Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo diecisiete. Caspia
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Capítulo diecisiete. Caspia

Capítulo diecisiete CASPIA

Una mujer de rizos castaños sostiene una espada sobre la garganta de un hombre. Las fosas nasales se le ensanchan mientras contempla la hoja afilada. Es demasiado pesada para sostenerla con comodidad. La fuerza empieza a abandonarle y los brazos comienzan a temblarle.

Pero resiste un instante más, soportando la prueba mientras sostiene la mirada de sus ojos color avellana.

Él le arrebata la espada de la mano y la lanza al aire, haciéndola girar. La atrapa y se vuelve hacia ella en un abrir y cerrar de ojos. Con la punta de la espada, le alza la barbilla.

Sus ojos destellan de un verde esmeralda.

Ella se aparta de la espada. Se aleja del guerrero.

Ahora que le da la espalda, no ve el cambio de color en sus ojos. El verde queda atrás.

Lo único que queda es plateado.

***

Abrí los ojos sobresaltada cuando la visión me despertó del sueño.

Era la primera vez que tenía una visión del guerrero de ojos plateados más allá de aquella en la que veía morir a Emery. ¿Quién era esa mujer de cabello castaño? ¿Me llevaría hasta él?

–Te dije que ese libro era aburrido –dijo Andreas desde su asiento junto a la mesa. El suave roce del carboncillo sobre el papel llenaba la habitación mientras hacía un boceto.

–Y tenías razón. –Estaba recostada en el sofá de la cabaña.

Cuando nuestras miradas se encontraron, esbozó una sonrisa antes de volver a concentrarse en el dibujo.

El libro que había estado leyendo cuando me quedé dormida seguía abierto sobre mi regazo. O, mejor dicho, el libro que había intentado leer.

Tras varios soles peleándome con las lecciones de Andreas para aprender su lengua, había querido probar a leer algo. Esperaba que las palabras escritas me ayudaran a tender un puente entre la lengua de Nelfinex, el dialecto de Beesa y lo que Andreas llamaba la antigua lengua: el calandro.

Por mucho que quisiera aprender sobre los distintos deportes de Calandra, incluso con el reto añadido de la traducción, aquel libro era tan aburrido que habría dormido a cualquiera.

Había empezado a cerrárseme los ojos en cuanto llegué al segundo capítulo, donde se enumeraban las reglas de un juego muy popular en el que se pateaba una pelota a través de aros de distintos tamaños.

Habría sido mucho mejor si el autor hubiera incluido algunas ilustraciones.

–Lo siento, no tengo nada más para leer –dijo él.

–No pasa nada. –Me puse en pie y estiré los brazos por encima de la cabeza, haciendo una ligera mueca por la molestia en los hombros.

La luna anterior, cuando Andreas fue a cortar leña, decidí ayudarlo.

Llevaba muchos soles sin entrenar y tenía los músculos doloridos por el esfuerzo.

Esa incomodidad era un recordatorio de que había llegado el momento de dejar de holgazanear en aquella cabaña.

Era hora de hacer aquello para lo que había venido a este continente.

El sol que desperté en la cama de Andreas, vestida con su ropa, insistí en marcharme.

Así que me acompañó al exterior y nos despedimos.

Me interné en el bosque, cojeando por el dolor del tobillo, siguiendo el estrecho sendero que se alejaba de la cabaña.

Pero apenas conseguí caminar una hora antes de que las piernas empezaran a fallarme y la cabeza me latiera con fuerza. El tobillo volvió a ceder y tuve que detenerme para recuperar el aliento. Lo siguiente que recordaba era despertarme otra vez en su cama, ahora con mi propia ropa.

Me había encontrado inconsciente en el camino y me llevó de vuelta.

La próxima vez que le dije que me marchaba, dos soles después, me bloqueó la puerta con su enorme cuerpo y me ordenó descansar.

Así que eso fue lo que hice.

Mientras recuperaba las fuerzas poco a poco y el malestar remitía, Andreas y yo pasamos la mayor parte del tiempo intentando aprender el idioma del otro y contándonos historias para poder entendernos.

Me había encontrado en la orilla del río Coraness y, después de rescatarme, me llevó a su cabaña de caza para que descansara.

Había pasado cinco soles con fiebre, delirando y al borde de la muerte.

Me obligó a beber sopa caliente y agua. Curó las heridas que me había hecho en el bosque y en el río.

Cuando me confesó que me había quitado la ropa mojada para ponerme otra seca, las mejillas se le tiñeron de un delicado tono rosado que me enterneció.

Sin duda, Andreas me había salvado la vida. No solo cuando me encontró en el río, sino también al permitirme quedarme allí para recuperarme. Y al enseñarme sobre su continente y la lengua de su tierra.

Había aprendido que nos encontrábamos en Génesis, uno de los cinco reinos de Calandra. El río Coraness, donde me había encontrado, recibía su nombre de la capital situada en el otro extremo del reino.

Aquella ciudad parecía un buen punto de partida para iniciar la búsqueda del guerrero de ojos plateados.

Me acerqué a la mesa y me senté en la silla de enfrente.

Apartó su cuaderno de bocetos y lo inclinó hacia sí para que no pudiera ver la página.

