Capítulo veinte. Odessa #2
–No te alejes –le dije a Evie mientras jugaba con Faze fuera del círculo de monturas. Después me senté y me quité la maldita arena de los pantalones.
–Has dicho que tu apellido era Wolfe –dijo Jodhi desde su sitio, al otro lado del fuego.
Daba igual el lugar del círculo que eligiera: siempre acababa justo enfrente de mí, de modo que, cada vez que levantaba la vista, allí estaba él.
Al parecer, molestarme se había convertido en su pasatiempo favorito–.
¿Es el apellido de ese esposo que tienes?
–Sí.
–¿Y cuál es el tuyo?
–¿Qué más da?
Se encogió de hombros.
–Es simple curiosidad. Una mujer capaz de pagarnos mil zillahs a cada uno de nosotros debería tener un apellido bastante conocido.
–Cierra la boca, Jodhi. Me está entrando dolor de cabeza de oírte –dijo Thora mientras afilaba un cuchillo–. Además, ya sabes quién es. Deja de atormentar al Gorrión.
Me quedé boquiabierta.
Jodhi sonrió.
–Thora siempre me estropea la diversión.
–¿Lo sabíais? –pregunté, mirándolos a los dos–. ¿Cómo?
–Los Mavin nos tomamos la molestia de conocer a todas las familias reales. Tú eres la única princesa Odessa de Calandra. Y, si estabas en Turah, debiste de ir como el Gorrión en lugar de tu hermana.
Bueno, no se equivocaba.
–¿Y por qué no dijisteis nada?
–Me importa una mierda quién seas, princesa. Yo solo quiero el dinero del Rey Dorado. Tengo una deuda que saldar y él va a ayudarme mucho con eso.
Yo no era más que un medio para alcanzar un fin.
En los últimos cuatro días me había convencido de que había recuperado cierto control sobre mi vida, ahora que los Voster ya no me manipulaban. Incluso estaba orgullosa de haber contratado a los Mavin y de haber llegado sana y salva hasta Laine.
Pero seguía siendo un peón.
El control no era más que una ilusión.
Thora me utilizaría para su propio beneficio.
Era justo. Yo también la estaba utilizando. Lo único que me importaba era llevar a Evie a Quentis y encontrar a Ransom.
Jodhi se cruzó de brazos y desvió la mirada por encima de mi hombro hacia donde Evie jugaba con Faze. El brillo malicioso de sus ojos bastó para que sintiera un nudo en el estómago.
–Tú no eras ningún misterio. Pero aún no consigo averiguar quién es la niña.
–Es mía. –Cogí la espada que tenía a mi lado y la apoyé sobre el regazo.
Jodhi podía molestarme y sacarme de quicio cuanto quisiera, pero, si llegaba siquiera a mirar mal a Evie, me aseguraría de que aquella espada le atravesara el corazón.
Thora se echó a reír. Fue una risa áspera, un sonido que parecía usar muy pocas veces.
–Me gusta.
–¿Alguna otra pregunta, Jodhi?
–No por esta noche, muñeca. –Agachó la cabeza y se puso en pie, limpiándose las manos en los pantalones–. Voy a…
Antes de que pudiera terminar la frase, el estruendo de varios caballos retumbó entre las rocas y los cinco Mavin que habían salido a cazar irrumpieron en el campamento al galope.
Golding fue el primero en quedar iluminado por el fuego, con una criatura muerta entre las manos. La arrojó a los pies de Thora.
Thora se irguió y contempló a la bestia con el ceño fruncido.
–No pienso despellejar eso.
–No es para comer –dijo Golding, apoyando los puños en la cintura.
Me incorporé con los ojos muy abiertos mientras contemplaba al monstruo.
Un kaverino.
Eran animales nocturnos que vivían en las dunas de Laine y podían ver casi a la perfección en la oscuridad. Su cuerpo estaba cubierto por un pelaje pardo y negro, y sus dientes, colmillos y garras eran tan blancos como la nieve, al igual que los dos cuernos en espiral que brotaban de su cráneo.
Su excremento recibía el nombre de korakin. Cuando se hervía y se reducía, se convertía en un ungüento alucinógeno, el más potente de Calandra. Era otro de los ingredientes del elixir de Luella que había dado lugar a la creación de la lyssa.
–Matamos a este y a otro más –dijo Golding, mientras los demás se unían al círculo–. Habrá que montar guardia esta noche, por si aparece alguno más.
–Evie, ven aquí –la llamé para que se acercara al fuego.
Cogió a Faze en brazos y corrió hacia mí.
Jodhi resopló.
–Los kaverinos no se acercan al fuego.
Golding dio la vuelta al monstruo y dejó al descubierto un corte que le recorría casi todo el vientre.
Del interior brotó una sangre verde y putrefacta.
La lyssa . Los ojos del kaverino deberían haber sido amarillos, pero, bajo la tenue luz, se veían cubiertos por una película blanca y lechosa.
Dair, un hombre alto y desgarbado, de cabello rubio y greñudo, se acercó a Golding.
–¿Estás bien?
Golding asintió y se agachó para inspeccionar los restos desgarrados de su pantalón. El cuero estaba hecho jirones y cubierto de sangre. Sangre roja.
Cogió el cuchillo de Thora y cortó la tela. En la pantorrilla tenía las marcas de las garras de la criatura.
–Me atacó en la oscuridad. También hirió a mi caballo.
–Los kaverinos son feroces –dijo Jodhi.
–No tanto como este –replicó Dair, acercándose a su montura para coger el botiquín–. El otro era igual de violento. Le corté los cuernos y una pata con el hacha. Pero seguía atacándonos.
Mis ojos se clavaron en la pierna de Golding.
–¿Te mordió?
Todos me miraron al mismo tiempo. Thora giró sobre sus rodillas y se puso en pie despacio.
–¿Por qué lo preguntas?
–¿Te mordió? –insistí.
–No.
El aire abandonó mis pulmones.
–Bien.
–Muy bien, princesa –dijo Thora, cruzándose de brazos–. ¿Qué sabes?
Quizá era algo que no debía compartir. Ransom siempre había mantenido la lyssa en secreto porque temía que desatara una ola de pánico.
Pero todos tenían derecho a entrar en pánico. Por esto y por la migración.
Además, era muy probable que los Mavin ni siquiera me creyeran.
Tragué saliva.
–Es una infección. Y se llama la lyssa.