Capítulo veintiuno. Caspia
Capítulo veintiuno CASPIA
–¿Caspia? –preguntó Andreas, pasando un brazo por detrás de mis hombros–. ¿Estás bien? Has estado muy callada hoy.
–Sí –mentí–. Solo estoy cansada.
Cansada de que la visión de la luna anterior se repitiera en mi mente una y otra vez.
***
Cuerpos dispersos por un patio de armas rodeado por una inmensa muralla de troncos. Fuego a mi alrededor, levantando nubes de humo por todas partes.
Una letanía de gruñidos y chasquidos mezclados con gritos desgarradores.
–Xandra.
Las lágrimas resbalan por mi rostro mientras contemplo a la muerte acechando entre charcos de sangre.
Esta no es mi prima. Esta no es un Estornino.
El cuerpo sin vida de Andreas yace a mis pies. Tiene la garganta destrozada. El anillo que le di el día de nuestra boda brilla a la luz del fuego.
Cierro los ojos al oír el gruñido de la muerte.
Y dejo que el Divino me lleve a casa.
***
Cada vez que cerraba los ojos, veía su cuerpo muerto.
Me apoyé sobre él, deseando que la imagen de su muerte abandonara mi mente, mientras miraba la hoguera que había encendido al acampar.
Estábamos acurrucados junto a un tronco caído, con las piernas estiradas y cubiertos con una manta para resguardarnos del frío. La noche era oscura; las dos lunas permanecían ocultas tras una densa capa de nubes. Lo bastante oscura para esconder las lágrimas que me anegaban los ojos.
¿Qué significaba esa visión?
Nunca había tenido una visión sobre mí. Y nunca había vislumbrado el futuro. Siempre eran sobre el pasado. Y siempre sobre acontecimientos que les habían sucedido a otras personas.
No había sido un sueño. Tenía la misma nitidez, la misma claridad que una visión. La misma huella imborrable que recordaría hasta el final de mis días.
–Estás temblando –observó Andreas mientras se subía la manta un poco más.
Me temblaba todo el cuerpo, pero no tenía nada que ver con el tiempo borrascoso.
–Hace frío.
–Está cambiando la estación –dijo–. Pronto llegará el invierno.
–¿Invierno? –No entendía esa palabra.
–La más fría de las cuatro estaciones. Verano. Primavera. Invierno. Otoño.
–En Nelfinex no tenemos estaciones.
–No es mi favorita, pero me encanta la primavera en Quentis –dijo–. Es hermosa. Frondosa, verde y radiante. La verás cuando te lleve allí.
¿De verdad lo haría? Si seguíamos ese camino, atravesando Turah, ¿Andreas sobreviviría? ¿O aquella visión era un regalo del Divino? Podía ser una advertencia de que estaba tomando el camino equivocado. ¿Y si encontraba a Xandra, pero, en lugar de salvarle la vida, ella acababa con la nuestra?
Otro escalofrío recorrió mis huesos.
Llevábamos días atravesando Calandra y, aunque las jornadas habían sido largas y extenuantes, compensaban por las lunas en que dormíamos bajo las estrellas.
Aunque no había estrellas. ¿Era este otro presagio de la muerte que nos esperaba al final del viaje?
Habíamos seguido el camino a través del bosque de Génesis en dirección a Coraness, la capital situada al pie de las montañas de Elroose.
La ciudad estaba formada por una sucesión de edificios con altos tejados puntiagudos.
Cada uno estaba pintado de un color intenso: rojo, azul, amarillo o verde.
Incluso algunas de las calles de piedra de la ciudad estaban salpicadas con algunos de estos colores.
Coraness era un lugar que podría haber explorado durante varios veranos, pero solo descansamos una luna en una posada a las afueras de la ciudad antes de comprar dos caballos y abandonar la capital.
