Capitulo veinticinco. Odessa
Capitulo veinticinco ODESSA
El bosque de esqueletos.
Hasta donde alcanzaba la vista, no había nada más que oscuridad, árboles sin hojas y tierra quemada.
Cuando Thora lo mencionó el día anterior, había creído que quizá el camino estaba hecho de huesos. Pero ahora lo entendía.
Los esqueletos eran los propios árboles, completamente inertes y muertos. Parecían gigantes: un sinfín de troncos chamuscados clavados en la tierra. Solo unos pocos conservaban ramas, tan negras como sus troncos. El resto no era más que ceniza.
El suelo estaba manchado de negro y gris. Algunos copos de cenizas blancas flotaban en la brisa. Las nubes de tormenta tapaban cualquier rastro del cielo azul, como si todo el color hubiera sido borrado de este lugar.
No había ningún sendero que atravesara el bosque. No lo necesitábamos. Podíamos avanzar entre los árboles sin que arbustos ni ramas se interpusieran en nuestro camino.
Extendí una mano y deslicé los dedos por el tronco de un árbol cercano. Era tan duro como la roca y tan frío como el hielo. Al retirarla, comprobé que estaba limpia, sin rastro de hollín ni ceniza, como había esperado.
–¿Qué pasó aquí? –le pregunté a Jodhi.
Cabalgaba a mi lado con la espalda rígida y la mandíbula tensa.
–Algunos dicen que fue un antiguo incendio.
Otros creen que fue una maldición del mismísimo Izzac; que el dios de la muerte utilizó los árboles de este bosque para construir su trono en su parte del cielo y que, cuando se marchó, se llevó toda la vida consigo al inframundo.
Da igual cuánto llueva o cuántas semillas se planten: aquí nunca sobrevive nada.
Un escalofrío me recorrió la espalda, como si sintiera la mirada de Izzac clavada en la nuca. Me volví hacia los árboles, pero, aparte de los Mavin que cabalgaban detrás de nosotros, no había nada más que esqueletos.
Habíamos partido de la cueva en cuanto los Mavin salieron a buscar algún rastro de los ulfernos. Aparte de aquel incidente, no volvimos a oír nada más. Pero, fuera donde fuese que hubiera ido aquella jauría, no había dejado ninguna huella que pudiéramos seguir.
Aun así, llevaba preparada bajo el brazo la ballesta que Sryker me había dado.
Nadie hablaba ni reía aquella mañana. No porque los Mavin fueran un grupo especialmente ruidoso, sino porque todos parecían alertas, hablando apenas en susurros.
Thora cabalgaba sola al frente del grupo. Su cabello blanco, su ropa gris y su armadura de acero se confundían con el paisaje en blanco y negro.
Evie temblaba y llevaba haciéndolo desde que se había despertado. No sabía si era por el frío de la mañana o por lo inquietante del bosque. Quizá por ambas cosas.
Le di un beso en la cabeza.
–¿Qué te parece si te cuento una historia?
Asintió mientras buscaba a Faze en su bolsa. Era una costumbre reciente: sujetarle una pata mientras cabalgábamos.
Dejé la ballesta colgada del hombro y saqué el diario de Luella del morral. Lo abrí por una página que había leído la noche anterior junto a la hoguera de la cueva, cuando no había conseguido dormir.
–«Una mujer de cabello negro con mechones plateados está sentada junto a la cama de una niña» –empezaba la historia.
***
La niña lleva los dos brazos escayolados. La mujer luce varios collares de colores y una colección de brazaletes relucientes en las muñecas. Sus pendientes, adornados con cuentas, son tan largos que le rozan los hombros.
Lleva unas gafas turquesas sobre la cabeza, otras rojas sobre la nariz.
Y tres pares más colgadas del cuello de su vestido.
Blanco. Amarillo. Y rosa. Moja un pincel en un tarro de tinta morada y lo desliza sobre una de las escayolas de la niña, repasando las flores que ya ha pintado.
Un jardín para ayudarla a superar el dolor.
***
–¿Qué crees que le pasó en los brazos? –preguntó Evie.
–No lo sé. Quizá nos crucemos con ella algún día y puedas preguntárselo. –Pasé la página–. La siguiente trata sobre un niño. ¿Quieres que te la lea?
–Sí –asintió, sin soltar la pata de Faze. Todavía temblando.
***
Un niño de cabello claro sujeta con fuerza un hilo de lana que se eleva hacia el cielo. En el otro extremo hay un ave de papel con alas naranjas y una larga cola azul, verde, roja y amarilla. Ríe mientras desenrolla más hilo, haciendo que el ave vuele cada vez más alto.
Los árboles que lo rodean no susurran ni se agitan. La hierba a sus pies permanece inmóvil y erguida. El viento sopla solo para su ave de colores.
Suelta el extremo del hilo y, cuando llega al final, le lanza un beso al ave antes de dejarla volar libre. Se eleva cada vez más alto, hasta desaparecer de la vista. El niño siente tristeza solo un instante.
De pronto, un cachorro de pelaje negro y rizado, de largas orejas, corre hacia él moviendo la cola y le lame la cara.
–Ya he decidido cómo te vas a llamar –le dice el niño al perro–. Voy a llamarte Telvi’i-telfus.
***
–¿Telvi’i-telfus? –preguntó Evie, riendo–. Qué nombre tan tonto.
Estaba en la antigua lengua.
–Supongo que debe de ser…
–Titus –dijo Jodhi.
