Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintinueve. Caspia
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Capítulo veintinueve. Caspia

Capítulo veintinueve CASPIA

Había un mural de Bisten en el castillo de Roslo.

Bisten, el temperamental, el gruñón, que vivía en el aviario del palacio, en casa. El vencejo favorito de Xandra, con aquellas plumas rojizas que brillaban como el oro bajo la primera luz de la mañana.

El artista que había pintado el mural había captado el parecido de Bisten a la perfección. Pero la pintura era una mentira. Bisten era quisquilloso, sí, pero no violento. No sanguinario.

Tenía que ser un error. Porque aquel mural mostraba a un monstruo.

Y me perseguiría hasta que el Divino me llevara al más allá.

La galería estaba repleta de tapices y pinturas, pero no podía apartar la mirada de la más grande de toda la sala.

Un vencejo macho, que me negaba a creer que fuera Bisten, había partido a un hombre por la mitad.

De su pico abierto colgaban entrañas. Sangre y carne desgarrada seguían clavadas en sus cuernos puntiagudos.

Bajo una de sus patas yacía una mujer, aplastada y con el corazón atravesado por la garra de la bestia.

El tobillo de la criatura parecía herido. Tres líneas blancas surcaban su piel negra y escamosa. Tenía el pico agrietado y le faltaba un pequeño fragmento.

Bisten tenía esas cicatrices. Tenía el pico roto. Y aquellas eran sus plumas cobrizas y relucientes, y sus cuernos rojizos.

No era mi Bisten.

No era mi vencejo.

–¿Quién ha pintado esto? –La pregunta sonó más a acusación que a otra cosa.

–Un pintor bastante reconocido. Era joven durante la última migración. Lo bastante insensato como para arriesgar la vida con tal de echar un vistazo a los monstruos. Pero, de algún modo, sobrevivió y, desde entonces, pinta a los crux.

Era mentira. Todas aquellas pinturas eran mentira.

Me temblaban tanto las manos que tuve que cerrarlas en puños para no arrancar cada una de aquellas obras de las paredes. Apreté los dientes con tanta fuerza que los sentí crujir. Temía que, si abría la boca, acabaría gritando.

Había cruzado el Marixmore para llegar a una pesadilla.

Tenía que ser una broma. Necesitaba que fuera mentira.

Se me rompió el corazón cuando la ira se desvaneció, desplazada por una tristeza que parecía brotar de la médula de mis huesos. Se me hizo un nudo en el estómago y corrí hacia una maceta apoyada contra la pared; caí de rodillas y devolví todo el desayuno sobre un helecho.

–Caspia –dijo Andreas, acercándose a toda prisa, y me pasó una mano por la espalda–. Lo siento mucho. No debería haberte traído aquí.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras me sentaba sobre los talones y me limpiaba la boca con la manga.

–No. Tenía que verlo con mis propios ojos.

Tenía que ver cómo los habitantes de Calandra veían a los vencejos.

No, vencejos no.

Crux.

Monstruos.

Andreas me había contado todo sobre las migraciones durante nuestro viaje a bordo del Caracol , rumbo a Quentis.

Al principio quise llevarle la contraria en todo, decirle que se equivocaba, que era imposible que los crux fueran tan despiadados.

No era posible que destruyeran casas y ciudades enteras. No asesinarían ni diezmarían a nadie.

Pero Andreas nunca había puesto en duda mis verdades, así que lo escuché y acepté lo que me contaba. Y, cuando me preguntó si quería ver con mis propios ojos lo que ocurría durante las migraciones, acepté acompañarlo a aquella galería del castillo de Quentis.

–Las construcciones de Skanshon, con las púas y los barrotes de hierro sobre los tejados... son para protegerse durante la migración, ¿verdad? –pregunté.

–Sí. La mayoría de las ciudades y aldeas tienen sus propias técnicas de defensa. Aquí, en Roslo, tenemos cámaras para la migración construidas bajo el castillo. También hay túneles y calabozos excavados en los acantilados que rodean la ciudad.

–¿Luchan contra ellos? ¿Contra los vencejos... los crux? –Quizá, si empezaba a llamarlos crux, me resultaría más fácil aceptar que eran monstruos.

–La mayoría de los reinos preparan sus legiones y reclutan soldados a medida que se acerca la migración. ¿Viste las catapultas y las enormes ballestas montadas sobre las murallas del castillo cuando entramos?

–No. –Había estado demasiado fascinada por el oro y las inmensas torres que resplandecían bajo el sol. El castillo rebosaba riqueza y lujo.

Era casi tan grande como el palacio de Nelfinex, pero mucho más ostentoso. Los Estorninos teníamos una riqueza abundante en elfalter, pero no ostentábamos nuestra condición cubriendo de opulencia nuestras torres. Quizá porque no teníamos la necesidad de exhibir lo que teníamos.

Nuestro bien más valioso corría por nuestras venas.

Aun así, el castillo de Quentis era una construcción digna de admiración. Nunca había visto tanto oro junto y, al entrar, no había prestado atención a nada más.

–Hacemos todo lo posible por matar al mayor número posible de crux cuando comienza la migración –dijo–.

Lo hacemos para defendernos, para ganar tiempo y permitir que la gente llegue a los refugios.

