Capítulo treinta. Odessa #2
Aquella confianza valía más que todo el oro de Calandra.
–Mi padre está desesperado por encontrar Allesaria antes de la migración, pero no sé por qué. Dice que es la única forma de detener a los crux, y quizá sea verdad. O quizá solo me esté manipulando para convertirme en su espía.
Mi padre probablemente mataría por tener aquel brazalete si supiera lo que significaba. Meses atrás no habría dudado en dárselo, en contarle todo lo que quisiera saber con tal de ganarme su confianza, su fe.
Con tal de dejar de ser la hija a la que ignoraba y relegaba siempre a un segundo plano.
Pero meses atrás la confianza que tenía en el Rey Dorado era inquebrantable. Quería creer que era un buen hombre, que los intereses de su pueblo eran su prioridad. Sin embargo, aquella confianza había empezado a resquebrajarse como una roca golpeada una y otra vez por el martillo de la duda.
Ahora lo único que quería era impedir que la infección siguiera propagándose por las venas de Ransom.
Donde hay veneno, hay una cura.
Las palabras de la anciana mordida por la serpiente resonaron en mi mente.
–No sé cómo planea romper el tratado del Escudo de Gorriones.
No sé cómo cree que puede ir en contra de los pactos de sangre que juró respetar como rey.
No sé si pretende iniciar una guerra o si todo esto forma parte de algún plan para conseguir más poder.
–Esbocé una sonrisa cargada de tristeza–.
Es mi padre, pero no sé si puedo confiar en él.
Y tampoco sabía si me escucharía cuando le rogara que me ayudara a encontrar una cura para la lyssa.
Aquel brazalete podía ser mi moneda de cambio. Podría salvarle la vida a Ransom.
–Deberías quedártelo tú –insistí, presionándolo contra su pecho.
Lo apartó con suavidad.
–Confío en ti.
–¿Y si tomo la decisión equivocada?
–No la tomarás.
–¿Cómo puedes tener tanta fe en mí?
Me sostuvo la mejilla con una mano.
–Porque eres mi reina.
Sentí una cálida presión en el pecho.
–Te quiero.
–Sí, es verdad. No lo olvides –se inclinó hacia mí y atrapó mi boca con la suya.
En cuanto su lengua rozó mis labios, sentí que me derretía. Fue como si todos los problemas del mundo se hundieran en el fondo de mi mente, donde esperarían hasta que llegara el momento de enfrentarlos.
Con una agilidad asombrosa, volvió a abrochar el brazalete en mi brazo sin apartar la boca de la mía.
Cuando quedó bien sujeto, pasé los brazos por encima de sus hombros y me acerqué hasta sentir el pecho pegado al suyo, cuyo calor atravesaba la tela de mi camisa.
Mis pezones se endurecieron bajo la tela.
Su lengua acarició la mía antes de profundizar el beso, saboreando cada rincón de mi boca.
El calor fluía por mis venas. El deseo se instaló entre mis piernas y un latido firme me recorrió el cuerpo entero.
Sus brazos me envolvieron con fuerza cuando me levantó de la cama y me llevó hasta la pared más cercana.
Rodeé su cintura con las piernas, sin dejar de moverme contra él. Todo mi cuerpo ansiaba más.
Deslizó los labios por mi mentón hasta besarme el cuello, mientras mis manos se enredaban en su cabello.
–Cielos, cuánto te he echado de menos.
–Nunca más. –Cerré los ojos–. Adonde vayas, iremos siempre juntos.
Ransom absorbió mi pulso y ese dolor en el centro de mi cuerpo llegó a su punto máximo.
–Juntos.
Sus caderas me mantenían firme contra la pared mientras sus manos recorrían mis costillas antes de deslizarse bajo la camisa. Sus dedos y sus palmas, callosos y ásperos, resultaban increíblemente tiernos sobre mi piel.
Tiré con fuerza de la parte trasera de su túnica y empecé a levantársela, arrugando la tela entre los puños, mientras sus labios seguían explorando mi garganta.
Sus manos envolvieron mis pechos y sus pulgares acariciaron mis pezones endurecidos.
–Cielos, necesito estar dentro de ti.
–Sí. –Mis gemidos sonaban demasiado intensos y desesperados, mientras presionaba la cintura contra la mía, buscando que su virilidad me rozara el clítoris.
Me dejó de nuevo en el suelo y, con un movimiento brusco, me quitó la camisa y la arrojó al suelo.
Me agaché para bajarle el pantalón, pero, antes de que pudiera hacerlo, alguien llamó a la puerta. El golpe fue demasiado firme para que fuera Evie.
Mis manos se quedaron inmóviles, mientras Ransom inspiraba hondo, furioso.
–¿Qué? –preguntó molesto, con un tono más monstruoso que humano.
Casi sentí lástima por quien estaba al otro lado de la puerta.
Casi.
Llamaron otra vez. Claramente, esa persona quería morir.
Los ojos de Ransom adquirieron un brillo plateado cuando fue hacia la puerta y la abrió apenas lo suficiente para hablar con nuestro visitante sin dejarme expuesta, mientras yo recogía la camisa del suelo.
–Vas a querer ver esto –dijo Jodhi desde el pasillo.
Ransom le cerró la puerta en las narices.
–Mierda.
Me puse la camisa mientras él respiraba hondo para calmarse, relajaba la mandíbula y abría y cerraba las manos. Cuando estuve lista, sus ojos ya habían recuperado el tono avellana. Seguía enfadado, pero no lo bastante como para matar a nadie.
Por suerte para Jodhi.
Juntos subimos a cubierta, donde la luz del atardecer casi se había extinguido. Solo quedaba un resplandor anaranjado en el horizonte, mientras las estrellas empezaban a brillar sobre nuestras cabezas.
Jodhi estaba junto a Thora, apoyado en la borda del barco. Cuando nos acercamos, solo me dedicó una mirada intensa y fría.
Quizá Ransom tuviera razón sobre lo que Jodhi sentía, pero, por el momento, había problemas mucho más importantes.
Entre las olas se acercaba otro barco.
Y, de pie en la proa, estaba el hermano Dime.