver al interior, pero, en lugar de eso, choqué contra un pecho ancho y firme.
–Eh –dijo Andreas, sujetándome por la cintura para evitar que cayera–. Lo siento. Pensé que me habías oído.
–No –respondí, incorporándome y apartándome de sus manos hasta dejar un brazo de distancia entre nosotros.
Bajó la barbilla, aunque no antes de que el arrepentimiento cruzara su expresión. Se había disculpado tantas veces que ya había perdido la cuenta, pero la distancia entre nosotros no dejaba de crecer.
Era por mí.
Había pasado once soles intentando curar un corazón herido, casi siempre sola. Por las mañanas iba a la biblioteca del castillo y me sentaba en un rincón apartado para leer con atención los libros que Faxon me traía.
Cuando volvía a casa al anochecer estaba tan agotada mentalmente que apenas me quedaban fuerzas para preguntarle a Kos cómo le habían ido las clases. Y, en cuanto terminaba de cenar, subía y me desplomaba en la cama.
Lo único bueno de estar tan agotada era que las visiones se habían detenido.
Por ahora.
Nada de lo que había encontrado en la biblioteca me había resultado útil. Además, había demasiados libros. Quizá si hubieran estado escritos en mi idioma, habría avanzado más rápido, pero, tal y como estaban las cosas, traducirlos y leerlos me llevaba mucho más tiempo del que esperaba.
Tenía un dolor de cabeza constante y una pesadez en el pecho que jamás había sentido. Y, más allá de la primera conversación que habíamos tenido sobre su compromiso, no habíamos vuelto a hablar de aquel periódico.
En realidad, no hablábamos de nada.
Más bien era yo quien lo evitaba. Quien lo estaba hiriendo.
No era tanto por el compromiso que había concertado su madre, sino por los secretos. Yo le había confiado tanto sobre mí... Las heridas que me había dejado su silencio seguían sangrando.
Suspiré.
–Lo siento. Estoy... enfadada.
La visión de la luna anterior, aquella en la que Andreas aparecía con su hijo, un bebé que sabía con cada fibra de mi ser que no era mío, era como echar sal sobre una herida abierta.
Las Estorninos solo teníamos hijas.
–No te disculpes. Es culpa mía.
Se acercó, apoyó una mano en mi rostro y me acarició la mejilla con el pulgar.
Su contacto desapareció demasiado pronto, cuando me tendió un papel doblado.
–Faxon me ha enviado este mensaje esta mañana. Hay alguien en la ciudad que, según él, quizá pueda ayudarnos. Ha quedado con él en la biblioteca. Así que, cuando estés lista, iremos juntos.
–Está bien. Voy a cambiarme.
Asintió, dio media vuelta y cruzó la habitación.
Esperé a que el eco de sus pasos por la escalera se apagara y entonces exhalé.
–Maldita sea.
Otro de aquellos improperios de Calandra que, al parecer, había empezado a usar con demasiada frecuencia. Aunque ninguna cantidad de insultos bastaba para expresar mi creciente frustración.
Nunca había estado tan furiosa. Estaba enfadada con Andreas. Estaba enfadada con este continente. Estaba enfadada con Xandra por haberme dejado sola. Estaba enfadada por no poder leer más rápido. Estaba enfadada porque lloviera tan a menudo.
Estaba enfadada.
Pero, sobre todo, estaba enfadada conmigo misma.
Aquellas visiones me dominaban por completo. Eran una plaga y yo, su víctima. Desde que había empezado a ver el futuro, nada había vuelto a ser igual. Mi vida se había rendido a las imágenes que inundaban mi cabeza. Me habían sometido a su voluntad y me habían arrebatado la libertad.
Tenía que ponerles fin.
Antes de que me lo arrebataran todo.
Entré a toda prisa en el vestidor, me cambié la camisa de Andreas, con la que dormía cada luna, por un vestido azul. Bajé la escalera y encontré a Andreas esperándome con una manzana: mi desayuno. La casa estaba en silencio, porque Kos ya estaba con su niñera.
–¿Sabes a quién vamos a ver? –pregunté mientras me ponía las botas.
Me había comprado otros zapatos, cinco pares, cada uno más resistente que el anterior. Pero había vuelto a ponerme mis botas, sin preocuparme de que no fueran el último grito de la moda en Calandra. Eran parte de mi hogar, igual que mi collar de elfalter y los anillos de Emery.
