Capítulo treinta y cuatro. Odessa #2
Tarde o temprano, las noticias llegarían. Cualquier viajero que pasara por Westor o Perris vería a los turanos buscando refugio. Pero eso llevaría tiempo. Tiempo que los reinos no tenían.
A muchos los pillarían por sorpresa. Y morirían.
Todo mientras Ramsey se escondía en Allesaria, a salvo en su capital secreta, y cuando la migración terminara, el daño sería incalculable.
La migración solía ocurrir en primavera. ¿Habrían terminado ya con las cosechas de otoño? ¿Habrían acumulado suficientes reservas de alimento? Las necesitarían tanto para la migración como para el invierno que se avecinaba.
–Pensé que venir aquí sería lo más seguro, pero… –Después de la fría bienvenida de mi padre, estaba empezando a cuestionar esa decisión.
–No hay nada que podamos hacer esta noche. Por la mañana, me reuniré con tu padre. Y, si no nos queda otra opción, regresaremos.
Abrí la boca.
–¿Antes de la migración? No hay tiempo.
–Puede que sí lo haya. –Bajó la mirada hacia la diadema y frunció el ceño–. Quizá tengamos más tiempo del que creemos. El heraldo era…
Esperé que terminara.
–¿Qué?
Sacudió la cabeza.
–Nada.
–Mentira. –Conocía bien esa expresión–. ¿Qué me estás ocultando?
–El heraldo está muerto y no he tenido noticias de otros. Debería haber más. Pero existe la posibilidad de que ni siquiera fuera un heraldo de verdad.
Ahora sonaba como uno más de los Mavin.
–¿Qué se supone que significa eso?
–No lo sé –dijo, exhalando–. Pero quizá tengamos tiempo de volver a Turah. Aunque, si lo hacemos, no te llevaré a ti ni a Evie a Allesaria. Es demasiado arriesgado y no confío en mi padre. Pero…
–Tú irás a Allesaria.
–Sí. A detenerlo.
–¿Y qué? –Resoplé–. ¿Nos vas a dejar abandonadas en alguna parte?
–Podéis quedaros en Perris.
La ciudad costera de Turah era un espejo de Roslo al otro lado del Krisenth. Si cruzábamos en barco, llegaríamos en diez días o menos.
–¿Y Zavier? ¿Y si sigue con vida?
–Entonces él también se quedará con vosotras. Tampoco pienso llevarlo a Allesaria.
–No. –Sacudí la cabeza, apartándome de él–. Si tú vas a Allesaria, yo iré contigo.
–Claro que no.
Levanté una mano.
–No hemos venido hasta Quentis para volver a discutir sobre este tema.
–Odessa…
–Ni siquiera puedes hacer nada contra tu padre por todos tus ridículos juramentos de sangre. –Caminé de un lado a otro de la habitación y, por segunda vez esta noche, sentí la necesidad de estrangular a ese hombre exasperante y testarudo–. ¿Qué nos pasará si seguimos juntos?
–Si a ti te pasara algo, yo no sobreviviría.
–Lo mismo digo. –Crucé la habitación otra vez y apoyé las manos sobre su torso desnudo–. Somos más fuertes juntos, Ranse.
Tiró la diadema al suelo. Hundió las manos en mi cabello, apartándome los rizos del rostro.
Bajé la mirada hacia las venas oscuras que se extendían desde su esternón, serpenteando bajo su piel tensa. Había más que la última vez que las había visto en Ellder. La infección seguía avanzando, por toda Calandra y por todo su cuerpo.
Donde hay veneno, hay una cura.
¿Y si no encontraba una a tiempo? El Sumo Sacerdote había estado extrayendo los rastros de la lyssa de la sangre de Ransom, pero, si había pasado un mes entero buscándome, llevaba demasiado tiempo sin hacerlo.
Lo mejor que podía hacer era recurrir a los curanderos de mi padre en Quentis.
Pero también teníamos que impedir que Ramsey siguiera infectando a su milicia en Turah.
¿Cómo íbamos a estar en dos lugares a la vez?
–¿Qué hacemos? –susurré.
–Lo hablaremos por la mañana –dijo Ransom y, apoyando un dedo bajo mi barbilla, se inclinó hacia mí antes de sellar sus labios con los míos.
Un roce de su lengua bastó para que el caos de mi cabeza se desvaneciera. El ruido se apagó y lo único que quedó fue el suave murmullo que brotaba de su garganta.
Le rodeé la cintura con los brazos y dejé que mis manos recorrieran los músculos firmes de su espalda.
Me sostuvo el rostro entre las manos y profundizó el beso.
