Capítulo veintisiete. Caspia
Capítulo veintisiete CASPIA
El barco que nos llevaba desde Ozarth hasta Quentis no tenía nombre.
Kos y yo decidimos llamarlo Caracol por la desesperante lentitud con la que cruzaba el mar.
–Estoy aburrido –dijo el niño, arrojando un puñado de cáscaras de naranja al agua turquesa desde la popa del barco. Se quejó mientras se metía una rodaja de la fruta en la boca–. No hay nada que hacer.
–Creía que estabas aprendiendo a navegar con el capitán para que, cuando llegáramos a Quentis, pudieras robar tu propio barco y no volver a ver a Andreas nunca más.
Los dos habían discutido cuando Andreas lo encontró husmeando en el camarote del primer oficial, con la intención de robar un catalejo de latón.
Andreas lo regañó y lo obligó a fregar la cubierta junto al resto de la tripulación.
Mientras Kos restregaba furioso una tabla manchada, me había contado su plan de robar un barco y marcharse.
Quizá escapara una vez llegáramos. Pero, por ahora, estaba atrapado en aquel barco con el resto de nosotros.
Llevábamos varios soles navegando, siguiendo la costa de Calandra.
Habría sido mucho más fácil cruzar el Krisenth en línea recta, pero los cielos habían estado irascibles desde que partimos de Skanshon y Andreas no quería arriesgarse a que nos sorprendiera una tormenta capaz de volcar el barco.
Era mejor tomárselo con calma y no acabar ahogados.
La luna anterior, el capitán nos había llevado a una bahía donde había echado el ancla para esperar a que pasara una tormenta.
Mientras los rayos rasgaban el cielo y los truenos hacían temblar todo a nuestro alrededor, Andreas y yo pasamos el tiempo en la cama, con los cuerpos desnudos entrelazados, aprovechando que la lluvia ahogaba nuestros gemidos.
Desde aquella luna en la que le pedí que me llevara a Quentis, no había vuelto a tener la visión de su muerte.
Esperaba que eso significara que había tomado la decisión correcta, que había cambiado su futuro igual que había cambiado el de Kos.
Esperaba que Emery me perdonara desde su lugar junto al Divino, en Gloree.
La venganza tendría que esperar. Con suerte, mi camino acabaría llevándome hasta el guerrero de ojos plateados. Y entonces podría llevarla a cabo.
Mientras Kos terminaba su naranja, empecé a pelar la mía, disfrutando del dulce aroma de la fruta mezclado con el aire salado del mar.
Por la gracia del Divino, cuánto echaba de menos el olor del mar. Quizá fuera el aroma que más me recordaba a mi hogar desde que llegué a Calandra.
–¿Te vas a comer todo eso? –preguntó Kos mientras yo terminaba de pelar la fruta.
–Puede ser. O quizá vaya a buscar a Andreas y la comparta con él.
El niño frunció el ceño, un gesto que me hizo reír.
–Ya conocías las reglas cuando subiste a bordo. Nada de robar.
–Me ha salido una ampolla de tanto fregar esas maderas. –Levantó la pequeña mano para enseñarme la herida–. De todas formas, solo estaba probando ese catalejo. No pensaba llevármelo.
–Será mejor que Andreas no te oiga decir mentiras o volverá a meterte una pastilla de jabón en la boca.
Kos bufó y dio una patada a la borda del barco. Esperó hasta creer que no lo estaba mirando para echar un vistazo por encima del hombro y asegurarse de que Andreas no estuviera cerca.
Nada de robar. Nada de mentir. Nada de escapar.
Andreas le había dado tres reglas muy sencillas. Y, como la mayoría de los niños, Kos disfrutaba poniéndolas a prueba.
Con cada sol que pasaba me recordaba más y más a Graciella. Juntos serían terribles. Casi deseaba que ella estuviera allí para presenciar el caos que desatarían.
Me comí cuatro gajos de naranja y le di el resto a Kos para que la terminara.
Los devoró con desesperación, como hacía con todas las comidas. Tenía mucho mejor aspecto ahora que comía y dormía bien. La ropa empezaba a quedarle mejor y sus mejillas ya no se veían hundidas.
–¿Qué? –preguntó, limpiándose el zumo de naranja de la barbilla.
–Nada.
–Me miras demasiado –murmuró.
–Podría decir lo mismo. –Le toqué la nariz–. ¿Ya eres lo bastante valiente como para preguntarme por mis ojos?
Se sonrojó y apartó la mirada.
Lo había pillado mirándome a los ojos innumerables veces desde que zarpamos, pero aún no me había preguntado por qué eran diferentes. Al menos había dejado de mirarme con extrañeza.
Kos permaneció en silencio y, al cabo de unos minutos, estaba convencida de que saldría corriendo hacia la otra punta del barco. Pero entonces habló, tan bajito que apenas pude oír su voz por encima del ruido de las olas.
–¿Por qué no tienes rayos en los ojos?
–Porque no nací en Calandra.
–Entonces, ¿dónde naciste?
–En el continente de Kenn. En la nación de Nelfinex. En una ciudad llamada Showe.
Arrugó la nariz.
