Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo diecinueve. Caspia
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Capítulo diecinueve. Caspia

Capítulo diecinueve CASPIA

Que la suerte de Daria te acompañe en tu viaje.

Mantente viva, Caspia.

Hasta Quentis,

Andreas

La nota, escrita con la letra pulcra de Andreas, estaba sobre la mesa, junto a un morral de cuero. Dentro había una rebanada de pan, un paquete de carne seca, un puñado de caquis y una bolsa llena de monedas de oro.

No estaba segura de cuánto valían en Calandra, pero probablemente había más monedas de las que podía permitirme perder.

Junto al morral había un mapa nuevo, con líneas más nítidas y definidas que las del que había dibujado originalmente para mí. Había señalado los nombres de pueblos, ciudades y ríos, además de las zonas que me recomendaba evitar, como los pantanos de Ozarth y el vasto desierto de Laine.

Debía de haberlo dibujado en algún momento de la noche, cuando me di por vencida al esperarlo y me quedé dormida. Después, probablemente, se escabulló hasta la cabaña y lo dejó todo allí para cuando me despertara antes del amanecer.

La cabaña estaba vacía y en silencio. Miré por última vez a mi alrededor, agradecida de que él no estuviera allí.

Ya nos habíamos despedido. Y, sin él, no sentía ninguna tentación de quedarme.

Entonces me puse la capucha para cubrirme el cabello y me colgué el morral al hombro. Después, antes de perder la compostura, salí por la puerta.

–Hasta Quentis.

***

El estrecho sendero que salía de la cabaña desembocaba en un camino.

Durante los soles que había pasado junto a Andreas, a salvo entre esas paredes, había olvidado lo terriblemente expuesta que me sentía al atravesar el bosque sola.

Incluso allí, en ese camino transitado, nunca me había sentido tan vulnerable.

Cada pocos metros, llevaba la mano al cuchillo sujeto a la pierna.

La tentación de dar media vuelta hacía que cada paso se sintiera pesado y lento, pero no me rendí y seguí poniendo un pie delante del otro, guiándome por el sol a medida que avanzaba sobre las copas de los árboles en su inmenso arco.

Ya echaba de menos a Andreas. Echaba de menos su seguridad y su fortaleza, su silencio y su determinación. Echaba de menos sus suaves sonrisas y su voz profunda. Y ya echaba de menos su cabaña, casi tanto como echaba de menos a Showe.

Era extraño echar de menos a alguien a quien conocía desde hacía menos de un ciclo lunar completo.

Pero Andreas no era un hombre fácil de olvidar. Y, la verdad, no tenía intención de intentarlo.

Aquella caminata me dio tiempo de sobra para pensar en los soles que pasé en su cabaña. En mi tía. En el aprieto en el que me encontraba. En el lugar al que me dirigía.

Turah.

Iba a ser una larga caminata.

El aire estaba cargado de humedad y hacía que tuviera la piel pegajosa, así que decidí quitarme la capa y atármela a la cintura. Luego me até el cabello en un moño alto para mantener los rizos apartados de la cara.

El camino era estrecho, apenas dos rodadas que atravesaban el bosque con una franja de musgo entre ellas. De vez en cuando encontraba la huella de algún caballo en la tierra, pero no había rastro de otras personas.

Las aves cantaban mientras volaban sobre mí, de rama en rama. Un rato antes había visto una ardilla escabullirse por un tronco caído. Cada pocos pasos escrutaba el bosque a mi alrededor en busca de algún depredador o de cualquier cosa que pudiera representar un peligro.

¿Era este el mismo camino que habíamos tomado con Xandra? ¿Encontraría sus huellas en la tierra? ¿Encontraría mi bolso perdido?

Llevé una mano al bolsillo y toqué los anillos de elfalter de Emery. Al menos esos no los había perdido.

¿Cuánto valdrían en Calandra? Si contrataba un barco para que me llevara a casa, ¿podría encontrar el camino de regreso a Nelfinex? Tendría que haber prestado más atención a los mapas del capitán cuando estaba a bordo del Cirrina .

Si tan solo pudiera transformarme. Volar sobre este continente convertida en un vencejo haría que todo fuera mucho más sencillo. Pero, con cada sol que pasaba sin escuchar el pulso del rito, perdía más la esperanza.

Quizá quedaría atrapada en Calandra. Aunque no sería tan malo si estuviera en Quentis con Andreas.

De pronto, un gruñido grave me arrancó de mis pensamientos y empecé a caminar más despacio, mirando a un lado y a otro en busca de la fuente del sonido.

Que no sea un ulferno. Por favor, que no sea un ulferno.

Giré sobre mí misma mientras el corazón se me aceleraba y otro gruñido surgía de entre los árboles.

Cuando volví a mirar al frente, encontré un fének en medio del camino, con los colmillos blancos relucientes.

–Ah, gracias al Divino –suspiré, apoyando una mano sobre el corazón acelerado. Luego me arrodillé y tendí una mano hacia la bestia con la palma hacia arriba–. Hola, pequeño.

