Capítulo dieciocho. Odessa
Capítulo dieciocho ODESSA
La aldea situada más allá de los pantanos de jengibre de las cuevas no tenía un nombre oficial ni aparecía señalada de forma destacada en ningún mapa. Pero, según Sryker, algunos la llamaban Middle, ya que estaba situada exactamente en el centro de Ozarth.
Las personas que vivían allí eran en su mayoría granjeros que iban a los pantanos a recolectar las valiosas bayas.
Al terminar la temporada de cosecha, casi todos abandonaban Middle y regresaban a sus pueblos para reunirse con sus familias.
Y, cuando comenzaba la siguiente temporada, era probable que la aldea hubiera cambiado de ubicación.
Los refugios y las tiendas estaban dispersos por una pradera cubierta de hierba. Sus estructuras parecían frágiles y pequeñas. Nada que pudiera sobrevivir a la migración.
No había ninguna calzada de piedra, solo caminos de tierra que se ensanchaban según la popularidad del lugar al que conducían.
El que pasaba frente a la zona comercial era casi tan ancho como el propio asentamiento, igual que el que llevaba a la cabaña que hacía las veces de taberna.
Aun así, la mayoría apenas tenía espacio para que pasara un solo jinete.
Las estruendosas carcajadas de un grupo de hombres llegaban desde algún punto de la aldea, quizá la taberna.
Al igual que en el asentamiento del río Harrow, no había el menor rastro de urgencia ni de pánico por la migración. ¿Por qué las noticias sobre el heraldo no se propagaban con mayor rapidez?
Habíamos llegado a la aldea justo antes del anochecer y tuvimos tiempo suficiente para elegir un lugar donde acampar, atar los caballos y encender una hoguera antes de que el sol desapareciera tras el horizonte.
Después de una cena rápida, Evie apoyó la cabeza sobre mi regazo y se quedó dormida enseguida. Faze estaba acurrucado bajo uno de sus brazos.
Yo seguía sintiéndome incómoda después del largo viaje y todavía no había comido nada.
–¿Siempre es así cruzar los pantanos? –le pregunté a Sryker.
–Hoy ha sido... inusual. –Se sentó a mi lado y la cicatriz de su rostro quedó iluminada por el resplandor de la hoguera mientras removía las brasas con una rama–. Nunca había visto a tantos lagarsk intentar derribar las cercas de esa manera.
Nueve monstruos habían intentado atravesar los postes. Por suerte, solo uno lo logró. Aun así, había sido un día espantoso.
Si aquellos ataques eran tan poco habituales, estaba convencida de que yo era la responsable. En Ellder solo había sido una teoría que los monstruos se sintieran atraídos por mí. Pero ya no podía seguir ignorando las señales.
Había algo en mí que atraía a esas criaturas.
Ransom se había negado a ponerlo a prueba.
Bueno, este viaje era prueba más que suficiente.
¿Cuántas personas morirían solo por la mala suerte de estar a mi lado? La lista de nombres que llevaba en la cabeza, la de quienes habían sido asesinados por los monstruos, no dejaba de crecer.
Sariah, la mujer de la taberna de Ashmore.
Witt, el niño de Ellder.
Luella. Zavier. Jocelyn. Brielle. Todos muertos la noche del ataque del crux. ¿Era yo la razón por la que el heraldo había atacado la fortaleza?
La presión que llevaba creciendo en mi pecho durante todo el día hacía que me resultara casi imposible respirar.
No podía llevar a Evie sola hasta Quentis.
No podría vivir conmigo misma si su nombre acabara sumándose a aquella lista.
–Oda nos bendijo poniendo a los Mavin en nuestro camino –dijo Sryker, mirando hacia el grupo de guerreros que había acampado cerca de nosotros.
Eran once hombres y una mujer, Thora.
Según los rumores que había oído Sryker, había cientos de Mavin repartidos por Calandra, aunque nadie sabía con certeza cuántos. No eran leales a ningún rey ni a ningún reino, pero sí al oro.
