Ritos de estorninos (Escudo de gorriones 2) Capítulo catorce. Odessa #3
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Capítulo catorce. Odessa #3

El ambiente se sentía alegre y ligero. Nadie parecía asustado ni preocupado por la migración. ¿Quizá las noticias del heraldo aún no habían llegado a esta parte de Ozarth?

Al día siguiente se lo mencionaría a la mujer, para que pudiera llevar a sus hijos a algún lugar seguro.

Evie bostezó mientras Faze exploraba el cobertizo, olisqueando y marcando su nuevo territorio.

Sus colmillos inferiores empezaban a asomar por encima del labio y las rayas parecían más marcadas con cada día que pasaba. Además, había notado otra hilera de escamas en su espalda cuando lo acaricié unas horas antes.

Había más flagris en Ozarth que en cualquiera de los otros cinco reinos. Tal vez aquel fuera el mejor lugar para dejarlo marchar y que encontrara su camino para volverse más salvaje que doméstico.

Pero no podía imaginarme separada de él. No solo por Evie, sino también por mí. Además, era demasiado joven. Era demasiado peligroso.

–¿Dess? –dijo Evie, acomodándose a mi lado–. ¿Me lees otra historia?

–Claro. –Busqué mi morral y saqué el diario escrito en la antigua lengua. Lo abrí por una de las entradas que ya había traducido y que sabía que era adecuada para sus pequeños oídos.

Era una entrada en la que había estado pensando desde que el hermano Skore me dio aquellas misteriosas instrucciones el día anterior.

Hay una guerrera en Calandra. Una guerrera que salvará este mundo. Encuéntrala.

–Hay una mujer sentada sobre un caballo castaño –leí, entornando los ojos a causa de la tenue luz.

***

Su cuerpo está cubierto de cuero gris y una armadura de metal, cuyas piezas plateadas reflejan el sol de la tarde. Su cabello, trenzado, es tan pálido como las nubes.

En las mejillas lleva tatuada una serie de estrellas cuyas cuatro puntas negras parecen tan afiladas como agujas. Se extienden desde un lado de la nariz, pasan por debajo del ojo y se unen a la más grande, que le cubre la sien.

Está rodeada de arena y dunas. Lleva los ojos delineados con kohl, y brillan como un par de hogueras mientras inspecciona el cielo. Oye el graznido antes de ver al halcón y, cuando el ave sobrevuela su cabeza, extiende el brazo, envuelto en cuero desde la muñeca hasta el codo.

El halcón se posa sobre su brazo y se acomoda mientras ella desata un cordel atado a una de sus patas. Suspira al ver el mensaje escrito en un pequeño pergamino; luego lo arruga con la mano y lo arroja a los pies del caballo.

Acaricia el ala del ave y la deja alzar el vuelo de nuevo.

Con gran agilidad, desmonta del caballo y camina por la arena, desprendiéndose de las armas y de la armadura, pieza a pieza.

Cuando se quita la última prenda de su uniforme, un peto atado sobre las costillas, la arena engulle el resto de las piezas.

Se detiene y mira el cielo. Levanta los dos brazos y los extiende como si fueran alas. Y la sonrisa que ilumina su rostro dice que, por fin, es libre.

***

Evie tocó la esquina de la página cuando terminé de leer.

–¿Quién crees que es?

–Una guerrera –¿Sería la persona que el hermano Skore me había pedido que buscara?

–Cathlin tiene el pelo blanco.

–Así es. –Le sonreí.

–La echo de menos.

–Yo también.

Alguien se aclaró la garganta en la oscuridad y nos sobresaltamos.

–Lo siento. –Un hombre con un abrigo largo y una capucha sobre la cabeza se acercó con cautela hasta donde alcanzaba la luz, levantando ambas manos en son de paz–. No quería asustaros.

–¿Qué quieres? –Busqué mi espada en el suelo, a mi lado.

–Wells es amigo mío. Me llamo Sryker. Habéis conocido a mi esposa –Señaló la cabaña–. Edda.

–Ah –suspiré con pesadez mientras dejaba la espada a un lado–. Gracias por dejarnos pasar la noche aquí.

El hombre asintió y, cuando ya se marchaba, se detuvo. Despacio, como si no quisiera asustarnos, se quitó la capucha. Y, cuando la luz iluminó su rostro, el cuerpo de Evie se puso rígido.

Igual que el mío.

Tres enormes cicatrices le surcaban el rostro. Un parche negro cubría el lugar donde había estado uno de sus ojos. Y el abrigo, en el que no me había fijado bien hasta entonces, estaba hecho de un material que nunca había visto, como si estuviera cubierto de placas dérmicas de color verde lima.

Era el hombre del diario. El hombre que había matado a un lagarsk y llevaba su piel como ropa.

–Wells me contó que os dirigís al sur. A Quentis –dijo Sryker.

–Sí.

–Entonces vais a necesitar ayuda para cruzar los pantanos. Saldremos con las primeras luces del alba.

–Gracias. –Una parte de mí quería preguntarle por qué nos ofrecía su ayuda. Pero la otra simplemente estaba agradecida de poder aceptarla–. Estaremos listas.

Entonces regresó a la casa.

–Espera aquí –le dije a Evie, poniéndome en pie a toda prisa y siguiendo al hombre. Si aparecía en el diario, tal vez conociera a aquella guerrera–. Disculpa, ¿Sryker?

–¿Sí? –Se volvió.

–Estoy buscando a una guerrera. Una mujer.

–Los únicos guerreros que hay aquí son los Mavin. Pero no sé si hay alguna mujer entre ellos.

–¿Mavin? ¿Quiénes son?

–Mercenarios, en su mayoría. Por el precio adecuado, no encontrarás mejores guerreros. –Soltó una risita–. Son casi tan famosos como el Guardián. ¿Has oído hablar de él?

Me acaricié la cicatriz de la palma de la mano.

–Un poco.