–Es un sacerdote y emisario del rey –dijo, frunciendo el ceño–. Cuando lo veas, no te asustes. Los sacerdotes son... intimidantes. Pero nos ayudará, si está en su mano hacerlo.
Sacerdotes . No conocía esa palabra. Pero, en lugar de pedirle que me la explicara, simplemente asentí. Lo averiguaría pronto.
Andreas me cogió la mano y se la llevó a los labios para besarme los nudillos. Después me dejó la manzana en la palma.
–Come. Por favor. No estás comiendo lo suficiente.
Estaba demasiado enfadada para comer. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
–Voy a intentarlo.
Se acercó, me enmarcó el rostro con las manos y buscó mi mirada.
–No sé qué te trajo a mi vida, pero doy gracias a los dioses por cada momento que hemos pasado juntos.
Ahí estaba, hablando como un hombre que sabía que su final estaba cerca.
Como un hombre que me dejaría subir a ese barco.
Me mordí el interior de la mejilla para no llorar.
–Deberíamos irnos.
Asintió, enderezó los hombros y se ajustó la chaqueta. Puede que no llevara el uniforme de un soldado, pero parecía dispuesto a librar una batalla.
¿Quién era aquel emisario? ¿O la tensión de Andreas se debía simplemente a otra visita al castillo?
Salimos a la calle y caminamos deprisa por su vecindario. Con cada persona que se cruzaba, Andreas bajaba la barbilla.
Mordisqueé la manzana, dándole pequeños bocados pese a las protestas de mi estómago, hasta que no quedó nada. Tiré el corazón a una papelera cuando llegamos a las rejas abiertas del castillo.
Parecía más ajetreado que otras veces, con visitantes que iban y venían por los jardines y los cuidados patios, adornados con fuentes agradables. Eran personas que solían estar amontonadas dentro y habían decidido salir a disfrutar del sol.
Casi todas las cabezas se volvieron hacia nosotros mientras nos acercábamos a la entrada. Unas columnas doradas, coloridas vidrieras y la omnipresente bandera de Quentis nos dieron la bienvenida al subir la inmensa escalinata.
En cuanto cruzamos el umbral, la mano de Andreas se cerró sobre la mía. Solo aflojó la presión cuando entramos en la biblioteca.
Un aroma a pergamino, lirios y madera impregnaba el aire de la sala. La luz que se filtraba por las ventanas se reflejaba en los cristales de los candelabros y dispersaba arcoíris por toda la estancia.
Era una escena abrumadora, pero contemplar todos aquellos libros seguía dejándome sin aliento, por muchas veces que visitara la biblioteca.
Andreas podía odiar el castillo por lo que le había ocurrido a Arick, pero incluso él tenía que sentirse maravillado ante una biblioteca tan hermosa.
La risa familiar de Kos resonó al otro lado del escritorio de Faxon.
Y un extraño hormigueo me recorrió los brazos.
Le solté la mano y me froté la muñeca.
–¿Qué? –preguntó.
Me encogí de hombros.
–Nada. Un bicho.
Andreas se detuvo y me arremangó para examinarme la piel. Me giró la muñeca de un lado a otro en busca de una picadura.
–Estoy bien –dije, apartando la mano y bajándome la manga, aunque la molestia seguía ahí. No pensaba volver a ponerme aquel vestido.
La risita volvió a oírse.
Kos disfrutaba mucho de sus clases con Faxon, y Faxon adoraba a su nuevo pupilo. En las pocas ocasiones en que los había visto juntos, había notado que Faxon sonreía con orgullo por la rapidez con la que Kos aprendía a leer y a escribir.
El escritorio del bibliósofo estaba vacío, pero seguimos el eco de la risa de Kos hasta un alto estante.
Faxon estaba de pie en el último peldaño de una escalera, colocando los libros que flotaban hasta él.
Kos estaba sentado en el suelo, rodeado por una montaña de libros. Tenía las piernas cruzadas y una enorme sonrisa mientras cogía un libro y lo lanzaba al aire. Entonces un viento invisible lo atrapaba y lo hacía flotar hasta las manos expectantes del bibliotecario.
–Libros flotantes... –susurré, deteniéndome.