De todos modos, había sido agradable comprobar que existían ciudades en Calandra. Aun así, seguía siendo inquietante cuánto espacio había entre los poblados, cuán poca gente vivía en este continente. O quizá simplemente residían en otros lugares, como Quentis.
Habíamos cabalgado hacia el norte, bordeando las colinas, hasta cruzar a Laine. Por el momento, aquel país parecía tan poco poblado como Génesis. Era muy diferente de Kenn y de Nelfinex.
Los árboles habían dado paso a un terreno rocoso y árido. No era idéntico al paisaje de Showe, pero se parecía lo suficiente como para echarlo de menos.
Cuando le pregunté a Andreas por qué no había más pueblos, me respondió que la gente solía vivir en las ciudades, donde estaba más protegida de los monstruos.
Desde el encuentro con el fének no nos habíamos cruzado con ningún otro monstruo. Y, mientras Andreas compraba nuestras dos monturas en Coraness, aproveché para preguntarle al posadero si sabía algo de un guerrero de ojos plateados.
Él me preguntó, a su vez, si estaba borracha.
Andreas levantó una mano hasta mi rostro y me acarició el pómulo con los nudillos, sacándome de mis pensamientos.
–Cuéntame algo sobre tu familia.
–Tengo dos hermanas. Emery y Saskia.
–¿Y tus padres?
–Mi padre murió cinco ciclos lunares antes de que yo naciera.
Emery y Saskia lo recordaban lo suficiente como para contarme historias sobre él. Había sido el capitán de las Espadas Reales y le sacaba casi veinte años a nuestra madre. Murió una luna mientras dormía.
–Y mi madre… se fue. Nos abandonó cuando yo era un bebé. Nos crio mi tía.
–Ah.
–¿Tú tienes hermanas? –pregunté.
–Solo un hermano. Arick.
–¿Os lleváis bien?
–Nelvi’o –respondió. Usaba la antigua lengua cuando ya no quería seguir hablando de un tema.
Levanté la barbilla y me obligué a sonreír.
–Estoy deseando dormir en una cama de verdad.
–Yo también. Quizá podamos pasar uno o dos días en Skanshon cuando lleguemos. Hay una posada en la que ya me alojé una vez que sirve el mejor estofado de almejas que hayas probado en tu vida. Y todas las habitaciones tienen una bañera tan grande que caben dos personas.
Tarareé y me coloqué un poco más cerca de él.
Cada luna, Andreas me besaba hasta dejarme sin aliento, pero, antes de que las cosas fueran más allá, se apartaba. En Coraness había reservado dos habitaciones distintas en la posada.
Esperaba que la mención de aquella bañera significara que compartiríamos la habitación y la cama cuando llegáramos a Skanshon.
–Viajas mucho, ¿verdad?
–Sí. En cuanto alcancé la mayoría de edad, mi padre creyó que era importante que conociera todo lo posible de Calandra. Vengo de una familia adinerada y tuve la suerte de que pudieran costear mis viajes por el continente.
–¿Tienes dinero? –Me incorporé un poco, intentando encajar aquella nueva información con el hombre que me estaba robando el corazón.
–Sí. ¿Eso cambia la forma en que me ves?
–No. –Rico o pobre, seguía siendo Andreas–. ¿Qué hacías entonces en aquella pequeña cabaña?
–Demostrarme a mí mismo que podía alejarme.
–¿Alejarte de qué?
–De las riquezas. De mi padre. No nos llevamos bien.
No hablo con él desde hace un año, desde que me marché de Quentis.
Quería llevar una vida que él odiara, así que elegí un lugar donde nunca había estado.
La cabaña pertenecía a un hombre de Clefton.
Lo conocí hace mucho tiempo, cuando yo era solo un niño. Me ofreció vendérmela y acepté.
–¿La echarás de menos?
–Sí –asintió–. Cumplió su propósito. Algún día volveré a visitarla, pero no a vivir allí. No puedo evitar Quentis para siempre.