–¿Qué estás dibujando?

–Nada –respondió, y volvió a sonreír mientras seguía dibujando.

No pude evitar quedarme mirándolo. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, dejando la frente al descubierto. Una barba de varios días le sombreaba la mandíbula. Había pasado horas estudiando la perfecta simetría de su rostro. Rayos . Era perfecto.

Mi tía siempre decía que los Estorninos estábamos condenados a obsesionarnos con demasiada facilidad.

Ella creía que aquella maldición era la que había llevado a Emery a marcharse con Max.

Oleana siempre se había negado a tener un consorte o un amante porque no quería que nadie la distrajera de su reinado sobre Nelfinex.

Pero a mí no me parecía algo tan terrible abrir el corazón, ni siquiera siendo reina.

Me gustaba pensar que los Estornino simplemente sabíamos reconocer a una buena persona cuando la encontrábamos.

Y Andreas era un buen hombre.

Obsesionarme tan fácilmente con un hombre amable, generoso y atractivo no me parecía ninguna maldición.

En otra vida le habría pedido que dejara de dormir en aquel sofá y lo habría invitado a compartir la cama conmigo.

Por la gracia del Divino, ojalá supiera dibujar.

Cuando abandonara aquella cabaña, me gustaría llevarme algo para recordarlo.

Tal vez un boceto suyo en la cocina, con las mangas remangadas hasta los codos, amasando pan.

O quizá uno de él cortando leña, con los músculos tensos bajo la camisa mientras blandía el hacha.

En todo caso, quería algo que me ayudara a recordar sus ojos anaranjados. Cada vez que me miraba, sentía que el resto del mundo se volvía gris.

No me parecía justo que nuestro tiempo estuviera llegando a su fin.

Me lancé a toda velocidad hacia su cuaderno de bocetos.

Pero no fui lo suficientemente rápida. Lo cerró enseguida, aunque no antes de que alcanzara a ver fugazmente mi rostro en la página. Me había dibujado sentada en el sofá.

Su sonrisa me provocó un vuelco en el estómago y su risa llenó la pequeña habitación.

Era tan encantadora como él.

Y otra razón más por la que había llegado el momento de seguir mi camino. Si no me marchaba pronto, quizá nunca abandonaría aquella cabaña.

–¿Tienes hambre? –preguntó, dejando a un lado el cuaderno y pasándose una mano por el cabello color arena.

–Sí. –Hambre de acariciarle el pelo, de enredarlo entre mis dedos, de apoyar los labios sobre los suyos y descubrir si eran tan suaves como parecían.

Habría dado casi cualquier cosa por sentir sus fuertes brazos rodeándome. Quería besar el hueco que se formaba bajo su garganta y descubrir el sabor de su piel.

Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, vi el mismo deseo reflejado en sus ojos. Se humedeció el labio inferior. Entreabrí la boca apenas y sentí cómo se me entrecortaba la respiración.

Se aclaró la garganta y bajó la mirada a la mesa.

Por más que quisiera dejarme llevar por aquella atracción y permitir que la tensión entre nosotros se rompiera, si cedía en aquel momento ya no habría forma de que me marchara.

Así que pronuncié las palabras que más había temido decir durante los últimos soles.

–Tengo que irme, Andreas.

La habitación quedó sumida en un silencio absoluto, roto únicamente por los latidos de mi corazón.

El deseo desapareció de su mirada.

Con un movimiento ágil, se puso en pie, empujando la silla hacia atrás y haciéndola raspar el suelo.

–Nelvi’o.

No .

Habló en la antigua lengua para que no hubiera ninguna duda de lo que decía.

Era exactamente lo que quería oír. Y justo lo contrario de lo que debía hacer.

–Debo encontrar a mi prima.

Deambuló de un lado a otro, pasándose una mano por la cara y sacudiendo la cabeza.

–Es muy peligroso.

–Me siento más fuerte que nunca. –Lo bastante como para marcharme.

Algo había cambiado en mi interior desde que llegué a aquella cabaña.

Mi vista parecía más aguda, tan nítida que podía distinguir las venas de una hoja a diez pasos de distancia.

Siempre que Andreas salía, era capaz de oír sus pasos por el sendero mucho después de que hubiera desaparecido de mi vista.

Y había una fuerza en mis manos, mis brazos y mis piernas que antes no tenía.

En Showe me habría costado mucho levantar el hacha de Andreas por encima de la cabeza. Era una herramienta incómoda y pesada, sin duda hecha para alguien de su tamaño, no para mí.

–Te sientes fuerte porque te has recuperado –dijo–. Has descansado. Pero no puedes luchar contra un monstruo.

Monstruo.

No teníamos esa palabra en Nelfinex.

Tampoco existía una para la bestia oscura en la que Xandra se había convertido.

Cuando conseguí describírselas, me explicó que se llamaban ulfernos.

Xandra había dicho que quería transformarse en un animal más feroz que un vencejo. Bueno, había elegido sabiamente. Los ulfernos eran temidos en toda Calandra.

–Tendré cuidado –le dije–. Pero ha llegado el momento de irme.

–No, todavía no. Aún tenemos mucho que aprender el uno del otro. Quiero saber más sobre Nelfinex.