Sentí un hormigueo en la piel, no solo en los brazos, sino por todo el cuerpo. La sensación fue tan repentina y abrumadora que hice una mueca de incomodidad y reduje el paso mientras Andreas seguía avanzando.
Me sacudí la falda cuando la sensación empeoró, como si decenas de agujas invisibles atravesaran la tela. Me froté los brazos y el cuello, luchando contra las arañas imaginarias que parecían escabullirse bajo el vestido.
Andreas se detuvo detrás de Kos, sonriendo mientras observaba cómo los libros flotaban hasta Faxon. No parecía sorprendido ni impresionado en lo más mínimo. Cuando se dio cuenta de que yo no estaba a su lado, se volvió y me tendió una mano.
–¿Qué es esto? –pregunté, todavía rascándome los brazos–. ¿Es obra de Faxon? ¿O de Kos?
–No, de ninguno de los dos. Ven, te presentaré al sacerdote del que te hablé. Ya lo entenderás.
Pero no conseguía moverme. Cada paso era una agonía por las insoportables punzadas que me recorrían desde el cuero cabelludo hasta los pies.
De pronto, una figura emergió de detrás de las pilas de libros y pasó junto a la escalera de Faxon. Su túnica color borgoña se mecía alrededor de sus pies descalzos y de las uñas agrietadas que asomaban en sus dedos.
Mi bocanada de sorpresa captó toda su atención.
Imposible .
Magia.
Bajó las manos y, con ellas, los libros descendieron lentamente hasta el suelo.
Faxon bajó de la escalera mientras Kos se ponía de pie.
Sin poder respirar, observé cómo el sacerdote caminaba con una gracia sobrenatural hasta situarse junto a Andreas.
El dolor me calaba hasta los huesos y todo el esqueleto empezó a temblarme.
Un latido rítmico y persistente se había instalado detrás de mis ojos, como si un herrero me golpeara el cráneo una y otra vez.
–Hermano Nold. Ella es Caspia –dijo Andreas, señalándome al presentarme.
El sacerdote hizo una reverencia. Era más alto que Andreas y, aunque la túnica le quedaba bastante holgada, no lograba ocultar sus hombros huesudos ni su complexión escuálida.
Tenía la piel de un blanco pálido, y los labios finos y cenicientos.
Como carecía de cabello y de cejas, sus ojos, de un verde tan oscuro que parecía negro, destacaban en aquel rostro demacrado mientras me observaba por encima de su nariz afilada.
Los dedos de las manos terminaban en las mismas uñas que tenía en los pies, largas y curvadas como garras.
La energía que lo envolvía crepitaba sobre mi piel. La vista empezó a nublárseme por los bordes y el mundo comenzó a girar demasiado rápido. Las piernas se me aflojaron y la manzana que había comido amenazó con abandonar mi estómago.
–Velvi’os-telfer –susurré.
Había oído rumores sobre su apariencia particular, pero pocas personas en Nelfinex se habían topado alguna vez con alguien de su pueblo. En Kenn no eran más que un mito.
Y su historia era una advertencia para el resto de las naciones.
Hacía muchas eras, habían vivido en una nación que compartía frontera con Beesa. Eran la quinta nación de Kenn, una que ya no existía. Los beesanos la habían invadido y librado una guerra contra los Velvi’os-telfer, a quienes perseguían por motivos religiosos.
Después de cien veranos de guerra, los beesanos salieron victoriosos. Los Velvi’os-telfer habían sido masacrados y sus tierras, arrebatadas. Los supervivientes no tuvieron más remedio que esconderse. La mayoría vivía en tierras salvajes, aunque los beesanos aún seguían cazándolos.
Pero, al parecer, algunos habían conseguido escapar a Calandra. ¿Cuándo? ¿Cuántos había allí? ¿Cómo había conseguido hacer flotar aquellos libros?
La cabeza me palpitaba con tanta fuerza que no podía pensar. No podía respirar.
–Caspia...
La voz de Andreas sonó amortiguada, como si procediera del otro extremo de la biblioteca en lugar de estar a mi lado.
Por la gracia del Divino, haz que esto se detenga.
Caí hacia delante en cuanto las piernas dejaron de sostenerme.
Andreas se apresuró a sujetarme.
Al igual que el hermano Nold.
El sacerdote fue el primero en tocarme.
Un grito me desgarró la garganta.
Y el mundo quedó sumido en la oscuridad.