El fének gruñó y dio un paso hacia delante.

–Ven –dije con suavidad, esperando a que diera otro.

El pelaje canela de su garganta vibró cuando volvió a gruñir. Me enseñó los dientes y bajó la cabeza y el lomo como si estuviera a punto de saltar. Llevaba las orejas pegadas hacia atrás.

–Tranquilo –murmuré–. No voy a hacerte daño.

El fének lanzó una dentellada al aire y gruñó mientras se acercaba despacio.

Se me erizó el vello de los brazos mientras contemplaba sus ojos verde menta.

Los fének de Nelfinex eran criaturas dulces y adorables, las mascotas más queridas que teníamos. Pero aquel animal no parecía interesado en que le acariciara las orejas peludas. Lo único que veía era una criatura con un hambre voraz y una ira salvaje.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras me levantaba despacio.

–Por el Divino, te juro que no voy a hacerte daño.

El fének abrió la mandíbula y mostró aquellos colmillos listos para clavarse en mi piel.

No . Aquello no podía estar pasando. Quienes teníamos sangre de Estornino podíamos calmar a todas las bestias de este mundo. Podíamos amansarlas y montarlas. Una de mis tutoras me dijo una vez que nunca había visto a nadie como yo tratando con animales.

No iba a huir de aquella criatura. Así que le sostuve la mirada, decidida a no dejarme intimidar por sus gruñidos.

–No me asustas, amiguito.

La bestia se detuvo e inclinó la cabeza hacia un lado. Levantó las orejas y las orientó hacia delante mientras se erguía. Agitó una vez la cola peluda, pero bastó para darme esperanzas de que no todo estaba perdido.

–Así está mejor –dije sonriendo, y relajé los hombros mientras volvía a tender la mano.

El ataque se produjo en un abrir y cerrar de ojos.

El fének se lanzó hacia mí con la mandíbula abierta de par en par y los colmillos listos para despedazarme.

Me moví más rápido de lo que jamás lo había hecho, girando hacia un lado para esquivar a la bestia. Cayó al suelo soltando un quejido y arañó la tierra con las garras mientras recuperaba el equilibrio y, una vez más, se abalanzaba sobre mí con una ferocidad que solo había visto una vez.

En los ulfernos.

Volví a esquivar a la pequeña bestia cuando saltó sobre mí, apoyé ambas manos en sus costillas y la empujé con fuerza.

Mis cuchillos seguían envainados, porque había prometido no hacer daño a aquella criatura. Los Estorninos siempre cumplíamos nuestras promesas.

Giré y eché a correr. Mis botas resonaban sobre la tierra y, aunque allí era un poco más rápida que en Nelfinex, no era rival para el fének.

Sin dejar de gruñir, me siguió por el camino. En un momento dado, saltó y sus colmillos quedaron enganchados en la capa que llevaba atada a la cintura. La sacudida bastó para arrastrarme hacia atrás y casi hacerme caer.

Pero mis pies parecían moverse por voluntad propia y siguieron avanzando, dando zancadas y girando sobre la tierra mientras desataba el nudo y me desprendía de la capa.

La prenda quedó enganchada en los colmillos del fének y, mientras se sacudía para librarse de ella, aproveché la oportunidad para escapar. Con un brazo dolorido y el otro sujetando el morral para que no me golpeara la cadera, corrí a toda velocidad.

De pronto, un gruñido familiar me hizo un nudo en el estómago. Cuando me volví, el fének volvía a perseguirme.

En ese momento, mi mano fue directa a uno de los cuchillos y lo desenvainé.

Las patas de la bestia parecían flotar sobre el suelo mientras su ágil cuerpo se movía con tal soltura y velocidad que no era más que una mancha anaranjada sobre un fondo verde.

–Basta –grité, con los ojos llenos de lágrimas.

No quería romper mi promesa. No quería matar a aquella criatura.

Pero, si debía hacerlo para salvar mi vida, no me quedaba otra opción.

El gruñido a mi espalda era aterrador.

Apreté con más fuerza la empuñadura del cuchillo y me volví, dispuesta a cortarle la garganta.

Saltó, pero, antes de que chocáramos, el silbido de una flecha atravesó el bosque y el proyectil se clavó en el corazón del fének.

La bestia soltó un chillido desgarrador y se desplomó en el suelo con un crujido espantoso. Sus patas seguían moviéndose, como si aún estuviera corriendo, incluso al borde de la muerte. Después, el aire escapó de su hocico negro y quedó tendida en la tierra, sin vida.

–No… –Los fének traían buena suerte. Su sangre no debía derramarse sobre la tierra.

–¡Caspia! –exclamó Andreas, corriendo por el bosque con una ballesta en una mano y varias flechas en la otra. La preocupación reflejada en su rostro estuvo a punto de hacerme añicos.

Abrí la boca para hablar, pero lo único que brotó de mí fue un llanto desgarrador.

