Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintiséis. Odessa
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Capítulo veintiséis. Odessa

Capítulo veintiséis ODESSA

Era un sueño.

Ransom cabalgaba sobre Aurinda en mi dirección, manteniendo la mirada plateada fija en la mía. Extendió un brazo, como si fuera a alzarme para que juntos ascendiéramos hacia el cielo.

Por fin. Me había encontrado.

Y yo podía abandonar aquella lucha.

Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas. Caí de rodillas al suelo, bajando la espada.

Y entonces la perdí. Cuando Aurinda saltó por encima del cuerpo de Freya, Ransom me quitó el arma de las manos.

Me sobresalté.

No era un sueño.

Por favor, que sea real. Por favor, que sea real.

Volví de golpe a la realidad cuando atravesó el cuello del ulferno con mi espada. El monstruo estaba tan cerca que su sangre salpicó el cuerpo entero de Freya.

Sangre verde.

El monstruo se desplomó sobre la tierra y se deslizó varios metros antes de detenerse.

–Corre, Cross –gritó Ransom, haciendo girar a Aurinda hacia mí.

Me puse de pie y salté por encima de las patas de Freya justo cuando oí otro gruñido detrás de mí, entre los árboles. Pero no me volví. Mantuve la vista fija en Ransom, con el corazón en un puño, mientras corría desesperada hacia Aurinda.

Noté que abría los ojos de par en par al mirar por detrás de mí y entonces, con una expresión de ira en el rostro, espoleó a Aurinda hacia mí. Ambos pasaron a mi lado a una velocidad increíble, blandiendo mi espada en lo alto.

Cuando me volví, un lobo inmenso se abalanzó sobre él, intentando derribarlo de la montura.

Pero Ransom lo pateó antes de que sus colmillos se clavaran en su pierna. Cuando la bestia salió despedida hacia atrás, Ransom se aseguró de mantenerla alejada de Aurinda. Con gran agilidad, saltó de la montura y echó a correr en cuanto sus pies tocaron el suelo.

El ulferno se irguió sobre las patas traseras, pero antes de que pudiera atacarlo, Ransom deslizó la espada a lo largo de su vientre.

El monstruo pareció ahogarse en su propia sangre, pero aun así se lanzó hacia delante, como si no se hubiera percatado de que ya estaba muerto y de que sus órganos brotaban del abdomen abierto.

Un instante después, se desplomó a los pies de Ransom.

Giró lentamente sobre sí mismo, inspeccionando los árboles a su alrededor en busca de alguna otra bestia. Su chaleco de piel de pardur estaba empapado de sangre. Lo vi respirar con dificultad y, cuando por fin se volvió hacia mí, sus ojos parecían dos remolinos plateados.

Bastó un solo parpadeo para que recuperaran el tono verde musgo que tanto amaba.

Un sollozo escapó de mis labios.

Y entonces echamos a correr.

Al encontrarnos, mis brazos rodearon sus hombros mientras él me alzaba del suelo. Envolví las piernas alrededor de su cintura y una de sus manos me sostuvo la cabeza por detrás mientras hundía la nariz en mi cabello.

–Me encontraste –dije entre lágrimas, con el rostro hundido en su cuello, respirando su aroma. Cuero, viento, tierra, especias y Ransom.

Estaba vivo.

–Me encontraste.

–Te encontré –dijo, casi en un suspiro, y se dejó caer de rodillas.

Las lágrimas corrían sin parar por mis mejillas mientras el llanto se transformaba en risas. Me aparté y apoyé las manos sobre su rostro.

–Te has hecho esperar.

Su sonrisa fue como contemplar mil estrellas relucientes. Cientos de atardeceres deslumbrantes.

–Lamento haberte hecho esperar, esposa mía.

Volví a reír y presioné mis labios contra los suyos, besándolo por todos los días que habíamos estado separados.

Por las dudas que me habían atormentado desde que abandoné Ellder.

Volqué todas mis emociones en aquel beso: la preocupación, la alegría, el dolor…

Y, a medida que sus labios suaves se movían sobre los míos y nuestras lenguas se entrelazaban, el miedo empezó a disiparse.

Se apartó y mantuvo los ojos cerrados al apoyar la frente contra la mía.

–Cielos, cuánto te he echado de menos.

Semanas de terror se desvanecieron al oír su voz. Por fin estaríamos a salvo. Por fin estaríamos juntos.

Un grito nos obligó a separarnos. El repiqueteo de los cascos de un caballo hizo que Aurinda se moviera detrás de nosotros, como advirtiéndonos de que alguien se acercaba.

Ransom me besó otra vez, con fuerza y decisión. Un beso que quedó suspendido en el aire incluso cuando nos separamos.

Me giré, dispuesta a ponerme de pie y dejar algo de espacio entre nosotros para que quienquiera que se estuviera acercando no me encontrara sentada sobre su regazo.

