Capítulo dieciséis. Odessa #2
Enseñó los colmillos y bufó, no contra mí, sino hacia el agua.
De reojo me pareció distinguir un destello verde lima, seguido de un estruendo y un rugido que sacudió el aire. Un lagarsk se estrelló contra la cerca a nuestro lado, gruñendo y embistiendo los postes para abrirse paso.
–¡Vamos! –ordenó Sryker, espoleando a su caballo para lanzarlo al galope.
Freya se apartó del monstruo de un salto y salió a toda velocidad detrás de Sryker.
Pero yo aún no tenía los pies bien apoyados en los estribos ni sujetaba las riendas con la firmeza suficiente. En un abrir y cerrar de ojos, perdí el control al que me había aferrado durante semanas.
Me incliné hacia un lado, alejándome todo lo posible del borde de la montura, mientras rebotaba con violencia y la cabeza se me sacudía de un lado a otro.
El grito de Evie se mezcló con otro rugido del lagarsk, que volvió a estrellarse contra la cerca.
El dolor me recorrió todo el cuerpo mientras sujetaba a Evie y el arzón de la montura al mismo tiempo y trataba desesperadamente de recolocarme.
Nuestros cuerpos chocaban una y otra vez, zarandeándonos de un lado a otro, apenas manteniéndonos sobre la silla y, de algún modo, sin caer.
Pero algo tenía que ceder.
Y ese algo fue Faze.
Salió disparado de mis manos, chillando al caer al suelo.
–¡Faze! –gritó Evie, intentando alcanzarlo.
–¡No! –grité, aterrada al verla inclinarse hacia un lado, y la sujeté con fuerza mientras tiraba de las riendas de Freya con todas mis fuerzas.
Pero mi yegua no quiso detenerse. Siguió corriendo hasta que tiré de las riendas con tanta fuerza que no tuvo más remedio que obedecer.
–¡Sryker! –grité.
Redujo la velocidad y se volvió. Abrió los ojos de par en par al mirar hacia el sendero que quedaba a mi espalda.
Giré la cabeza siguiendo su mirada mientras obligaba a Freya a darse la vuelta.
Se encabritó sobre las patas traseras justo en el instante en que el lagarsk destrozaba tres postes de la cerca y abría un hueco lo bastante grande para escapar.
Abrió las mandíbulas, mostrando los dientes afilados, y se me hizo un nudo en el estómago.
–Por todos los dioses... –Agarré la ballesta con desesperación, apunté y disparé contra la bestia. Pero estaba demasiado lejos y me temblaban tanto las manos que fallé por completo–. Dame una flecha.
Evie seguía gritando el nombre de Faze, con los brazos extendidos para que corriera hacia nosotras.
El lagarsk podía ser más lento en tierra que en el agua, pero aun así era mucho más rápido que nuestro pequeño flagris.
–No... –Espoleé a Freya, obligándola a avanzar hacia el monstruo, aunque yo estuviera temblando. Le quité a Evie la bolsa de las flechas y saqué una con los dedos temblorosos. Se me resbaló y cayó al suelo–. Maldita sea.
El pánico empezó a apoderarse de mí mientras cogía otra, aunque esta vez me pinché con la punta. La sangre brotó de la herida y me cubrió los dedos, haciendo que cargar la flecha resultara casi imposible.
Pero lo logré. Entonces me obligué a respirar despacio, levanté el arma y disparé contra el monstruo.
La flecha se clavó en el ojo lechoso del lagarsk.
Pero no bastó para detenerlo. Gruñó en mi dirección, como si quisiera asegurarme que yo sería la siguiente.
–¡Faze! –La voz de Evie se quebró al gritar con todas sus fuerzas.
Detuve a Freya, porque no pensaba acercarme más, mientras cogía otra flecha. Por favor.
Le rogué a cualquier dios que estuviera escuchando. Por favor, no se lo quites.
No me lo quites.
Cargué la flecha y levanté la ballesta. Contuve el aliento y disparé.
El proyectil rebotó contra el robusto cuerpo del monstruo y cayó al suelo.
Evie se inclinó hacia delante, gritando desesperada, mientras la cola del monstruo salía disparada por encima de su cabeza en dirección a Faze. Lo golpeó de lado y lo lanzó por los aires.
Al instante busqué mi espada, aunque sabía que no había nada que pudiera hacer. No iba a poner a Evie en peligro acercándola a aquella criatura, pero tampoco podía quedarme allí viendo cómo ese monstruo devoraba a Faze.
Ni se te ocurra.
La voz de Ransom resonó en mi mente, como si estuviera sentado a mi lado y supiera exactamente lo que estaba a punto de hacer.
–Lo siento... –Me giré, dispuesta a desmontar, cuando un caballo y su jinete pasaron a toda velocidad junto a mí, rozándome casi el hombro.
Una ráfaga blanca de plata y acero cortó el aire mientras un hacha destellaba bajo el sol. Un instante después, el arma se clavó en el cráneo del lagarsk y le partió la mandíbula abierta en dos.
Parpadeé, convencida de que era un sueño.
Una mujer de cabello tan pálido como la nieve se arrodilló junto al cadáver trémulo de la bestia: una guerrera vestida con un atuendo gris y una armadura de metal, cuyas piezas de acero relucían bajo el sol.
Levantó la vista y nuestras miradas se encontraron. Sus iris eran de un castaño claro, con rayos ámbar propios de aquellos nacidos en tierras de Génesis, y hacían que sus ojos parecieran dos llamas idénticas.
Era tan hermosa como intimidante. Más joven de lo que había imaginado al leer la historia del diario. Más alta que yo, aunque no por mucho.
Su cabello y el kohl que delineaba sus ojos habrían bastado para relacionarla con el diario, pero los tatuajes de su rostro eran exactamente los que describía el relato.
Una serie de cinco estrellas de cuatro puntas tatuadas le cubrían la mejilla. La más grande ocupaba la sien y unas líneas finas unían las puntas superiores con las inferiores.
La brusca reacción de Evie me dijo que ella también había reconocido a la mujer del diario.