Capítulo treinta y dos. Odessa
Capítulo treinta y dos ODESSA
–Vaya –susurró Evie, recostando la cabeza sobre mi hombro.
Era demasiado pequeña para ver por encima de la proa, así que la había sentado en la borda y la sostenía cerca de mí mientras navegábamos por las tranquilas aguas de la bahía de Roslo.
Las luces de la ciudad destellaban y se reflejaban sobre las olas. Aquella noche, el castillo dorado relucía con intensidad, iluminado por decenas de faroles y antorchas, además de la luz de las lunas gemelas.
Los ojos grises de Evie brillaban con aquel resplandor mientras contemplaba maravillada la capital de Quentis.
Durante un instante, vi mi ciudad a través de sus ojos: imponente y majestuosa, ostentosa y cautivadora, sobre todo para una niña.
Era un mundo completamente distinto de las fortalezas turanas y las casas en los árboles.
Se decía que Roslo era la capital más elegante de toda Calandra. Ransom tal vez no estaría de acuerdo, porque él las había visto todas. Quizá conocer Allesaria me hiciera cambiar de opinión, si es que alguna vez la visitaba. Pero incluso yo seguía maravillándome ante mi propia ciudad natal.
El revestimiento dorado del castillo era obra de mi abuelo. Siempre había estado más que dispuesto a gastar la riqueza de Quentis en esa clase de extravagancias. Todavía había nobles que hablaban de sus galas y sus fiestas desmesuradas, unos con nostalgia y otros con desdén.
Mi padre era un gobernante más práctico. Administraba los recursos de Quentis con sabiduría y, durante su reinado, había amasado una notable fortuna para el reino. Suficiente para ganarse su apodo.
El Rey Dorado de Quentis.
Pero mi padre siempre se quejaba de ese apodo. Lo había oído protestar en más de una ocasión por los excesos del castillo, desde los utensilios de oro que encontraba junto a su plato en cada comida hasta la miríada de joyas incrustadas en la barandilla de la escalera que conducía a sus aposentos.
El castillo era excesivo. Magnífico. Intimidaba por su esplendor y su belleza. Era mi hogar.
Hogar.
La palabra ya no encajaba con Roslo como antes. Quizá, si hubiéramos llegado de día, si los acantilados hubieran sido algo más que sombras, me habría sentido más en casa.
Detrás de nosotras, la tripulación se movía a toda prisa por la cubierta, preparándose para atracar.
Cuanto más nos acercábamos a la ciudad, más se tensaba el nudo que sentía en el estómago. Llevaba días hecha un manojo de nervios por culpa de la magia del hermano Dime y, ahora que nos acercábamos a toda velocidad a la ciudad, estaba a punto de devolver el pollo asado con patatas por la borda.
¿Cómo iba a encajar mi padre esta llegada imprevista? ¿Se enfadaría cuando descubriera que Ransom y el Guardián eran la misma persona y que, además, los turanos nos habían engañado a todos durante mi boda? ¿Estaría dispuesto a ayudarme a encontrar una cura para la lyssa?
¿Por fin me contaría sus secretos?
Cielos, no estaba preparada. Se suponía que aún nos quedaría un día más de navegación antes de llegar a Roslo y, maldita sea, me habría venido bien ese tiempo para reunir un poco de valor.
El hermano Dime siempre parecía frustrar mis planes. Bastardo .
La noche en que nuestros caminos se cruzaron, el sacerdote abandonó su barco y abordó el nuestro.
Después usó su magia sobre los fluidos para manipular el agua y el viento y avanzar a toda velocidad por el mar.
Todo el barco parecía vibrar con su poder, lo que me hacía sentir al borde de un colapso nervioso.
Lo poco que había comido horas antes se revolvía en mi estómago. Apenas había dormido desde su llegada.
El sacerdote ocupó la habitación de Evie y el endeble tabique que nos separaba no bastaba para bloquear su magia. Sin mencionar que la cama de nuestro camarote no estaba diseñada para tres.
Evie durmió entre Ransom y yo. Su inquietud, combinada con las interminables quejas de Faze desde su caja y la constante punzada de la magia del Voster, me habían llevado al límite de la cordura.
Aun así, prefería pasar otra noche sin dormir en aquel barco apestoso si eso significaba retrasar un día más el encuentro con mi padre.
El brazo de Ransom se deslizó alrededor de mi cintura cuando se colocó a mi lado. Mientras yo estaba con Evie en cubierta, él había estado guardando nuestras cosas y ensillando a Aurinda.
–¿Lista?
–No. –Levanté la vista y me encontré con sus ojos plateados.
El color combinaba con la diadema que llevaba sobre la frente. Era una banda sencilla, formada por una serie de alambres entrelazados que desaparecían bajo los mechones negros de su cabello.
Ya no tenemos que fingir.
Aquella noche era Zavier Ransom Wolfe, el príncipe heredero de Turah. Entraría en la sala del trono de mi padre tal como lo había hecho meses atrás, con una frialdad intimidante.
Sus ojos habían permanecido plateados desde que el hermano Dime subió a bordo de nuestro barco. Había una ira apenas contenida que bullía bajo su piel.
Le había plantado cara al sacerdote por habernos abandonado a Evie y a mí en Turah y, si Dime no se hubiera disculpado una y otra vez y no le hubiera asegurado a Ransom que no tenía ni idea de que Skore iba a abandonarnos, mi esposo lo habría asesinado.
