Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veintidós. Odessa
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Capítulo veintidós. Odessa

Capítulo veintidós ODESSA

Durante dos días respondí a incontables preguntas sobre la lyssa, la mayoría de ellas tres o cuatro veces.

Aunque Thora me había evitado casi todo el tiempo después de lo sucedido en el pantano de jengibre de las cuevas, ahora cabalgaba constantemente a mi lado mientras atravesábamos Laine en dirección a Génesis.

Desde el amanecer hasta el atardecer, a medida que las montañas del horizonte se hacían cada vez más grandes, no dejaba de interrogarme para obtener más información.

Mi padre, sin duda, me habría reprendido por confiar tanto en una mujer cuyas lealtades me eran completamente desconocidas. Pero tenía la sensación de que incluso el Rey Dorado encontraría a Thora intimidante.

No habría podido esquivar sus preguntas aunque lo hubiera intentado.

Le hablé de cada uno de mis encuentros con un monstruo infectado: desde la medularia en el cruce del Krisenth hasta la jauría de ulfernos que sembró el caos entre la población turana y la madre flagris que había abandonado a sus crías.

Le hablé de los grupos de caza del Guardián y de sus inútiles esfuerzos por erradicar la infección de su reino.

Thora sabía todo lo que yo estaba dispuesta a contarle.

Pero no sabía que el Guardián, el príncipe heredero y mi esposo eran la misma persona. No sabía que Evie era hija del rey Ramsey. Y tampoco sabía que Luella era la responsable del elixir que había contribuido a crear la infección.

Yo seguía creyendo que las intenciones de Luella habían sido buenas. Se había propuesto crear un medicamento que protegiera a sus hijos, que los hiciera más fuertes. Si Ransom no hubiera sido mordido por aquel ulferno, lo habría conseguido.

–No estoy segura de creerte cuando hablas de la migración –dijo Thora–. Pero sí creo que dices la verdad sobre la lyssa.

–¿Gracias?

Podría ser lo más parecido a un cumplido que me dedicaría jamás. Así que decidí tomármelo como tal.

Thora levantó una mano y empezó a cabalgar más despacio. Yo hice lo mismo, mientras ella se llevaba dos dedos a los labios y silbaba.

Los Mavin formaron un círculo a nuestro alrededor, todos con expresión seria.

–Jodhi, Mathias, Golding y Dair, conmigo. Los demás… ya sabéis cuáles son vuestras órdenes.

¿Órdenes? ¿Qué órdenes? Abrí mucho los ojos mientras, uno a uno, los Mavin se dispersaban, dejando solo seis caballos en el camino.

–Eh… ¿adónde van? Van a volver, ¿verdad?

–No. Tienen otra misión –respondió–. Aunque espero que tu padre les pague las mil zillahs como si te hubieran escoltado hasta Quentis. No es culpa suya que los turanos hayan ocultado una plaga.

Mierda . La verdad era que me gustaba mucho más la idea de viajar con once guerreros que con cinco.

–No te preocupes, muñeca –dijo Jodhi entre risas–. Te mantendremos a salvo.

–Vamos –dijo Thora, señalando con la cabeza el camino y las montañas a lo lejos–. Quiero llegar a la entrada del Bosque de los Esqueletos antes de que anochezca.

¿Qué demonios era un Bosque de los Esqueletos?

Me guardé la pregunta mientras reanudábamos la marcha.

Thora volvió a ponerse en cabeza y cabalgó sola. Al parecer, su interrogatorio había terminado.

Jodhi y Mathias iban justo detrás de ella, mientras Evie y yo los seguíamos con Golding y Dair cerrando la marcha.

Faltaba poco para que anocheciera cuando cruzamos la frontera invisible de Laine y nos adentramos en Génesis.

Thora nos condujo hasta una inmensa formación rocosa con una enorme grieta en el centro que formaba una cueva. En su interior ya había un círculo de piedras para el fuego y un montón de ramas apiladas a un lado. No éramos los primeros en pasar allí una noche y dudaba mucho que fuéramos los últimos.

El círculo que formamos alrededor de la hoguera era mucho más pequeño, con solo seis monturas, pero al menos teníamos refugio.

Thora y Mathias se sentaron a mi derecha. Golding y Dair, a mi izquierda, con los sacos de dormir tocándose. Y Jodhi, al otro lado de la hoguera. Siempre mirándome. Siempre sonriendo.

Faze se acomodó a mi lado mientras mordisqueaba un trozo de carne seca.

Evie dormía acurrucada junto a mí, temblando.

Cada noche parecía más fría que la anterior.

–Toma. Usa esto. Dair y yo compartiremos –dijo Golding, arrojándome una gruesa piel.

