Capítulo treinta y tres. Caspia
Capítulo treinta y tres CASPIA
Andreas y Kos estaban sentados a la mesa cuando por fin regresé a casa, después de deambular por las calles de Roslo.
Estaban inclinados sobre un cuaderno de dibujo, Andreas con un brazo apoyado en el respaldo de la silla de Kos.
Kos era la viva imagen de la concentración mientras dibujaba. Tenía el ceño fruncido y la lengua asomando por la comisura de los labios.
–Bien. Ahora haremos la nariz –dijo Andreas, tomando el lápiz de la mano de Kos y mostrándole cómo hacerlo. Luego se lo devolvió–. Tu turno.
–¿Así? –preguntó Kos mientras dibujaba.
–Así mismo –respondió Andreas, con una sonrisa que le arrugaba las comisuras de los ojos.
Hacía bastante tiempo que no lo veía sonreír así. Con la guardia baja. Feliz.
Andreas se había quitado la chaqueta y ahora llevaba solo una sencilla camisa blanca. La tela se tensaba sobre el pecho, ciñéndose a los músculos marcados de sus brazos y hombros. Aun así, a pesar de toda aquella fuerza, cuando trataba conmigo y con Kos lo hacía con absoluta ternura.
Sentí una punzada de dolor al verlos juntos, al ver a Andreas con un niño.
Era bueno con él. El padre que Kos necesitaba. Paciente, amable, leal.
¿En qué versión de mi vida podría verlo así, con un hijo nuestro? ¿Qué promesa tendría que hacerle al Divino para cambiar mi destino? ¿Qué tenía que hacer para que aquella sensación incómoda e incesante se detuviera de una vez?
Lo amaba.
Amaba a Andreas cada vez más con cada latido de mi corazón, con cada aliento.
No era justo tener que renunciar a él ahora. Pero, en el fondo, suponía que nunca habría podido ser mío para empezar.
Quizá lo único que podía hacer ahora era encontrar la manera de volver a casa. Y hacer todo cuanto estuviera en mi mano para evitar que los habitantes de Calandra sufrieran otra migración.
Al oír mis pies descalzos sobre el suelo, Andreas levantó la vista y sus ojos se relajaron.
–Ahí estás. Ya empezaba a preocuparme.
Esbocé una sonrisa fingida.
Su mirada descendió hasta mis pies, sucios y descalzos.
–¿Qué ha pasado?
–Los zapatos me hacían daño.
Se levantó de la silla y la sonrisa se desvaneció de su rostro al acercarse a mí.
–¿Adónde has ido?
–Al muelle. –Di un paso a un lado para ver por encima del hombro de Kos–. ¿Qué haces?
–Andreas me está enseñando a dibujar. –El niño alzó la vista hacia mí con una sonrisa y luego volvió a su boceto de círculos y líneas, la base de lo que terminaría siendo un rostro.
Junto a su cuaderno había un dibujo, un ejemplo que Andreas debía de haber hecho.
Era mi rostro.
Lo había dibujado de memoria.
–Kos, bueno, creo que por hoy es suficiente –dijo Andreas–. Practicaremos un poco más mañana, después de tus lecciones.
El niño suspiró y dejó el lápiz a un lado, pero no protestó. Andreas le revolvió el cabello al pasar junto a él de camino a su habitación, donde lo esperaba la niñera.
–¿Tienes hambre? –preguntó Andreas.
–No –negué con la cabeza y empecé a subir la escalera con pesadez.
Me siguió y, al llegar al primer piso, me condujo hasta la bañera con una mano apoyada en la parte baja de mi espalda.
Lo observé mientras preparaba el baño en silencio, llenando la bañera con agua suficiente para lavarme los pies.
–No hace falta que hagas eso.
–Me apetece. –Extendió una mano hacia mí para ayudarme a entrar.
El agua se llevó la tierra que cubría mis pies. Las heridas ya habían cicatrizado.
–¿Qué ocurre? –preguntó.
Me senté en el borde de la bañera y saqué el periódico arrugado del bolsillo del vestido.
–¿Qué…? –No terminó la pregunta al desplegar la página. No parecía sorprendido en absoluto.
–Ya lo habías visto.
–Sí –resopló mientras arrugaba el papel y lo lanzaba al otro lado del cuarto de baño.
–Estás comprometido –dije con voz inexpresiva. Una extraña sensación de entumecimiento se me había instalado en los huesos mientras deambulaba por Roslo.
