Capítulo veintinueve. Caspia #3
No nos detuvimos en el concurrido vestíbulo y salimos directamente del castillo. Al otro lado de la inmensa entrada y de las enormes puertas se extendía un amplio camino de piedra. Apoyé una mano sobre la de Andreas y él me condujo hacia la salida.
En cuanto cruzamos la muralla de la fortificación, noté que empezaba a respirar con más calma; aflojó la mano y redujo el paso.
Avanzamos entre casas y tiendas camino de su hogar.
–No me gusta el castillo –dijo–. Lo evito siempre que puedo.
–¿Por qué? ¿Por el distanciamiento con tu padre?
–No. Por lo que representa. Has visto todo ese oro. ¿Cuánto de ese oro, empleado en adornos y decoración, podría haberse utilizado para reconstruir la ciudad después de la última migración?
Todavía intentaba comprender el verdadero valor de la riqueza en Calandra, pero estaba de acuerdo con su punto de vista.
–Y no es solo por esa decoración de mal gusto. Odio el castillo por lo que le hizo a mi hermano. Una vez me preguntaste si Arick y yo nos llevábamos bien.
Y me había respondido con un rotundo nelvi’o .
–Hubo un tiempo en que sí. Es dos años menor que yo, pero la diferencia de edad nunca fue un problema.
Durante casi toda nuestra infancia fuimos inseparables.
Nos educaban juntos, aprendíamos con el mismo maestro de armas, teníamos clases de equitación todos los días hasta que cumplimos trece años.
Pasamos muchas noches en tabernas, bebiendo cerveza y persiguiendo mujeres.
Era mi mejor amigo. Hasta que murió, hace un año.
Un año antes, cuando él se había marchado de Quentis.
–Lo siento mucho.
–Yo también. –Esbozó una sonrisa cargada de tristeza–.
Durante la última migración, la familia de mi madre fue asesinada.
Vivían en Saltmore, una ciudad en la otra punta de Quentis.
Viajamos hasta allí para el funeral. Mi hermano y yo decidimos ir a caballo en lugar de utilizar el carruaje de mi madre.
Por el camino, el caballo de Arick se asustó al ver una serpiente y él habría caído de la montura, pero la bota se le quedó enganchada en el estribo.
El caballo lo arrastró varios metros y, para cuando logré alcanzarlo y detenerlo, mi hermano tenía la pierna destrozada.
–Andreas –dije con la voz entrecortada, mirándolo y sintiendo un profundo dolor al ver la tristeza en su rostro.
–Sobrevivió, aunque muchos dirían que no. Arick nunca volvió a ser el mismo. Pasó meses y meses postrado en una cama, agonizando. Los curanderos le administraban korakin para calmar el dolor.
–¿Qué es el korakin?
–Excremento de kaverinos.
–No conozco esa criatura.
–Es un monstruo. Más pequeño que otros, parecido a un glotón, pero el doble de feroz. Vive en los desiertos de Laine.
Sonaba como las comadrejas gigantes de Beesa.
–Después te dibujaré uno –dijo–. Los curanderos y los alquimistas recogen el excremento y lo someten a un proceso de reducción hasta convertirlo en un ungüento que, al ingerirlo, hace que dejes de sentir dolor.
Por lo general también provoca alucinaciones, pero suele utilizarse en las enfermerías con quienes tienen que someterse a una cirugía o a una amputación.
Es bastante efectivo. Pero también muy adictivo.
En Nelfinex no existía el korakin, pero sí polvos y pociones que atrapaban a la gente de la misma forma, hasta que lo único que deseaban era la siguiente dosis, por encima de la comida o del agua.
–Arick se volvió adicto.
–Le arruinó la vida –continuó Andreas–. Aprendió a caminar de nuevo, aunque con ayuda de un bastón y un soporte en la pierna.
Le llevó años de trabajo junto a un curandero llegar a ese punto.
Cada vez que se quejaba del dolor, la respuesta del curandero era darle más korakin.
Aquel hombre se aprovechó de la adicción de mi hermano para enriquecerse, porque aceptaba el dinero que Arick le ofrecía cada vez que le suplicaba una dosis más.
Hasta que, al final, intervine y le pagué para que desapareciera en la otra punta de Quentis y no volviera jamás.
Pero ya era demasiado tarde. Mi hermano tenía mucho dinero.
Y ese castillo está lleno de gente que no se detiene ni un segundo a pensar en el daño que provoca con tal de recibir una bolsa repleta de oro.
Andreas miró con ira por encima del hombro hacia los chapiteles que se alzaban sobre nosotros. Brillaban incluso bajo un cielo cubierto de nubes.
El palacio de Showe había sido construido con el mismo propósito. Una fortaleza para los Estorninos. Un refugio para los Pichones. Un hogar para las Quiescentes. Un lugar donde proteger el conocimiento y la historia.
Y, sin embargo, no marcaba una diferencia tan abismal entre los poderosos y los desamparados.
La muralla de piedra que rodeaba el recinto del castillo trazaba un límite claro entre quienes eran bienvenidos y quienes no. Igual que sus rejas doradas.
–Mis padres miraron hacia otro lado –continuó Andreas–. Se negaron a aceptar que Arick tenía un problema. Nunca se preguntaron por qué siempre le faltaba dinero ni por qué jamás se perdía una fiesta o un baile en el castillo. Se inventaban excusas cuando pasaba días enteros inconsciente en la cama.
–Y por eso te distanciaste de tu padre.
–Le rogué que hiciera algo antes de que fuera demasiado tarde. Pero no me escuchó. Y, después, hace un año, Arick fue a una fiesta. Estaba borracho y fuera de sí por culpa del korakin. Tropezó y cayó por las escaleras. Se rompió el cuello.
–Lo siento muchísimo. –Me aferré a su brazo con fuerza mientras seguíamos caminando.
–Incluso después del funeral, mi padre seguía negándose a aceptar que había sido el korakin. Decía que se le había roto el bastón y que por eso se cayó. No podía quedarme allí escuchando todas aquellas excusas. Así que decidí marcharme.
–Y fuiste a Génesis.
–Bueno, creo que valió la pena. Alejarme de todo durante un tiempo. –Dejó de caminar para mirarme a los ojos. Apartó un mechón de mis rizos de la frente–. Valió la pena porque te encontré.
Me acerqué un poco más a él y, por un instante, todo en mi vida tuvo sentido. Estaba allí, en Calandra, por Andreas.
Pero, de repente, el mundo se inclinó hacia un lado.
Un pulso profundo me retumbó por todo el cuerpo, extendiéndose desde el corazón hasta las manos y los pies. Un pulso que no había sentido desde el Cirrina .
El pulso del rito.
Mientras Andreas se inclinaba para besarme, cerré los ojos y fingí no sentir aquella llamada.