Capítulo treinta y uno. Caspia
Capítulo treinta y uno CASPIA
El castillo dorado de Roslo desapareció de mi vista.
Mis uñas dejaron marcas en la borda del barco mientras el capitán gritaba órdenes a su tripulación. A medida que la vela mayor, blanca, atrapaba el viento, las lágrimas resbalaban por mi rostro y caían al mar mientras me alejaba del hombre que había dejado atrás, en la costa de Quentis.
***
–Caspia –dijo Kos, pellizcándome el brazo.
–Ay –me quejé, frotándome la zona dolorida.
–Lo siento –murmuró, sin apartar la vista de la mesa.
Seguí su mirada hasta las grietas de la superficie de madera. Los arañazos de mis propias uñas. Mierda .
–Ah, eh... Lo siento.
–¿Estás bien? –preguntó.
–Solo estoy cansada, cariñito. –Forcé una sonrisa y cubrí las marcas con las palmas de las manos.
Había empezado a llamarlo igual que llamaba a Graciella. Cuanto más conocía a Kos, más consciente era de lo distinto que era de mi sobrina. Y, sin embargo, compartían ciertos rasgos que hacían que la echara todavía más de menos.
Kos levantó la cuchara y se llevó un bocado de gachas de avena con leche a la boca.
Mi desayuno seguía intacto, ya que hacía varios soles que había perdido el apetito. Desde que había vuelto a sentir aquel pulso en el pecho, el hambre no había regresado.
Las visiones de la muerte de Emery se habían detenido. Durante dos lunas maravillosas, dormí profundamente sobre el pecho de Andreas, desde el atardecer hasta el amanecer. Pero debería haber sabido que las visiones no tardarían en volver.
La visión de la luna anterior se repetía en mi mente una y otra vez.
¿Qué significaba? ¿Por qué había vuelto a sentir aquel pulso? ¿Era posible que mi cuerpo y mi sangre se estuvieran preparando para la transformación? ¿Acaso el rito no había fracasado después de todo?
¿Era una llamada diferente? ¿Significaba que debía volver a casa? ¿Cómo iba a abandonar a Andreas? ¿Cómo podía abandonar a Xandra?
Las incógnitas me devoraban viva.
La cuchara de Kos se detuvo a medio camino cuando se quedó mirando mis manos.
Estaban temblando.
Las escondí enseguida en el regazo, bajo la mesa.
–¿Tienes ganas de empezar hoy las clases? –pregunté.
Kos asintió con la boca llena. Un poco de leche le resbaló por la comisura de los labios mientras balanceaba las piernas en la silla. Nunca se le había dado bien quedarse quieto cuando estaba sentado, pero en ese momento parecía incapaz de contener toda aquella energía.
Faxon nos había enviado un mensaje a casa la luna anterior para avisarnos de que Kos ya podía empezar las clases.
Mientras el niño comía, Andreas se vestía arriba. Después lo llevaría a la biblioteca.
–¿Sabes cuántos veranos tienes?
–¿Veranos?
–Años –me corregí.
Kos se limitó a encogerse de hombros.
–No lo sé.
–¿Recuerdas a tu madre o a tu padre?
Negó con la cabeza.
–Tenía una hermana. Ella me cuidaba cuando era pequeño.
Kos seguía siendo un niño, pero era muy probable que le diera una patada en la espinilla a cualquiera que se atreviera a decírselo. Según él, podía cuidar de sí mismo. Y, por desgracia, tenía bastante razón.
Si decidía escapar, no me cabía ninguna duda de que sobreviviría en las calles de Roslo, igual que había hecho en Skanshon. Pero ya no tenía por qué limitarse a sobrevivir.
Además de las clases con Faxon, Andreas había contratado a una niñera para que cuidara de él.
Compartían las habitaciones de la primera planta de la casa.
También había un cocinero que se ocupaba de todas nuestras comidas y, ahora que el niño empezaría a estudiar, sospechaba que su vida comenzaría a adquirir una rutina propia.
Algo parecido a la que llevaban los Pichones en Showe.
¿Seguiría yo aquí para verlo crecer? El vacío en el estómago y el nudo en el pecho eran respuesta suficiente.
Andreas entró en el comedor mientras se ajustaba la chaqueta.
–¿Listo?
Kos saltó de la silla, dejando el desayuno a medio terminar, algo impropio de él, ya que nunca dejaba comida en el plato, y salió corriendo por toda la casa hacia la puerta principal.
Reí.
–Está entusiasmado.
Andreas se apoyó en el respaldo de mi silla y me besó en la frente. Noté que fruncía el ceño al ver las marcas de la mesa.
–¿Estás bien?
–Sí –contesté, poniéndome de puntillas para besarlo en la barbilla–. Será mejor que vayas a buscar a Kos antes de que te deje atrás.
–Caspia.
–Ve. Nos vemos luego. –Le sujeté el rostro entre las manos y le dediqué la sonrisa más tranquilizadora que fui capaz de esbozar. Después pasé junto a él a toda prisa, crucé hacia la escalera y subí a nuestro dormitorio, en la planta de arriba.
Me quedé frente al enorme ventanal, escuchando cómo se abría y se cerraba la puerta principal, hasta que vi a Andreas alejarse calle abajo con Kos a su lado.
El castillo se alzaba imponente a lo lejos y los rayos matutinos se reflejaban en su fachada dorada. Decenas de banderas aguamarina de Quentis, con el emblema real, ondeaban en sus torres.
Era hipnótico. Tan imponente que casi parecía una provocación.
