Capítulo veintiocho. Odessa
Capítulo veintiocho ODESSA
–Entonces, tú eres el Guardián –dijo Jodhi desde su lugar habitual junto a la hoguera, justo enfrente de donde estaba yo. Y, aunque le hablaba a Ransom, no apartaba los ojos de mí.
Tenía las manos entrelazadas sobre el vientre, las piernas estiradas y los pies cruzados. Era la viva imagen de alguien relajado y despreocupado, a pesar del ataque de los ulfernos apenas unas horas antes.
¿Nunca se cansaba de mantener aquella fachada de indiferencia?
–Es el Guardián y el príncipe heredero, Jodhi –dijo Thora mientras afilaba el hacha con una piedra–. A los turanos les encantan los secretos y los juegos políticos.
Ransom resopló.
–Y vaya si los Mavin sabéis de secretos y juegos, ¿no crees, Vale? ¿O prefieres que te llame Thora ahora?
La piedra de afilar resbaló sobre la hoja del hacha y sus ojos parecieron llenarse de fuego.
–Vuelve a llamarme así, Guardián, y veremos qué tal se te da pelear.
Jodhi soltó una risa grave, cargada de amenaza.
–¿Se puede saber cómo os conocéis vosotros dos? –pregunté.
–No nos conocemos –respondieron Ransom y Thora al mismo tiempo.
–Ya veo… –dije, alargando las palabras.
Otra cosa más de la que tendría que hablar con Ransom en cuanto tuviéramos un momento a solas.
Evie balbuceaba dormida bajo uno de sus fuertes brazos. Estaba prácticamente pegada a él y, desde su reencuentro, se negaba a separarse.
Yo estaba al otro lado, con Faze acurrucado sobre mi regazo, acariciándole las escamas anaranjadas del lomo.
Si no volvía a poner un pie en el Bosque de los Esqueletos, moriría feliz.
Evie y yo habíamos viajado sobre Aurinda, mientras que Ransom había preferido ir a pie. Cuando por fin dejamos atrás aquel maldito lugar al atardecer, nunca en mi vida me había alegrado tanto de ver hierba verde.
Acampamos junto a unas enormes rocas que nos protegían lo suficiente del viento que soplaba desde la costa de Génesis. Estábamos más cerca del mar de lo que habíamos estado en semanas y el aire salado me devolvía algo de esperanza.
No era Quentis, pero estábamos cerca.
Cerca de la seguridad del castillo de mi padre. Cerca de un refugio para la migración. Cerca de los curanderos y alquimistas que me ayudarían a encontrar una cura para la lyssa.
Thora dejó el hacha a un lado y alzó la vista hacia las estrellas, murmurando algo que no alcancé a oír. Después se puso en pie, pasó junto al fuego y se perdió en la noche.
Unos minutos después, Jodhi hizo lo mismo.
–En Génesis, algunos tienen la costumbre de enterrar a sus muertos por la noche –dijo Ransom–. Creen que, bajo la luz de las lunas gemelas, los Seis pueden ver las almas con más claridad y guiarlas hacia el lugar correcto del cielo.
–Por el bien de Mathias, espero que sea verdad. –Apoyé la cabeza en el hombro de Ransom y suspiré.
–Jodhi está enamorado de ti.
Resoplé.
–No, claro que no. Todo en él me irrita.
–Es verdad. Y ese es su juego. Está obsesionado contigo. No lo culpo. Compartimos la misma desgracia.
Era imposible que Jodhi sintiera algo por mí, pero, aunque Ransom tuviera razón, no importaba. Mi corazón le pertenecía a mi Guardián.
–¿De dónde conoces a Thora? –pregunté.
–No la conozco. He oído hablar de ella. O, mejor dicho, la conozco como Vale. Pero nunca nos hemos visto en persona. Es la sobrina de Cathlin.
Me quedé boquiabierta y me incorporé de golpe.
–¿Qué?
Eso explicaba el cabello blanco.
–La familia de Cathlin murió durante la última migración, pero la esposa de su hermano sobrevivió.
Estaba embarazada en aquel momento y, poco después de que mataran a su marido, partió hacia Génesis.
Cathlin siguió en contacto con ella; se escribían cartas de vez en cuando.
Cuando Cathlin descubrió que Vale había acabado con los Mavin, le pidió a mi madre que pagara su deuda para que pudiera recuperar la libertad.
–¿Y tu madre se negó? –No parecía propio de Luella.
–Al contrario. Aceptó sin dudarlo ni un segundo.