–¿Cómo es? –pregunté, acomodándome de nuevo encima de él–. ¿Quentis?
Enroscó un mechón de mi cabello alrededor de un dedo.
–Tiene una amplia vista de las praderas.
Campos de trigo y cereales que hacen que cualquier hombre se sienta pequeño.
Es como navegar en un barco en medio de un mar dorado.
Mis ciudades favoritas están en la costa, donde puedes escuchar las olas desde cualquier ventana.
Donde el aire está impregnado del aroma de la sal, la arena y todas las especias que puedas imaginar.
Igual que Showe.
La forma en que Andreas hablaba de Quentis, con tanto cariño y tanta admiración en cada palabra, era exactamente la misma con la que yo habría hablado de mi hogar.
Quizá encontraría un pedazo de mi Nelfinex allí, en Calandra. Lo suficiente para llenar el vacío de mi corazón si nunca lograba regresar.
–La echas de menos –dije.
–Todos los días.
–Yo también echo de menos mi hogar.
–Nelfinex. –Pronunciaba aquel nombre con bastante frecuencia, siempre con un tono cargado de curiosidad.
Cada vez que le contaba algo sobre mi nación, escuchaba con suma atención cada una de mis palabras.
Aunque, hasta donde él sabía, todo podía ser mentira.
Pero nunca dudaba. Nunca cuestionaba que lo que le contaba pudiera ser solo un cuento.
Su confianza era tan hermosa como su sonrisa.
La culpa por ocultarle la verdad había empezado a carcomerme por dentro. Estaba arriesgando la vida al cruzar aquel continente conmigo y ni siquiera sabía por qué.
–Hay algo que no te he contado –dije. Su cuerpo se tensó–. Xandra y yo vinimos a Calandra para vengar la muerte de mi hermana.
–¿Qué? –Levantó la vista hacia mí con el ceño fruncido.
Respiré hondo, apartándome del calor de su cuerpo, y le conté la verdad.
–Mi tía es la reina de Nelfinex.
Levantó las cejas.
–Eres de la realeza.
–Sí. Soy una Estornino.
–¿Qué significa eso?
–Significa que soy una princesa de Nelfinex. –En cuanto a todo lo demás que implicaba ser una Estornino, bueno… eso quedaría para otro sol–. Mi familia y nuestro linaje tienen muchas tradiciones.
–Sus ritos.
–Sí. Los llamamos ritos. Y otra de las cosas que conservamos es la venganza. Matar a un Estornino es una sentencia de muerte. Creo que el asesino de Emery está aquí, en Calandra. Un guerrero de ojos plateados. Y creo que está en Turah.
Andreas tensó la mandíbula y desvió la mirada hacia el fuego, fijándola en las llamas crepitantes.
–Por eso vas allí. No para explorar y encontrar a tu prima.
–Quiero encontrar a mi prima. Y también al guerrero de ojos plateados.
–¿Por qué no me lo dijiste en la cabaña?
–Porque estaba a punto de irme y no creía que fuera a volver a verte.
–¿Y todo el tiempo que pasamos juntos después? –Se quitó la manta de las piernas y empezó a caminar de un lado a otro frente al fuego–. Tuviste días para contarme la verdad, Caspia.
–Lo siento. No era un secreto para hacerte daño. –Me senté sobre los talones y cerré los ojos–. Tenía miedo de que no me creyeras.
–¿Que estás aquí buscando venganza? Puede que seas de Nelfinex, pero ese concepto también existe en Calandra.
Esbocé una sonrisa cargada de tristeza.
–No. Tenía miedo de que no me creyeras cuando te dijera cómo sé que Emery fue asesinada por un guerrero de ojos plateados. Y cómo sé que está en Turah.
Se detuvo y se cruzó de brazos.
–No tengo sueños, Andreas. Tengo visiones.
Parpadeó y luego volvió a sentarse en el tronco.
Y entonces escuchó todo lo que tenía que contarle sobre la muerte de mi hermana.
