Capítulo veinticuatro. Caspia
Capítulo veinticuatro CASPIA
El niño y su rebanada de pan habían desaparecido entre la multitud del mercado de Skanshon. Su tienda podía estar en cualquier rincón de la ciudad y no tenía la menor idea de por dónde empezar a buscar.
–Disculpa –dije, abriéndome paso entre la gente mientras buscaba al niño en aquel mar de piernas y cuerpos.
–Espera. –La mano de Andreas se soltó de la mía, pero no me detuve.
Aquel niño, aquella visión, podía cambiarlo todo.
–¿Ha visto pasar por aquí a un niño? –le pregunté a una mujer que vendía joyas relucientes en un puesto bajo un toldo.
En cuanto vio mis ojos, apartó la mirada.
–Un niño de cabello negro que llevaba una rebanada de pan. Más o menos así de alto. –Levanté la mano hasta la altura de mi cintura–. ¿Lo ha visto?
La mujer hizo el gesto de los Ocho y se escondió bajo el toldo del puesto.
Golpeé la mesa con el puño y me dirigí al siguiente.
El hombre levantó una vasija de cerámica.
–No encontraréis mejores cerámicas que estas en toda la ciudad. Os haré un descuento.
–¿Ha visto pasar por aquí a un niño?
Su sonrisa se desvaneció y negó con la cabeza.
Estaba a punto de acercarme al siguiente puesto cuando dos manos fuertes me sujetaron por los hombros y me hicieron volverme.
–Caspia. Los ojos de Andreas estaban cargados de preocupación–. Para.
–Tenemos que encontrarlo, Andreas. Por favor.
–Dijiste que tus visiones eran sobre el pasado.
–Esta no. La tuve mientras estaba a tu lado. Junto al panadero. Vi al niño con la rebanada de pan. –Respiré hondo, intentando serenarme–. Necesito saber qué significa. Por qué esta visión fue diferente.
Suspiró y se pasó una mano por el cabello.
Contuve la respiración, esperando que me dijera que no; que, por fin, admitiera que no creía que tuviera visiones, que no existía ningún lugar llamado Nelfinex y que yo no era más que una lunática de la que se arrepentía de haber rescatado del río Coraness.
Había momentos en los que ni yo misma conseguía creer del todo en mi propia realidad.
No lo habría culpado si en ese mismo instante hubiera dado media vuelta y me hubiera dejado sola en medio del mercado.
–Está bien –dijo, haciendo un gesto con la mano–. Supongo que este debe de ser el lugar favorito del niño para robar. Preguntemos si alguien sabe algo. El panadero no parecía sorprendido cuando lo atrapé. Era como si ya lo hubiera visto antes. Quizá él sepa dónde encontrarlo.
Nunca dudaba. Nunca desconfiaba.
No merecía a ese hombre.
Pero iba a quedármelo de todos modos.
–Gracias. –Me puse de puntillas y le besé la barbilla. Después lo seguí de vuelta hasta el puesto del panadero.
***
Nos llevó el resto del sol encontrar al niño.
Al principio creí que la reticencia de la gente del mercado a hablar con nosotros se debía a que era evidente que no éramos de Skanshon y, quizá, intentaban proteger a sus huérfanos de un par de desconocidos.
Pero luego entendí que era de mí de quien huían. Cuando Andreas se acercaba solo a los puestos, lo recibían con suma calidez. Era a mí a quien la gente evitaba.
Igual que el niño, les bastaba con ver mis ojos dorados y comprobar que no había rayos que me vincularan a ningún reino para comprender que algo no encajaba.
Con el tiempo, decidí mantener la vista baja, estudiando mis botas mientras Andreas se encargaba de hablar.
Pero, en el último puesto del mercado, una mujer que vendía zapatillas de estar por casa bordadas nos señaló un puente que conducía a una hilera de viviendas en la orilla opuesta del río.
Por lo que podía ver, no estaban terminadas. Las ventanas carecían de cristales y las paredes seguían sin revocar.
–El hombre que dirigía la obra se quedó sin dinero –comentó la mujer–.
Están abandonadas desde el solsticio de verano.
De vez en cuando veo pasar a los niños por allí, pero son expertos en escabullirse de los adultos.
Apostaría a que el niño que buscáis se ha hecho un refugio entre toda esa chatarra.
Andreas compró un par de zapatillas de mi talla y le pagó el doble de lo que pedía. Después cruzamos el puente a toda prisa y avanzamos en silencio entre los escombros.
De pronto, una cabellera negra llamó mi atención mientras recorríamos la segunda vivienda. El niño caminaba de espaldas a nosotros con la rebanada de pan bajo el brazo. Avanzaba con dificultad, como si evitara apoyar demasiado peso sobre el pie derecho.
¿Era por eso por lo que aún no se había comido el pan? ¿Se había peleado? ¿Lo habían sorprendido intentando robar a otra persona?
Andreas y yo lo vimos al mismo tiempo y cruzamos una mirada antes de seguirlo, manteniendo la distancia suficiente para que no nos descubriera, pero sin perderlo de vista.
Cuando doblamos la esquina de una de las viviendas sin terminar, encontramos la tienda, y el niño ya estaba dentro.
Era idéntica a la que había visto en mi visión. Sucia y tan pequeña que apenas cabía un niño en su interior. Estaba tan pegada a una pared que cualquiera que pasara por allí pensaría que no era más que una lona cubriendo unos trastos, no un refugio.
