Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintitrés. Caspia #2
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Capítulo veintitrés. Caspia #2

Los canales más grandes estaban llenos de botes y barcazas que transportaban mercancías en todas direcciones.

Los afluentes más pequeños permitían a los habitantes lavar la ropa o incluso pescar.

El agua era tan azul como los banderines de Ozarth que colgaban de balcones y postes.

Tan azul como los rayos en las incontables miradas que nos cruzamos desde que Andreas y yo salimos de la posada para explorar.

Caminamos por un vecindario de casas construidas con la misma piedra gris que las calles. Todas tenían el tejado cubierto de púas de metal y, sobre ellas, se alzaba un entramado de barras de hierro sostenidas por postes clavados en el suelo.

Era una arquitectura extraña, pero la mayoría de aquellos entramados tenían algunos huecos cubiertos por una película colorida que bañaba las casas de abajo con suaves tonos verdes, rosados o azules. Quizá fueran obras de arte propias de Calandra, como las esculturas y las fuentes de Showe.

Caminamos sin prisa hasta un mercado cercano, donde recorrimos los distintos puestos y carretas.

En todo momento, los dedos de Andreas permanecieron entrelazados con los míos mientras observábamos los escaparates y los expositores.

Me llamó la atención la cantidad de comerciantes que vendían algún tipo de arma.

Espadas, cuchillos y sables de todos los tamaños y formas imaginables. No había visto tantas espadas desde que partí de Showe.

Sentía un gran impulso por tocarlas.

–¿Skanshon es una ciudad peligrosa? –pregunté a Andreas.

–No más que cualquier otra. Ozarth es conocido por sus minas de hierro –explicó–.

Es su principal producto de intercambio con los demás reinos.

Madera de Turah. Especias y oro de Laine.

Aceite de Génesis. Grano y ganado de Quentis.

La mayor parte del hierro de aquí se exporta en bruto, pero algunos de los herreros más prestigiosos de Calandra viven en Ozarth.

Fabrican armas y las traen aquí para venderlas.

–Ah –dije, asintiendo.

–¿Quieres una? –preguntó Andreas, señalando una mesa cubierta con un mantel de terciopelo morado sobre el que descansaban varias espadas y cuchillos–. Elige la que quieras.

Fue fácil.

Elegí un kukri para sustituir el que había perdido en Génesis. El pomo tenía incrustaciones de piedras color ámbar que me recordaban a los ojos de Andreas. El mango se adaptaba a la perfección a mi mano y la guarda plateada estaba grabada con florituras y líneas que evocaban las olas del mar.

Una vez que aseguré el arma a mi espalda, seguimos recorriendo las calles de la ciudad hasta llegar a una zona del mercado repleta de puestos de fruta y verdura.

Andreas destacaba entre todas las personas. Su altura parecía intimidar a cualquiera que se cruzara con él y, allá por donde pasaba, la gente se apartaba de su camino. O quizá era simplemente su presencia imponente la que hacía que todos le cedieran el paso de inmediato.

Su confianza era contagiosa y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí como la princesa que había sido en Showe. La mujer que caminaba con la cabeza bien alta.

Llegamos a una zona muy concurrida que olía a harina, especias y levadura. En cuanto vi la carreta de un panadero, el estómago me rugió. El estofado de almejas que habíamos comido había estado delicioso, pero volvía a tener hambre.

–¿Podemos comprar una rebanada de ese pan? –le pregunté, señalando la carreta.

–Claro. –Me besó en la cabeza.

El panadero sonrió al vernos acercarnos y nos invitó a echar un vistazo a sus productos.

Abrí la boca, dispuesta a pedir una rebanada del pan con un dibujo de hojas en la corteza, cuando oí un pequeño grito junto a Andreas.

Al instante vi que sujetaba por el brazo a un niño de piel aceitunada y cabello liso y negro.

El niño, que tendría unos seis años, como Graciella, se revolvía intentando soltarse de la mano de Andreas.

–Basta –gritó Andreas.

El niño obedeció, soplándose un mechón de pelo que le caía sobre los ojos oscuros. Luego alzó la vista hacia su captor, mientras los rayos azules de sus iris parecían destellar.

–Suéltame.

Andreas arqueó una ceja y se agachó frente a él.

