Capítulo treinta y dos. Odessa #2
–Guau –dijo Evie con los ojos como platos mientras subíamos la escalinata hacia las puertas doradas de arco. Una vez arriba, se quedó boquiabierta–. ¿Aquí es donde vives?
–Bueno, es donde solía vivir.
Al cruzar el umbral hacia el gran vestíbulo, esperé sentirme envuelta por una sensación de calma y de paz. Esperé que mis nervios se apaciguaran. Esperé el suspiro de alivio tras un largo viaje.
Pero solo sentí un nudo en la garganta. El castillo me resultaba familiar, pero yo me sentía una extraña en mi propio hogar.
El suelo de mármol estaba tan pulido que brillaba. Las intrincadas filigranas de oro de las columnas y del techo a dos aguas reflejaban la luz de la lámpara de araña de cristal.
–Señorita. –Un guardia se acercó a nosotras con las espesas cejas canosas fruncidas.
–Buenas noches. –No recordaba su nombre, pero lo conocía. Llevaba años en el cuerpo de guardia, a juzgar por las medallas y las distinciones de su uniforme, que indicaban un rango superior.
–¿Cómo habéis entrado aquí? –preguntó con tono brusco.
Un momento. ¿Estaba bromeando? Arqueé las cejas.
–Montando un aureón.
–¿Esperas que me ría? Fuera. Solo la nobleza puede entrar –me agarró del brazo y trató de llevarme hacia la salida, pero no me moví.
–Suéltame –dije con brusquedad–. Ahora.
–Largo.
–No me iré hasta hablar con mi padre.
El guardia resopló.
–¿Y quién es exactamente tu padre? ¿El rey?
Tampoco me reconocía. Sí, llevaba ropa sencilla y tenía el cabello pelirrojo en lugar de castaño. Pero aquel hombre debería reconocer mi rostro. Al menos, mis ojos.
Pero no había ni un atisbo de reconocimiento. Nada. Me miraba como si no fuera nadie.
Era la princesa a la que ya habían olvidado.
Me dolió más de lo que debería.
Una serie de pasos resonó a mi espalda y lo sentí antes de verlo. Ransom miró la mano del guardia sobre mi codo y su expresión se volvió feroz.
–Si quieres conservar esa mano, suéltala. Ahora.
El guardia tragó saliva y me soltó el brazo.
–¿Así es como tratas a la futura reina de Turah? –dijo Ransom entre dientes.
El guardia parpadeó. Entonces retiró la mano y sus ojos, llenos de pánico, se posaron sobre Ransom, luego sobre mí y, de nuevo, sobre Ransom.
–Lo siento, yo no...
–Solo llévame con mi padre –interrumpí su disculpa, porque no quería escucharla.
–Claro, princesa. –Hizo una reverencia y luego nos condujo por el castillo.
Ransom caminó a mi lado mientras el hermano Dime y los Mavin nos seguían en fila.
Se oía música por los pasillos a medida que nos acercábamos a la sala del trono. Conforme el murmullo de las risas y las conversaciones se hacía más intenso, Evie me apretó la mano con más fuerza.
–Su Alteza. –El guardia hizo una nueva reverencia y extendió un brazo para franquearnos el paso a la sala.
La última vez que Ransom y yo habíamos estado juntos en aquel lugar, mi vida había dado un vuelco.
Solo que entonces yo aún no era consciente de ello.
Nos miramos al detenernos frente a la multitud y advertí que esbozaba aquella sonrisa insolente tan suya y tan atractiva, como si él también estuviera recordando aquel día.
La fiesta estaba en su punto más álgido; la sala rebosaba de invitados con trajes elegantes y vestidos incrustados de joyas. Decenas de sirvientes con bandejas de cálices de vino se abrían paso entre los invitados, que reían y cotilleaban sin parar. Todos los presentes estaban ebrios.
Dos mujeres de mi edad, hijas de nobles a las que conocía desde la infancia, estaban cerca, susurrando entre ellas mientras señalaban y miraban con desdén a la gente de la sala. Un joven le hacía gestos obscenos a una mujer que le daba la espalda.
Por todos los dioses. Con razón nunca había disfrutado de aquellas fiestas.
Quizá, si éramos rápidos, podríamos escabullirnos sin que nadie lo advirtiera.