Una piel cobriza con rayas rosas. La piel de un flagris.

Aquellas pieles eran muy codiciadas entre la gente adinerada. Pero dudaba que Golding hubiera pagado una fortuna por ella. Lo más probable era que hubiera matado al monstruo y lo hubiera despellejado él mismo.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no quedármela y cubrir, en cambio, a Evie con ella. Por la mañana me aseguraría de doblarla y devolvérsela a Golding antes de que ella despertara.

–Gracias.

Dair se rio por algo que acababa de leer en el libro que tenía entre las manos.

Se acercó a Golding para enseñarle la página.

Los dos inclinaron la cabeza sobre el mismo texto, compartiendo una sonrisa cargada de intimidad.

Después Dair dejó el libro a un lado y apoyó la mejilla en el hombro de Golding.

No me había dado cuenta de que eran pareja. Durante las noches anteriores se habían mantenido alejados el uno del otro, durmiendo en extremos opuestos del campamento.

Salvo ahora que los otros Mavin se habían ido. Y quizá esto significaba que ya no tenían que esconderse.

–Está prohibido –dijo Thora, sin apartar la vista del fuego–. Cuando nos unimos a los Mavin, juramos renunciar a todos nuestros vínculos. Pasados. Presentes. Y futuros. Pero hay lazos que no pueden romperse ni ignorarse.

La noche en que les hablé a los Mavin de la migración, uno de los hombres, Mose, se había marchado para advertir a su familia. Al parecer, había decidido ignorar aquellas reglas.

–¿Qué son los Mavin?

–Mercenarios, muñeca –respondió Jodhi.

Tenía la impresión de que eso solo formaba parte de la fachada que utilizaban para mantener alejada a la gente.

–¿Quiénes sois en realidad?

–Bueno, esclavos, básicamente –respondió Mathias, pasándose una mano por el cabello castaño rojizo.

–¿De quién? –¿De un rey? ¿De los Voster?–. ¿De Salem?

Los labios de Jodhi se tensaron en una fina línea.

–Si no quieres buscarte problemas, será mejor que olvides ese nombre. Y no le cuentes a nadie nada de lo que te digamos ni de lo que veas esta noche.

Lo que significaba que jamás debía contarle a nadie lo de Golding y Dair.

–Salem ofrece… incentivos –dijo Dair–. Para evitar que nos desviemos del camino.

–¿Quieres decir que otros Mavin le contarían lo de su relación?

–Sí. Si eso significa que les perdona parte de su propia deuda.

–Ah.

Ahí quedaba la lealtad entre compañeros.

No podía imaginarme a ninguno de los guerreros de Ransom traicionando la confianza que existía entre ellos. Tillia sabía que Zavier no era el verdadero príncipe heredero y aquel era un secreto que estaba dispuesta a llevarse a la tumba.

–¿Quién es Salem?

Jodhi estiró las largas piernas y cruzó una sobre la otra, llevándose las manos detrás de la cabeza.

–Nuestro empleador, por decirlo de algún modo. Todos estamos en deuda con él. Y, hasta que la paguemos, estamos a sus órdenes.

–¿Qué os obliga a hacer?

–Lo que le dicte su oscuro corazón –murmuró Golding–. Ese bastardo.

–¿Hacéis daño a la gente por él?

Jodhi soltó una risita.

–Vaya, sí que eres ingenua, ¿verdad, princesa?

Al parecer, sí.

–Llevo con los Mavin desde que tenía catorce años –dijo Mathias–.

Mi madre trabajaba en un burdel. Tuvo la desgracia de atender a Salem una noche y quedarse embarazada.

Y, digamos, que él no tenía alma de padre.

Así que fue a matar a mi madre antes de que naciera el bebé.

Pero yo impedí que le abriera el vientre con un cuchillo.

Le supliqué que le perdonara la vida. Y aceptó, pero solo si le pagaba mil zillahs.

Yo no tenía ni un solo darric a mi nombre.

Así que me ofreció un trato para saldar la deuda.

Me gané esta estrella tatuada en la cara y, desde entonces, estoy a su servicio.

–Lo siento.

Mathias se encogió de hombros.

–No todo es malo. Usa a mi madre y a mi hermana para mantenerme bajo control, lo que significa que las sacó de aquel burdel. No las veo a menudo, pero, cada vez que amenaza con matarlas, al menos sé que siguen vivas.

–Y, de vez en cuando, Golding y yo tenemos noches como esta –dijo Dair–. Noches en las que no tenemos que fingir ser otra cosa.

Puede que no contaran con la lealtad y la confianza de todos los Mavin, pero sí con la de Jodhi, Mathias y Thora.

–Todos tenemos nuestra historia –dijo Golding–. Pero ya entiendes a qué me refiero.

