Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintitrés. Caspia
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Capítulo veintitrés. Caspia

Capítulo veintitrés CASPIA

El mundo estaba bañado en sangre.

El rugido de Xandra resonaba entre los muros de la fortaleza.

Una madre lloraba sobre el cuerpo de su hijo asesinado. Un hombre, de rodillas, intentaba meterse las entrañas de nuevo en el vientre, sin éxito.

Mirara donde mirara, había otro ulferno. Xandra los guiaba como a un ejército de la muerte.

Ella era un monstruo. Y de sus colmillos goteaba la sangre de Andreas.

Miré su cuerpo sin vida a mis pies.

Y acepté el abrazo del Divino.

***

Desperté con lágrimas en los ojos.

Me llevó un momento recordar dónde estaba durmiendo.

Ozarth. Skanshon. Una habitación en la posada favorita de Andreas.

Habíamos pasado tantas lunas bajo las estrellas que las cortinas de gasa que rodeaban aquella cama resultaban casi sofocantes. Aunque podía ver el resto de la habitación a través de la tela, seguía sintiendo que eran paredes.

Había una razón por la que las ventanas de nuestro palacio en Showe no tenían cristales que nos protegieran de la intemperie. A quienes teníamos sangre de Estornino no nos gustaba sentirnos encerradas.

Una capa de sudor me cubría el rostro y las sábanas se me pegaban a la piel.

El brazo de Andreas rodeaba mi cintura mientras dormía profundamente, boca abajo. Parecía tan tranquilo, tan atractivo y relajado.

Nunca tardaba mucho en dormirse. Se acercaba, enterraba el rostro en mi cabello y, antes de que pudiera contar hasta diez, ya estaba profundamente dormido.

Lo envidiaba por eso. Cuantas más veces tenía la visión de su muerte, más miedo me daba quedarme dormida.

Ya la había tenido seis veces.

Y odiaba el número seis.

Los detalles se volvían cada vez más nítidos con cada repetición.

Tenía el cabello más corto al momento de su muerte, justo por encima de las orejas. Tenía una fina cicatriz en la barbilla. Su alianza de boda dorada llevaba incrustadas unas piedras de color ámbar, del mismo tono que los destellos de sus ojos.

¿Dónde se había hecho esa cicatriz? ¿Desde cuándo llevaba ese anillo?

¿Habíamos sido felices antes de ese horrible final?

Me deshice con cuidado de su brazo, intentando no despertarlo al levantarme de la cama y salir del dosel.

El salto de cama que me había puesto después de nuestro baño la luna anterior colgaba del respaldo de una silla.

Me lo puse y me lo até a la cintura antes de salir de puntillas de la habitación.

El emblema de la posada, dos lunas crecientes enfrentadas que formaban un círculo alargado, estaba incrustado en el suelo de la sala de estar con mosaicos de color esmeralda.

Había dos sillones de terciopelo azul marino frente a un sofá mullido del mismo tejido.

El aire olía a piel de naranja y a rosas.

Sobre un pequeño escritorio descansaban una jarra de agua fresca y un ramo de crisantemos color borgoña.

Las cortinas blancas se mecían con la brisa que entraba por el balcón.

Salí a la terraza, me aferré con fuerza a la barandilla de madera y respiré hondo el aire frío del amanecer mientras las lágrimas volvían a acumularse en mis ojos.

–Mierda –susurré, secándomelas.

Incluso cuando estaba sola, empezaba a darme cuenta de que utilizaba cada vez más la lengua de Calandra. Si me quedaba allí el tiempo suficiente, ¿olvidaría mi lengua materna? Si me marchaba ahora, si encontraba la forma de volver a casa, ¿cambiaría el futuro?

¿Cómo podría salvarlo?

Me presioné las palmas contra los ojos con tanta fuerza que unas manchas blancas y negras lo cubrieron todo, salvo el sonido de la ciudad.

Llevábamos cuatro soles en Skanshon. Todas las mañanas, Andreas me preguntaba si estaba lista para reanudar el viaje hacia Turah. Y todas las mañanas lo besaba en los labios y lo llevaba de vuelta a la cama, donde nos quedábamos, desnudos y abrazados, durante horas.

¿Cómo podía continuar el camino hacia Turah cuando podía estar conduciéndolo a la muerte?

Aquella visión tenía una claridad que nunca había sentido en ninguna otra. Era más nítida. La única visión que había tenido con tanto detalle había sido la de la muerte de Emery.

Si se repetía una y otra vez, tenía que significar algo. Pero ¿qué?

Me aferré con fuerza a la barandilla, clavando las uñas en la madera.

Me recordaba a los soles que había pasado a bordo del Cirrina , cuando me apoyaba en la proa y hacía lo mismo.

Incluso aquella mañana, con la cabeza dándome vueltas sin parar, el suelo parecía inclinarse bajo mis pies, como si estuviera otra vez a bordo de aquel barco.

¿Qué haría Xandra? Ojalá pudiera preguntárselo.

Oí un leve movimiento en la cama, un sonido tan tenue que no debería haber podido percibir. Unos pasos arrastrados cruzaron la habitación y, un instante después, Andreas salió al balcón con una sábana blanca anudada a la cintura.

