Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo treinta. Odessa
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Capítulo treinta. Odessa

Capítulo treinta ODESSA

Thora estaba sentada sobre la borda, con una pierna colgando sobre el agua, contemplando el atardecer al otro lado del mar azul grisáceo.

Su cabello, igual que el mío, estaba limpio. Las manchas verdes de la sangre seca de los ulfernos ya habían desaparecido y no quedaba nada más que su melena blanca y suave, cayendo en lisos mechones hasta la cintura.

Parecía más joven. Más solitaria. Como si estuviera a solo unos segundos de dejarse caer por la borda y hundirse en las profundidades del océano.

Thora no había dicho una sola palabra desde que regresó de enterrar a Mathias la noche anterior. Mientras cabalgábamos hacia la costa al amanecer, se mantuvo detrás de nuestra pequeña comitiva, evitando incluso a Jodhi. Y, cuando llegamos a una pequeña aldea de la costa de Génesis, desapareció.

Mientras Ransom contrataba a un pescador y su tripulación para que nos llevaran hasta Quentis, Evie y yo fuimos a unos baños públicos para bañarnos. Una vez limpias y con ropa nueva, nos reencontramos con Ransom y Jodhi en este barco. Thora no estaba por ningún lado.

Sinceramente había llegado a pensar que nos había abandonado, que había enviado a Jodhi para que se encargara de recibir el dinero de mi padre en su nombre y en el del resto de los Mavin.

Pero después bajé a cubierta, donde había estado preparando el pequeño camarote para Evie, y el cabello blanco de Thora llamó mi atención.

Llevaba unos sencillos pantalones de cuero y una túnica gris, la misma ropa que yo, ya que era la única que tenía el vendedor al que se la compramos, aunque en otra talla. Había dejado atrás el cuero, la armadura y las armas, pero seguía siendo tan intimidante como el día en que la conocí.

Vencí los nervios y me acerqué, sintiendo cómo el tacón de mis nuevas botas resonaba sobre la cubierta de madera.

–Hola.

Parpadeó una vez y fue suficiente para saber que me había oído.

–Siento mucho lo de Mathias. No quería que nada de esto ocurriera. Pero te estoy agradecida a ti y a él por habernos salvado la vida. –Algo que debería haberle dicho el día anterior.

Las olas rompiendo contra el casco del barco llenaron el silencio.

Retrocedí, porque ya le había dicho lo que quería decirle.

–Odessa. –Me miró con los ojos enrojecidos y una expresión vacía–. Su muerte no es algo que debas cargar tú. Esa carga me corresponde a mí.

Cuando volvió a fijar la vista en el mar, vi una lágrima brillar sobre su mejilla.

Me marché y la dejé a solas con su dolor. Después regresé junto a Ransom.

Estaba en el centro del barco, con las manos a la espalda.

Los cuatro hombres de la tripulación también permanecían en cubierta, la mayoría aburridos, mirando el agua como si prefirieran estar pescando en lugar de transportar guerreros y caballos hasta Roslo. Pero sospechaba que el dinero que Ransom les había pagado compensaba con creces las molestias.

Se me aceleró el pulso al verlo.

Él también se había bañado y la barba que le cubría la barbilla estaba más recortada que por la mañana.

Llevaba el cabello cuidadosamente peinado y era como si me estuviera suplicando que le pasara los dedos por él.

Su túnica color arena tenía el cuello abierto y dejaba al descubierto la piel tersa.

La tela se tensaba sobre sus anchos hombros y su pecho robusto.

Los pantalones de cuero le ceñían los voluminosos muslos.

Sin lugar a dudas, era el hombre más atractivo de toda Calandra.

Y era mío.

La piel de las comisuras de sus ojos verdes se arrugó mientras yo me humedecía los labios. Su boca perfecta esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Mi corazón se detuvo.

Rayos, cuánto había echado de menos aquella sonrisa. Esperaba que, por muchos años que pasaran, nunca dejara de quitarme el aliento.

Esa sonrisa era una docena de momentos robados. Cientos de recuerdos preciosos. La promesa de una vida juntos.

Me detuve a pocos metros de él.

Frunció el ceño y estiró una mano para sujetarme por la muñeca y atraerme hacia sí.

–Ya no tenemos que fingir, ¿recuerdas?

–Lo siento. Es la costumbre. –Había pasado meses convenciendo al mundo y, a veces, hasta a mí misma de que no estaba enamorada del Guardián.

Aunque tampoco creo que hubiera resultado demasiado convincente. Se me da fatal mentir.

O quizá el amor que sentía por Ransom era, sencillamente, imposible de ocultar.

–¿Qué llevas a la espalda? –pregunté.

Sacó dos cuchillos y los mostró ante mí.

Mis cuchillos.

Hice ademán de cogerlos, sorprendida. Pero, antes siquiera de rozar las empuñaduras, me quedé inmóvil.

La última vez que había visto aquellos cuchillos estaban en manos de Brielle. Se los había arrancado al cadáver de Banner después de que yo lo matara. Y, antes de que el crux se la llevara, los dejó caer en una calle de Ellder.

Ransom debía de haberlos encontrado. Una parte de mí deseaba que no lo hubiera hecho.

–¿Es raro que no quiera tocarlos?

–No, Dess. –Juntó ambos cuchillos en una mano para poder atraerme contra su pecho.

Le rodeé la cintura con los brazos y respiré su aroma. Bastó una sola inspiración para reconocer el viento y el cuero, seguidos por una fragancia cítrica y masculina que se mezclaba con la brisa salada.

