Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintinueve. Caspia #2
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Capítulo veintinueve. Caspia #2

Andreas lo llevaba tan corto que apenas podía pasar los dedos por los mechones más largos de la parte superior. Su rostro afeitado ya no resultaba áspero cuando me besaba. Estaba más atractivo que nunca y, aun así, tan distinto del hombre que había conocido en aquella pequeña cabaña de Génesis.

Sospechaba que estaba viendo al verdadero Andreas por primera vez, su versión de Quentis. El noble adinerado.

–Te enseñaré la biblioteca –dijo–. Pero no te quedarás mucho tiempo. Tienes que descansar.

–Tú fuiste quien no me dejó dormir en toda la noche. –Habíamos aprovechado aquella cama inmensa para otras cosas.

–No me refiero a eso. –Se detuvo y me miró con una preocupación tan profunda que sentí un nudo en el pecho. Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me acarició la mejilla con el pulgar–. Has tenido otra visión.

Sí.

Mientras él dormía, había pasado la luna entera mirando el techo, rogándole al Divino que detuviera las visiones.

Veía morir a Emery todas las lunas. La veía caer a manos del guerrero de ojos plateados, una y otra y otra vez. ¿Era ese mi castigo por haber abandonado mi búsqueda de venganza? Si ese era el precio de mantener a Andreas con vida, de cambiar su destino, que así fuera.

De todos modos, ver su muerte una y otra vez seguía causándome un dolor insoportable. ¿Me torturarían aquellas visiones por toda la eternidad por no haber ido a Turah? Tal vez ese fuera precisamente el propósito. O tal vez el Divino estuviera intentando decirme algo.

En mi visión, Emery era un vencejo. Hasta entonces no había reflexionado demasiado sobre ello. ¿Era esa la razón por la que la habían asesinado? ¿Por ser un crux?

–Te prometo que descansaré más tarde. –Apoyé las yemas de los dedos sobre su frente.

Suspiró una vez más, me tomó de la mano y me condujo por una sucesión de corredores.

–Conoces bastante el castillo –dije.

–Cuando era niño estudié aquí, junto con otros hijos de nobles. Aprendí a leer y escribir en la biblioteca, y el maestro de armas me enseñó a combatir en el patio de entrenamiento. –Giró en otra esquina y salimos a un gran vestíbulo con techos tan altos como los del anterior.

Había varias personas en aquel inmenso espacio, cuyas voces y risas formaban un murmullo tenue y constante.

Tres mujeres, cada una con un vestido de vivos colores, subían por una enorme escalinata.

Varios guardias con uniformes color aguamarina y botones dorados montaban guardia junto a columnas y pilares, con espadas y cuchillos envainados a la cintura.

Un hombre corpulento, de tez morena y gafas con montura metálica, pasó delante de nosotros.

Al ver a Andreas, volvió la cabeza y se detuvo en seco.

Pero Andreas no.

Ignoró la atención, las miradas curiosas y los murmullos, y mantuvo la cabeza alta mientras me sujetaba la mano con fuerza al cruzar el vestíbulo. Solo aflojó un poco la presión cuando giramos hacia otro corredor.

–El hombre de las gafas te ha reconocido –dije cuando estuve segura de que estábamos solos.

–Sí. Trabaja con mi padre.

–¿No querías hablar con él?

–Hoy no. –Me acarició los nudillos con el pulgar–. Quiero enseñarte la biblioteca. Después volveremos a casa. Ya habrá tiempo de hablar con viejos conocidos otro día.

–¿A qué se dedica exactamente tu padre?

Andreas tensó la mandíbula.

–A gastar dinero que no le pertenece.

Antes de que pudiera pedirle una explicación, llegamos ante un par de puertas doradas con florituras talladas en la superficie.

Había dos guardias apostados a cada lado, custodiando la entrada.

Andreas se acercó a ellos y, con un único asentimiento, ambos se apartaron. Uno abrió la puerta para dejarnos pasar e hizo una reverencia mientras murmuraba: –Mi lord.

¿Ese era el título de Andreas? ¿Era un lord? Cuando la cabeza me dejara de dar vueltas, tendría que hacerle más preguntas sobre la política de Quentis y el lugar que ocupaba su familia en ella.

Pero, en cuanto entramos en la biblioteca, todos aquellos pensamientos se desvanecieron mientras contemplaba la enorme sala circular rodeada de innumerables estanterías. Había tres pisos repletos de incontables libros.

Andreas me había dicho que aquella biblioteca albergaba más libros de los que una persona podía leer en dos vidas. Apostaría todo el elfalter del mundo a que yo necesitaría tres para revisar semejante cantidad de volúmenes.

Era casi tan grande como la biblioteca del palacio de Showe.

Tras la entrada había mesas y sillas perfectamente alineadas, todas vacías. Más allá, las estanterías formaban hileras que se extendían tan lejos que no alcanzaba a ver dónde terminaba la sala.

–Hay tantos –murmuré–. ¿Por dónde empiezo?

–Los bibliósofos te ayudarán con la búsqueda.

No conocía esa palabra, pero, mientras me llevaba hacia un escritorio, supuse que se refería a los estudiosos o conservadores de la colección.

–¿Por qué no hay nadie aquí? –pregunté mientras atravesábamos las mesas vacías, respirando aquel aroma a savia, papel y canela.

