Capitulo veinticinco. Odessa #2
Los Mavin eran tan letales como las bestias.
Por un momento sentí alivio. Respiré hondo y bajé la ballesta, convencida de que habíamos sobrevivido.
Pero no debería haber sido tan ingenua.
Una nueva serie de chasquidos se mezcló con el caos que nos rodeaba y, de pronto, otra docena de monstruos emergió de entre los árboles. Todos los ulfernos corrían ya hacia los Mavin.
–Mierda –dijo Mathias, metiéndose los dedos en la boca y soltando un silbido estridente para alertar a los demás–. Vámonos. Ahora.
No hizo falta que lo repitiera. Gritando desesperada, tiré de las riendas de Freya y mi querida y aterrada yegua salió disparada entre los árboles.
Sujetando a Evie y haciendo todo lo posible por no caernos, era como volver a estar en un bosque oscuro con los Voster, como ser perseguida por una jauría junto al hermano Skore. Solo que esta vez no había magia que nos protegiera.
Oí el gruñido de un ulferno un instante antes de que se abalanzara sobre nosotras desde un lado, dispuesto a clavar sus garras y colmillos en Freya.
Pero no lo logró.
Ama y Oda nos cuidaban, porque ese bastardo no llegó a alcanzarnos. Su cuerpo apenas rozó la cola de mi yegua antes de quedar tendido en el suelo.
Pero, tras dar una voltereta, se incorporó y volvió a perseguirnos.
Apunté la ballesta hacia atrás, apenas estable sobre la montura, y disparé. El gruñido fue suficiente para confirmarme que había fallado.
Entonces oí el galope de más caballos a mi espalda y, al volverme, vi a los Mavin acercándose a toda velocidad.
Mathias aminoró la marcha apenas lo suficiente para ponerse de pie sobre los estribos, alzar el arco y matar al ulferno que me pisaba los talones.
Los Mavin me alcanzaron enseguida y cada uno fue ajustando el paso para rodear a Freya.
La jauría seguía cerca.
Thora, que había recuperado su hacha, la levantó y se desvió hacia los árboles, alejándose del grupo. Tres lobos la siguieron. Golding hizo lo mismo y otros dos partieron en dirección opuesta.
Jodhi y Dair se quedaron junto a Mathias, y aquellos tres hombres eran lo único que me separaba de los monstruos.
Pero eran demasiados y nosotros, demasiado pocos.
Un ulferno se acercó tanto a Mathias que embistió a su caballo y le clavó las afiladas escamas.
En un instante, Mathias quedó envuelto en una nube de polvo y tierra cuando su caballo rodó sobre él. Intentó incorporarse para disparar el arco, pero ya era demasiado tarde.
–No –gritó Dair, y disparó la ballesta.
La flecha se clavó en uno de los ojos del lobo, justo cuando otro alcanzaba a Mathias.
Y le desgarró la garganta al Mavin.
–¡Más rápido! –gritó Jodhi.
Los otros lobos estaban alcanzándonos y teníamos una horda de sombras pisándonos los talones.
Dair abatió a uno cuando se abalanzó sobre él y Jodhi hizo lo mismo.
Los hombres aminoraron aún más la marcha, como si se estuvieran rezagando a propósito para enfrentarse a los lobos que seguían persiguiéndonos.
Freya aceleró, intentando ganar algo de distancia.
De pronto, una sombra negra apareció por el rabillo del ojo. Un lobo había superado a los Mavin y, manteniendo una velocidad descomunal, se colocó a nuestro lado. Era más pequeño que Freya, pero no por mucho.
Empuñé la espada y le lancé un tajo a los ojos.
La criatura cayó al suelo aullando, retorciéndose de un lado a otro.
Pero el daño ya estaba hecho.
El monstruo le había clavado las escamas en la cintura a Freya, desgarrándole la piel.
El tiempo se ralentizó.
Sus patas traseras ya no podían seguir el ritmo de las delanteras y las rodillas cedieron. Caímos hacia un lado y vi cómo el suelo se acercaba a nosotras a una velocidad vertiginosa.
Giré con tanta rapidez que los músculos protestaron y arrojé la espada a un lado para sujetar a Evie, a quien estreché contra mi pecho mientras caíamos.