Pero, antes de que pudiera hacerlo, Ransom me rodeó la cintura con los brazos y me retuvo allí.

–Nos verán.

–Está bien –dijo, apartando un mechón que me caía sobre el rostro–. Ya me he cansado de fingir.

No más mentiras. No más coronas ocultas.

No más Guardián.

Este era Zavier Ransom Wolfe.

Mi esposo.

Había perdido tanto en Ellder: a sus guerreros, a su primo y mejor amigo, a su madre y, ahora, su anonimato.

Había tanto de lo que hablar, tanto que decir. Pero tendría que esperar.

Le dediqué una breve sonrisa y apoyé una mano sobre su corazón.

–Si estás seguro.

–Lo estoy. –Me besó la frente y luego miró por encima de mi hombro.

Me volví, siguiendo su mirada.

Thora se acercaba directamente hacia nosotros. Se detuvo junto a Freya y advertí la tensión en su mirada, el hacha en la mano con la hoja bañada en sangre. Miró a Ransom con abierta hostilidad, apretando los dientes.

–Tú.

¿Se conocían? No debería haberme sorprendido, pero lo hizo.

–Mierda –dijo Ransom, mirándome con expresión derrotada–. Solo tú acabarías involucrada con los Mavin.

–Eh. –Fruncí el ceño–. De no ser por ellos, estaría muerta.

–De no ser por ellos, nos habríamos encontrado en Laine –replicó entre dientes mientras me ayudaba a levantarme de su regazo.

Las piernas empezaron a flaquearme ahora que la conmoción por el ataque del ulferno comenzaba a disiparse. Me tambaleé, como si aquel bosque maldito estuviera drenándome la vida a través de las suelas de las botas.

Ransom pasó un brazo alrededor de mi cintura para sostenerme mientras se volvía hacia Thora.

–¿Dónde está Evie?

Thora lo recorrió con la mirada de arriba abajo antes de detenerse en la mano que él tenía apoyada sobre mi cintura. Por lo que ella sabía, el Guardián no era mi esposo. Cuando me miró, advertí una expresión cargada de feroz reproche.

Algo más con lo que tendríamos que lidiar después.

–Está con Jodhi –respondí al oír a más jinetes cabalgar entre los árboles.

Golding y Dair se acercaron a nosotros, ambos respirando con dificultad, pero vivos.

–Ve a buscar a Jodhi –ordenó Thora.

Dair asintió y, tras mirar a Golding como si se estuviera despidiendo de él, partió.

–Mathias… –dijo Golding sin aliento, sacudiendo la cabeza.

Los dos Mavin se miraron en silencio, como si mantuvieran una conversación que no necesitara palabras.

–Por el filo y la sangre –dijo Golding, bajando la barbilla, y partió en la misma dirección que Dair.

–Ha sido la jauría más grande que he visto jamás –dijo Thora–. Y todos tenían la lyssa.

Ransom se quedó rígido.

Maldita sea, Thora . Sus palabras fueron como un puñetazo en el estómago. Y probablemente esa era su intención.

–Eh, ya les hablé de la infección.

–No me digas –gruñó.

–Ha llegado a zonas muy lejanas. –Levanté la vista hacia él, suplicándole que lo entendiera–. No podemos combatirla solos.

Sus iris adquirieron ese tono avellana duro y pétreo que dejaba claro que hablaríamos de aquello más tarde.

–¿Alguien ha visto a un lobo tuerto?

Me quedé boquiabierta. ¿Por eso la jauría era tan grande? ¿Por eso él y Zavier no habían podido rastrear al lobo tuerto en Turah? ¿Porque había cruzado a Génesis?

–No presté atención –respondió Thora–. Estaba demasiado ocupada intentando evitar que se comieran al Gorrión.

–¿Crees que está aquí? –pregunté.

–Puede ser.

–¿Qué tiene que ver un ulferno tuerto con todo esto? –preguntó Thora.

–Luego te lo diré –respondió Ransom–. ¿Cuántos eran?

–No estoy segura –respondió ella.

–En un momento llegué a contar veintiuno. –Cerré los ojos y apoyé la cabeza sobre su pecho.

¿Era culpa mía? ¿Era yo la razón por la que aquella jauría fuera tan grande?

De no ser por los Mavin, si Ransom no hubiera llegado, si Evie y yo hubiéramos estado allí solas...

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensarlo.

–Está bien –murmuró Ransom–. Te encontré.

Me envolvió con fuerza entre sus brazos. Podía sentir la firmeza de su cuerpo, oír el latido constante de su corazón. Pero una parte de mí estaba convencida de que, cuando levantara la vista, ya no estaría allí.

Todo aquello era un sueño y despertaría en las sombras del cielo.

Ransom me soltó antes de que estuviera preparada. Miró por encima del hombro al oír a los jinetes y un sonido extraño brotó de su garganta antes de echar a correr.

