Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta y cuatro. Odessa
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Capítulo treinta y cuatro. Odessa

Capítulo treinta y cuatro ODESSA

–Odessa –murmuró Ransom mientras caminábamos por un largo pasillo en el ala oeste del castillo–. Dime algo.

Sacudí la cabeza, apretando los dientes y los labios con fuerza.

Si abría la boca, estaba segura de que le soltaría varios insultos. Y, en este momento, estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura para que el senescal que nos guiaba no nos abandonara para contarle a todo el castillo que la princesa Odessa había regresado y había perdido la cabeza.

Las alfombras amortiguaban nuestras pisadas. El pasillo olía a té blanco con jazmín.

Los Mavin caminaban a nuestro lado. Jodhi no dejaba de mirar los retratos en las paredes y las estatuas que adornaban cada nicho del corredor, pero Thora mantenía la vista al frente mientras cruzábamos puerta tras puerta.

Los tres senescales que nos guiaban por el corredor se separaron: uno partió hacia una habitación a la izquierda, otro hacia la derecha, y el tercero hacia el final del pasillo.

–Señorita –dijo el senescal de la izquierda, invitando a Thora a pasar a la habitación.

Ella cruzó la puerta y, cuando el senescal dio un paso para acompañarla dentro, se la cerró en la cara.

Jodhi rio.

–Las despedidas no son el estilo de Thora.

Él marchó junto al segundo senescal hacia su habitación y se detuvo frente a la puerta. Le guiñó un ojo a Evie, luego levantó la mirada y la mantuvo fija sobre mí el tiempo suficiente para que Ransom se acercara a mi lado.

–Ha sido toda una aventura. Buena cacería, cielo.

–Por el filo y la sangre –murmuré.

–Gracias –dijo Ransom–. Por mantenerlas con vida.

–No hace falta agradecer nada. Solo son mil zillahs –dijo, sonriendo, y entró a su habitación; al igual que Thora, cerró la puerta antes de que el senescal terminara de cumplir con su labor de escolta.

No habíamos pasado mucho tiempo con ellos, pero echaría de menos la compañía de los Mavin. Por más fríos y duros que fueran, nos habían mantenido a salvo. Ahora nuestro acuerdo había llegado a su fin.

Mi padre les pagaría y, al amanecer, sospechaba que ya habrían abandonado Roslo.

Esperaba que, algún día, se cumpliera lo que decía aquella entrada del diario sobre Thora. Que encontrara su libertad y, quizá, conociera a su tía Cathlin.

–Por aquí, Su Alteza. –Los tres senescales nos escoltaron hacia la habitación al final del pasillo y nos invitaron a pasar. Las luces del vestíbulo de entrada estaban encendidas. Habían traído una vasija con flores frescas para la mesa redonda en el centro del espacio.

Avanzamos detrás de los senescales, mientras nos guiaban a través del pequeño vestíbulo hacia una sala más grande, repleta de sillones mullidos, sofás y divanes.

El espacio estaba iluminado por candelabros y las cortinas blancas que cubrían las ventanas desde el techo hasta el suelo estaban abiertas.

Una gran variedad de carnes curadas, quesos duros y frutos secos nos esperaban sobre la mesa rectangular.

Esta habitación era idéntica a la que se encontraba en el ala este del castillo en el tercer piso. El cuarto de mi hermana Mae. La habitación que estaba junto a la mía.

Pero mi padre no nos había enviado a mi antigua habitación en el ala este. No nos había instalado en el ala del castillo destinada a su familia. Ni siquiera nos había enviado al ala del sureste, donde se hospedaban los miembros de la realeza que estaban de visita.

No. Nos había enviado al fondo del ala oeste del castillo, donde por lo general alojaba a los huéspedes que quería evitar.

Dos damas de compañía, ambas vestidas con vestidos sencillos de color arena y delantales blancos, emergieron de una de las habitaciones de la sala. Una era rubia y la otra, morena. Se parecían tanto a mis antiguas damas de compañía, Brielle y Jocelyn, que se me hizo un nudo en el pecho.

Pero no las reconocí. Era probable que las hubieran contratado después de que Brielle y Jocelyn partieran conmigo hacia Turah.

–¿Mis alforjas? –preguntó Ransom a un senescal.

–Las guardamos en el armario junto con la ropa limpia, señor.

–Su Alteza –lo corregí entre dientes. Un título que mi padre debería haberles recordado–. Os dirigiréis a él como Su Majestad. Es el príncipe heredero de Turah.

–Por supuesto –respondieron los tres senescales al unísono e hicieron una reverencia a modo de disculpa.

–Podéis retiraros –dije.

–Le hemos preparado el baño, Su Alteza, y su ropa de cama –dijo una de las damas de compañía con voz tímida y suave.

–Gracias. –Con suerte el agua estaría tibia, porque ya estaba bastante acalorada tras la reunión con mi padre. Quizá un poco de agua templada me ayudaría a calmar el temperamento.

–Ve –dijo Ransom, invitándome a pasar al baño–. Yo me encargo de Evie.

Me descolgué la bolsa de Faze del hombro y la apoyé en el suelo para que pudiera salir.

Faze, aún ofendido por el tiempo que había tenido que pasar en la caja y con la correa, soltó un rugido.

Se oyó un suspiro de sorpresa justo antes de que los senescales abandonaran la habitación a toda prisa. La muchacha rubia soltó un gritito y se escondió detrás de la chica morena, usándola como escudo.