–No existe ningún Kenn ni Nelf...
–Nelfinex –terminé por él.
–No existen esos lugares. –Me miró con el ceño fruncido–. Tú eres la que necesita una pastilla de jabón en la boca por mentir.
No pude evitar soltar una carcajada al verlo marcharse enfadado, quizá en busca de algo más que comer.
Quizá era para mejor que nadie conociera Kenn. Quizá la vida sería más sencilla si olvidaba todo sobre Nelfinex.
Ninguna de las visiones que había tenido desde que llegué a Calandra era de mi hogar.
No regresaría a Showe, ¿verdad? Ni tampoco Xandra.
Me dolía por ella, no por mí. Yo sentía una extraña paz ante la idea de no regresar a casa, de no convertirme en una Estornino.
Había fallado mi rito, pero eso no significaba que tuviera que dejar de vivir.
Inesperadamente, bostecé mientras contemplaba la costa al otro lado del mar. En la distancia distinguí una cadena de montañas azules y verdes.
Andreas me había contado durante el desayuno que pasaríamos junto a Génesis. En algún lugar entre aquellos peñascos esperaba que mi prima siguiera con vida.
–Ahí estás –dijo Andreas, apareciendo a mi espalda y rodeándome la cintura con los brazos–. Kos acaba de informarme de que eres una mentirosa y de que debería ir a buscar una pastilla de jabón.
Sonreí.
–Le dije que era de Nelfinex. Y no me creyó.
Andreas rio.
–Ese niño es bastante terco. Pero también curioso. Apuesto a que, después de darle vueltas un par de días, me bombardeará con preguntas sobre Kenn. Teniendo en cuenta que yo nunca había oído hablar de tu continente, no me sorprende que él tampoco.
–¿Cómo es posible? –Levanté la vista y encontré sus ojos–. No puedo creer que yo haya sido la primera en llegar a Calandra.
–No lo sé. –Se encogió de hombros–. Pero en todos mis viajes nunca me encontré con nadie procedente de otra tierra que no fuera Calandra. Nunca leí ni aprendí nada sobre otros continentes.
–¿Y en los libros de historia?
Andreas negó con la cabeza.
–Nada. Y he leído unos cuantos. No quiero decir que algo no exista, pero, desde luego, aquí nadie lo conoce.
Parecía imposible.
Tuvo que haber otros viajes en el pasado. Otros piratas como el capitán del Cirrina , deseosos de poner a prueba los límites de su barco y de su tripulación por el simple afán de descubrir.
Andreas me soltó y se colocó a mi lado. Se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre la borda. Su expresión se volvió seria, una expresión que ya le había visto incontables veces.
–Todo el elfalter del mundo por decirme lo que estás pensando.
–Cuando era niño, mi madre me regaló un libro sobre mitos y leyendas.
Había una historia sobre una mujer. No recuerdo su nombre.
Pero trataba de una mujer que cruzaba todo el reino y abandonaba Calandra durante cien años.
Cuando por fin regresó, trajo consigo unos animales que no se parecían a ninguna criatura que hubiéramos visto jamás.
Decía que eran obsequios de un dios más poderoso que los Ocho.
El Divino.
–Liberó a aquellos animales de sus jaulas, pero se rebelaron contra ella y la devoraron hasta no dejar ni un solo rastro, ni siquiera sus huesos.
Sentí un escalofrío.
–Monstruos.
–La venganza de los Seis. Se suponía que la historia fuera una lección para que los niños y las niñas se mantuvieran devotos de los dioses que reinaban sobre Calandra.
Ya que ellos eran los verdaderos creadores de los monstruos, del poder.
Nosotros no somos nada comparados con nuestros dioses y nuestro deber es inclinarnos ante su voluntad.
Aquellos dioses suyos, los Seis, parecían ser los verdaderos monstruos.
Andreas dejó a un lado toda aquella incomodidad, sacudiendo la cabeza.
–Solo es un cuento para niños.
–¿Y si no lo es? Puede que ninguna persona de Kenn haya puesto un pie en Calandra… o puede que nos hayan ocultado la verdad a todos. Quizá sea una historia escondida en un cuento infantil.
–Pero no sé por qué la ocultarían. No hay ninguna razón para hacerlo.
Miedo . El miedo era una razón.
¿Y si otras Quiescentes habían sentido que el rito las llamaba hacia Calandra? ¿Y si habían cambiado igual que Xandra y asesinado a todo el que se cruzaba en su camino?
¿Y si se habían convertido en monstruos?
Igual que Emery.
Si existía siquiera la posibilidad de transformarme si el rito regresaba, entonces Andreas merecía conocer la verdad. Esta vez, toda la verdad.
–Hay algo que necesito contarte sobre lo que significa ser un Estornino. Implica mucho más que pertenecer a la realeza. –Respiré hondo–. Ser un Estornino es un don del Divino. Quienes pertenecemos a nuestro linaje atravesamos el rito del que te hablé.
–Para convertiros en la persona que estáis destinados a ser.
–Sí, pero es mucho más que una cuestión de actitud, temperamento o perspectiva. Cambiamos de verdad. Ser un Estornino significa que puedes transformarte.
Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.
–¿Transformarte?
–Sí, transformarte –dije casi en un susurro–. Una vez que superamos nuestro rito, un Estornino puede transformarse en cualquier bestia.
Andreas se balanceó sobre los talones.
–Mi prima y yo partimos de Nelfinex no solo para vengar a mi hermana, sino porque sentí la llamada del rito. Igual que Xandra. Nos trajo hasta aquí, a Calandra, para transformarnos. Para convertirnos en Estorninos.
–Entonces, ¿puedes...? –Pasó una mano de arriba abajo, mirándome con incredulidad.
–No –negué con la cabeza–. No puedo transformarme. No conseguí superar mi rito.
Se quedó mirándome fijamente, con los ojos muy abiertos.
¿Era aquel el límite de lo que estaba dispuesto a creer sobre mí? Primero Nelfinex, luego las visiones. Si podía creerme incluso después de revelarle este último secreto, entonces ya no habría nada entre nosotros.
Andreas miró por encima de mi cabeza para asegurarse de que seguíamos solos. Después se acercó y bajó la voz.
–Estás hablando de magia.
–¿Magia? –repetí–. No conozco esa palabra.
–De algo imposible.
Esbocé una sonrisa cargada de tristeza.
–No para un Estornino.
Se pasó una mano por el cabello.
–¿Toda tu familia puede convertirse en un animal?
–Los Estorninos solo tienen hijas. Ese don solo está presente en la sangre de las mujeres. Y, una vez que la hija de un Estornino supera su rito, entonces sí, puede transformarse.
–¿Y venir a Calandra era tu rito?
–Sí. Y el de Xandra. Pero ella no fracasó. Se transformó en un ulferno y me atacó. La única razón por la que pude escapar fue porque salté por un acantilado.
–Al río –murmuró–. Y así fue como te encontré.
–Sí.
–Me dijiste que querías encontrar a tu prima. Pero ella puede seguir ahí fuera, convertida en un ulferno.
Sentí un nudo en el pecho al mirar hacia Génesis.
–O como una humana. Debería poder revertir la transformación. Si sobrevivió al rito. Algunas no lo hacen. También existe la posibilidad de que haya quedado atrapada en el cuerpo del monstruo.
Era una idea que llevaba contemplando desde que desperté en su cabaña. Decirla en voz alta solo hizo que pareciera demasiado real. Demasiado devastadora.
Andreas se recostó contra la borda del barco, dejando caer la cabeza mientras suspiraba.
–Entonces tú no puedes transformarte.
–No.
–¿Y si pudieras?
Se encogió de hombros.
–No lo sé.
Golpeó la regala con el puño y se irguió.
–Si existe siquiera una mínima posibilidad de que quedes atrapada en el cuerpo de un monstruo, entonces no puedes hacerlo, Caspia.
No era una simple observación ni un comentario casual.
Era una orden.
–Prométemelo, Caspia. –Sujetó mi rostro entre las manos–. Prométeme que no te transformarás.
–Me crees –susurré.
Me acarició la mejilla con el pulgar.
–¿Cuándo no lo he hecho?
Me refugié en su pecho, rodeándole la cintura con los brazos.
–Gracias.
–Prométeme que no te transformarás, Caspia. Prométemelo.
–No lo haré. –Me aparté apenas de él y presioné dos dedos contra mi frente–. Lo prometo.
Cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía.
–Partiremos hacia Roslo, la capital de Quentis. El castillo tiene una biblioteca con más libros de los que una persona podría leer en dos vidas. Quizá encontremos algo sobre Kenn allí. Quizá alguien se haya encontrado antes con un Estornino.
–Eso espero. –Por mi bien. Y por el de Xandra–. Quizá encuentre algo que ayude a Xandra a volar de regreso a casa.
Andreas se enderezó, entornando los ojos.
–¿Volar? ¿Os transformáis en un ave?
–Sí. La mayoría de los Estorninos prefieren transformarse en un vencejo. Son muy apreciados en Nelfinex.
–¿Un vencejo?
Asentí.
–Pueden llegar a ser tan grandes como la mitad de este barco. Las hembras tienen las plumas negras más hermosas y los machos son igual de impresionantes, pero su plumaje es algo más rojizo.
Al oír aquello, palideció.
–Lo que tú llamas vencejo, nosotros lo llamamos crux.
Crux . Había oído aquella palabra susurrada a lo largo de nuestro viaje.
Primero en Coraness. Luego otra vez en Skanshon.
Pero no le había prestado suficiente atención como para preguntar a qué se referían.
Simplemente había supuesto que era otra clase de monstruo que no existía en Nelfinex, como los ulfernos.
–¿Hay vencejos en Calandra? –¿Por qué aún no había visto ninguno? ¿Vivían en otros reinos?
Andreas tragó saliva y se frotó la cara con ambas manos.
–Mierda.
–¿Qué?
–Migran hasta aquí una vez por generación –dijo Andreas.
Bueno, al menos esa era una explicación para uno de los muchos misterios. Los vencejos venían allí para reproducirse.
–Y, cuando llegan, matan a todos los seres vivos que encuentran a su paso.