Había muchas cosas de las que hablar respecto a aquel periódico, pero, por el momento, antes de volver a compartir la cama con él, aquella parecía la más importante.
Se acercó a la pared más cercana con la mano cerrada en un puño. Por un instante estuve segura de que la golpearía, pero se limitó a apoyarse en la pared y dejar caer la cabeza.
–No. Bueno, sí. Fue un acuerdo que hizo mi madre mientras yo no estaba aquí.
Había tenido la esperanza de que no fuera cierto. Esperaba que en Calandra el término «comprometido» significara algo distinto de lo que significaba en Nelfinex.
Pero ahora la visión cobraba sentido. Aquella era la razón por la que me iría.
–Lo siento, Caspia –susurró.
Cerré los ojos y tragué con fuerza el nudo que se me había formado en la garganta.
El vendedor de periódicos debía de haberme visto en el castillo. En el artículo especulaba sobre la misteriosa mujer pelirroja a la que habían relacionado con Andreas y sobre lo que eso podría significar para su futura boda, prevista para el solsticio de invierno.
Bueno, no tenía nada que temer. Para entonces ya me habría ido. Estaría navegando en el Malynn .
–¿La quieres?
–No –respondió de inmediato–. Es solo un acuerdo que tengo que romper de alguna manera. Esa mujer no siente nada por mí, más allá de amistad. Es un matrimonio por razones políticas. Nada más.
–Un matrimonio no deja de ser un matrimonio. –Seguía de pie dentro de la bañera y, con cuidado, salí de ella.
–Lo siento –dijo Andreas, tomando una toalla de un gancho y arrodillándose para secarme los pies–. He estado intentando encontrar la manera de no cumplirlo. Pero es... complicado.
–Complicaciones que deberías haber compartido conmigo. No debería haberme enterado por ese periódico.
–Lo sé. –Levantó la vista hacia mí y vi el arrepentimiento en sus ojos–. Lo siento. Tengo muchas cosas que contarte. No esperaba…
Apoyé los dedos sobre su boca.
Por muy frustrada que me sintiera por haber descubierto sus secretos de aquella manera, no tenía fuerzas para discutir. Si nos estábamos quedando sin tiempo, no quería desperdiciarlo peleando ni pidiéndonos perdón.
Ya tendríamos ocasión de despedirnos. Pronto dejaría de ser un problema en aquella situación. Pero todavía no estaba lista para dejarlo ir. No todavía.
Entonces me incliné y sustituí mis dedos por mis labios.
Presioné mi boca contra la suya y lo besé con intensidad, memorizando la sensación de sus labios entreabiertos.
Sus manos se deslizaron por debajo de mi falda y ascendieron por la parte posterior de mis piernas. Un escalofrío me recorrió la piel y mi cuerpo cobró vida bajo sus caricias.
Andreas me tocó y entendí lo que debía de sentirse al volar.
Rozó mi labio inferior con la lengua, buscando la forma de entrar. En cuanto abrí la boca, me perdí y el mundo entero, con todos sus habitantes, cayó en el olvido.
Sus manos se cerraron sobre mis curvas, apretándolas con firmeza, amasando mi carne hasta que todo mi cuerpo pidió más.
Lo agarré por el cuello de la camisa y lo obligué a ponerse de pie, sin que nuestras bocas se separaran, hasta que fue él quien terminó mirándome desde arriba.
Mi falda quedó a la altura de la cadera cuando me alzó en brazos y coloqué una pierna alrededor de su cintura mientras me sacaba del cuarto de baño.
La luz del ocaso se filtraba por las ventanas y teñía la habitación de un suave tono melocotón. Si cerraba los ojos, casi podía sentir que estaba en Nelfinex. Que Andreas me había acompañado en aquel barco y habíamos dejado atrás aquel reino maldito.
Lejos de la mujer que se convertiría en su esposa. Una desconocida sin rostro cuyo nombre bien podría ser Envidia.
Estuviera bien o mal, comprometido o no, era mío. Y yo todavía no estaba dispuesta a renunciar a él.
Me besó la mandíbula, ascendió hasta la oreja y me mordió el lóbulo.
–Dioses, te quiero.
Me froté contra la erección que tensaba la tela de sus pantalones. El deseo se desplegaba en mi vientre mientras le sacaba la camisa por detrás para poder clavarle las uñas en la piel.
–Llévame.
