Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo quince. Caspia
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Capítulo quince. Caspia

Capítulo quince CASPIA

Una mujer de rizos anaranjados, rojizos, cobrizos y acaramelados está sentada sola en la oscuridad. Su cabello es igual al mío. Al de Saskia.

Al de Emery.

Está descalza. Lleva la ropa desgarrada. El suelo de piedra bajo ella está frío y húmedo. Apoya la cabeza contra unos barrotes de hierro mientras reza al Divino.

Pero no está sola.

En la celda contigua hay un hombre de cabello claro, con la ropa tan sucia y manchada como la de ella. Está demasiado delgado. Ambos lo están.

El hombre gruñe mientras señala un corredor oscuro. Alguien le cortó la lengua, así que no puede hablar.

Ella niega con la cabeza y extiende las manos entre los barrotes para coger las de él. Donde una vez tuvo cinco dedos en la mano derecha, ahora solo le quedan tres. La sangre sigue brotando del muñón donde le amputaron el último.

No lo abandonará hasta que el Divino lo llame a su lado. Ella no puede transformarse con un bebé en el vientre.

Todavía no ha decidido si contarle o no al hombre que está embarazada. O si permitirá que ese secreto la acompañe hasta Gloree.

Y entonces permanece sentada en la oscuridad, rezando por sus vidas. Rezando por la muerte.

Hasta que el enemigo se la lleva, arrastrándola por el suelo de piedra para someterla a otro experimento.

Cuando la atan a la mesa, cuando le abren la muñeca para extraer la preciada sangre de sus venas, ni siquiera se molesta en luchar.

***

Me desperté con un grito: el mío.

Me incorporé de golpe, apartando de una patada las sábanas enredadas en mis piernas, y me abracé las rodillas con los ojos cerrados, respirando hondo por la nariz.

Un sueño. Solo había sido un sueño.

No podía soportar la idea de que fuera real. De que, antes de que aquel guerrero de ojos plateados asesinara a Emery, ella hubiera sufrido, no solo por haber perdido a Max, sino también a su hija.

Me negaba a creer que aquella visión fuera real.

Tenía la garganta en llamas y el corazón desbocado. Por más que quisiera acurrucarme en la cama y volver a dormir...

Me sobresalté al darme cuenta.

Una cama. Estaba en una cama.

Abrí los ojos de golpe y, por una fracción de segundo, estuve convencida de que vería mi habitación. De que estaría en Showe y de que todo lo que había vivido desde que partí de Nelfinex no habría sido más que una horrible pesadilla.

Pero no estaba en mi habitación. Y aquella no era mi cama.

La decepción fue inmediata. Un grito me desgarró la garganta cuando volví a cerrar los ojos, porque no quería enfrentarme a aquella nueva realidad.

Xandra. Las bestias negras. Ahora era una de ellas.

Y había intentado matarme.

Me tapé la boca con la mano para contener otro sollozo.

Lo último que recordaba era estar cayendo. Y después... nada.

¿Era aquello Gloree? ¿Saldría de aquella habitación para encontrarme con los brazos abiertos del Divino, que me esperaba para darme la bienvenida al paraíso eterno?

Pero no estaba lista para formar parte del más allá. No había vengado a mi hermana. No había completado mi rito. Y ahora tenía que salvar a Xandra.

Por mucho que quisiera ceder a la angustia y al dolor, estaba en una cama que no era la mía, así que me obligué a abrir los ojos y bajé las piernas al suelo.

Las tablas estaban frías cuando me puse en pie con cautela, probando el tobillo. Lo notaba sensible y, en cuanto apoyé todo el peso sobre él, una punzada insoportable me recorrió la pierna y me obligó a sentarme de nuevo en la cama.

–Rayos... –murmuré entre dientes mientras levantaba el pie para examinarlo. Tenía un moratón de tonos morados y azulados.

Azul, como mis pantalones.

Sorprendida, bajé la vista hacia mi ropa. Llevaba una camisa azul demasiado grande, con las mangas llegándome hasta la punta de los dedos. Los pantalones eran igual de holgados y largos, aunque un cordel los ceñía a la cintura.

Alguien debía de haberme encontrado en el río. Debía de haberme llevado hasta allí y haberme quitado la ropa mojada. ¿Quién? ¿Cuánto tiempo llevaba dormida?

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras volvía a incorporarme, esta vez procurando no apoyar el tobillo lesionado.

¿Xandra me había llevado hasta allí? ¿Se había transformado de nuevo y me había rescatado?

–¿Xandra? –pregunté con voz ronca y débil.

La habitación estaba prácticamente vacía, salvo por la estrecha cama pegada a la pared. No tenía ventanas, solo paredes de piedra beige unidas con un revoque del mismo color. Aquel tono amarillento me recordó a la cueva donde Xandra y yo habíamos pasado aquella primera luna.

