Capítulo dieciséis. Odessa
Capítulo dieciséis ODESSA
Evie tuvo arcadas y se tapó la nariz.
–Apesta.
–Sí, la verdad es que sí. –Intenté respirar por la boca, pero el olor era tan intenso que ya podía saborearlo.
Inspiré y estuve a punto de vomitar, pero logré taparme la boca con la mano.
El hedor impregnaba el valle que se extendía ante nosotras, una pestilencia tan densa que hacía que el aire pareciera más pesado mientras cruzábamos los pantanos.
Mi amigo Samuel me dijo una vez que nunca volvería a disfrutar del dulce de jengibre de las cuevas confitado después de oler un pantano. Ah, cuánta razón tenía.
¿Cómo estarían el dueño de la imprenta y su hijo? ¿Seguirían en Ellder? ¿Habrían sobrevivido al ataque de los crux contra la fortaleza?
Tras la muerte de su esposa y el incendio que había destruido su hogar en Turah, Samuel ya había sufrido suficientes desgracias.
Esperaba que hubiera encontrado algún lugar seguro donde pasar la migración.
Esperaba que algún día nuestros caminos se volvieran a cruzar y pudiera contarle este asqueroso viaje a través de un pantano de jengibre de las cuevas.
–Te acostumbrarás al olor –dijo Sryker mientras cabalgaba a nuestro lado, al parecer completamente indiferente al hedor a pescado podrido y leche agria.
–No estoy tan segura.
–Hablas igual que Edda –dijo entre risas–. Odia los pantanos. Pero, cuando caiga la noche, ya habremos dejado atrás la peor parte.
–Gracias por acompañarnos.
–Es la décima vez que me lo agradeces esta mañana. No hace falta que lo repitas. No es ninguna molestia. Además, no me habría parecido bien dejaros solas.
Quizá si confiara más en mis habilidades para mantener a Evie a salvo, me habría sentido ofendida. Pero aceptaría toda la ayuda posible de personas como Sryker, Edda y Wells si eso significaba cruzar Ozarth.
Si me concentraba en cruzar un reino cada vez, recorrer un continente entero no parecía tan intimidante.
Los pantanos ocupaban el centro de Ozarth, una región que se extendía por un valle paralelo al río Harrow. Era el único lugar de Calandra donde crecía el jengibre de las cuevas, que prosperaba en aquellos humedales que los lagarsk consideraban su hogar.
Aunque nos habríamos ahorrado el mal olor, rodear los pantanos tampoco habría estado exento de riesgos.
Sryker me había advertido de que las tierras próximas al río estaban infestadas de flagris y felíngres.
Además, habría alargado nuestro viaje una semana más y, con la migración tan cerca, una semana era demasiado tiempo que perder.
Cruzar los pantanos era el camino más corto para atravesar Ozarth en dirección a Laine, al sur.
Un día soportando aquel olor parecía nuestra mejor opción.
Edda se había despedido de nosotras aquella mañana, después de un agradable desayuno de huevos cocidos y queso.
Sus hijos no se despegaban de las piernas de Sryker y reían mientras él salía arrastrándolos consigo.
Cuando llegó la hora de partir, toda la familia permaneció en la puerta despidiéndonos.
–¿Echas de menos trabajar en estos pantanos? –pregunté a Sryker.
–Para nada –respondió.
Hubo un tiempo en que trabajó allí recolectando jengibre de las cuevas, pero, después de que un lagarsk lo atacara, Edda le suplicó que buscara otro trabajo.
Así que cambió su parcela por una pequeña tienda junto al Harrow, donde vendía provisiones a los viajeros que cruzaban en los transbordadores.
–¿Por qué lo llaman jengibre de las cuevas? –En uno de los diarios de Luella había una nota sobre esta planta . No había ninguna cueva a la vista. Sonreí al imaginarla cabalgando por estos pantanos, anotando todo lo que pudiera sobre ellos y los monstruos que albergaban.
–Siempre me lo he preguntado –dijo Sryker, encogiéndose de hombros–. No tengo ni idea. ¿Has probado alguna vez el dulce?
–Era uno de mis favoritos. –Hasta ahora.
–¿Y tú, pequeñaja? –le preguntó Sryker a Evie–. ¿Lo has probado alguna vez?
–Mi maestra nos dio a probar un poco una vez. –Arrugó la nariz–. Picaba.
–A mis hijos tampoco les gusta –dijo.
El jengibre tenía un sabor muy intenso y yo no fui capaz de tolerarlo hasta que crecí.
–¿Dess? –preguntó Evie, girándose para mirarme. La seriedad de sus ojos me hizo un nudo en el pecho. Sabía exactamente cuál iba a ser su pregunta antes de que la formulara–. ¿Dónde está Luella? ¿Está en el cielo con papá?
Por mucho que quisiera decirle que no, no podía mentirle.
–Sí, cariño.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al susurrar:
–¿Y Ranse?
–No. Él no. –Si tenía que seguir creyéndolo para que fuera verdad, así sería–. Vamos a encontrarlo. Te lo prometo.
Asintió y se recostó de lado sobre mi pecho.
Nunca había oído a Evie llamar a Ransom por su apodo, pero tenía sentido. Zavier lo llamaba Ranse.
Lo pronunció tan bajo que solo yo pude oírla, tal como le habían enseñado. Como si supiera que no debía referirse a Zavier como su padre. Como si supiera que nunca debía contarle a nadie que era una princesa turana.
