Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo diecisiete. Caspia #2
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Capítulo diecisiete. Caspia #2

Andreas nunca había oído hablar de mi continente ni de ningún otro, y le sorprendió enormemente descubrir todo lo que había viajado por el Marixmore. En su favor había que decir que no tardó mucho en aceptar que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado.

Una parte de lo que lo hacía tan irresistiblemente atractivo era su mente abierta.

Creyó cada una de mis palabras.

Le hablé del continente de Kenn y de la nación de Nelfinex. Le expliqué que esa antigua lengua se parecía a un dialecto de Beesa, otra nación de Kenn. Le conté que había emprendido este viaje con mi prima y que los ulfernos nos habían separado.

En el poco tiempo que habíamos pasado juntos, le había contado lo suficiente para saciar su curiosidad sobre mi tierra natal, mientras yo averiguaba todo lo posible sobre su mundo.

Y, aunque era hermoso, amable, compasivo y encantador, seguíamos estando más cerca de ser dos desconocidos que dos amigos. Así que guardé gran parte de mi vida en secreto. Si había polimorfos en Calandra, no lo pregunté. Quizá, si hubiéramos tenido más tiempo, se lo habría contado todo.

Pero, en lugar de eso, había llegado el momento de despedirme.

–Andreas. –Crucé la habitación y le corté el paso. Cuando me detuve frente a él, frunció el ceño con preocupación y tuve que obligarme a no ponerme de puntillas para acercarme a sus labios–. Me gustaría quedarme.

–Pero no lo harás. Eso es diferente.

Le dediqué una sonrisa cargada de tristeza.

–No, no lo haré.

Soltó un gruñido de frustración y apretó la mandíbula mientras clavaba la vista en la pared. Luego cerró los ojos y exhaló lentamente. Todo su cuerpo pareció desinflarse mientras tomaba mi rostro entre las manos.

–Caspia.

Me encantaba oír cómo pronunciaba mi nombre.

Casi tanto como para quedarme.

Casi.

Sus ojos buscaron los míos antes de bajar hacia mi boca.

Bésame. Por favor. Solo quiero un beso antes de marcharme.

Un primer beso. Y el último.

Sacudió la cabeza con los dientes apretados, dejó escapar otro gruñido de frustración y apoyó la frente contra la mía. Después soltó mi rostro y me rodeó con los brazos.

Un primer y último abrazo.

–¿Puedo hacerte cambiar de idea?

–Nelvi’o. –Apoyé la nariz en su pecho, aspirando el aroma limpio de la madera, el jabón de hierbas y su propia esencia masculina.

Andreas olía a lo mejor de Showe y de Calandra al mismo tiempo. Como si dos mundos hubieran chocado dentro de un sueño.

Respiré hondo, dejándome envolver por el calor y la fuerza de sus brazos. Después me aparté y caminé hasta la encimera de la cocina, donde recogí el dibujo que había hecho mientras me enseñaba los cinco reinos.

Un mapa.

–¿Cuándo te marcharás? –preguntó.

–Mañana. –Antes de perder el valor para hacerlo.

–¿Y adónde irás?

–Aún no lo sé. Buscaré a Xandra hasta encontrarla. Y, mientras tanto, exploraré tu continente. Quizá vaya hasta Turah.

–¿Por qué Turah? –preguntó.

Me encogí de hombros.

–Es el reino más alejado de aquí, ¿verdad?

–Sí.

–Bueno, cuando llegue allí habré recorrido la mayor parte de Calandra. Y, si para entonces todavía no la he encontrado, daré media vuelta y regresaré.

No era del todo cierto. Era una verdad a medias.

Andreas tampoco sabía nada de mis visiones.

Había dado por hecho que mi prima y yo habíamos llegado allí por error, después de equivocarnos de rumbo en el mar, y yo no me había molestado en corregirlo.

No sabía que había visto la muerte de Emery ni que el rito nos había llamado hasta aquel lugar.

Igual que ocurría con la verdad sobre los Estorninos, temía que, si le hablaba de mis visiones y no me creía, bueno…

Digamos que mi corazón ya estaba bastante roto incluso antes de abandonar Nelfinex.

Cuando me marchara de allí, Andreas se convertiría en un recuerdo perfecto.

Intacto. Inalterable para el resto de mi vida.

Si fracasaba en todo lo demás, si no encontraba a Xandra, ni vengaba a Emery, ni lograba regresar a Nelfinex, al menos conservaría el recuerdo de aquel hombre perfecto para atesorarlo en mi corazón.

Iría a Turah porque Andreas me había contado que la mayoría de los que vivían allí eran leñadores.

En mi visión de la muerte de Emery, ella estaba en una fortaleza protegida por una enorme muralla construida con troncos inmensos.

Parecía un buen punto de partida para buscar al guerrero de ojos plateados.

–En mi familia, las mujeres tenemos una tradición. Un rito. Debemos abandonar nuestros hogares y viajar hacia lo desconocido para encontrar a la persona en la que debemos convertirnos.

–¿Y este es tu rito?

–Sí. –Aunque nunca lograra la transformación, sabía, en el fondo de mi corazón, que aquel viaje me cambiaría para siempre.

Levanté el mapa que él había dibujado para mí y tracé mi ruta.

–Cuéntame otra vez lo de los rayos en los ojos. ¿Cómo eran?

–Ámbar en Quentis. Verde en Turah. Magenta en Laine. Azul en Ozarth. Y, aquí, en Génesis, anaranjados. –Del color de la fruta que crecía en un árbol junto a la puerta de la cabaña.

–Ninguno plateado.

–No.

–¿Y todos en Calandra tienen esos destellos en los ojos?

Asintió.

–Todos. Nunca he visto a nadie sin ellos, excepto a ti.

Quizá el guerrero de ojos plateados también procediera de otro continente. Si sus ojos eran realmente únicos, sería más fácil encontrarlo. La gente hablaría de ello.

Ahora que Andreas me había enseñado a hablar calandro, podía empezar a hacer preguntas y entender las respuestas.

–Gracias. Te prometo que algún día te devolveré toda esta generosidad.

–Mantente con vida –dijo–. Con eso me basta.

–Puede ser. Volveré. Te traeré un libro más interesante y un cuaderno nuevo para tus dibujos.

Esbozó una sonrisa triste.

–Entonces será mejor que vayas a Quentis.

–¿Por qué Quentis?

–Porque, cuando te marches, yo volveré a mi hogar.

Así que los dos nos despediríamos de aquella pequeña cabaña.

–Quentis. –Me toqué el centro de la frente con dos dedos–. Te lo prometo.

–Rezaré a Ama y a Oda para que guíen tu camino. Y a los Seis para que te protejan durante el viaje.

Sacudí la cabeza.

–Del número seis nunca sale nada bueno. Rézale al Divino.

–No conozco a tu dios.

–Entonces tendré que encontrarte en Quentis y hablarte de la gracia del Divino.

Las comisuras de sus ojos se arrugaron.

–Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse, Caspia.

–Yo también, Andreas.

Levantó una mano, como si quisiera tocarme. Pero, antes de que las yemas de sus dedos rozaran los míos, la retiró.

Y, cuando salió de la casa, cuando la puerta se cerró detrás de él, supe que acabábamos de despedirnos para siempre.