Gimió contra mi cuello. Me giró de golpe y me tumbó sobre la cama, donde me abrió el vestido hasta dejar mis pechos al descubierto, en medio del sonido de la tela al rasgarse. Después bajó la boca y deslizó la lengua sobre uno de mis pezones.
–Sí –gemí mientras succionaba la protuberancia con los labios.
Mío . Era mío. Solo pensar en renunciar a él, en perderlo por otra mujer, me llenaba de ira.
Le clavé las uñas con más fuerza en la espalda.
–Caspia –murmuró contra mi piel, dejando un rastro de besos desde la clavícula hasta el hueco sobre mi corazón. Casi como si pudiera sentir aquel pulso, como si tratara de espantarlo–. Mi Caspia.
–Para siempre. –Incluso después de que el Divino me recibiera en Gloree, le pertenecería para siempre a Andreas.
Nos quitamos la ropa y la dejamos caer al suelo. Se tumbó y me acomodó sobre su cuerpo desnudo. Sus músculos se marcaban y se tensaban mientras yo me sentaba a horcajadas sobre sus fuertes piernas y él me sujetaba con firmeza por la cintura.
Mantuvo los ojos fijos en los míos mientras me sentaba sobre su virilidad, meciéndome despacio hasta sentirlo por completo en mi interior.
–Mierda. –Exhalé con la respiración entrecortada mientras mi cuerpo se abría a él y una ola feroz de placer me desarmaba por completo.
Se le tensó el cuello cuando cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, perdido en el éxtasis del momento. Empezó a mover las caderas una y otra vez, hundiéndose cada vez más en mi interior.
–Así. Más fuerte.
Sin dejar de gemir, jugué con mis propios pezones mientras hacía exactamente lo que me pedía. Me alcé sobre él para volver a sentarme de nuevo, uniéndonos con tanta fuerza que no pude evitar pronunciar su nombre: –Andreas.
Sus manos descendieron hasta mis muslos mientras sus brazos me ayudaban a moverme sobre él una y otra vez, sin apartar la mirada de nuestra unión, observando cómo desaparecía dentro de mí.
–Joder, eres increíble.
Me mordí el labio mientras todo mi interior temblaba y me movía cada vez más deprisa. Más fuerte. El calor me recorría el cuerpo y me robaba el aliento. Sentía el corazón como si estuviera a punto de salírseme del pecho.
Me obligué a abrir los ojos para grabar su rostro en mi memoria. Me permití perderme en su mirada castaña. Ojalá pudiéramos tener una vida entera de momentos como este.
Extendió una mano y enredó los dedos en mi cabello mientras me sujetaba por la nuca para atraerme hasta sus labios. Su lengua encontró la mía y me tumbó boca arriba sobre la cama, sin romper el ritmo de nuestra pasión, profunda y serena.
–Así, ¿te gusta?
–Andreas. –Me aferré a sus hombros mientras me llevaba cada vez más alto. Sentía que flotaba directa hacia las estrellas.
Las lágrimas se me acumularon en los ojos cuando la descarga repentina del deseo se extendió por todo mi cuerpo. Me deshice de pies a cabeza, sintiendo el temblor en cada hueso y en cada músculo, mientras Andreas embestía una última vez y se unía a mí en el mismo abismo.
Caímos el uno sobre el otro, sintiendo el latido desbocado de nuestros corazones.
Me envolvió entre sus brazos y se acomodó a un lado para no aplastarme con su peso. Hundió la nariz en mi cabello y rodeó mi cuerpo con el suyo.
No conseguía recuperar el aliento. La presión en el pecho era insoportable. Los débiles restos de mi entereza se hicieron añicos y el entumecimiento que había encontrado un momento antes desapareció. El dolor ocupó su lugar, como una marea.
El llanto escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo y cubrirme la boca con una mano. Pero ya era demasiado tarde.
Andreas se apoyó sobre un codo y contempló cómo me derrumbaba. Y lloré por la vida que había creído que tendríamos juntos.
–Lo siento –dijo Andreas, estrechándome contra él–. Lo siento, Caspia. Mierda, lo siento mucho.
Susurró sus disculpas junto a mi oído mientras yo lloraba hasta quedarme dormida.
Al despertar, me encontré con la habitación a oscuras, su cuerpo todavía envuelto alrededor del mío. Lo dejé dormir y me levanté en silencio para salir al balcón.
Pasé la luna entera mirando el barco de velas blancas al otro lado de la ciudad.
Pasé la luna entera escuchando el pulso en mi pecho.
Pasé la luna entera luchando contra aquella sensación.
Todavía no .