Esperaba que no pretendieran cobrarnos por la ayuda que nos habían prestado aquel día.
Los Mavin habían cabalgado junto a nosotros por el pantano, atacando con espadas y hachas a los lagarsk que intentaban cruzar la cerca.
–Deberías averiguar adónde se dirigen –dijo Sryker, apoyando el bastón en el suelo antes de ponerse en pie–. Quizá podáis viajar con ellos. Cuídate, Odessa. Que Ama y Oda te protejan durante el viaje.
–Espera. –Me volví hacia él, apartándome con cuidado de Evie–. ¿Te marchas? ¿De noche?
–No sería la primera vez. He cruzado los pantanos de noche en muchas ocasiones. Aunque creo que esta será la última. Si salgo ahora, llegaré a casa a tiempo para desayunar con Edda.
–¿Y los monstruos?
–No serán un problema. –Se colocó la capucha hecha con piel de lagarsk.
–Sryker. –Me acerqué a él–. Deberías alejarte de la orilla del río. Ponerte a salvo antes de la migración.
–Pero todavía falta mucho. Se supone que no llegará hasta la primavera.
–Vimos un heraldo en Turah.
Frunció el ceño.
–A mí no me ha llegado ningún aviso.
Al parecer, no le había llegado a nadie. ¿Por qué? El rey Ramsey debería haber enviado jinetes o soldados a todos los reyes del continente.
–Por favor, confía en mí.
Me observó durante unos instantes y luego asintió.
–Está bien. Adiós, Odessa.
–Adiós, Sryker. Gracias. Por todo.
Lo observé alejarse hasta que ya no pude distinguir el verde lima de su ropa.
Me agaché, arropé a Evie hasta los hombros con la manta y reuní el valor suficiente para acercarme al campamento de los Mavin.
Si Sryker tenía razón, quizá pudieran llevarnos a Evie y a mí hasta Quentis sanas y salvas.
Los guerreros descansaban alrededor del fuego, formando un círculo con sus monturas.
Dos de ellos jugaban a los dados. Uno leía un libro bastante desgastado.
Los demás parecían conformes con permanecer sentados sobre sus mantas, contemplando las llamas en silencio.
Thora estaba sentada con las piernas cruzadas, afilando el hacha con una piedra.
Parecían completamente cómodos bajo el techo de estrellas, casi como si estuvieran en una sala acogedora junto a una chimenea.
Todos tenían líneas que les cruzaban la nariz, una o dos según el caso. Jodhi era el único hombre con tres. Y Thora era la única con cinco, además de los puntos tatuados en la frente y la línea que descendía por la barbilla.
¿Indicaban aquellas líneas el rango dentro de los Mavin?
Jodhi estaba recostado contra su montura, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza y las piernas estiradas y cruzadas. A diferencia de sus compañeros, él no contemplaba el fuego.
Me miraba a mí, con una sonrisa cargada de insolencia.
Me recordaba tanto a Ransom que me provocaba un gran dolor en el corazón. Me acaricié la cicatriz de la palma de la mano.
En otra vida, Jodhi me habría parecido atractivo, pero solo había un hombre capaz de acelerarme el pulso.
–Eh, muchachos, animaos –dijo Jodhi–. Tenemos visita.
Los hombres me miraron sin demasiado interés y enseguida volvieron a lo que fuera que estuvieran haciendo.
Thora alzó la vista, apretó los dientes y siguió afilando el hacha.
Parecía la persona a la que tendría que pedir ayuda... y también la primera en negármela.
–¿Qué podemos hacer por ti, muñeca? –preguntó Jodhi.
Me obligué a sonreír, ignorando el apodo, y me detuve en el borde del círculo.
–Me preguntaba adónde os dirigís.
Algunos intercambiaron miradas, como si se estuvieran riendo en silencio.
Jodhi se incorporó hasta quedar sentado y esbozó una amplia sonrisa.
–Vamos allí donde nos lleve el dinero.
Era exactamente la respuesta que esperaba.
–Necesitamos llegar a Quentis. Os pagaré para que nos llevéis.