Pero fue Vale quien se negó. –Frunció el ceño–.
Insistía en que ella misma pagaría la deuda y en que no aceptaría nada de Turah.
Eso fue hace años. No conozco los detalles.
No creo que Cathlin tampoco los conozca.
Pero mi madre me pidió que, si alguna vez me cruzaba con los Mavin, tuviera piedad de una mujer de cabello blanco.
–¿Cathlin llegó a conocerla alguna vez?
–No, creo que no.
Me di la vuelta y miré hacia la oscuridad. ¿Qué había hecho Thora para acabar endeudada con Salem y ganarse tantas estrellas tatuadas en el rostro? Esperaba que, algún día, la entrada del diario de Luella se hiciera realidad, por el bien de Thora.
Y por el de Cathlin. Quizá algún día la bibliotecaria llegaría a conocer a su sobrina.
Me acurruqué junto a Ransom, con la mirada fija en el fuego. Por mucho que quisiera dormir, aquel era nuestro momento a solas.
–¿Qué pasó en Ellder? ¿Con el crux? Vi que te llevaba y... –Se me cerró la garganta y no pude terminar la frase.
–Está muerta. –Abrió la boca, como si fuera a decir algo más, pero volvió a cerrarla y se quedó mirando el fuego, con los ojos oscilando entre el verde y el plateado.
–¿Qué?
–Nada. –Me apartó el cabello del hombro y empezó a enroscar un mechón en un dedo.
¿Qué era lo que no me estaba contando? ¿Acaso el heraldo tenía la lyssa? ¿Había muerto algún otro ser querido?
Soltó mi cabello y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.
–Creo que pretendía llevarme tan alto como pudiera para dejarme caer.
Pero le clavé la espada en el corazón. Ella se llevó la peor parte del impacto cuando caímos y yo quedé tan aturdido que no desperté hasta el amanecer.
Cuando llegué a Treow, ya no quedaba nadie.
Mi padre y lo que quedaba de sus tropas ya habían pasado por allí.
Casi todos lo siguieron hacia Allesaria, salvo Mariette.
Cuando me contó que tú no habías llegado, supe que algo había salido mal.
–El hermano Dime me estaba esperando en los calabozos con Freya. –Respiré hondo y le conté todo lo ocurrido aquella noche: la pelea con Banner, la muerte de Zavier y el sacerdote que encontré escondido en el pasadizo secreto que llevaba fuera de Ellder.
–Bueno, eso explica por qué costó tanto seguirte el rastro. Debió de ocultarlo de alguna manera –dijo Ransom–. Tal vez para mantenerte escondida de mi padre.
O del Sumo Sacerdote.
Estaba a punto de hablarle del hermano Skore y de la cascada, pero la advertencia del Voster sobre la lealtad de Ransom y el peligro que corría la vida de mi padre me obligó a detenerme.
Más tarde . Ya hablaríamos de eso después.
–¿Cómo nos encontraste? –pregunté.
–Me llevó tiempo. Supuse que irías a Quentis con Evie.
Primero fui a Perris, porque di por hecho que cruzaríais el Krisenth en barco, pero ningún operador del muelle recordaba haber visto a una mujer de ojos dorados y cabello rojo viajando con una niña.
Así que partí hacia el oeste y, cuando llegué al río Harrow, interrogué a todos los barqueros que encontré.
Y, al parecer, llamaste la atención de uno de ellos.
Resoplé, molesta.
–Era un cerdo.
–Entonces te alegrará saber que le rompí un brazo.
–Bien. –Ese barquero asqueroso probablemente se lo había ganado con algún comentario desagradable.
–Me dijo que te había visto en la región norte de Ozarth, cerca de Norcrest. Pero mencionó que ibas sola, que en ningún momento vio a un Voster.
–El hermano Dime se encontró con otro sacerdote.
Se llamaba hermano Skore. El hermano Dime se marchó poco después y Skore nos acompañó por las montañas de Axmar.
Nos persiguió una manada de ulfernos –nos detuvimos en una cascada– y luego nos dejó cerca de Norcrest. Me dijo que buscara a una guerrera.
Supuse que se refería a Thora y sabía que los Mavin estaban en Ozarth.
–¿Te dejó sola? ¿Con Evie? ¿Y sin más protección que una espada? –Todo el cuerpo de Ransom se tensó–. Por el bien de ese tal hermano Skore, espero no cruzarme nunca con él.
–Si te sirve de consuelo, me alegró que nos dejara solas.
–No importa. No debería haberte abandonado.