Jodhi galopaba hacia nosotros con Evie sentada delante de él, en la montura.

Su cuerpo se sacudía por el llanto mientras mantenía el rostro enterrado en el pelaje de Faze.

Jodhi le tocó el hombro y la niña levantó la vista.

Parpadeó una vez, mirando a Ransom como si ella tampoco estuviera segura de que fuera real. Pero, cuando lo comprendió, el labio inferior empezó a temblarle y su pequeño cuerpo se desplomó hacia delante.

Habría caído al suelo de no ser por Jodhi.

La sostuvo firme sobre la montura, sujetando a Faze por el pellejo del cuello, hasta que Ransom llegó. Entonces Jodhi la soltó para que cayera en los brazos de Ransom.

A salvo . Ahora estaba a salvo.

La estrechó contra su pecho y cerró los ojos mientras apoyaba una mejilla sobre su cabello.

Las piernas y los brazos de Evie lo rodearon con fuerza mientras lloraba con más intensidad que en ningún otro momento del viaje. Todo el dolor, toda su tristeza, fueron a parar a Ransom.

Porque, igual que yo, ella también sabía que él podía soportar esa carga.

Me llevé una mano al corazón al sentir un nudo en el pecho, mientras las lágrimas también anegaban mis ojos.

Faze se sacudió, se soltó de la mano de Jodhi y cayó al suelo sobre las cuatro patas. Se volvió hacia el Mavin, le lanzó un bufido furioso y se escabulló por debajo del caballo hasta llegar a las piernas de Ransom, donde se quedó.

Me sequé las lágrimas cuando Ransom se volvió y se acercó hacia mí con Evie.

Le dijo algo al oído mientras caminaban, con Faze trotando muy cerca de ellos.

Jodhi se les adelantó y se detuvo junto a Thora.

–Gracias –le dije.

Asintió una sola vez y luego miró a Thora.

–No enterraré a Mathias en este lugar –dijo con una voz vacía y fría–. Adelantaos. Luego os alcanzaré.

Jodhi permaneció en silencio mientras ella levantaba el cuerpo de su amigo.

–Siento mucho lo de Mathias.

–Yo también. –Mantuvo la mirada fija en la espalda de Thora.

–¡Dess! –dijo Evie, corriendo hacia mí en cuanto Ransom la bajó al suelo.

Me arrodillé y abrí los brazos de par en par cuando ella se estrelló contra mi pecho. Gracias, Ama.

Ransom se acercó y nos besó a las dos en la cabeza. Después se dirigió al cuerpo de Freya y sacó mis alforjas con cuidado.

No quería dejar su cuerpo allí, en aquel bosque de esqueletos, pero tampoco quería arriesgarme a que los ulfernos regresaran si aún quedaban más por los alrededores.

–¿Freya está...? –empezó a preguntar Evie, pero no pudo terminar la frase.

–Está en el cielo.

Asintió y volvió a llorar, enterrando el rostro en mi hombro, mientras Ransom llevaba nuestras cosas hasta Aurinda. Cuando terminó de cargarlo todo, se acercó y levantó a Evie para sentarla en la montura.

–Deberíamos continuar, por si hay más lobos –dijo Jodhi, aún sin mirarme.

–¿Y Golding y Dair?

–Se han ido.

Abrí la boca para preguntar por qué se habían marchado, pero otra pregunta se cruzó por mi mente.

–¿Qué pasará con la madre y la hermana de Mathias si él ya no está vivo para pagar su deuda?

–Con suerte, Golding y Dair las encontrarán antes de que Salem se entere de que Mathias ha muerto. –Por fin, Jodhi me miró–. ¿Alguna otra pregunta, muñeca?

Sí, pero aquello no era una invitación para hacerla.

Tiró de las riendas de su caballo y se dio la vuelta.

Mientras se alejaba, miré por última vez a mi yegua ruana de pelaje grisáceo.

Parecía haber pasado toda una vida desde que la conocí en las costas de Turah. Habíamos llegado muy lejos. Desde Treow hasta Ellder y Ravalli. Desde una fortaleza en llamas hasta una cueva húmeda.

Aquella yegua me había salvado la vida. Sin ella...

Incliné la cabeza hacia el cielo, sabiendo que había encontrado el camino hasta Arabella, donde, en aquella parte del cielo de la diosa del amor, ya no sentiría más dolor.

No pude contener el llanto cuando Ransom deslizó un brazo sobre mis hombros.

–Maldita sea –dije entre lágrimas, intentando recuperar la compostura, pero ya era demasiado tarde–. Amaba a esa yegua.

Ransom tomó mi rostro entre las manos y me secó las lágrimas con los pulgares.

–¿Puedes continuar?

–Sí –asentí, sin dejar de llorar.

Sí, seguiría adelante. Igual que Freya, seguiría adelante, incluso cuando estaba tan desesperada que solo quería detenerme.

Me besó la frente.

–Esa es mi reina.