–Devuélveme mi dinero.

–¿Qué dinero?

Andreas esbozó una leve sonrisa.

–Eres bueno, pequeño ladronzuelo. Pero todavía no lo bastante.

Sacó su monedero aguamarina del lugar donde el niño lo había escondido, en la parte trasera del pantalón. Después levantó la vista hacia el panadero.

–Dos rebanadas, por favor.

El panadero lo miró con cierto fastidio, pero cogió dos rebanadas de pan, las envolvió en un paño fino y me las entregó.

–Dos darrics.

Andreas sacó dos monedas pequeñas del monedero y se las entregó al panadero. Después, sin soltar el brazo del niño, cogió una de las rebanadas de pan.

–Algún día intentarás robar a alguien que no será tan amable como yo cuando te atrape. Deja de hacerlo antes de que llegue ese día.

Los ojos del niño pasaron de Andreas a la rebanada de pan.

Entonces pareció darse cuenta de que yo lo observaba.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, apartó la vista de inmediato, como si, por primera vez en su vida, hubiera sentido miedo.

Con un movimiento rápido, cogió la rebanada de pan y Andreas lo soltó.

El niño echó a correr entre la multitud, sujetando el pan contra el pecho hasta desaparecer a lo lejos.

Y así fue.

Al menos, hasta que parpadeé y lo volví a ver.

***

El niño abre la solapa de una tienda. La tela está tan sucia y desgastada que resulta imposible distinguir su color original. ¿Arena, crema o blanco? El sol se oculta en el horizonte y el cielo se tiñe de rosa, amarillo y celeste.

Mira por encima del hombro para asegurarse de que está solo antes de escabullirse al interior.

En cuanto deja caer la solapa, se acerca a un catre situado en el centro del abarrotado espacio.

La sábana andrajosa no es más que una bandera de Ozarth que encontró desechada en el mercado.

Una vez sentado en aquella cama improvisada, da un mordisco a la rebanada de pan y la devora solo, en la casi total oscuridad.

Hace el gesto en honor a los Ocho, trazando un círculo con la mano desde la frente hasta el corazón y de nuevo hacia arriba.

Cuando la solapa de la tienda vuelve a abrirse, un destello de luz ilumina el espacio polvoriento y abarrotado.

El niño da un mordisco tan grande al pan que las mejillas se le hinchan exageradamente.

Varias migas caen de su boca. Mastica con ferocidad, intentando ocultar el pan detrás de su cuerpo, y traga demasiado deprisa. Se atraganta.

El niño mayor que entra de golpe en la tienda le arranca el pan de las manos.

La solapa vuelve a abrirse.

Y vuelve a cerrarse.

Entonces, el niño, con las manos vacías, aprieta las rodillas contra el pecho mientras los ojos se le llenan de lágrimas.

***

–¡Caspia! –dijo Andreas, sacudiéndome por los hombros.

Salí de la visión y tomé una brusca bocanada de aire.

–¿Estás bien? –Sus manos me acariciaban las mejillas mientras me levantaba suavemente la barbilla y recorría mi rostro con la mirada–. ¿Qué ha pasado? Te has quedado mirando al vacío. Te he llamado una y otra vez, pero estabas…

Perdida en una tienda, en algún rincón de aquella ciudad, donde un niño hambriento necesitaba otra rebanada de pan.

–Tenemos que encontrar a ese niño –le dije a Andreas, cogiéndolo de la mano y tirando de él en la dirección por la que había desaparecido el pequeño.

–Caspia, ¿qué está pa…?

–Por favor –insistí, tirando de él con más fuerza–. Si nos damos prisa, quizá podamos alcanzarlo.

Quizá podríamos evitar que muriera de hambre.

–¡Caspia! –dijo Andreas, deteniéndose y tirando de mi mano hasta dejarme frente a él–. ¿Qué coño está pasando?

–Lo vi dentro de una tienda. Otro niño le quitó el pan.

Andreas me sostuvo la mirada, con el ceño fruncido.

–¿Cómo que lo viste?

–En una visión.

La única visión que había tenido estando despierta.

Una visión del futuro.

Y, si podía cambiar el destino de ese niño, quizá también podría cambiar el de Andreas.