Me acerqué cojeando hasta la puerta y giré el picaporte para abrirla.

La estancia al otro lado era más grande que el dormitorio, aunque seguía siendo pequeña y estaba llena de cosas.

Había una mesa redonda con dos sillas de madera.

Una cocina con un fregadero y unos cuantos armarios estrechos.

Una pequeña pila de platos de cerámica descansaba sobre un estante.

En un rincón había un sofá mullido de cuero, con un cojín y una manta doblada encima.

Un taburete estaba colocado con pulcritud junto al hogar.

La persona que vivía allí debía de haberme cedido la cama y pasado la noche en aquel sofá.

–¿Hola? –Avancé un poco más por la estancia y me asomé a una ventana cuadrada.

El bosque que se extendía al otro lado parecía el mismo que habíamos atravesado Xandra y yo. El verde ya no resultaba tan ofensivo ahora que la cabeza había dejado de darme vueltas y ya no sentía la piel ardiendo.

Casi me parecía... encantador. Casi. Aquel color intenso estaba manchado por la enfermedad y la transformación de Xandra. Ahora, ese mismo verde me revolvía el estómago.

¿Dónde estaba mi prima? ¿Estaba viva? ¿Había sobrevivido al rito?

Solo había una forma de averiguarlo.

¿Dónde estaban mis botas? ¿Mi ropa? Estaba a punto de volver al dormitorio para asegurarme de que no había pasado nada por alto cuando unas pisadas al otro lado de la puerta me dejaron paralizada.

Mi mano fue directa a la cintura, donde solía llevar un cuchillo. ¿Dónde estaban mis armas? Mantuve la vista fija en la puerta mientras todo el cuerpo empezaba a temblarme.

Quería..., necesitaba ..., que fuera Xandra. Pero algo en el fondo de mi corazón me decía que iba a acabar decepcionada.

El picaporte se sacudió y la puerta se abrió. Un hombre de cabello color arena entró en la cabaña. Llevaba unos pantalones de cuero castaño oscuro y una camisa de un intenso azul verdoso. Era el color de las libélulas que revoloteaban alrededor del palacio de Showe.

Era tan alto que tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con el marco de la puerta. Su cuerpo, robusto y musculoso, me recordaba al del capitán, pero el cabello ondulado de aquel hombre era mucho más corto.

En cuanto me vio, sus ojos anaranjados se abrieron de par en par y levantó las manos, como si intentara calmar a una bestia salvaje. Cuando habló, lo hizo en una lengua que no entendía. Su voz era suave y apacible, pero no hizo nada por aliviar mi miedo.

Estaba atrapada en una casa, a solas con un desconocido, en un continente situado al otro lado del mundo. Y, aunque lograra escapar de aquella cabaña, ¿adónde iría?

No tenía nada. Ni siquiera mis botas.

El hombre siguió hablando con aquella voz grave y tranquila, pero no tenía la menor idea de qué lengua estaba utilizando ni de lo que intentaba decirme.

Sacudí la cabeza y retrocedí hasta que mis hombros chocaron contra la pared. Las lágrimas me llenaron los ojos mientras observaba al desconocido, cuya boca no dejaba de moverse. Siguió hablando un buen rato y sus palabras se estrellaban contra mí como piedras, hasta que ya no pude soportarlo.

–Basta.

Parpadeó y cerró la boca de golpe. Después bajó las manos, me observó con atención, entornó los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado.

–¿Belvi’as-telf’a?

Basta. Belvi’as-telf’a significaba basta. No era el idioma de Nelfinex, no exactamente. Se parecía más a un dialecto de Beesa. Pero me resultaba familiar.

Yo había dicho basta.

Y él me había entendido lo suficiente como para repetirlo.

De pronto, la esperanza de encontrar una forma de entendernos se avivó en mi interior.

–¿Quién eres?

Sopesó mis palabras mientras se pasaba una mano por el mentón bien definido. Parecía repetir la pregunta en su cabeza, ordenando las palabras para poder interpretarlas. Después asintió una vez y se llevó una mano al pecho.

–Andreas.

–An-dre-as –repetí, marcando cada sílaba.

Asintió.

Imité su gesto y apoyé una mano sobre mi corazón.

–Caspia.

–Caspia.

Un escalofrío involuntario, y nada desagradable, me recorrió la espalda al oír mi nombre con su marcado acento y su voz áspera.

Andreas levantó un dedo y fue hasta la cocina, donde se agachó para abrir un armario. Sacó un montón de ropa cuidadosamente doblada y un par de botas.

Mis botas. Mi ropa.

Cuando me las acercó, extendió los brazos y procuró mantenerse lo más lejos posible de mí.

En cuanto tuve mis cosas apretadas contra el pecho, volvió a levantar las manos y retrocedió, como si supiera que estaba asustada.