Un hombre calvo se acercó sonriendo al pasar frente a nosotros, pero la sonrisa se le borró del rostro en cuanto vio a Ransom.
–T-tú eres el Guardián.
Y ahí quedó nuestra intención de pasar desapercibidos.
Ransom le lanzó una mirada mortal, pero el daño ya estaba hecho.
Los susurros empezaron de inmediato.
Es el Guardián.
¿Esos son los Mavin?
¿Quién es ella?
Lo último que quería era que toda esa gente me viera así, agotada y demacrada, incluso aunque no me reconocieran como la princesa.
La tentación de bajar la cabeza y ocultarme tras el cabello era enorme, pero mantuve la frente alta mientras avanzaba entre ellos, sujetando a Evie tan cerca de mí como me era posible, de camino a la parte delantera de la sala.
Mi padre estaba sentado en su trono, con la mirada perdida en la noche al otro lado de las ventanas.
Tenía un tobillo apoyado sobre la rodilla.
En una mano sostenía una copa de vino, mientras tamborileaba con los dedos de la otra sobre el apoyabrazos de su trono dorado. Parecía aburrido. Cansado. Solo.
¿Dónde estaba Margot? El lugar junto al trono de mi padre estaba vacío.
El murmullo de la sala empezó a apagarse. Incluso los músicos silenciaron su alegre melodía cuando llegamos al pie de la tarima.
Mi padre apartó la mirada de la ventana y sus ojos se posaron primero en mí.
Se puso de pie tan deprisa que derramó el vino sobre la mano.
Una sonrisa le iluminó los labios y parpadeó para enfocar la vista.
Dio un paso apresurado, como si estuviera a punto de echar a correr y envolverme entre sus brazos.
Pero entonces volvió a parpadear y fue como si un muro hubiera caído entre nosotros. La alegría se borró de su rostro. La sonrisa se desvaneció. Sus ojos color caramelo se endurecieron.
Había echado de menos a mi padre cuando partí hacia Turah, aunque no tan a menudo ni tanto como esperaba.
Ahora recordaba por qué.
Miró por encima de las cabezas de todos hacia la puerta y chasqueó los dedos una sola vez.
–Fuera.
No tardó mucho en detenerse la música por completo. La multitud se quedó paralizada y los invitados intercambiaron miradas de preocupación.
Pero mi padre no iba a repetirlo.
De pronto, los invitados empezaron a dirigirse hacia la puerta que daba al pasillo.
Solo cuando la sala quedó vacía se movió. Cruzó la tarima y bajó la escalinata para saludar, no a mí, sino al Voster.
–Hermano Dime. Bienvenido.
El sacerdote juntó las manos frente a su túnica.
–Me retiraré a mi recámara. Nos reuniremos por la mañana.
–Por supuesto –dijo mi padre, mientras el Voster se daba la vuelta y abandonaba la sala en silencio.
Una vez que se hubo marchado, mi padre siguió evitando mirarme a los ojos. En cambio, dirigió la mirada hacia Ransom y la diadema plateada que llevaba sobre la frente.
El hecho de que me ignorara no hizo más que intensificar la ira de Ransom. Una ira que parecía rezumar por cada poro de su cuerpo.
O quizá era mi propia ira la que estaba saliendo a la superficie.
No iba a permitir que me ignorara. No iba a permitir que me pasara por alto.
–Padre, ellos son Thora y Jodhi. –Extendí la mano libre hacia los Mavin–. Me salvaron la vida, igual que hicieron otros. Por favor, dales una habitación a cada uno y pon a su disposición doce mil zillahs antes del amanecer.
Por fin conseguí captar su atención.
Me miró, alzando las cejas despacio.
–Odessa, hablaré contigo dentro de un momento.
–No. Hablarás conmigo ahora. –Mi voz sonó firme, demasiado aguda.
Evie se pegó más a mi pierna y Faze soltó un gruñido al asomar la cabeza por la bolsa.
Respiré hondo mientras la mirada de mi padre descendía hacia mi flagris.
–Y les pagarás ahora mismo.
Entrecerró los ojos y me miró como si fuera una desconocida en su castillo. Pero mi padre pronto descubriría la verdad.
La princesa que había abandonado Quentis, la mujer a la que había enviado a Turah para espiar y asesinar al Guardián, no era la hija que había regresado.
La risa de Ransom resonó por toda la sala.
–Rey Cross, permítame presentarle a mi reina.