–Necesitas un permiso especial para utilizar esta biblioteca. El rey acumula libros igual que acumula oro.

–¿Por qué? –pregunté.

Andreas suspiró.

–No lo sé. Bajo su reinado, Quentis se ha convertido en un reino muy rico. Pero el rey Cross guarda muchos secretos. Es un hombre terco y obstinado, y cada vez se relaciona menos con su pueblo. Eso ha alimentado toda clase de rumores sobre lo que sea que esconde en este castillo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

En la galería del primer piso había un guardia que nos observaba con una expresión indescifrable.

–¿Y por qué tú tienes permiso para entrar aquí? –pregunté.

–Mi antiguo tutor es ahora el bibliósofo principal.

Fue él quien me enseñó la antigua lengua.

Le escribí ayer, nada más llegar, para pedirle permiso, ya que es quien decide a quién concedérselo.

–Me dedicó una sonrisa alentadora–. Él nos ayudará.

Si en esta biblioteca hay alguna información sobre Nelfinex o sobre los Estorninos, la encontraremos.

Por la gracia del Divino.

Al llegar al escritorio, Andreas golpeó la superficie con los nudillos.

A un lado, en el suelo, había tres cajas vacías apiladas una sobre otra.

Andreas tocó una con la punta de la bota.

–Durante una migración, hace ya varias generaciones, los crux entraron en la biblioteca y destruyeron buena parte de nuestros libros.

Desde entonces, los tomos más importantes se guardan bajo tierra.

Los bibliósofos tienen un catálogo completo de todos los libros y pueden subirlos cuando es necesario.

Unos segundos después, un hombre de baja estatura, de cabello canoso y largo, con una barba que le llegaba hasta el ombligo, apareció por detrás de una estantería con los brazos cargados de libros.

Llevaba unos pantalones de lino color crema y una túnica del mismo tono. Sobre los hombros lucía un escapulario aguamarina sujeto a la cintura con un cordón del mismo color. Tenía la nariz convexa y, al ver a Andreas, sus ojos verdes con los característicos rayos ámbar de Quentis se iluminaron.

–¡Eh, Andreas! –El hombre se apresuró a dejar los libros a un lado y rodeó el escritorio para envolver a Andreas en un fuerte abrazo–. Has vuelto. Oda nos bendiga.

–Hola, Faxon –dijo Andreas, dándole una palmada en la espalda al anciano.

–Te he echado de menos, muchacho –dijo Faxon, apartándose para mirarlo de arriba abajo–. Tienes buen aspecto.

–Estoy bien –respondió Andreas, pasándome un brazo por los hombros y acercándome a su lado–. Ella es Caspia.

Faxon abrió mucho los ojos durante un instante antes de hacerme una reverencia.

–Mi lady, es un placer conocerla.

–Lo mismo digo. –Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que alguien me hacía una reverencia y se dirigía a mí con un título nobiliario. Aunque nunca me habían llamado de aquella manera.

Faxon se incorporó y volvió a mirar a Andreas.

–¿Ya has hablado con tu padre?

–No.

–No puedes evitarlo para siempre, Andreas.

Asintió.

–Tarde o temprano hablaremos. Pero hoy no es el día.

–Está bien. –Los ojos de Faxon se posaron en mí–. Tu carta mencionaba un proyecto. ¿En qué puedo ayudaros?

–Caspia busca información sobre su linaje –dijo Andreas, inclinándose y bajando la voz–. Te pediré que mantengas todo esto en secreto. Y también que no traiciones mi confianza, viejo amigo.

Faxon miró a Andreas con curiosidad y después fijó la vista en mí. En mis ojos dorados. Al parecer, no los había advertido hasta ese momento, pero no parecieron inquietarlo. En todo caso, su expresión reflejaba una profunda curiosidad.

–Tienes mi silencio. Lo que hablemos aquí quedará entre nosotros.

–Gracias –dijo Andreas, inclinando la cabeza–. Por favor, dale a Caspia todo lo que necesite. Ah, y tengo una última petición. Hemos traído a un niño de Ozarth. Necesita un tutor. Es huérfano y dudo que le hayan enseñado a leer o a escribir. Eso sí, te advierto de que es un poco... caprichoso.

–Ah... –dijo Faxon entre risas–. Ya tuve un alumno así una vez.

Andreas sonrió.

–Kos, sin duda, va a ponerme en evidencia.

–Entonces espero el desafío con impaciencia. Dame dos días para organizarlo todo. Yo mismo seré su tutor.

–Gracias, Faxon.

–Bienvenido a casa, muchacho. –Los ojos verdes de Faxon se suavizaron al mirar a Andreas. Había orgullo en su expresión. Incluso afecto–. Me alegra verte sano y salvo. Ha pasado tanto tiempo que ya empezaba a temer que estuvieras entre las sombras del cielo.

–Todavía no. Y, con la suerte de Daria de mi lado, espero que falte mucho para eso.

Daria . Una de los Seis. La diosa de la suerte.

Andreas no solía mencionar a sus dioses, pero una luna a bordo del Caracol , mientras mirábamos las estrellas, me habló de Ama y Oda. De cómo la Madre y el Padre eran las estrellas y de que sus hijos, los Seis, vivían cada uno en una porción de luz distinguible entre ellas.

Faxon hizo el gesto de los Ocho y volvió a abrazar con fuerza a Andreas. Después nos despedimos y salimos de la biblioteca.