Bajé la cabeza para agradecérselo en silencio y regresé a la habitación sin darle la espalda mientras cerraba la puerta. No tenía cerradura, así que me cambié con una mano mientras mantenía la otra apoyada contra la puerta. Me quité los pantalones y la camisa enormes y me puse mi propia ropa.

Cuando estaba a punto de ponerme una de las botas, noté que había algo dentro. La sacudí y mi collar y los diez anillos de elfalter cayeron en mi mano. En la otra bota estaban los dos cuchillos que habían sobrevivido al río.

Ahora que había perdido el morral en aquel camino del bosque, eso era todo lo que me quedaba. Los únicos vestigios de mi hogar.

Cerré la mano con fuerza alrededor del collar y respiré hondo, aunque aun así sentí otra punzada de dolor.

Después me incorporé, me lo colgué al cuello y lo oculté bajo el chaleco.

Una vez guardé los anillos en el bolsillo y me até los cuchillos, me eché la capa sobre los hombros y me cubrí el pelo suelto con la capucha.

Sin el morral, me sentía demasiado expuesta para salir de aquel lugar, pero alcé la barbilla y abrí la puerta.

Andreas estaba en la cocina, llevando dos cuencos a la mesa. Me señaló una silla con la cabeza mientras él se sentaba en la otra, cuyas patas chirriaron al arrastrarse sobre el suelo. Cogió una baya de su cuenco y se la llevó a la boca.

Mi estómago rugió con tanta fuerza que el sonido resonó por toda la habitación.

Mi expresión se suavizó cuando volvió a señalar la silla vacía.

La comida tenía un aspecto demasiado tentador para ignorarla, así que tomé asiento, desenvainé un cuchillo y lo dejé sobre la mesa a modo de advertencia.

Él rio. Fue una vibración profunda que sentí como un cosquilleo en la piel.

Me senté frente a él, con la silla lo más alejada posible de la mesa, y comí en silencio las bayas, las nueces y las semillas.

Andreas, la mayor parte del tiempo, solo prestaba atención a su plato, pero de vez en cuando alzaba la vista hacia mí. Un rayo ámbar se mezclaba con las vetas doradas de sus ojos, de un amarillo tan brillante que parecía que relucían.

Nunca había visto unos ojos así. Eran tan sorprendentes e hipnóticos como inquietantes. Otro recordatorio de que estaba muy lejos de mi hogar. Un recordatorio que me robó el apetito.

Aparté el cuenco y bajé la barbilla para darle las gracias en silencio. Pero, cuando estaba a punto de levantarme, él alzó una mano y me miró como si me suplicara que me quedara. Suspiré y volví a sentarme.

Andreas también apartó su cuenco, se limpió las manos en los pantalones y apoyó los codos sobre la mesa. Abrió la boca y volvió a cerrarla, como si le costara encontrar las palabras.

Igual que a mí.

Tenía tantas preguntas que hacerle, pero ni siquiera sabía por dónde empezar.

Y eso nos dejó a los dos en silencio, mirándonos el uno al otro.

Tenía unas facciones angulosas y atractivas.

La simetría de su rostro, desde el mentón bien definido hasta los labios anchos, el puente recto de la nariz y el ceño marcado, lo convertían en el hombre más cautivador que había visto jamás.

Había algo en él que me resultaba familiar, pero recordaría su rostro si lo hubiera visto en alguna visión.

Quizá Andreas me había visitado en algún sueño.

–Lelvi’a elvi’an-telf’i-guelf’a lelvi’en-guelf’a –dijo, rompiendo el silencio–. La antigua lengua.

Las primeras palabras estaban en el dialecto de Beesa que era capaz de reconocer. Las segundas debían de ser su intento de traducirlas a su propia lengua. Así que hice lo mismo que él y las repetí... o, al menos, lo intenté.

–An-ti-gua len-ua.

–Lengua.

–Len-gua.

–Sí. –La comisura de sus labios se curvó en una sonrisa. Sus ojos se arrugaron en las comisuras y una agradable sensación me revoloteó en el estómago.

Rayos. No era el momento de enamorarme de un hombre. Cuanto antes me marchara de aquella casa, mejor, aunque no tuviera ningún lugar al que ir.

La llamada del rito se había desvanecido durante el viaje en el Cirrina . No había vuelto a sentir aquel pulso desde que llegamos a la costa. No estaba preparada para aceptar que había fracasado en mi rito.

Lo que me dejaba una sola opción.

Vengar a Emery. Encontrar a Xandra.

Si no había otra alternativa, al menos podría hacer justicia por la muerte de mi hermana. Y, si encontraba a Xandra, ella podría llevarme de vuelta a casa volando.

Lo que significaba que había llegado el momento de encontrar al guerrero de ojos plateados. Pero, para eso, necesitaba aprender la lengua de aquella tierra.

–¿En qué continente estamos? –le pregunté a Andreas.

Le llevó un momento comprender la pregunta.

–Calandra.