El hermano Dime me ofreció las mismas disculpas y, aunque habían sonado sinceras, yo no confiaba en él ni en la hermandad.
–Wolfe –dijo Jodhi–. Te necesitan abajo.
Ransom gruñó. Luego deslizó la mano por mi cintura y la dejó caer hasta recorrer la curva de mi trasero.
Puse los ojos en blanco y, aunque el color de los suyos no se suavizó, advertí que esbozaba una sonrisa antes de marcharse.
–Vamos a rescatar a Faze de su caja –le dije a Evie, ayudándola a bajar de la borda.
Cogidas de la mano, cruzamos la cubierta hacia la escalera justo cuando el hermano Dime apareció por allí, con la túnica borgoña recogida, dejando al descubierto sus pies descalzos y sus tobillos huesudos.
Su magia me azotó como una ventisca helada y me obligó a retroceder un paso al sentir cómo se me clavaba en la piel.
Era casi imposible interpretar las expresiones del Voster con aquellos ojos completamente blancos, pero algo en él parecía aún más rígido aquella noche. Como si, al igual que Ransom, estuviera preparándose para enfrentarse a un enemigo.
Llevé a Evie hacia atrás y a un lado para dejar paso al sacerdote.
Pero se detuvo y nos bloqueó el acceso a la escalera.
–La antigua lengua. ¿La aprendiste?
–Sí.
–¿Terminaste de leer el libro?
–Todavía no. –No me quedaba mucho por leer del diario de Luella, pero, desde que Jodhi lo había observado con especial atención, no había vuelto a sacarlo de mi morral.
El hermano Dime asintió una vez y se hizo a un lado.
–¿Qué es? –pregunté. Probablemente no me respondería, pero valía la pena intentarlo–. Tiene historias que se vuelven realidad. Han ocurrido delante de mis ojos. Es imposible. ¿Qué significa?
–Significa que estás en el camino correcto.
La respuesta no me ayudó lo más mínimo. Bueno, al menos no era ninguna sorpresa.
¿Significaba eso que Thora era la guerrera que Skore quería que encontrara? ¿Significaba que estaba destinada a estar en Quentis durante la migración?
No me molesté en preguntárselo y, en su lugar, ayudé a Evie a bajar a la cubierta inferior y recorrer el estrecho pasillo hasta nuestro camarote, donde Faze sacaba las patas por las rendijas de su caja.
Ransom ya había amarrado nuestras bolsas a Aurinda, así que me ajusté el arnés de la espada, me colgué el morral al hombro y la bolsa de Faze al otro. Una vez listas, regresamos a cubierta justo cuando el barco empezaba a detenerse lentamente.
Lanzaron las amarras hacia el muelle para atracarlo y tendieron una pasarela sobre el espacio que nos separaba de tierra. La escotilla de la bodega se abrió para que Ransom y los Mavin pudieran desembarcar a los caballos.
Ni uno solo de los pescadores ni el capitán se despidieron de nosotros cuando abandonamos la nave.
Necesité todo el trayecto por los muelles para que mi cuerpo dejara de esperar el vaivén de las olas al caminar y, cuando ya estábamos cerca de tierra firme, Ransom sentó a Evie sobre la montura de Aurinda.
Me temblaban las manos y estaba demasiado nerviosa para cabalgar, así que decidí caminar junto a Ransom, quien guiaba nuestra pequeña procesión por las calles.
La ciudad estaba bastante tranquila, ya que la mayoría de los habitantes seguía en sus hogares. Era imposible saberlo con certeza, ya que las puertas estaban cerradas y las ventanas tenían las cortinas desplegadas, pero no parecía que se estuvieran preparando para la migración.
¿Alguien había empezado a recoger? ¿Sabían que los crux estaban cerca? ¿Que la horda podía llegar en cualquier momento?
Si tenía que ir puerta por puerta mientras estuviera allí, advertiría a todo el mundo.
Seguimos pasando junto a edificios y casas que me resultaban familiares hasta que nos detuvimos frente al mío.
Diez guardias custodiaban la entrada. Las rejas doradas estaban abiertas, lo que significaba que aquella noche se celebraba algún evento. Por lo general, las cerraban al atardecer.
Dos de los guardias, hombres altos y robustos, se acercaron a nosotros. Uno levantó una mano y me miró directamente al hablar.
–Fuera de aquí. El evento es solo para la nobleza.
Pestañeé.
–¿Qué?
–Ya me has oído. Solo para la nobleza.
No me reconoció. Ninguno lo hizo.
Abrí la boca para decirle que yo pertenecía a la nobleza, pero el hermano Dime se me adelantó y surgió de entre las sombras.
Todos los guardias retrocedieron, con los ojos muy abiertos, y recuperaron de golpe sus modales, apartándose para dejar paso al Voster al recinto del castillo.
–Ve a buscar a un mozo de cuadra –ordenó Ransom, mirando al guardia con desdén.
–Por supuesto, señor. –El guardia hizo una breve reverencia cuando pasamos.
Ransom bajó a Evie de Aurinda y la acercó hacia mí.
–¿Por qué no esperáis dentro? Enseguida vamos.
El hermano Dime se quedó con Ransom y los Mavin, mientras yo cogía a Evie de la mano y la llevaba por el ancho camino adoquinado que conducía a la imponente escalinata del castillo.