Era caótico y cambiante, igual que sus ojos. Pero, por debajo de todo aquello, estaba Ransom. Y lo reconocería en cualquier parte.

–¿Sabéis? Hay algo que todavía no entiendo –dijo Jodhi de repente, acercándose con paso tranquilo–. ¿Cómo se convence a todo un reino de que uno no es su príncipe heredero malcriado, sino un guerrero legendario? ¿De verdad los turanos son tan ingenuos?

Todo el cuerpo de Ransom se tensó, pero, antes de que pudiera utilizar mis cuchillos para abrirle el cuello a Jodhi, se los quité.

Encajaron a la perfección en mis manos y su peso me resultó familiar y cómodo. Las hojas estaban limpias y relucientes. Estaba segura de que los había afilado, mientras borraba todo rastro de sangre.

Aquellos cuchillos me habían salvado la vida y, aun así, quería arrojarlos por la borda.

–Ten cuidado con eso, muñeca. Parecen peligrosos.

Miré a Jodhi con severidad y, con un rápido giro de muñeca, hice silbar el cuchillo al cortar el aire.

–Vete.

El Mavin esbozó una sonrisa, pero nos dejó solos y se acercó a Thora. No se sentó junto a ella en la borda, sino que permaneció unos pasos atrás, dándole espacio.

–Te está provocando –le dije a Ransom en voz baja.

–Sí, lo sé –dijo, suspirando–. No te preocupes. No voy a caer en su juego. Odio a ese bastardo, pero os mantuvo a salvo a ti y a Evie. Así que no voy a arrancarle la lengua. Todavía.

Puse los ojos en blanco y le devolví los cuchillos.

–Toma. No te deshagas de ellos. Pero todavía no quiero tenerlos.

–Cuando estés lista. –Me besó la frente.

Evie y Faze aparecieron por la escalera que bajaba a la cubierta inferior. Se había atado la correa a la muñeca y tiraba de ella con fuerza, haciendo que la pequeña criatura arañara la madera.

–Vamos, Faze.

–Deberías estar durmiendo –dije.

Llevaba un camisón nuevo, con un dobladillo ondulado que le llegaba hasta los pies descalzos. Le quedaba demasiado grande, pero al menos estaba limpio. Todavía conservábamos su camisa de Ellder, pero había dejado de pedir ponérsela.

–No le gusta la caja –dijo–. Y no deja de gruñir. ¿Puede dormir en la cama conmigo?

–Lo siento, Evie –dijo Ransom, arrodillándose a su lado–. Ya se acostumbrará. Te lo prometo.

Cuando el pescador vio a Faze, se negó a llevarlo a bordo, pero cambió de idea cuando Ransom le entregó los últimos zillahs que llevaba en la alforja y le prometió que Faze permanecería atado durante el día y encerrado en una caja de madera por la noche.

Quizá era lo mejor. Tenía la sensación de que Margot también impondría normas estrictas al flagris cuando llegáramos a Roslo.

–No me gusta este barco –dijo Evie, frunciendo los labios.

A mí tampoco me gustaba demasiado. Los camarotes eran pequeños y olían a pescado. Pero era lo bastante grande para los caballos y la tripulación había aceptado zarpar sin demora.

–Déjame acompañarte al camarote –dijo Ransom, acercándose para coger a Faze en brazos, pero el flagris le bufó y le lanzó un zarpazo que le dejó tres pequeños arañazos en el brazo.

La piel empezó a curarse casi de inmediato, aunque no sin que cayeran unas gotas de sangre verde oscura.

Evie le dio un golpecito en el hocico a Faze.

–No, Faze, no. Malo, malo.

El flagris se asustó y se acurrucó junto a ella, como si le estuviera pidiendo perdón en silencio.

Me quedé mirando el brazo de Ransom, esas pequeñas gotas de sangre y la herida del mordisco junto a ellas. Y sentí la presencia de Jodhi detrás de mi hombro, contemplando aquella sangre con la misma intensidad.

Ransom se limpió enseguida y alzó a Faze.

–Vamos, Evie. Es hora de dormir.

Con el monstruo cargado en un brazo para ocultar la cicatriz y mis cuchillos en el otro, cruzó la cubierta.

Evie refunfuñó, pero lo siguió y, juntos, desaparecieron escaleras abajo.

Tenía el corazón en un puño cuando di un paso para ir tras ellos.

–Odessa.

La voz de Jodhi me hizo detenerme.

Me volví, esperando algún comentario malicioso, pero lo único que vi en su mirada fue lástima.

–Si eso es lo que creo que es, será mejor que tengas esos cuchillos cerca. –La dulzura de su advertencia lo empeoraba todo. Se marchó y regresó junto a Thora.

Recuperé la compostura y bajé por la escalera.

Oí la voz suave de Ransom desde la puerta abierta del pequeño cuarto de Evie.

Los dejé hablando y me escabullí hasta nuestro camarote, donde me senté en el borde de la cama. Me remangué y desabroché el brazalete que llevaba en el brazo desde Ellder.

Recorrí con los dedos las líneas y los cortes, mientras la palma de mi mano se deslizaba sobre el cuero suave.

La luz del camarote cambió cuando Ransom apareció en la puerta y se apoyó en el marco.

–¿Qué hacemos? –susurré.

–No lo sé.

Entró, cerró la puerta tras de sí y se agachó frente a mí, apoyando las manos sobre mis rodillas. Sus ojos brillaban con un intenso verde esmeralda.

–Toma. –Levanté el brazalete–. Deberías llevarlo tú.

Negó con la cabeza.

–Confío en ti.