La niña guardaba demasiados secretos.
Escondió el rostro entre mis brazos cuando la abracé y la estreché con fuerza mientras lloraba en silencio.
Sryker me miró con cierta preocupación.
–Ha sido un viaje muy largo. Desde Norcrest –añadí enseguida.
Con los destellos azules en los ojos de Evie, esperaba que la gente creyera que éramos de Ozarth. Si eso significaba que nos ayudarían a cruzar el reino, podían pensar lo que quisieran.
–Cuando entremos en los pantanos, ten esa ballesta a mano –dijo Sryker, señalando el arma que me había dado antes de que partiéramos de la ribera del río aquella mañana–. No matará a un lagarsk, pero una flecha en el ojo seguro que lo frenará.
La ballesta iba sujeta por una correa de cuero que llevaba cruzada sobre el torso y colgaba de mi cintura. Pero, tras su advertencia, la coloqué bajo el brazo, saqué una bolsa con más flechas del morral y se la entregué a Evie.
–¿Puedes encargarte de estas?
–Sí. –Se secó la cara y asintió.
–Esa es mi estrellita valiente. –Le acaricié el pelo y me aseguré de que Faze estuviera escondido en la bolsa, por si teníamos que salir al galope.
Había estado más inquieto de lo habitual y ya había tenido que impedir dos veces que se escapara.
–Avanzaremos en fila cuando crucemos el pantano –dijo Sryker cuando nos acercamos a un sendero estrecho y deteriorado que serpenteaba por el valle.
La hierba era tan espesa que temía que no pudiéramos anticipar un ataque.
–Los lagarsk no son monstruos sigilosos –dijo, como si hubiera leído la preocupación en mi rostro–.
Oirás el susurro de la hierba y la verás moverse.
En el agua son rápidos como un rayo. Pero, en tierra, sus patas son demasiado cortas para alcanzar mucha velocidad.
Las cercas también sirven para retrasarlos.
Si ves a un monstruo, limítate a seguir cabalgando.
–Está bien. –Me tragué el pánico que crecía en mi interior mientras él maniobraba para colocarse delante de nosotras y acomodaba la ballesta para tenerla al alcance de la mano.
El olor empeoró, pero el miedo a lo que nos esperaba lo desplazó de mi mente.
Pronto llegamos a las cercas.
Los postes oscuros y oxidados estaban muy juntos, separados apenas por un espacio tan ancho como mi pie. Eran más altos que la hierba, pero lo bastante bajos para que pudiéramos asomarnos por encima y contemplar los pantanos.
Incontables lagunas pequeñas cubrían todo el valle.
A su alrededor crecían plantas acuáticas que asomaban por la superficie del agua.
Algunas de aquellas lagunas estaban tan quietas que reflejaban el cielo azul, mientras que otras aparecían cubiertas por algas verdes que ocultaban el brillo de la superficie.
De pronto, se oyó un chapoteo a un lado y me sobresalté. Miré el agua en busca de algún monstruo, pero lo único que vi fueron unas ondas que se extendían por la superficie.
Al instante se me erizó la piel. Me sentía observada. Acechada.
Evie empezó a temblar.
–¿Cómo se recolecta? –le pregunté a Sryker, porque necesitaba romper aquel silencio–. ¿El jengibre de las cuevas?
–Arrojamos cebo al pantano, normalmente ovejas o cerdos.
–Se volvió sobre la montura para hablarnos–.
Así los lagarsk tienen algo que cazar. Después usamos un rastrillo especial para recoger las bayas de jengibre de la superficie.
Un día estaba trabajando y un lagarsk se acercó a la cerca.
Al parecer, consiguió atravesar un tramo debilitado y me atacó.
Por suerte, la diosa Daria estaba de mi parte.
–Y ahora llevas su piel.
–Sí. Al principio era más bien un trofeo y un recordatorio de que había sobrevivido cuando la mayoría habría muerto. En aquella época seguía trabajando aquí y me di cuenta de que, si llevaba esta piel, los lagarsk apenas me prestaban atención.
Era exactamente igual que en la historia del diario.
Más adelante había una carreta con un caballo atado a la cerca. Un hombre pasaba con rapidez un rastrillo por una abertura entre los postes, mientras una mujer recogía las bayas en una cesta y las cargaba en la carreta.
Ninguno de los dos nos prestó atención cuando nos acercamos, demasiado concentrados en su trabajo.
De pronto, el gruñido de un cerdo atrapado en el barro del pantano rompió el silencio.
El cebo.
Evie me miró con los ojos muy abiertos.
–No mires.
Se volvió hacia el otro lado justo cuando apareció el lagarsk.
El monstruo emergió del pantano con la boca abierta y se tragó al cerdo de un solo bocado.
–Madre santa... –Era enorme, mucho más de lo que esperaba. Fuera del agua, su cuerpo relucía bajo el sol. Pero, al volver a sumergirse mientras sacudía su larga y robusta cola, desapareció bajo la superficie.
Cuando pasamos junto a aquel lugar, el agua ya volvía a estar en calma, ocultando al monstruo que acechaba en las profundidades.
Sujeté la ballesta con más fuerza.
Faze se sacudió tan fuerte que estuvo a punto de escaparse de la bolsa.
–¿Qué pasa? –Dejé que la ballesta volviera a colgar de la correa y lo levanté para examinarle las patas y asegurarme de que no estuviera herido.