–¿Cuánto?
–¿Cuánto queréis?
Aquello captó la atención de los demás. Los hombres que jugaban a los dados abandonaron la partida.
Jodhi me recorrió de arriba abajo con la mirada mientras el escepticismo se reflejaba en sus ojos castaños.
–Lo siento, muñeca. No creo que puedas pagar lo que pedimos.
–Mil zillahs. A cada uno.
Cada uno necesitaría un baúl entero para transportar tanto dinero. Un zillah valía diez veces más que un darric, y aquella cantidad de oro bastaría para hacerlos muy ricos.
La oferta debería haber sido suficiente para que me tomaran en serio, pero los once hombres estallaron en carcajadas.
–¿Llevas doce mil zillahs en esas alforjas? –preguntó Jodhi.
–Bueno, no. Tendré que pagaros cuando lleguemos a Roslo.
–Nosotros siempre cobramos por adelantado. Sin excepciones.
–A-ahora mismo no tengo nada.
–Tienes una espada muy bonita.
–Sí, ya lo sé. Y no pienso desprenderme de esa espada tan bonita.
Jodhi apoyó la barbilla sobre las manos.
–¿Y esa mascota?
¿Faze? Abrí los ojos de par en par.
–Olvídalo.
–Entonces no podemos ayudarte, muñeca.
–Odessa –lo corregí, apretando los puños–. Me llamo Odessa.
–Podrías ser la reina Kasan y daría exactamente igual. No hacemos nada gratis. Y no hacemos nada si no cobramos por adelantado.
El hombre de cabello castaño rojizo, Mathias, soltó una carcajada.
–Tenemos que llenarnos los bolsillos antes de la migración.
Bueno, no tendrían que esperar mucho. Me di la vuelta para regresar a mi hoguera.
–Espera –la voz de Thora rompió el silencio–. ¿Qué has dicho?
Maldita sea.
Lo había dicho en voz alta, ¿verdad?
Una intensa incomodidad me recorrió el cuerpo al volverme hacia los Mavin. Esta vez sí tenía toda su atención.
Jodhi dio unas palmadas en el suelo, a su lado.
–Siéntate, muñeca.
No era una sugerencia.
***
Todo el grupo quedó en silencio.
No me llevó mucho tiempo contarles lo del heraldo de los crux que había atacado Ellder. No había mucho más que decir.
Llegó. Mató. Y me fui.
–¿Cuándo fue eso? –El tono burlón y la sonrisa arrogante de Jodhi habían desaparecido en cuanto me senté a su lado.
–Creo que hace… ¿veinte días? Más o menos. –Los días parecían haberse fundido desde que abandonamos Ellder.
–Mierda. –Un hombre robusto con rayos de Génesis en los ojos y el cabello rubio peinado de punta se puso en pie de golpe y empezó a recoger sus cosas.
–Mose. No. –Uno de los hombres que jugaba a los dados se levantó y se acercó a Mose, que estaba preparando su montura–. Si él llega a enterarse…
¿Quién? ¿Y si se enteraba de qué ?
–No me importa –respondió Mose con brusquedad–. Quítate de mi camino.
El otro hombre no se movió.
–Al menos espera al amanecer, Mose –dijo Jodhi–. Viajarás más rápido de día.
–Tengo que avisar a mi familia. Al diablo con las reglas. Necesito llevarlos a un refugio. Con suerte llegaré a tiempo, tal y como están las cosas.
–Déjalo –ordenó Thora, y el otro hombre se apartó–. Buena cacería, Mose. Por el filo y la sangre.
Mose le dedicó un gesto de asentimiento a Thora y después se adentró en la noche en busca de su caballo.
–¿Está muerto? –preguntó un hombre de tez morena–. ¿El Guardián mató al heraldo?
–No lo sé –susurré.
Lo único que vi fue al crux volando hacia la noche con Ransom entre sus garras.
–¿Por qué no nos hemos enterado de nada de esto? –preguntó Jodhi, tensando la mandíbula–. Hay que advertir a la gente. Malditos turanos y sus malditos secretos.