Al volverme hacia él, vi que tenía la vista fija en el diario. ¿Conocía la antigua lengua?
–Qué libro tan interesante, muñeca. ¿Dónde lo conseguiste?
–Eh… Una amiga lo encontró en una botica –respondí, cerrándolo y guardándolo en el morral. No me había gustado la forma en que lo había mirado.
–¿Qué amiga? –preguntó, levantando por fin la vista.
–Nadie a quien conozcas –respondí, mirando al frente y deseando no haber sacado el diario del morral. Estaba a punto de espolear a Freya para que acelerara el paso y acercarme a Golding cuando Faze gruñó.
–¿Qué pasa? –preguntó Evie, metiendo la mano en la bolsa como si fuera a sacarlo.
–Espera. –Apoyé la mano sobre la suya justo cuando Thora levantaba el brazo.
Empezamos a avanzar más despacio mientras ella giraba la cabeza hacia los árboles. Lentamente, descolgó el hacha de su espalda.
Durante un instante, me quedé sin aliento, siguiendo su mirada, buscando algo entre los árboles muertos.
Entonces los oí antes de verlos.
Cinco chasquidos secos.
Un ulferno apareció por detrás de un tronco.
–No…
Me quedé paralizada.
Todo el grupo se detuvo, congelado en un instante de terror compartido.
Otros tres ulfernos surgieron detrás del primero y comenzaron a acercarse a nosotros enseñando los colmillos. Con cada paso, sus largas patas y sus garras blancas levantaban pequeñas nubes de ceniza.
Si aquel lugar estaba maldito por el dios de la muerte, aquellos monstruos debían de ser obra de Izzac. El pelaje de la parte delantera de sus cuerpos parecía aún más oscuro en aquel bosque. Sus escamas afiladas relucían bajo la luz de la mañana y despedían el brillo de mil espadas de plata.
Otros cinco lobos aparecieron entre los árboles y se dispersaron por el bosque.
Una manada de nueve cazando a su presa.
–Mierda –masculló Jodhi mientras desenvainaba la espada.
Cogí una flecha con cierta dificultad y la cargué en la ballesta.
Evie dejó escapar un pequeño gemido y se aferró al arzón de la silla con todas sus fuerzas. Odiaba que supiera que su vida estaba en peligro, que su supervivencia dependiera de lo fuerte que se sujetara a aquel caballo.
Thora gruñó y espoleó su caballo hacia los ulfernos. Blandió el hacha en dos círculos, cortando el aire con un silbido estremecedor.
Jodhi pasó junto a mí y el resto de los Mavin lo siguieron, formando una línea.
Una barricada.
–Golding y Dair, ocupaos de los cuatro de la izquierda –ordenó Thora–. Jodhi y yo iremos a por los cinco de la derecha. Mathias, que no pase ninguno por el centro.
Mathias escupió en el suelo mientras colocaba una flecha en el arco.
–Buena cacería, Mavin.
–Por el filo y la sangre –respondieron los demás al unísono.
Me temblaban tanto las manos que temía dejar caer la ballesta.
Uno de los ulfernos gruñó. Fue un sonido tan profundo y amenazador que me atravesó los huesos.
Evie temblaba entre sollozos.
–Sé valiente, estrellita.
–Si os digo que os vayáis, os vais –me advirtió Mathias, lanzándome una rápida mirada–. ¿Entendido?
Tragué saliva y asentí.
La tensión fue creciendo hasta hacerse insoportable, como una cuerda que se tensa cada vez más... hasta que, antes de estar preparada, se rompe.
Los monstruos atacaron al unísono mientras los Mavin se abalanzaban sobre ellos.
Thora fue la primera en matar a una de las bestias lanzándole el hacha. La lanzó con tal velocidad que el mango y la hoja de acero no fueron más que un borrón en el aire antes de incrustarse justo en el centro del hocico de la criatura, igual que había hecho con el lagarsk.
Aunque el ulferno hubiera intentado esquivarla, no habría tenido tiempo. Todo ocurrió en una fracción de segundo.
Sin perder un instante, desenvainó la cimitarra que llevaba al cinto y la mantuvo extendida junto a la montura, de modo que, cuando otro ulferno saltó hacia ella, el filo ya le estaba rebanando el cuello.
La bestia cayó al suelo con un golpe sordo y asqueroso.
Jodhi mató a otra bestia justo cuando Golding acababa con una más.
Pero Golding no advirtió que había dado la espalda a otro monstruo y, en cuanto este vio la oportunidad, se abalanzó sobre él con las fauces abiertas, dispuesto a hundirle los colmillos en los anchos hombros.
Durante un instante estuve convencida de que vería caer a Golding, pero la bestia lanzó un alarido agudo cuando una flecha le atravesó el cuello.
Golding se volvió sobresaltado, con los ojos muy abiertos. Después miró a Mathias y le hizo una breve inclinación de cabeza en señal de agradecimiento antes de espolear su caballo hacia los dos lobos que estaban atacando a Dair.
Aunque Dair no parecía necesitar mucha ayuda.
Disparó la ballesta contra uno de los monstruos y arremetió contra el otro con la espada.
Ninguno de los dos golpes logró abatirlos, pero bastaron para distraerlos el tiempo suficiente para despedazarlos hasta convertirlos en dos montones negros sobre el suelo.
Cuando volví a mirar a Jodhi y a Thora, ya habían acabado con los últimos ulfernos.
–Madre de los dioses –murmuré.
Habían matado a nueve monstruos en apenas un instante.