Cielos, sabía tan bien. Podría pasarme la vida entera besando a este hombre y aun así no sería suficiente.
Recorrió cada rincón de mi boca con movimientos largos y suaves de la lengua, hasta que las piernas empezaron a flaquearme. Me mordisqueó el labio inferior hasta que mis pezones se endurecieron bajo el satén del camisón y contra su pecho firme.
Un fuerte latido se instaló en mi pecho mientras dejaba que mis manos recorrieran su cuerpo, sintiendo aquella fuerza extraordinaria bajo la yema de los dedos.
Todavía había momentos en los que todo aquello no parecía real. Momentos en los que temía abrir los ojos y descubrir que no era más que una ilusión.
Fue dejando un rastro de besos por mi mandíbula, mis mejillas, la sien y la frente, como si él también necesitara convencerse de que aquello era real. El suave roce de su barba contra mi piel me provocó un escalofrío.
Llevó las manos a los finos tirantes de mi camisón y los deslizó por mis hombros hasta que la prenda cayó a mis pies.
Entonces deshice el pliegue de la toalla que llevaba anudada a la cintura, y también cayó al suelo.
Se relamió el labio inferior con deseo mientras recorría mi cuerpo desnudo con la mirada, de pies a cabeza. Vi cómo tragaba saliva y cómo una lenta sonrisa curvaba sus labios.
–Si supieras todo lo que quiero hacerte...
No pude evitar sonrojarme.
–¿Sí? Cuéntamelo.
–Quiero besar cada centímetro de tu piel. Quiero terminar en esos pezones tan hermosos. Quiero hacerte el amor toda la noche. Quiero hacerte ver las estrellas y que olvides todo, excepto que eres mi esposa.
Esas promesas, esa última palabra, bastó para encender mi sexo.
Su mano subió por mi cadera desnuda, mientras sus dedos dibujaban un camino de caricias por mis costillas antes de subir y perfilar las curvas de mis pechos. Me hizo esperar un instante, una espera tortuosa, mientras sentía su miembro duro y grueso.
Todo en mí palpitaba de deseo. Tanto que se me entrecortó la respiración.
–Te quiero. –Esperé, conteniendo el aliento, escuchar aquellas mismas palabras.
Sus ojos se oscurecieron por el deseo, aunque seguían siendo de un intenso verde musgo que me recordaba a los bosques turanos.
–No lo olvides.
Volvió a besarme y la ternura y la seducción del instante anterior dieron paso a algo más urgente, más voraz. Me alzó en brazos y cruzó la habitación con largas zancadas antes de dejarme sobre la cama.
Sus dientes rozaron mis labios. Sus manos se aferraron a mis caderas mientras el peso de su cuerpo me mantenía inmóvil sobre el colchón.
Ransom estaba en todas partes a la vez y, si había algún rastro de juicio que me ataba a la realidad, lo cercenó en cuanto se deslizó al interior de mi cuerpo, llenándome con tal intensidad que grité su nombre.
Una sucesión de palabras inconexas escapó de mis labios mientras él cumplía cada una de sus promesas y recorría mi piel y mi cuerpo hasta hacerme olvidar todo.
Con cada embestida de sus caderas nos fundimos en un frenesí que me hizo retorcerme y temblar bajo él.
Mis uñas se clavaron en sus hombros con tanta fuerza que dejaron marcas en su piel. Entonces me deshice por completo, tanto que mi visión quedó en blanco, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.
–Odessa –susurró Ransom contra mi garganta.
Mi nombre, pronunciado con una voz que sentía solo mía.
Un temblor recorrió su cuerpo mientras yo me aferraba a él con fuerza y el vaivén de sus caderas no cesaba hasta dejarme completamente agotada.
Mientras aún me recuperaba de los temblores de mi orgasmo, salió de mi interior y acabó sobre mis pezones, su culminación caliente, pegajosa y tan erótica que me derretí.
Una vez que todo terminó, se apartó y se sentó sobre los talones, con la mirada hacia el techo y los ojos cerrados, recuperando el aliento.
Nunca lo había visto tan en paz. Incluso con esas venas negras que se extendían desde su corazón, era perfecto. Mío.
Abrió los ojos y contempló tanto mi rostro como el desastre que había dejado tras de sí. Su sonrisa arrogante era hermosa mientras se pasaba una mano por la barba y reía por lo bajo. Luego me levantó, me presionó contra su pecho y me sacó de la cama.
Apenas llegamos al cuarto de baño, todo volvió a empezar y, una vez más, estaba dentro de mí. Cumplió cada una de sus promesas mientras hacíamos el amor durante toda la noche.
Y, para cuando el amanecer besó el horizonte, yo dormía entre sus brazos.