Capítulo treinta y uno. Caspia #2
Por la gracia del Divino, necesitaba salir de aquel mercado.
La multitud se abrió frente a mí y la calle apareció ante mis ojos.
Exhalé y aceleré el paso hasta que el caos y los olores del muelle empezaron a quedar atrás.
Me levanté la falda del vestido para caminar más deprisa y empecé a buscar algún edificio que me resultara familiar.
En Showe, las calles tenían nombre. Pero los edificios de Roslo solo tenían números y no lograba entender su disposición.
Un hombre apoyado en la puerta abierta de una pequeña oficina con ventanas cuadradas me saludó con un gesto de la cabeza cuando me acerqué.
–¿Qué tal un periódico, señorita?
–Lo siento, no tengo dinero –respondí, sin detenerme.
–Tome –dijo, sacando un papel doblado del bolsillo trasero. Después se apartó del marco de la puerta para cortarme el paso. No se movió hasta que acepté el periódico–. Léalo. Cuando quiera suscribirse, ya sabe dónde encontrarme.
Teniendo en cuenta que ni siquiera sabía cómo llegar a mi propia casa, dudaba mucho que volviera a encontrar aquel negocio.
–Que tenga un buen día, señorita –dijo sonriendo, y regresó al interior de su oficina, silbando una melodía.
Guardé el periódico bajo el brazo y seguí caminando. Pero, antes de llegar a la esquina, sentí un escalofrío subirme por la nuca.
El hombre había regresado a la puerta de su negocio, mientras la brisa arrastraba su melodía por la calle.
Había algo en su forma de mirarme, una extraña familiaridad, como si ya nos hubiéramos visto antes, que me hizo sacar el periódico de debajo del brazo. Lo abrí y eché un vistazo a la primera página.
El nombre de Andreas encabezaba una noticia que ocupaba la página entera.
Leí cada palabra.
Cuando terminé, arrugué el papel hasta convertirlo en una bola. Puse un pie delante del otro y seguí caminando, tratando de dejar atrás el dolor. No intenté descifrar la numeración de los edificios. No me molesté en encontrar una calle conocida.
Simplemente, caminé sin rumbo por Roslo.
Porque el último lugar al que quería ir era mi casa.
***
Los zapatos me colgaban de los dedos mientras permanecía de pie frente a una montaña de escombros. Era extraño que unos zapatos tan delicados pudieran hacerme unas ampollas tan horribles. Tenía los talones hechos una pena.
Había decidido quitármelos cuando llegué a aquel barrio de calles adoquinadas.
Miré con detenimiento las manchas de mi sangre oscura. Mezcladas con el polvo de los caminos de tierra, los zapatos ya eran irrecuperables. Igual que los escombros de madera y piedra.
Las casas contiguas a las ruinas eran pequeñas, pero acogedoras. Una estaba pintada de blanco. La otra, de azul pizarra. Eran encantadoras y adorables, separadas por la desolación.
Había algunos parches de césped entre los restos y las rocas estaban cubiertas de musgo. Un árbol de hojas amarillas y anaranjadas había crecido sobre una parte del tejado derrumbado. Toda la estructura había cedido hacia el centro, como si una enorme roca hubiera caído del cielo.
Pero aquella casa no había sido aplastada por ninguna roca. Lo más probable era que un crux la hubiera destruido durante la última migración. Y así había permanecido desde entonces, como una tumba abierta.
¿Cuántas vidas se habían perdido en aquella tragedia? ¿Por qué nadie la había reconstruido ni retirado los restos? Tal vez, simplemente, no había nadie a quien le importara.
Incluso después de todo lo que Andreas me había contado, después de visitar aquella galería de arte, seguía teniendo dificultades para comprender semejante devastación.
¿Había alguna forma de detener a los crux? ¿Era posible desviar sus migraciones para que se reprodujeran en otro lugar?
Era una pregunta para la tía Oleana, una reina al otro extremo del mundo.
Mientras yo estaba perdida en algún rincón de Calandra.
Alguien carraspeó.
Pestañeé y aparté la vista de la casa en ruinas.
Una anciana se acercó a mí con cautela, como quien se aproxima a un animal salvaje. Tenía el rostro surcado de arrugas y el cabello corto, gris y encrespado.
El recuerdo de una visión que había tenido a bordo del Cirrina no llegó de golpe, sino que fue flotando despacio hasta mi mente.
***
Una mujer de pie frente a un lavabo con la frente empapada de sudor. Se limpia un líquido verde de las manos, tan oscuro que parece casi negro.
Una joven de cabello dorado se acerca corriendo al lavabo y hunde las manos en el agua sucia.
–Hali, la sangre…
–Silencio, niña –dice Hali entre dientes–. No olvides el trato.
La joven asiente, sin apartar la vista del agua sucia.
Hali termina de lavarse y secarse las manos, y sale de la habitación.
–¿Qué clase de monstruo es este? –susurra la muchacha. Y entonces empieza a lavarse las manos.
***
–¿Puedo ayudarla, señorita? –preguntó la anciana.
Pestañeé para volver a centrarme en sus facciones. Hali . Ella era Hali.
–Creo que estoy perdida. –Le esbocé una pequeña sonrisa–. Iba caminando y me encontré con esta casa.
Se volvió para mirar los escombros y cruzó los brazos sobre el pecho. Llevaba el vestido color arena remangado, con los brazos al descubierto. Alrededor del cuello llevaba una bufanda blanca. Sus zapatos parecían resistentes, de suela gruesa.
Tendría que pedirle a Andreas algo así en lugar de aquellos zapatos horribles.
–¿Fue destruida durante la migración? –pregunté.
Asintió.
–La mayoría de las casas de esta calle quedaron en ruinas.
La mía está a tres calles de aquí. Me llevó un año reconstruirla.
La mujer que vivía aquí se fue a Roslo. Era una buena mujer, pero perdió a sus hijas y a su marido.
Creo que acabó mudándose a Saltmore. Marcharse fue lo mejor que pudo hacer.
–Ya veo.
–¿Necesita ayuda para orientarse? –preguntó la mujer.
–No, gracias. –Todavía no estaba lista para ver a Andreas.
La mujer asintió y se marchó.
Me quedé mirando la casa y apoyé una mano sobre el pecho, sintiendo aquel pulso latir al mismo ritmo que mi corazón.
–Todavía no –susurré, y arrojé mis zapatos, uno tras otro, hacia los escombros.
Por la gracia del Divino, todavía no.