Se detuvo a mi lado, dejó la ballesta y las flechas en el suelo, y sus manos recorrieron mi cuerpo en busca de alguna herida.

–¿Te ha hecho daño?

–No –negué con la cabeza, con la respiración entrecortada.

–Ama y Oda. –Con la mano trazó un gesto en el aire, como dos lágrimas que se unían sobre el corazón. Después me estrechó entre sus brazos y me sostuvo con fuerza contra su pecho.

Andreas me había contado que aquel gesto servía para honrar a los Ocho.

Era una muestra de reverencia hacia sus dioses. La Madre y el Padre, y sus hijos, los Seis, que habían maldecido Calandra con monstruos.

Monstruos como los fének.

Divino, sácame de este lugar.

–¿Estás bien? –preguntó.

–No. –Cerré los ojos con fuerza, incapaz de mirar al fének muerto–. De donde yo vengo, no son monstruos.

No eran tan feroces ni tan violentos. No atacaban ni mordían. Eran adorables, inteligentes y leales. Dejábamos que las niñas eligieran a sus favoritos de cada camada porque los fének eran compañeros para toda la vida.

–Yo tenía un fének de mascota. Se llamaba Helvi’op.

–¿Helvi’op? –repitió Andreas–. ¿Hop?

Asentí, aferrándome a él mientras volvía a llorar.

Nunca en mi vida había llorado tanto como desde que llegué a Calandra. Rayos . Qué desastre había hecho con esta vida. Con la de Xandra.

Todo por una visión.

Quizá debería haber escuchado a mi tía, debería haber hecho lo mismo que ella y olvidarme de Emery. Pero no podía.

Porque, si yo estuviera en su lugar, Emery nunca se olvidaría de mí.

Resoplé y me aparté de él, secándome las lágrimas con la mano. Después le di la espalda al monstruo y eché a andar por el sendero.

–¿Dónde está tu capa? –preguntó mientras recogía la ballesta y yo enfundaba el cuchillo.

–Destrozada. –Aunque pudiera volver a usarla, no quería tener nada que ver con ella.

Podía quedarse para siempre en aquel camino, perdida como el resto de las cosas que había traído a Calandra.

Cuando llegara el momento de marcharme, este continente me habría dejado sin nada.

–Caspia –dijo, apoyando una mano en mi brazo para detenerme y esperando a que lo mirara.

La tentación fue más fuerte que yo. Miré hacia atrás, hacia el cuerpo anaranjado tendido junto al camino.

No pude soportarlo y enterré el rostro entre las manos mientras volvía a llorar.

–Vas a estar bien –dijo Andreas, abrazándome y estrechándome contra él mientras me susurraba al oído–. Ya no puede hacerte daño.

Todo lo contrario. Su muerte era la razón por la que sentía aquel dolor en el pecho. Pero Andreas solo conocía a esos animales como monstruos. Para él, solo servían muertos.

Me tomé un momento para llorar y luego levanté la cabeza.

–Gracias.

–Vamos. –Me tomó de la mano–. Hay una aldea más adelante. Si mantenemos un buen ritmo, llegaremos antes del anochecer.

–¿Llegaremos? ¿Vienes conmigo?

–Sí. Iremos juntos.

No iba a oponerme, no después de aquel ataque.

–Lo siento.

–No es nada. –Me apartó un mechón de cabello detrás de la oreja–. Hace mucho que no voy a Turah. Será toda una aventura.

Lo miré, parpadeando, convencida de no haberlo entendido bien.

–¿Turah? Pero…

Andreas apoyó un dedo sobre mis labios.

–Dijiste que las mujeres de tu familia tienen una tradición. Un rito. Tienen que abandonar su hogar para encontrar a la persona en la que deben convertirse. Bueno, me gusta bastante la mujer que eres ahora, así que creo que también me gustará la mujer en la que te conviertas.

Todo aquello lo dijo en el dialecto de Beesa, su «antigua lengua». Lo hablaba de forma impecable, como si hubiera pasado horas practicando exactamente qué decir para que no se me escapara nada.

Lo agarré por la parte delantera de la camisa y tiré de él hacia mí, robándole el beso que quería desde hacía varios soles.

Sonrió contra mis labios y me dio un instante para descubrir su suavidad. Luego tomó el control, me envolvió con esos brazos fuertes y me levantó del suelo, dejando mis pies colgando, mientras me besaba hasta dejarme sin aliento.

Memoricé la calidez de su boca, la suavidad de sus labios y el sabor de su lengua. Y, cuando ahogué su gemido con un beso, la vibración me recorrió el cuerpo hasta la punta de los pies.

Cuando Andreas por fin volvió a dejarme en el suelo, me sentía mareada, como si me hubieran salido alas.

Quizá nunca me convertiría en un vencejo. Pero, con Andreas, sabría lo que era volar.

–¿Lista? –Me tomó de las manos.

–Lista.

Y juntos partimos para explorar Calandra.