No. Pero ya era cosa del pasado. Y, con suerte, no volvería a ver al hermano Skore nunca más.
No me llevó mucho tiempo contarle el resto del viaje: cómo cruzamos Ozarth y Laine. Él se había encontrado con un comerciante camino de Emrist que le mencionó haber visto a una mujer de cabello rojo y rizado, junto a una niña, viajando con los Mavin.
De no ser por el paso acelerado de Thora, nos habría alcanzado mucho antes de que llegáramos al Bosque de los Esqueletos.
–Nunca he cabalgado tan rápido en mi vida como cuando vi las huellas de los ulfernos. No sé qué habría pasado si os hubieran llevado un día de ventaja. –Cerró los ojos–. O una hora, incluso.
–Pero no pasó. – Gracias a Arabella . Quería creer que la diosa del amor les había concedido a Ransom y a Aurinda una velocidad divina, solo para llegar justo a tiempo de salvarme.
No podía imaginar cómo se habría sentido si nos hubiera encontrado muertas. Ya había perdido demasiado.
–Siento mucho lo de tu madre. Y lo de Zavier.
Bajó la vista hacia Evie y tragó con fuerza.
–La curandera Geezala lo encontró. Oyó tu silbido. No sé si sobrevivió, pero, cuando me fui, seguía con vida.
–¿Q-qué? –pregunté, tan sorprendida que desperté a Faze. ¿Estaba vivo? ¿Zavier podía seguir con vida? Me tembló la mano cuando me la llevé a la boca–. Ah, por todos los dioses.
–Le pedí a Cathlin que enviara noticias a Quentis. Lo sabremos en cuanto lleguemos.
–No se lo digas a Evie. No hasta que estemos seguros.
–De acuerdo. ¿Sabe lo de nuestra madre?
Asentí.
–Me preguntó si Luella estaba en alguna parte del cielo. Le dije que sí, pero eso fue todo.
Acarició su pequeña mano con el pulgar.
–Algún día, cuando sea mayor, le contaré el resto. Tiene que saber lo que significa tener una madre, aunque solo sea a través de un recuerdo.
Era más de lo que yo tenía de la mía.
–Quiero ir a casa. –Apoyé una mano en su cintura y me acerqué más a él.
No a Quentis. A Turah.
Quería esconderme durante meses en una casa del árbol, en Treow, con Ransom, ignorando el caos que parecía acecharnos como nubes de tormenta.
–Mañana cabalgaremos hasta la costa y buscaremos alguna aldea pesquera. Le pagaremos a alguien para que nos lleve en su barco hasta Roslo.
–¿Llegaremos antes de la migración?
–Sí.
–Ranse, nadie con quien nos cruzamos por el camino sabía nada del heraldo de los crux.
Nadie parecía estar en pánico. Los Mavin no me creyeron cuando se lo conté.
¿Por qué la noticia aún no ha llegado? ¿Por qué nadie está buscando dónde refugiarse?
Tienen que saberlo. Tu padre no ocultaría un secreto así, ¿verdad?
–No. Thora tenía razón sobre los turanos. Tenemos muchos secretos, pero mi padre jamás ocultaría algo de esta magnitud. Cuando lleguemos a Quentis, averiguaré si ha habido más heraldos.
–La lyssa se está propagando por toda Calandra.
La migración se ha adelantado muchos meses a lo que predijeron los estudiosos.
Nunca había ocurrido en invierno. La gente no ha almacenado suficiente comida ni ha encontrado un lugar donde refugiarse.
Es como si el mundo estuviera al borde del colapso y nosotros estuviéramos atrapados en medio de una tormenta de fuego. ¿Qué hacemos?
–Mantenernos juntos. –Apoyó una mano en mi rostro, sujetándome con suavidad la mandíbula, y me obligó a mirarlo a los ojos–. Pase lo que pase, nos mantendremos juntos.
Ransom se apoderó de mi boca. Sus labios se posaron con suavidad sobre los míos.
Apenas los entreabrí, nuestras lenguas se encontraron mientras las chispas de la hoguera ascendían lentamente hacia la noche.
–Espero no interrumpir –dijo Jodhi, entrando en el círculo y sentándose sobre su manta mientras se sacudía el polvo de los pantalones–. Thora no quería compañía.
Estiró las piernas y recuperó su postura relajada, con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
–Una noche encantadora, ¿no creéis?
Ransom gruñó por lo bajo.
Suspiré y me recosté a su lado, agradecida de que aquella noche dormiría contra su pecho.
Mantenernos juntos.
Si tan solo el mundo no estuviera intentando separarnos.