Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo veinte. Odessa
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Capítulo veinte. Odessa

Capítulo veinte ODESSA

Viajar por las planicies secas y hostiles de Laine era una tortura comparable a mis lecciones de clavicordio cuando era niña.

Estábamos demasiado expuestas en el desierto. Demasiado vulnerables. Y se nos estaba acabando el tiempo. Al margen de que los Mavin me creyeran o no, la migración estaba a punto de llegar y aquel viaje se estaba haciendo demasiado largo.

Me pasaba los días atenta a cualquier chillido penetrante, escrutando el horizonte en busca de un par de alas negras. Pero lo único que veía era un cielo vacío y una vasta extensión de rocas y arena.

Habíamos cruzado Ozarth hacía unos días y ahora cabalgábamos por el corazón de Laine. Si había creído que viajar con los Voster había sido agotador, cuatro días con los Mavin me habían hecho replantearme el significado de esa palabra.

Partíamos al amanecer todas las mañanas y solo nos deteníamos para dejar descansar a los caballos. Por lo general, montábamos el campamento al anochecer.

–Hace mucho calor –dijo Evie, apartándose un mechón de cabello del rostro empapado en sudor–. ¿Podemos parar?

–Todavía no. –Las dos estábamos agotadas, pero no iba a pedirles un descanso a los Mavin.

Donde nuestros cuerpos se tocaban, su espalda y mi torso, la ropa estaba empapada de sudor. Faze respiraba con dificultad dentro de la bolsa, tan incómodo como nosotras.

El sol nos azotaba desde todas direcciones y, por más que Evie quisiera remangarse el pantalón y la camisa, la obligaba a mantener la piel cubierta para que no se quemara.

Yo tenía los labios secos y agrietados. Y el corte del centro seguía sangrando.

–Odio Laine –dijo ella.

–Yo también.

Miráramos donde miráramos, estábamos rodeadas por un sinfín de formaciones rocosas.

La mayoría parecían desgastadas y erosionadas por el viento.

Algunas se habían horadado en el centro y formaban arcos de distintos tamaños, quizá esculpidos por antiguos ríos que se habían evaporado hacía muchísimo tiempo.

En algunos lugares, el suelo estaba cubierto de hierbas secas y frágiles, pero, aparte de eso, solo había arena.

Arena que se me metía en los ojos. Arena que no conseguía quitarme de las botas. Arena que se me colaba en la boca y me rechinaba entre los dientes.

Odiaba la arena.

Cielos, cuánto daría por un baño frío. Quería quitarme todo el sudor, lavarme el cabello y quemar aquella ropa.

Jodhi cabalgaba a nuestro lado, siempre con esa sonrisa insolente. Los rayos magenta de sus ojos parecían más brillantes, como si reconocieran que estaba en Laine. No tenía ni una gota de sudor en la frente. ¿Cómo era posible que no se estuviera asando con ese calor, vestido completamente de negro?

–¿No te gusta el desierto, muñeca?

–No especialmente –respondí–. Estamos demasiado expuestos.

–Este desierto no es para tanto. Da gracias de que no estamos en las dunas del este.

–Me refiero a que estamos demasiado expuestos a los crux.

–Ah. Sí, claro, los crux. La migración empezará en cualquier momento, según tú.

Cretino . Seguía sin creerme.

En los últimos cuatro días no nos habíamos cruzado con mucha gente en el camino, pero, cada vez que encontrábamos a un comerciante o a un viajero, Jodhi se aseguraba de preguntarle si había oído hablar de un heraldo de los crux en Turah.

Ni una sola persona había oído aquellas noticias.

Y eso no hacía más que ensanchar la sonrisa de Jodhi con cada día que pasaba.

No es que ansiara la llegada de la migración, mucho menos cuando todavía no estábamos a salvo en el castillo de mi padre, en Quentis, pero estaba deseando ver cómo se le borraba esa sonrisa de la cara.

Una gota de sudor resbaló por mi frente y me la sequé con la manga.

–Quítate la camisa.

Me quedé boquiabierta.

–¿Disculpa?

–La camisa. Laine no es el mejor lugar para llevar una túnica de lana. Debajo llevas algo, ¿no?

Una camisola de cuya existencia no tenía por qué enterarse.

–Mi camisa está perfectamente donde está y ahí se va a quedar.

Se encogió de hombros.

–Solo intento ayudar.

–Estoy bien. –Si es que sentirse miserable podía considerarse estar bien.

–Haz lo que quieras, muñeca. Solo diré que ese rubor en las mejillas te sienta muy bien. –Me dedicó una sonrisa blanca y seductora. Una sonrisa que, sin duda, habría llevado a más de una mujer a su cama.

Puse los ojos en blanco.

–Déjame en paz.

Me guiñó un ojo y siguió cabalgando a mi lado, aunque centró su atención en Evie.

–¿Quieres que lleve a esa mascota, amiguita?

Evie gruñó. O quizá fue Faze.

A ninguno de los dos le caía bien Jodhi. Y ambos tenían muy buen ojo para juzgar el carácter de la gente.

Quizá viajar con los Mavin había sido un error. No habíamos visto ni un solo monstruo desde el pantano de jengibre de las cuevas. El mayor peligro al que nos habíamos enfrentado había sido perdernos. Pero el camino estaba lo bastante bien señalizado como para que Evie y yo pudiéramos viajar solas.

–¿No sería más rápido cabalgar hasta la costa y cruzar el Krisenth en barco? –pregunté.

–Más rápido. Más caro. Lo debatimos la otra noche mientras dormías.

Fruncí los labios.