Le lancé una mirada fulminante. Quizá Jodhi tenía razón con lo de los turanos y sus secretos.
Pero, en esto, no podía creer que el rey Ramsey no hubiera advertido a los otros reinos.
No sentía una devoción especial por el padre de Ransom, pero, al menos, había preparado a su propia gente para la migración.
Y, si los turanos se estaban preparando, los demás acabarían enterándose.
–Los turanos no están ocultando la existencia del heraldo a propósito. Esto ocurrió en una región aislada del reino. Y ese monstruo mató a más personas de las que sobrevivieron. Las noticias no viajan de la noche a la mañana.
–Bueno, da gracias a la diosa Daria de que hoy hayamos tenido la suerte de salvarte el pellejo –dijo Jodhi con expresión impasible.
Sinceramente, ese hombre no me caía bien.
Sí, los turanos guardaban muchos secretos. Sí, era exasperante. Jodhi no se equivocaba. Pero jamás lo admitiría. Y quizá Ramsey no había actuado tan rápido como lo habría hecho cualquier otro rey en su lugar, pero me negaba a creer que Ransom estuviera ocultando al heraldo.
La única razón por la que no habría advertido a los demás era una que no quería ni considerar: que no seguía vivo para transmitir el mensaje.
Está vivo.
–¿Estás seguro de que era un solo heraldo? –preguntó Jodhi.
–Sí, estoy segura. –Mientras viviera, nunca olvidaría el chillido ensordecedor de ese monstruo.
–Debería haber más –dijo, dirigiéndose a los Mavin–. Siempre hay más de un heraldo. Puede que los turanos guarden silencio, pero los demás reinos no.
–Estoy de acuerdo –dijo otro hombre–. Además, Salem nos habría avisado. Se supone que la migración llegará la próxima primavera.
No sabía quién era ese tal Salem, pero sí reconocía la incredulidad en los rostros de los Mavin. Sentí un nudo en el pecho.
–No me creéis.
Jodhi se encogió de hombros.
–La verdad es que no.
Cretino .
Resoplé y me puse en pie.
–¿Por qué iba a mentir sobre esto?
–Para hacernos sentir culpables y conseguir que acompañemos a una mujer y a una niña hasta Quentis sin poder pagar.
Abrí la boca. La cerré. Cielos .
–¿Crees que intento manipularos?
–No te lo tomes como algo personal –dijo–. Hace mucho que aprendí a no confiar en una mujer hermosa que bate las pestañas y suplica ayuda.
Yo no batía las pestañas.
Sin decir nada, me alejé del fuego, más que dispuesta a volver con Evie y Faze. Podía verla desde donde había estado sentada, pero aun así no me gustaba dejarla sola.
–Alto –la orden de Thora frustró mi plan.
Me crucé de brazos y me volví para lanzarle una mirada fulminante.
Levantó una ceja.
Aquella no podía ser la guerrera de la que me había hablado el hermano Skore. No esa mujer. Tenía que ser otra persona. Alguien que pudiera ayudarme a mantener a Evie a salvo.
Se nos estaba acabando el tiempo. Podían fingir que la migración no iba a producirse, pero yo conocía la verdad.
Thora dejó a un lado el hacha y la piedra de afilar, se puso en pie, rodeó la hoguera y salió del círculo que habían formado sus compañeros. Se acercó a mí y se detuvo a un brazo de distancia.
–¿Quién eres?
Una princesa de Quentis.
La hija del Rey Dorado.
El Gorrión.
Ninguna de esas parecía ser la respuesta correcta.
Era la reina de Ransom.
–Odessa Wolfe.
Me estudió en silencio, sosteniéndome la mirada.
–Está bien, Odessa Wolfe. Te llevaremos a Quentis.
El aire abandonó mis pulmones.
–Gracias.
–Dámelas con mil zillahs. –Miró por encima del hombro a los hombres que tenía detrás–. Partimos al amanecer.
Y así fue como emprendí el viaje con los Mavin.