Pero, al cerrar los ojos, lo único que vi fue cómo desaparecía de mi vista.
Un escalofrío me recorrió los hombros cuando me di la vuelta y crucé hacia el balcón desde el que se veía la ciudad.
La casa de Andreas estaba situada en lo alto de una colina y, desde el balcón, se abría un amplio panorama sobre los tejados de la ciudad hasta el mar turquesa de la bahía de Roslo.
Había varios barcos atracados en el puerto, pero mis ojos se quedaron clavados en uno de velas blancas, recogidas.
Me quedé sin aliento.
El barco de mi visión.
El pulso que recorría mis venas me provocó náuseas.
¿Qué significaban aquellas visiones? ¿Por qué me veía a mí misma, mi futuro, después de toda una vida viendo únicamente el pasado?
¿Había alguien en aquel barco a quien estuviera destinada a conocer? ¿Existía una razón que justificara abandonar a Andreas? Tendría que ser algo capaz de cambiarme la vida. Tendría que ser mi única opción. La última.
Me aparté de la barandilla y crucé la habitación corriendo. Me calcé los zapatos que había dejado en el vestidor y, ya lista, bajé la escalera para dejarle una nota a Andreas. Después salí de la casa y eché a andar.
Al desembarcar del Caracol , habíamos subido a un carruaje que nos llevó desde el muelle hasta la casa de Andreas. Como no pensaba volver al puerto, no había prestado atención al recorrido.
Debería haberlo hecho.
Después de tomar la dirección equivocada una y otra vez, por fin encontré un camino repleto de gente que olía a sal, pescado y salmuera.
La pasarela de madera del muelle estaba abarrotada de visitantes y comerciantes. La multitud se desbordaba por los distintos senderos que conducían a una serie de puestos.
Me recordó a Skanshon, con comerciantes que vendían de todo: desde verduras hasta hierbas, pescado y tónicos. Un hombre con una cesta de zanahorias me golpeó el hombro y, sin siquiera mirarme, siguió abriéndose paso entre la multitud.
–Necesitas un brazalete, cariño –dijo una mujer desde detrás de una mesa cubierta de joyas de metal.
Le dediqué una sonrisa cálida, pero seguí caminando. De vez en cuando me ponía de puntillas para ver por encima de la gente, mientras apartaba aquella marea de cuerpos y avanzaba hacia el agua. Recorrí con la mirada cada uno de los mástiles hasta encontrar el barco de velas blancas.
Alejándome de la pasarela principal, fui bordeando una hilera de barcos amarrados a sus pilotes hasta llegar al que buscaba. Estaba sujeto con unas cuerdas gruesas de color arena, meciéndose con suavidad en el agua que chocaba contra su casco.
–¿Hola? –pregunté, buscando a algún miembro de la tripulación en cubierta.
En la proa había un mascarón tallado en madera: representaba a una mujer con el cabello ondeando al viento y un busto generoso. Debajo de ella, el nombre del navío: Malynn . Pero aquel nombre no significaba nada para mí.
–Hola –repetí.
De pronto, se oyeron pasos sobre la pasarela y un hombre de piel bronceada y cabello negro y sedoso, vestido con una chaqueta color crema que parecía hecha a medida, se acercó a mí.
–¿Puedo ayudarla, señorita?
–¿Este es su barco?
–Soy el capitán. –Cruzó los brazos sobre su enorme pecho. Era tan alto que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. El brillo ambarino de sus ojos parecía destellar bajo el sol–. ¿Por qué?
No me habría creído si le decía la verdad.
–¿Cómo se llama?
Entrecerró los ojos.
–Usted primero.
–Caspia.
–¿Caspia qué? ¿Su apellido?
No teníamos apellidos. En Nelfinex no hacían falta, así que le di la única respuesta que se me ocurrió que podía servir.
–Estornino.
–Caspia Estornino –dijo–. Parece bastante interesada en mi barco. ¿Por qué?
Porque tal vez este barco podría ayudarme a cruzar el Marixmore.
–¿Cuál ha sido su viaje más largo?
–Qué preguntas más extrañas, Caspia Estornino. –Su boca se convirtió en una línea fina y tensa.
–Lo siento, es solo curiosidad.
Frunció el ceño, pero respondió.
–Dos meses y nueve días.
–No basta –murmuré.
–¿Disculpe?
Pasé junto a él y seguí mi camino, mientras la visión se repetía una y otra vez en mi mente.
–Oiga –gritó a mi espalda–. ¿Cómo que no basta?
Lo ignoré y me alejé por la pasarela hasta que el mar de gente del mercado me engulló por completo.
¿Por qué iba a subir a ese barco? ¿Por qué me marcharía?
¿Sería por Xandra? Ella era la única razón por la que abandonaría a Andreas y volvería a mi hogar.
Si es que lográbamos llegar. A menos que aquella extraña sensación me estuviera pidiendo que regresara a Showe, existía una buena posibilidad de que acabáramos perdidas en el mar.
Empecé a notar que me palpitaba la cabeza, mientras el bullicio del mercado se volvía cada vez más intenso. Los hombres gritaban. Las mujeres gritaban. Había tanta gente que, a cada paso, alguien chocaba conmigo y me hacía perder el equilibrio.
Un joven alto y desgarbado se abalanzó sobre mí por detrás mientras intentaba abrirse paso entre la muchedumbre.
Le clavé el codo en las costillas y lo fulminé con la mirada.
Le bastó con ver mis ojos para asustarse y salir corriendo.