Andreas levantó un dedo para indicarme que esperara mientras se acercaba en silencio y levantaba la solapa.
El niño retrocedió sobre el catre, sobresaltado, con la boca llena de pan.
–Tú.
–Yo –dijo Andreas, agachándose–. ¿Cómo te llamas?
El niño frunció el ceño y lo miró con rabia.
Andreas echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Después se puso en pie, lo sujetó por el cuello de la camisa y lo obligó a levantarse.
–Necesitas un baño, amiguito. Y algo más que ese pan para comer.
El niño intentó zafarse, pero no pudo. Seguía aferrando el pan con fuerza.
–No soy tu amigo.
–Dinos tu nombre –dije, cruzándome de brazos y arqueando una ceja.
En cuanto me vio por primera vez, dejó de forcejear. Se pegó un poco más a Andreas, mirándome con cautela.
–¿Tu nombre? –repitió Andreas.
El niño bajó la mirada al suelo.
–Kos.
Me acerqué y me agaché frente a él hasta quedar a su altura.
–Yo me llamo Caspia. Él es Andreas. Vas a venir con nosotros y te vas a portar bien.
No era una orden. No era una amenaza. Era su futuro.
Porque, mientras miraba a Kos, comprendí que era una versión más sucia y harapienta del niño que había visto en una visión mucho tiempo atrás. Una visión que había tenido a bordo del Cirrina .
La visión de un niño rodeado de libros flotantes.
***
No fue una visión lo que no me dejó dormir. Fue el niño que dormía en el sofá de la sala.
Kos parecía otra persona después de un baño y una comida caliente. Parecía más joven. Estaba demasiado delgado.
Al igual que había hecho con nosotros, Andreas le compró ropa nueva en una tienda cercana. Kos llevaba una camiseta y un pantalón de dormir que envolvían su cuerpo desgarbado.
Pero, incluso con las mejillas hundidas, era un niño bastante adorable cuando no tenía esa expresión de rabia.
Esperaba que, con el tiempo, consiguiéramos hacerlo sonreír.
La luz de la luna se derramaba por las puertas abiertas del balcón y una brisa fresca mecía las cortinas.
Me había despertado temprano y no conseguí volver a dormirme, así que decidí escabullirme del abrazo de Andreas para ver cómo estaba Kos.
Al ver las puertas del balcón abiertas, estaba convencida de que encontraría el sofá vacío, de que había escapado por allí.
Pero no fue así: seguía donde lo habíamos dejado, dormido bajo una manta mullida.
Quizá él también se sentía encerrado.
Aún abrazaba el pan que había robado.
Ninguno de los dos nos habíamos atrevido a quitárselo.
Le subí la manta hasta los hombros y luego salí al balcón, donde me quedé mirando el cielo.
El viento empujaba cúmulos de nubes que ocultaban las pocas estrellas visibles. Pero las dos lunas llenas brillaban con tanta intensidad que ni siquiera las nubes podían eclipsar su resplandor.
¿Estarían mi tía y mi hermana volando bajo las estrellas, en algún lugar al otro lado del Marixmore? Si cerraba los ojos, todavía podía oír el batir de sus alas.
¿Qué diría Oleana sobre Kos? ¿Seguiría considerando mis visiones simples sueños?
Puede que el rito hubiera sido un fracaso, pero el Divino me estaba guiando por un camino. Ahora sabía que tenía el poder de cambiar el futuro.
Podía salvar a Andreas.
Y quizá también podía salvar a Xandra.
Solo tenía que renunciar a vengar a mi hermana. Su asesino seguiría libre. Había sacrificado la justicia por el hombre que se había ganado mi corazón.
Las tablas del suelo crujieron dentro de la habitación y, cuando Andreas me rodeó con los brazos, me recosté contra su pecho desnudo.
–Estaba seguro de que se habría ido cuando nos despertáramos.
Sonreí.
–Yo también.
–Voy a enviarlo con mi familia, a Quentis. Cuidarán de él hasta que regresemos de Turah.
Aunque, si Andreas iba a Turah conmigo, nunca regresaría.
Ese ya no era nuestro camino.
Alcé la mirada hacia las estrellas.
Y cambié nuestro destino.
Perdóname, Emery.
–No quiero ir a Turah.
–¿Qué? –preguntó Andreas, girándome para quedar frente a frente–. ¿Y encontrar a tu prima? ¿Y al hombre de ojos plateados?
Apoyé una mano en su mejilla y sentí el suave roce de su barba incipiente.
–Voy a renunciar a la venganza. Quiero ir contigo a Quentis. Quiero que llevemos juntos a Kos.
Frunció el ceño.
–Has tenido otra visión.
–Sí –admití. Ahora que conocía la verdad sobre mis visiones, no tenía sentido seguir ocultándolas.
–Cuéntamelo.
–No importa. –Besé su pecho y respiré su aroma limpio y silvestre–. No pude salvar a mi hermana. Pero puedo salvar a ese niño.
Y podía salvar a Andreas.
–Llévame a Quentis –murmuré antes de darle otro beso–. Por favor.
Se le tensaron la mandíbula y el cuerpo. Cuando nos dimos el tercer beso, sus brazos volvieron a rodearme y sus manos se posaron sobre la curva de mi cadera. Cuando las deslizó hasta mi trasero, supe que no iba a discutirlo.
Al sol siguiente, me quedé con Kos en la posada mientras Andreas se ocupaba de los preparativos para la partida.
Y al amanecer del sol siguiente, estábamos en un barco rumbo a Quentis.