Estaba segura de que tendríamos al menos una nueva dama de compañía por la mañana.

–Bueno, os presento a Faze.

***

Salí del cuarto de baño limpia y un poco menos furiosa.

Evie y Ransom ya habían probado los bocadillos y un rastro de agua me condujo hacia el cuarto de baño de la otra habitación, donde Evie estaba en la bañera y Ransom secaba a un flagris mojado y de mal humor.

Noté enseguida que Ransom tenía un nuevo arañazo en la mano, aunque ya se estaba curando.

–Dess, mírame –dijo Evie y se impulsó desde una punta de la bañera de cobre hacia la otra, recorriendo una distancia tres veces mayor que el largo de su cuerpo.

–Muy bueno. ¿Te has lavado el pelo?

Asintió, se tapó la nariz con dos dedos, infló las mejillas y se hundió bajo el agua.

Ransom terminó de secar a Faze y lo soltó.

–Listo, pequeño monstruo. Eres libre.

Faze se sacudió el agua y corrió a restregarse contra mis pies descalzos, asegurándose de tener toda mi atención y de que supiera que lo habían obligado a bañarse en contra de su voluntad.

Ransom cruzó la habitación y se detuvo frente a mí. Enrolló un mechón de mi cabello húmedo en un dedo, mientras miraba mi camisón de satén aguamarina. Parecía relajado, aunque sus ojos aún seguían plateados.

Era el tiempo más largo que se los había visto de ese color.

–¿Mejor? –preguntó.

–Sí. –Señalé la puerta–. Te toca a ti. Yo termino con ella.

Me dio un beso en la frente y salió del cuarto. Quizá, después de bañarse, sus iris volverían a ponerse verdes.

No pasó mucho tiempo hasta que Evie salió de la bañera y la acosté en la cama.

Cuando me aseguré de que estuviera cómoda bajo una montaña de mantas, con su conejo de peluche, Merry, a un lado y Faze al otro, apagué las luces y salí de la habitación, ignorando la comida, mientras apagaba también los faroles de la sala, sumiendo todo el lugar en la oscuridad.

Encontré a Ransom en nuestra habitación, de pie junto a la ventana.

Tenía el cabello húmedo y peinado. Llevaba una toalla blanca envuelta en la cintura.

Había corrido las cortinas para ver Roslo, mientras las luces menguantes de la ciudad se apagaban y las lunas se alzaban hacia las estrellas y el cielo.

En la mano tenía su diadema.

No se apartó de la ventana cuando me acerqué, sino que extendió un brazo y me atrajo hacia él.

Me acurruqué contra su cuerpo y, a medida que los últimos rastros de mi frustración se disolvían, empecé a sentir ganas de llorar.

Esta noche no era la primera vez que mi padre me ignoraba. Pero esta vez fue distinto. Parecía intencionado, como si de verdad quisiera hacerme daño. Había viajado muy lejos. Había cambiado mucho y él apenas había sido capaz de mirarme.

¿Era el castigo por haber fracasado como espía y como asesina?

Me había pedido que matara al Guardián. Una tarea imposible, considerando que Ransom y yo estábamos unidos por un juramento de sangre que nos impedía hacernos daño. Aunque tampoco lo habría hecho, con o sin juramento.

Le había explicado el engaño, le había dicho que Ransom no solo era el Guardián, sino también mi esposo y el príncipe heredero. Había esperado encontrar al menos un atisbo de comprensión, quizá una o dos preguntas a cambio.

Pero lo único que hizo fue despacharnos, sin darnos siquiera la posibilidad de hablar sobre el heraldo de los crux ni de preguntarnos si había habido algún mensaje de Cathlin.

–No parecía sorprendido –dije–. Cuando le conté quién eras.

–No.

–¿Crees que ya lo sabía?

Ransom suspiró.

–Lo dudo. Creo que tu padre ha pasado toda una vida ocultando sus emociones.

O quizá simplemente no había ninguna emoción que ocultar. Estaba empezando a pensar que había imaginado su reacción inicial. La alegría que le había iluminado el rostro. Quizá también estaba demasiado bebido.

–¿Quién es peor? ¿Tu padre o el mío? –pregunté en broma.

–El mío –respondió–. Sin duda.

Ramsey estaba infectando con la lyssa a los hombres que reclutaba para su milicia. O con una versión de la lyssa. Intentaba recrear al Guardián, sin éxito, con la esperanza de que los turanos tuvieran alguna oportunidad frente a la migración.

Pero, en lugar de eso, la infección los estaba matando. Los quemaba por dentro.

Quizá ahora ya se había detenido, cuando era demasiado tarde.

–La nobleza debería estar preparándose para la migración, trasladando a los habitantes de las zonas rurales, no organizando fiestas. Mi padre no debe saber nada sobre el heraldo.

Malditos turanos y sus malditos secretos. La voz de Jodhi resonó en mi mente.

–Ramsey no avisó a nadie.

–No –dijo Ransom, tensando la mandíbula–. No debió haber enviado a ningún jinete de poni fuera de Turah.

Esos jinetes, que por lo general llevaban cartas y mensajes a todos los rincones del reino, deberían haber advertido a la gente. Pero si les habían ordenado quedarse dentro del reino de Ramsey, entonces había tanta gente inocente librada a su suerte.