Pero, debido a la enorme cantidad de monstruos, es imposible derrotarlos.

Lo único que podemos hacer, en realidad, es escondernos y esperar a que la migración termine.

Andreas me había contado que las migraciones duraban varios ciclos lunares. Menos de dos, si los habitantes de Calandra tenían suerte. Más de tres, si no la tenían.

–Con razón hay tan poca gente –murmuré. Eso explicaba por qué nos habíamos cruzado con tan pocas personas durante el viaje.

Su población era diezmada en cada generación.

–Cuando me hablaste de Nelfinex, supuse que a vosotros también os atacaban las migraciones –dijo–. Nadie sabe de dónde vienen. Pensé que siempre sobrevolaban el mundo entero, dejando muerte y destrucción a su paso.

–¿Nunca nadie intentó averiguarlo? ¿Seguirlos más allá de Calandra?

–Hemos enviado expediciones para explorar el Marixmore. La mayoría de quienes partieron y regresaron no encontraron nada. Algunos zarparon y jamás volvieron. Pero, después de ver esto –señaló las pinturas–, ¿estarías dispuesta a seguir a un crux mar adentro?

No. Me temblaba la barbilla y sentía un nudo tan pesado en el pecho que temí no ser capaz de levantarme jamás del suelo.

Una vez que los crux abandonaban el continente, a los supervivientes solo les quedaba reconstruir sus ciudades.

Existían tratados entre los cinco reinos que garantizaban la paz durante los años en que los crux no atacaban. Esos mismos tratados también aseguraban el comercio, para que cada reino dispusiera de los recursos necesarios para reconstruirse.

–No quiero creer esto –susurré, mirando el mural de Bisten–.

En Nelfinex, en el palacio, hay un inmenso vestíbulo.

En el techo está pintado el retrato de cada una de las reinas Estornino de la historia.

La mayoría pidió que las retrataran como el vencejo en el que se convierten.

No puedo mirar estos murales sin pensar en las horas que pasé de niña admirando esas pinturas.

–Lo siento, querida.

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras me ayudaba a ponerme en pie.

–Yo también.

–Vamos a casa.

Tenía un nudo en el estómago mientras salíamos de la galería y entrábamos en un inmenso vestíbulo abierto del castillo. Cada sala, cada estancia, era tan lujosa como el exterior.

Los techos abovedados tenían vigas doradas y numerosos candelabros de cristal atrapaban la luz que se filtraba por las ventanas en arco, proyectando destellos sobre el suelo de mármol.

El repiqueteo de las botas de Andreas resonaba en el espacio vacío, mientras que mis pasos apenas hacían ruido.

Los zapatos que me había dado me parecían demasiado suaves y delicados en comparación con mis botas.

Pero las mujeres de Quentis no llevaban capas negras ni pantalones con cuchillos sujetos a las piernas y las muñecas.

Para visitar el castillo, Andreas me había insistido en que intentara no llamar la atención. Así que me calcé aquellos zapatos verde azulado y un vestido del mismo color, con una falda que me llegaba hasta los tobillos.

A la tía Oleana le encantaría el vestido, pero odiaría los zapatos.

Llevaba el collar oculto bajo el cuello y, aunque no eran míos, me había puesto todos los anillos de elfalter de Emery. No para hacer ostentación de mi condición de Estornino, sino para no olvidar de dónde venía.

–¿Dónde está la biblioteca de la que me hablaste? –Mi voz resonó por todo el inmenso espacio–. ¿Está en este castillo?

–Sí, pero podemos visitarla otro día.

–No –negué con la cabeza–. Me gustaría verla ahora.

–Caspia...

–Necesito entender todo esto, Andreas. Necesito encontrarle sentido.

Ya no era un misterio adónde iban los crux a reproducirse. ¿Aquella violencia y aquella sed de sangre formaban parte del proceso? ¿O había algo en Calandra que los hacía comportarse de una manera distinta?

¿Era eso lo que había hecho que la transformación de Xandra fuera diferente?

¿Era esa la razón por la que estaba prohibido seguir a los crux durante la migración? ¿Por las criaturas aterradoras en las que se convertían? ¿O porque nuestros antepasados sabían que nosotras también nos convertiríamos en bestias tan monstruosas como aquellas?

¿Cuánto sabía mi tía sobre Calandra? ¿Cuántas verdades le había ocultado a su pueblo? ¿A los Estorninos?

¿Había venido mi madre hasta aquí?

Tenía la cabeza tan llena de preguntas que estuve a punto de volver a tener arcadas.

–Caspia –dijo Andreas, frunciendo el ceño al advertir mi malestar.

–Estoy bien. –Agité una mano y seguí caminando–. Quiero ver la biblioteca.

Andreas debió de notar la determinación en mi rostro porque suspiró y se pasó una mano por el cabello. Aunque ya no lo llevaba largo.

Al llegar al puerto de Roslo e instalarnos en la casa de Andreas, había hecho venir a una costurera para que me confeccionara algunos vestidos y otras prendas.

Mientras me tomaban medidas y me hacían girar de un lado a otro, el sirviente que le había conseguido ropa a Kos les cortó el cabello a Andreas y al niño.