Capítulo dieciséis. Odessa #3
El estruendo de varios caballos resonó a nuestras espaldas y, al cabo de unos instantes, quedamos rodeadas de jinetes, todos vestidos con el mismo cuero gris y la misma armadura de metal que la mujer.
Uno de los hombres se acercó para hacerse cargo de su caballo, mientras otros dos iban hacia la cerca rota para volver a levantar los postes destrozados. Todos llevaban tatuada una estrella en la sien.
La guerrera recuperó el hacha del cráneo del monstruo y frunció el ceño al ver la sangre que cubría el filo.
Sangre verde y pútrida.
La lyssa.
Una cerca nunca habría bastado para detener a ese monstruo. La infección que corría por sus venas, la misma que convertía la sangre roja en verde y había cubierto sus ojos rojos con una película blanca, lo había impulsado a matar sin otro motivo que el simple hecho de hacerlo.
O porque me había percibido cabalgando por el pantano.
De no haber sido por esa mujer, Faze estaría muerto.
–Otro más. –Frunció los labios mientras limpiaba la sangre verde en la hierba–. Cielos, qué peste. Ya van tres con sangre verde en tres meses.
Se estaba propagando, rápido y lejos. Por mucho que Ransom hubiera intentado impedir que la infección cruzara la frontera de Turah, ya era demasiado tarde. La lyssa seguía extendiéndose por todo Calandra y solo era cuestión de tiempo que llegara de un extremo del continente al otro.
La guerrera se puso en pie y me miró fijamente, entornando los ojos.
–¿Quién eres?
Abrí la boca para responder, pero Sryker apareció a mi lado y apoyó una mano sobre mi hombro.
–¿Estáis bien?
Suspiré mientras miraba primero a Evie y después a Faze, que había corrido hasta refugiarse entre las patas de Freya.
–Estamos bien.
–Tu mano... –Negó con la cabeza al ver la sangre y buscó un trozo de tela en la alforja.
–Gracias. –Me vendé la herida y estaba a punto de bajar para coger a Faze cuando un hombre vestido por completo de cuero negro se acercó por detrás de nosotras.
Tenía la misma complexión que Ransom: alto, robusto y musculoso.
Llevaba el cabello negro, corto y cuidadosamente peinado.
Se movía con tanta elegancia y seguridad que resultaba imposible ignorar su presencia.
Iba bien afeitado y la línea de la mandíbula y los pómulos era tan afilada como el filo de una espada.
De no ser por las tres estrellas tatuadas en la sien y la mejilla, cualquiera lo habría tomado por un noble de la corte de Quentis.
El hombre levantó a Faze cogiéndolo por el pellejo del cuello, lo que arrancó un gruñido tanto del flagris como de Evie.
–Yo me encargo. –Extendí un brazo hacia Faze, pero el hombre lo apartó. Al instante sentí un nudo en la garganta.
–Qué mascota tan interesante –dijo, arrastrando las palabras con una voz tan velada como sus ojos. Los destellos magenta de Laine apenas se distinguían en sus ojos oscuros.
–Dámelo. Ahora. –Puse toda la autoridad que pude en mi voz y chasqueé los dedos. Era lo más parecido a Margot que había sonado jamás; mi madrastra se habría sentido orgullosa.
Una cría de monstruo, viva y relativamente dócil, podía valer una fortuna en el mercado negro.
La comisura de los labios del hombre se alzó mientras observaba a Faze, pero finalmente me lo entregó.
Evie lo envolvió con los brazos y hundió la nariz en su pelaje.
–¿Quiénes sois? –pregunté.
Esbozó una sonrisa insolente.
Una insolencia que me recordaba tanto a mi marido que sentí una punzada de dolor en el pecho.
–No sabe quiénes somos, Thora –le dijo a la mujer de cabello blanco cuando se situó a su lado.
Juntos eran aterradores.
La guerrera, Thora, no se molestó en mirarme. Toda su atención estaba centrada en Evie y Faze, a quienes observaba como si estuviera valorando si debía matar a otro monstruo. Cuando me miró, su expresión era inquisitiva y vacía al mismo tiempo.
Empecé a notar los latidos en los oídos mientras me examinaba durante un largo instante.
Entonces parpadeó y volvió a ignorarme antes de marcharse, como si yo no fuera más que una molestia insignificante en su jornada de caza.
Cielos, era intimidante.
El aire escapó de mis pulmones antes de que pudiera evitarlo, y la sonrisa insolente del hombre se ensanchó.
Solo toleraría una sonrisa así de un único hombre en este mundo, y él desde luego no era ese hombre.
–¿Qué? –pregunté, molesta.
–¿De verdad nunca habías oído hablar de nosotros?
–No.
Retrocedió e hizo una reverencia exagerada, otro gesto propio de la nobleza.
–Nosotros, señorita, somos los Mavin.
Apenas volvió a erguirse, otro hombre se acercó. Tenía el cabello castaño oscuro, rapado a los lados, pero más largo y despeinado en la parte superior y la nuca. Los destellos de sus ojos eran tan azules como los de Evie. En una mano robusta sostenía una flecha ensangrentada.
La flecha que yo había disparado al ojo del lagarsk.
–¿Quieres esto, Jodhi? –preguntó.
–Gracias, Mathias –dijo Jodhi, cogiendo la flecha y tocando con un dedo enguantado la sangre verde de la punta. Después me la tendió–. ¿La has disparado tú?
–Sí. –Se la arrebaté de la mano.
Rio.
–Buen intento, preciosa.