Freya se desplomó.
Uno de mis hombros se estrelló contra la tierra, seguido de la cabeza. El dolor me recorrió el cuerpo entero hasta que nos detuvimos. Tardé un momento en que el mundo dejara de dar vueltas.
–Evie –dije con dificultad, incorporándome.
Estaba temblando, completamente pálida, con los ojos fijos en Freya.
El vientre de mi yegua subía y bajaba mientras respiraba con dificultad. Levantó la cabeza, intentando ponerse en pie, pero su cuerpo estaba destrozado. No podía ver la herida, pero la mancha de sangre en la tierra bastaba para saber que mi preciada Freya se estaba muriendo.
Jodhi apareció galopando al cabo de unos instantes y nos tendió el brazo.
–Arriba.
Dair seguía en el camino, luchando contra los lobos que quedaban. Pero eran demasiados. Dos lo habían superado y se acercaban a nosotras a toda velocidad.
Me puse de pie y alcé a Evie.
–Llévatela. Vete.
–Odessa, sube…
–Son demasiados. Vete. Ahora. Por favor.
Sabía que tenía razón: no todos íbamos a sobrevivir.
Fue entonces cuando Evie lo entendió y empezó a patalear, intentando zafarse.
–No –gritó, con las mejillas empapadas en lágrimas–. ¡Dess!
–Te adoro, estrellita. –Saqué a Faze de la bolsa y prácticamente le lancé el flagris a los brazos–. Ve con Jodhi.
–No –sollozó–. Dess.
–Nos volveremos a ver.
Aquí. O entre las sombras del cielo.
Aparté la vista de su bello rostro y eché a correr para recuperar mi espada. Una vez la tuve en la mano, me coloqué detrás del cuerpo de Freya para usarlo como escudo y obligarme a no mirar cómo Jodhi se alejaba, con los gritos persistentes de Evie aún resonando en mis oídos.
–Lo siento. –Acaricié la mejilla de Freya por última vez y le sostuve la mirada–. Nos veremos pronto.
Si los monstruos realmente se sentían atraídos por mí, aquel final era inevitable.
Ahogando el llanto, le atravesé la garganta con la espada.
Abrió los ojos de par en par, aterrada. Y entonces la vida abandonó su cuerpo.
Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas mientras veía a Dair adentrarse entre los árboles, llevándose tras de sí a dos lobos. Tenía la pierna herida y la sangre que brotaba de los cortes teñía de rojo el pelaje blanco de su caballo.
Alcé la espada, con la hoja empapada de sangre, y fijé la mirada en los dos monstruos que venían hacia mí.
–Mack, dame fuerzas –recé, suplicándole al dios de la guerra que se atreviera a visitar aquel lugar cargado de muerte.
Uno de los monstruos levantó la cabeza y lanzó un chasquido al otro. Trabajaban en equipo para cazar a su presa. El otro lobo cambió de dirección y rodeó un árbol inmenso para atacarme por un flanco.
–Te quiero, Ransom –susurré, mirando al cielo.
¿Estaría esperándome allí? Esperaba que así fuera. Esperaba que abriera los brazos y que, juntos, pudiéramos contemplar a Evie desde arriba.
Un gruñido me devolvió al bosque, a las bestias oscuras que se acercaban cada vez más.
La espada empezó a temblarme en las manos y la aferré con más fuerza.
Se oían los cascos de un caballo en la distancia, un jinete que se acercaba a toda velocidad. Thora, Golding o Dair. Pero, para cuando llegara, ya sería demasiado tarde.
El lobo que tenía delante gruñó y abrió la boca para mostrarme los colmillos blancos. Era como si sonriera ante mi muerte.
No pensaba marcharme sin presentar batalla. Aferré la empuñadura con más fuerza, lista para atacarlo en cuanto se abalanzara sobre mí.
Pero el ataque nunca llegó. Una ráfaga de metal reluciente irrumpió desde un lado: una espada que atravesó el corazón del monstruo.
Después, un caballo negro irrumpió a toda velocidad entre los árboles.
No era un Mavin.
Era un guerrero de ojos plateados. El dueño de mi corazón. Mi esposo, que había venido para escoltarme hasta las sombras del cielo.
Ransom.