En un instante, dos brazos fuertes me envolvieron por detrás, fundiendo su cuerpo con el mío.

–No estás durmiendo lo suficiente.

Dormir era algo peligroso en aquel momento.

–Ya dormiré más tarde.

Me estrechó con más fuerza, manteniéndome cálida con su cuerpo.

–¿Siempre hace tanto frío en Ozarth? –Ahora que el miedo provocado por la visión empezaba a disiparse, el frío del amanecer comenzaba a calarme hasta los huesos y me erizaba la piel de los brazos y las piernas.

–Si esto te parece frío, tendremos que conseguirte ropa de más abrigo antes de viajar a Turah. Solo irá a peor hasta el solsticio de invierno. Es muy probable que ya haya nieve en las montañas.

–Nieve –repetí la palabra, pronunciándola despacio–. ¿Qué es eso?

–Es como arena, pero de hielo. Cae del cielo como una lluvia blanca.

Al instante recordé la visión que había tenido varias lunas atrás, la del hombre que cabalgaba con esa niña. Estaban en un campo junto a unas montañas blancas. Entonces había pensado que era arena o roca.

Pero era nieve.

–No hay nieve en Nelfinex. –No hay invierno.

Los soles eran casi siempre iguales. A veces llegaban temporadas en las que llovía desde el amanecer hasta el atardecer, y, aunque las tormentas traían consigo un clima más frío, cuando las nubes se disipaban, el calor regresaba como si nunca se hubiera ido.

Una carreta avanzó por el estrecho callejón bajo nuestro balcón y oí al cochero toser contra el puño mientras azuzaba al caballo para que acelerara el paso.

Apenas habíamos salido de aquella habitación. Lo único que había visto de Skanshon era la calle principal que atravesaba la ciudad y conducía hasta la posada La Esmeralda Creciente.

Desde que llegamos, todas las comidas nos las habían servido en la sala de estar y, si queríamos algo más, Andreas simplemente bajaba con unas cuantas monedas de oro y se lo pedía al encargado.

–¿Quieres que reanudemos el viaje hoy? –preguntó.

–No –respondí en voz baja, apoyando la nuca contra su pecho–. Todavía no.

–Entonces quiero enseñarte la ciudad. Pero antes ven a la cama. –Se inclinó y me besó donde el cuello se unía con el hombro.

Fue un beso ligero, pero un hormigueo me recorrió el cuerpo, como si el deseo despertara de golpe en mi interior.

Me levantó en brazos y me llevó al dormitorio. Corrió la cortina del dosel y me dejó sobre el colchón.

Deslicé una mano por su abdomen marcado y él presionó su boca contra la mía, mientras nuestras lenguas se entrelazaban y yo desataba la sábana que llevaba atada a la cintura.

Se abrió paso entre mis piernas y su peso me ancló a la cama, mientras me besaba hasta dejarme sin aliento.

Deslicé la mano entre los dos y guie su virilidad hacia mi interior.

Se movió sobre mí, despacio, casi con crueldad, hasta que alcanzó la mayor profundidad.

–Sí. –Mi cuerpo se tensó a su alrededor y los dedos de mis pies se curvaron. Me arqueé hacia él, sintiendo cómo mis pezones pequeños rozaban su pecho firme.

Apartó los labios de los míos y dejó un reguero de besos por mi mandíbula hasta llegar a la oreja.

–Mierda… Me encanta follarte.

Mierda , al parecer, podía usar esa palabra en muchas situaciones, pero esta era mi favorita.

Enlacé los tobillos alrededor de su cintura y clavé los dedos en los músculos duros de sus hombros mientras se retiraba de mi interior y volvía a penetrarme con fuerza.

Tocó ese punto que me hacía derretirme.

Sus movimientos eran rápidos, pero deliberados. Sus manos me recorrían con decisión, dejando chispas a su paso, mientras me acariciaban los pechos, las costillas y las piernas. Me contemplaba desde arriba con un deseo tan intenso que me hacía perder el control.

Cuando presionó los dedos contra mi centro, me deshice, y fue como si mi cuerpo estallara en miles de fragmentos brillantes.

El frío de la mañana había dejado de ser un problema cuando nos dejamos caer sobre la cama, agotados, con las piernas entrelazadas y su cuerpo acurrucado junto al mío.

Andreas se quedó dormido enseguida, con una leve sonrisa en los labios.

Me quedé observándolo, memorizando cada rasgo de su rostro, desde las facciones angulosas de su mandíbula hasta su mentón marcado y sus largas pestañas oscuras, hasta que mis propios ojos se cerraron.

La visión llegó de inmediato.

Esta vez vi la espada clavada en la tierra, a su lado. Vi el emblema de su armadura plateada: una ballesta rodeada de hojas y espigas de trigo entrelazadas. Vi los tendones y la sangre allí donde una mandíbula le había destrozado la garganta.

Desperté justo a tiempo para llevarme una mano a la boca y evitar vomitar sobre las sábanas.

***

Las calles de Skanshon estaban empedradas con adoquines grises y todos los caminos parecían conducir a un puente.

La ciudad se alzaba en la desembocadura del río Harrow, en el Krisenth.

En lugar de un único cauce ancho, el río se dividía en incontables brazos que le daban el aspecto de las ramas de un sauce.