–Qué pena habérmelo perdido. Podríais haberme despertado.

–Lo intentamos. Thora te dio una patada. Y seguiste roncando.

Con razón me dolía la pierna el otro día.

–Entonces, ¿por qué no vamos en barco?

–Si dices la verdad sobre el heraldo de los crux, ninguno de nosotros quiere quedarse atrapado en medio del Krisenth cuando empiece la migración.

–Estoy diciendo la verdad –dije entre dientes, malgastando el aliento con él–. Entonces tendremos que cruzar el desfiladero de Evon.

–Sí. ¿Has estado alguna vez allí?

–No.

El desfiladero de Evon separaba Génesis de Quentis.

El cañón se hundía tanto en las entrañas de la tierra que se decía que en el fondo solo existía una oscuridad total.

Era tan oscuro que nada vivo podría sobrevivir allí, salvo los obsidianos y los chiropti, unos monstruos parecidos a murciélagos que habían convertido Evon en su hogar.

–Te va a encantar –murmuró Jodhi.

Quería preguntarle si era tan aterrador como había oído, si los chiropti eran tan mortales como las medularias y los ulfernos, pero recordé que Evie estaba cerca.

–Entonces… ¿por qué Quentis? –preguntó.

–Ayer ya me hiciste esa misma pregunta.

–Y no me gustó la respuesta que me diste. Probemos otra vez.

El día anterior, cuando me había hecho esa pregunta, le había dicho que estaba cansada de la nieve y quería pasar el invierno en un lugar más templado.

–Mi esposo está en Quentis.

Jodhi arqueó las cejas.

–¿Ahora tienes esposo? Qué conveniente. Y está en Quentis mientras tú viajas sola con una niña, a las puertas de la migración. No se te da muy bien mentir, ¿sabes?

–Supongo que no. –Presioné las piernas contra Freya para que empezara a trotar. Si Jodhi no se apartaba por su cuenta, nosotras lo haríamos por él.

Nos colocamos detrás de Golding, un hombre enorme de tez morena, cabeza rapada y dos estrellas tatuadas en la sien. Su arma preferida era una maza.

Por lo que sabía, Golding y Jodhi eran compañeros de viaje, pero no amigos. Nunca cabalgaban juntos ni acampaban cerca el uno del otro. Y aún no los había visto hablar.

Lo que convertía a Golding en mi nueva persona favorita.

–¿Dess? –preguntó Evie en voz baja–. ¿Por qué le mentiste?

–¿A Jodhi? –No le mentí. No exactamente. Solo le hablé de mi esperanza de encontrar a Ransom en Quentis.

–Sí. Papá está en el cielo, no en Quentis.

Aquella niña escuchaba más de lo que yo creía. Igual que todos los demás, pensaba que Zavier era mi esposo.

Me hacía sentir mal ser yo quien le contara toda la verdad. Sentía que era algo que le correspondía hacer a Ransom. Pero él tendría otras verdades que explicarle. Yo podía ocuparme de esta.

–¿Recuerdas que tienes que guardar secretos? –dije, inclinándome para que solo ella pudiera oírme–. Lo de papá y lo de que eres una princesa.

Asintió.

–Bueno, yo también tengo que guardar algunos secretos. Y el mío es sobre Ransom. Tu padre era un amigo muy especial, pero yo quiero a Ransom. Él es mi esposo. Solo que no se lo contamos a nadie.

Levantó la vista, mordiéndose el labio inferior con preocupación.

–¿Estás casada con Ransom?

–Sí, así es.

Ransom y yo siempre habíamos tenido mucho cuidado de mantener nuestra relación en secreto. En público, yo era el Gorrión y estaba casada con el príncipe heredero. Él era el Guardián, el afamado guerrero de Turah.

Lo había besado en Ellder antes de llevar a Evie hacia los calabozos. Quizá lo recordaba. Quizá no. No importaba. Esto ya era más de lo que una niña de cuatro años debería tener que entender.

–Ah –dijo, relajando los hombros. Luego resopló y su cuerpo empezó a temblar–. Pero, si no estás casada con papá, entonces no puedes ser mi madre. ¿Qué hago?

–Ay, Evie. –El corazón se me partió y el dolor hizo que me costara respirar. La estreché contra mí y le besé la cabeza–. Siempre puedes quedarte conmigo, pase lo que pase. ¿De acuerdo?

Asintió mientras seguía derramando lágrimas.

Algún día esperaba que todo aquello no fuera más que un recuerdo lejano. Esperaba verla sonreír mucho más de lo que sonreía ahora. No era su madre, pero albergaba la misma esperanza que tendría cualquier madre de que aquella niña tan maravillosa superara su dolor.

Y quizá ella aún no lo supiera, pero no estaba sola. Tenía a su hermano.

Me toqué la cicatriz mientras la abrazaba con más fuerza.

Cabalgamos hasta que el sol alcanzó el horizonte.

Thora, siempre al frente de los Mavin, se apartó del camino y tomó un desvío que conducía hasta un saliente rocoso cercano con algunos árboles dispersos. Solo cuando ella desmontó, los demás hicieron lo mismo.

Al caer la noche, una enorme hoguera ardía rodeada por las monturas.

Evie y yo habíamos ocupado el lugar de Mose tras su marcha en Middle. Cinco de los sacos de dormir estaban vacíos, ya que los hombres los habían preparado antes de salir a cazar.

Si bien los días eran sofocantes, las noches eran frías. Doblé nuestra manta por la mitad para que la parte inferior nos aislara de la arena y la superior nos mantuviera calientes.