***
Ya conocía lo bastante bien las expresiones de Andreas como para saber que, cada vez que tensaba la mandíbula y sus ojos castaños adquirían una mayor intensidad, significaba que estaba sorprendido. Y Andreas no era un hombre al que le gustaran las sorpresas.
Permaneció en silencio mientras le contaba mis visiones de Emery siendo asesinada por el guerrero de ojos plateados y cómo sabía que no eran sueños, sino visiones del pasado.
Era extraño que algo que me había perseguido durante tanto tiempo no me hubiera resultado tan difícil de explicar. Parecía algo mucho más trascendente que simples recuerdos.
Quizá porque había omitido algunos detalles. No le había contado que estaba transformada en un vencejo cuando murió.
–Daría todo el elfalter del mundo por saber qué estás pensando –susurré.
–¿Elfalter?
Saqué mi collar de debajo de la túnica y dejé que el metal anaranjado destellara a la luz de la hoguera.
–Vosotros tenéis oro en Calandra. Nosotros tenemos elfalter en Nelfinex. Es el metal más puro y limpio de todos. Es increíblemente resistente y, aun así, maleable en las condiciones adecuadas. Es tan valioso como una piedra preciosa.
Andreas tomó el colgante entre los dedos y lo examinó, girándolo de un lado a otro para observar las alas plateadas desde todos los ángulos.
–¿Qué es este símbolo?
–El emblema del Estornino.
Lo observó con detenimiento antes de soltarlo sobre mi pecho. Sus ojos buscaron los míos y advertí que los destellos ámbar de su mirada brillaban con una intensidad renovada. Seguía demasiado serio, demasiado pensativo.
–¿Me crees?
No lo culparía si no lo hiciera. Pero eso significaría el final de lo nuestro.
Y yo no estaba preparada para eso.
–Sí.
Durante un instante creí haber imaginado su respuesta.
–¿En serio?
Andreas se levantó del tronco y se arrodilló frente a mí. Me sujetó el rostro entre las manos y me acarició las mejillas con los pulgares.
–Te creo.
–¿Por qué?
Se inclinó hacia mí y besó la comisura de mis labios.
–¿Me estás mintiendo?
–No.
–Entonces te creo.
Nunca nadie había depositado tanta confianza en mí, ni siquiera Emery. Ni siquiera Xandra.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Por la gracia del Divino, estaba harta de llorar.
–Vexx… –balbuceé, parpadeando.
Andreas me escuchó.
–¿Vexx?
–Ah, es solo un insulto.
Se lo pensó un momento y luego sonrió.
–Aquí decimos «mierda».
–Me gusta más tu versión.
–A mí también.
Selló sus labios sobre los míos y la punta de su lengua rozó la unión de mis labios.
No pude evitar soltar un gemido al sentirlo dentro de mí, inclinándose para profundizar el beso.
Sus manos pasaron de mi rostro a mi cabello. Acariciaron mis hombros y recorrieron mi espalda hasta detenerse en la curva de mis caderas. Dejó escapar un leve gemido y apartó la boca.
–No te detengas –le rogué, sujetando con fuerza su camisa.
–Caspia, hay algunas cosas… –Se quedó en silencio y apoyó la frente contra la mía.
–¿Qué?
Suspiró y se apartó.
–Nada.
Dejé que aquella mentira flotara entre nosotros.
No era el único junto a aquella hoguera que guardaba secretos. Más tarde o más temprano tendría que contarle lo que significaba ser un Estornino. Pero todavía no.
–¿Me quieres? –susurré.
–Más que a ninguna otra cosa en este mundo.
Me incliné sobre él hasta recostarlo contra el tronco. Después me acomodé sobre su regazo, sujetándole el rostro entre las manos. Y, mientras nos desnudábamos bajo el manto de estrellas, mientras nuestros cuerpos se fundían en uno, dejé que mis secretos se perdieran en la oscuridad.