–¿Tú también le debes mil zillahs? –pregunté.

–Dos mil. –Se tocó las estrellas tatuadas en la mejilla.

–¿Eso significa que, cuando recibas el pago de mi padre, serás libre? –le pregunté a Mathias.

Jodhi rio tan fuerte que hizo que Faze se incorporara de golpe, alerta.

–Salem se queda con una parte. Si nos das mil zillahs a cada uno, con suerte veremos la mitad.

–Bueno, ya basta de hablar de Salem –dijo Golding. Besó a Dair en la frente y luego se recostó contra su montura y cerró los ojos.

Salem no tenía ninguna intención de dejarlos marchar, ¿verdad? Y sospechaba que, si descubría la relación entre Dair y Golding, cada uno se ganaría otra estrella en la cara.

Jodhi tenía tres. Thora, cinco.

En el diario había leído que ella abandonaba su armadura y sus prendas de cuero en el desierto. ¿Significaba eso que algún día se libraría de los Mavin? ¿Tenía esa historia algo que ver con la guerrera que el hermano Skore me había dicho que buscara?

–¿Conocéis a alguno de los Voster? –pregunté.

Thora se volvió hacia mí y advertí que los destellos anaranjados de sus ojos brillaban a la luz de la hoguera.

–No vuelvas a mencionar a la Hermandad delante de mí.

Entonces… sí.

Se puso en pie y, sin decir una palabra más, salió de la cueva.

Dair siguió leyendo, mientras Jodhi mantenía aquella sonrisa insolente.

Cielos, estaba cansada de ser el centro constante de su atención. De aquellas miradas y de aquel escrutinio.

–¿Qué?

–¿Te ha gustado esa piel? Supongo que sabes que es de un flagris.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me empezó a doler la mandíbula. ¿Por qué no se había ido con el resto de los Mavin?

–No puedes quedártela –dijo.

Extendí una mano hacia Faze y le acaricié el suave pelaje entre las orejas rubí mientras seguía masticando el trozo de carne.

–No es asunto tuyo.

–Es por el bien de la niña. Lo único que conseguirás es que le coja demasiado cariño. Y, te guste o no, muñeca, es un monstruo. Deshazte de él antes de que sea demasiado tarde.

Se equivocaba. Faze era mucho más que garras y colmillos.

No era una bestia despiadada, dominada por el instinto de cazar y matar. Había algo mágico en aquel pequeño. Algo mágico en el consuelo y el cariño que sentía por Evie. Algo mágico en la manera en que parecía comprender mi estado de ánimo y mis emociones.

Faze podría haberse escapado incontables veces a lo largo del viaje, pero había elegido quedarse, acurrucado en su bolsa, haciéndonos compañía.

–No espero que lo entiendas –dije–. Y, como ya te he dicho, no es asunto tuyo.

Las orejas de Faze se movieron y se incorporó, olvidándose de la comida por un instante.

Jodhi abrió la boca, dispuesto a soltar su lengua afilada, pero, antes de que pudiera hablar, se oyó un sonido suave a lo lejos.

Una serie de chasquidos.

El corazón se me detuvo.

Ulfernos.

Jodhi se llevó un dedo a los labios y se puso en pie, mientras Dair se apartaba con cuidado de Golding y ambos hacían lo mismo. Mathias cogió la ballesta y el carcaj.

Busqué la espada con manos temblorosas, me libré de la piel y me puse en pie.

Nos quedamos inmóviles, escuchando con atención los sonidos de la noche, pero los chasquidos no volvieron a oírse.

–Vosotros también habéis oído eso, ¿verdad? –susurré.

Dair y Golding asintieron.

Unos segundos más tarde, Thora entró en la cueva desde el bosque. Tenía el rostro tan rígido como una roca y la mirada cargada de intensidad.

–¿Ulfernos? –preguntó Jodhi.

–Mierda, cómo odio Génesis. Este maldito reino está infestado de lobos. –Cogió el hacha que descansaba junto a su montura–. No sé cuántos son. Están demasiado lejos. Quedaos junto al fuego. Vamos a intentar meter los caballos dentro.

Tragué saliva mientras Golding, Dair y Mathias salían de la cueva detrás de ella.

El fuego podía mantener alejados a los monstruos normales, pero, si aquellos estaban infectados de la lyssa, ni siquiera la hoguera lograría ahuyentarlos.

Hice el gesto de los Ocho y me senté junto a Evie.

–No te preocupes, muñeca. Estás a salvo.

No, claro que no.

Cerré los ojos y me acaricié la cicatriz de la palma.

Incluso mientras Evie dormía, pasé la noche entera rezando para que Ransom nos encontrara.

Antes de que fuera demasiado tarde.